El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 8 — El verano que no debió terminar #4
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CAPÍTULO 8 — El verano que no debió terminar #4

—Entre Alemania y las potencias occidentales —dijo—. La situación en los Sudetes requiere una solución diplomática. El Duce está en posición de facilitarla.

—¿Y Checoslovaquia? —preguntó Pietro.

Un silencio breve.

—Checoslovaquia —dijo Malaspina, con la ecuanimidad de quien descarta un detalle menor— tendrá que aceptar lo que las grandes potencias determinen.

Conti, desde su rincón, no dijo nada. Pero Pietro vio cómo apuntaba algo en su libreta con una lentitud excesiva, como quien necesita ocupar las manos para no ocupar la boca.

Lucia, en cambio, levantó apenas la vista de sus papeles.

—¿Habrá desplazamientos del personal? —preguntó, con esa neutralidad suya que era también una forma de preguntar lo importante sin parecer que lo preguntaba.

—Posiblemente —respondió Malaspina—. Aún no hay confirmación. Cuando la haya, serán informados.

La reunión terminó sin más. Pietro salió al pasillo con la sensación de haber escuchado algo que todavía no terminaba de armarse, pero cuyas piezas ya estaban sobre la mesa.

Y pensó, aunque no lo dijo en voz alta, en la conversación del Ministerio del Aire. En la frase de Göring. En sería de sabios no desperdiciarla.

Alguien, al parecer, no la había desperdiciado.

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La convocatoria formal llegó un lunes por la mañana.

Malaspina lo llamó al despacho antes de las nueve. Estaba de pie, como siempre, frente al mapa. Pero había algo diferente en su postura — una tensión contenida que se parecía al orgullo pero que por dentro olía a otra cosa.

—Berardi —dijo—. Siéntese.

Pietro se sentó. Malaspina no lo hizo.

—Roma ha confirmado. Italia participará en una conferencia en Múnich a finales de septiembre. Los cuatro grandes: Alemania, Italia, Reino Unido, Francia. El objetivo es resolver la cuestión de los Sudetes por vía diplomática antes de que se convierta en algo peor.

Pietro asintió despacio.

—El Duce encabezará la delegación italiana. —Pausa—. Ha pedido personalmente que usted forme parte del equipo de apoyo como traductor principal. Junto con la señorita Carli para la coordinación logística.

El silencio que siguió fue breve.

—Entiendo —dijo Pietro.

—Espero que entienda también —añadió Malaspina, con esa voz suya de quien necesita apropiarse de algo que ya no controla— que esto es un honor para esta embajada. Para Italia. Y que su comportamiento allí deberá reflejar la seriedad con que Roma ha asumido este papel mediador.

—Por supuesto.

Malaspina se acercó al escritorio. Apoyó las manos sobre la superficie con una lentitud que buscaba autoridad.

—Yo me quedaré en Berlín —dijo—. Mi presencia aquí es indispensable para mantener los canales abiertos con el Ministerio alemán durante los días de la conferencia. —Una pausa—. Es una responsabilidad que no puede dejarse sin cubrir.

Pietro sostuvo su mirada sin expresión.

—Entendido, Excelencia.

Malaspina asintió. Y en ese asentimiento había toda la dignidad fabricada de un hombre que acaba de convencerse a sí mismo de que quedarse en casa mientras su segundo va a la reunión más importante del año era, en realidad, la decisión estratégicamente correcta.

—Saldrán el miércoles 28 —dijo—. Detalles logísticos con la señorita Carli.

Pietro se levantó.

—Berardi.

Se detuvo.

—No se olvide de dónde viene y a quién representa.

—Nunca lo hago, Excelencia.

Salió.

En el pasillo, Lucia lo esperaba con una carpeta ya abierta. Lo había escuchado todo, naturalmente. En esa embajada, Lucia escuchaba todo.

—Los trenes —dijo, sin preámbulo—. He revisado los horarios. Hay un directo desde Anhalter Bahnhof que llega a Múnich en unas seis horas. Cómodo para el trabajo durante el trayecto.

—Bien.

—También he preparado una lista de los intérpretes alemanes que estarán presentes. Conviene saber con quién compartiremos sala antes de llegar.

Pietro la miró.

—¿Cuándo lo preparaste?

Lucia cerró la carpeta.

—Ayer —dijo—. Cuando me pareció probable que esto ocurriera.

Pietro asintió. Había cosas de Lucia que nunca dejarían de sorprenderlo aunque ya no lo sorprendieran.

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Le dijo a Ana esa misma tarde.

Fueron a caminar por el Tiergarten — ese hábito suyo de los pasos sin destino cuando había algo que decir que era más fácil decir en movimiento.

—Múnich —repitió ella, cuando él terminó.

—Sí. Finales de septiembre. Unos días, quizá una semana.

Ana caminó en silencio durante un momento.

—¿Cómo traductor?

—Sí.

—¿Traducirás a Mussolini?

—Probablemente.

—¿Y a Hitler?

Pietro tardó apenas un segundo.

—Si hace falta.

Ana caminó en silencio un momento.

—¿Y los checos? —dijo.

Pietro tardó apenas un segundo.

—No estarán en la sala.

Ana asintió despacio. Como quien recibe una confirmación que ya tenía pero necesitaba escuchar en voz alta.

—Ten cuidado —dijo.

—Siempre.

—No, Pietro. —Ella lo miró—. Esta vez de verdad.

Él sostuvo su mirada.

—¿Qué sabes que yo no sé?

Ana desvió los ojos hacia el sendero.

—Nada concreto —dijo—. Solo... tengo la sensación de que lo que se decida en esa sala va a cambiar muchas cosas. Y que las cosas que cambian deprisa no siempre cambian para bien.

Pietro no respondió.

Siguieron caminando.

Al despedirse, frente a la entrada del metro, Ana lo besó con una brevedad que tenía más peso que muchas cosas largas.

—Vuelve —dijo, en voz baja.

—Vuelvo.

Ella asintió. Bajó las escaleras sin mirar atrás.

Pietro se quedó en la acera hasta que la perdió de vista.

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El miércoles 28 de septiembre amaneció con una luz gris y fría que no correspondía del todo a la época del año.

Pietro llegó a la Anhalter Bahnhof a las siete de la mañana con una maleta pequeña y la carpeta de documentos que Lucia había preparado con su precisión habitual.

La estación lo recibió como siempre recibía a los que llegaban con algo importante encima: sin ceremonias, con esa grandiosidad indiferente de los lugares que han visto demasiadas salidas como para sorprenderse por una más.

La nave principal era inmensa. El techo de hierro y cristal se elevaba más de treinta metros, y a esa hora de la mañana la luz entraba en diagonales largas que cortaban el humo y el vapor de las locomotoras en franjas de oro sucio.

Cuarenta mil personas podían caber bajo ese techo, decían.

Esa mañana no eran tantas, pero el rumor de la estación llenaba el espacio con esa energía particular de los lugares donde todos van a algún sitio y nadie se detiene demasiado.

Lucia ya estaba en el andén, carpeta en mano, con el mismo orden impecable de siempre. El asistente menor apareció dos minutos después, todavía acomodándose el abrigo.

Pietro dejó la maleta en el coche y volvió al vestíbulo un momento.

No había ninguna razón particular para hacerlo. Solo la necesidad de estar un instante más en ese espacio antes de que el viaje empezara de verdad.

Miró hacia la entrada del túnel que conectaba con el Hotel Excelsior — ese pasadizo discreto que permitía a los huéspedes pasar directamente desde el hotel más grande de Europa hasta los andenes sin salir a la calle.

Por ese túnel habían pasado ministros, diplomáticos, hombres cuyo nombre aparecía en los periódicos y cuyo rastro se perdía en los archivos clasificados.

Esa mañana, la boca del túnel estaba tranquila.

Solo un maletero empujando un carrito con equipaje de alguien que no quería que lo vieran llegar.

Pietro lo miró un momento.

Luego volvió al andén.

El tren salió puntual.

Durante los primeros minutos, Berlín se fue ordenando detrás de las ventanas — las avenidas anchas, los edificios de líneas duras, las banderas, los hombres uniformados que parecían no mirar pero lo registraban todo.

Poco a poco la ciudad cedió su lugar a espacios más abiertos. Luego al campo. Luego al bosque.

Lucia estaba al otro lado del pasillo, ya con papeles sobre la mesa plegable. El asistente menor dormitaba dos filas más atrás.

Pietro miraba por la ventana sin ver del todo.

Pensaba en Göring. En la conversación del Ministerio del Aire. En esa frase suya —sería de sabios no desperdiciarla— que él había llevado dentro semanas sin saber qué hacer con ella. Sin saber si había ayudado a algo o solo había confirmado lo que alguien más poderoso ya había decidido.

Pensaba en Ana. En el lago. En su nombre dicho en la oscuridad de una habitación pequeña. En aquella frase: cuando Berlín esté más tranquilo y tú y yo tengamos un momento de verdad... me gustaría que habláramos.

Y pensaba, con esa claridad incómoda que viene cuando uno lleva demasiado tiempo postergando mirar algo directamente, que lo que iba a presenciar en Múnich no era una conferencia diplomática.

No era una conferencia diplomática. Era un tribunal donde el veredicto ya había sido escrito antes de que los acusados entraran a la sala.

Y él iba a estar ahí dentro, traduciendo cada palabra.

El tren ganó velocidad.

Berlín desapareció.