CAPÍTULO 8 — El verano que no debió terminar
La primavera llegó a Berlín como siempre llegaba: sin pedir permiso y sin quedarse demasiado.
En la embajada, los días de abril tenían esa textura particular de los períodos que parecen tranquilos porque el ruido todavía no ha llegado, aunque ya está en camino.
Pietro lo sabía. Había aprendido a leer esa calma específica — la de los cables que llegaban con un tono ligeramente distinto al habitual, la de las reuniones que se programaban sin agenda visible, la de Malaspina ajustándose la corbata dos veces seguidas cuando creía que nadie lo observaba.
Fue Conti quien lo nombró primero, como siempre.
Apareció un martes por la tarde con dos tazas de café y un periódico doblado bajo el brazo. Lo dejó sobre la mesa de Pietro sin abrirlo.
—Los Sudetes —dijo, tomando asiento sin que nadie se lo ofreciera.
Pietro levantó la vista.
—¿Qué pasa con los Sudetes?
—Que van a pasar. —Conti cruzó una pierna con la parsimonia de quien anuncia el tiempo—. No hoy. No mañana. Pero van a pasar.
Pietro apoyó la pluma.
—¿Rumor o cable?
—Las dos cosas son lo mismo en esta profesión. La diferencia es quién firma el papel.
Silencio.
Afuera, en el pasillo, los pasos de Lucia marcaban su ritmo habitual: preciso, sin urgencia aparente, sin perder nunca el tiempo.
—El Duce —dijo Conti, casi como si terminara una frase que había empezado en otro momento— llamó a Checoslovaquia "un país con forma de salchicha". —Hizo una pausa—. No lo dijo en público. Pero lo dijo.
Pietro lo miró.
—¿Y eso te parece gracioso?
—Me parece —respondió Conti— que cuando los hombres que deciden el destino de las naciones empiezan a describir esas naciones con metáforas gastronómicas, conviene empezar a preocuparse seriamente.
Bebió su café. Lo dejó en el platillo con una suavidad que no concordaba con lo que acababa de decir.
—Tres millones de personas de habla alemana —continuó—. Eso es lo que hay en los Sudetes. Y eso es exactamente el tipo de argumento que suena razonable hasta que las tropas ya están cruzando la frontera.
Pietro no respondió.
No porque no tuviera qué decir. Sino porque Conti había dicho exactamente lo que él llevaba semanas pensando, y escuchar las propias palabras en voz ajena siempre producía una incomodidad particular.
Giulio entró en ese momento con un fajo de telegramas, los dejó sobre la mesa de Pietro y se detuvo apenas al ver la expresión de los dos hombres.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
—Nada todavía —dijo Conti.
—¿Y cuándo ocurrirá?
—Cuando deje de ser nada —respondió Conti, levantándose—. Que es siempre antes de lo que uno espera.
Salió.
Giulio miró a Pietro con esa expresión suya que ya no era exactamente la del entusiasta de los primeros meses. Era algo más complejo. Algo que se parecía a la comprensión temprana de que el mundo no funcionaba como le habían explicado.
—¿Los Sudetes? —preguntó en voz baja.
Pietro asintió.
Giulio miró los telegramas sobre la mesa. Los ordenó con una precisión innecesaria.
—¿Y nosotros qué hacemos?
Pietro tomó la pluma.
—Nuestro trabajo —dijo—. Como siempre.
Giulio asintió. No parecía del todo convencido. Pero eso, pensó Pietro, era una señal de que estaba creciendo.
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Fue esa misma tarde cuando lo vio.
Cruzaba la Wilhelmstraße en dirección a ningún sitio en particular — uno de esos paseos sin destino que Pietro había aprendido a necesitar cuando el trabajo se volvía demasiado quieto por fuera y demasiado ruidoso por dentro — cuando escuchó su nombre dicho en inglés con esa cadencia específica de los británicos que han pasado demasiado tiempo en el continente.
Philip Turner caminaba en dirección contraria con el abrigo mal abotonado y esa expresión suya de hombre que lleva demasiados cables sin descifrar encima.
Pietro lo conocía desde los Juegos del 36, cuando le ofreció un bar en Charlottenburg donde las paredes no oían.
Había ido dos veces. Las dos valieron la pena.
—Berardi. Qué casualidad.
Pietro dudó un segundo. Luego decidió que las casualidades en Berlín raramente lo eran.
—Turner.
Se dieron la mano. Ninguno propuso seguir caminando. Ninguno se detuvo del todo. Encontraron ese ritmo intermedio que tienen las conversaciones que no deberían ocurrir pero que ocurren de todas formas.
—He oído que Italia está siendo llamada a arbitrar —dijo Turner, en inglés, con esa suavidad británica que no excluye el filo.
—He oído lo mismo —respondió Pietro.
Turner asintió. Miraba hacia adelante, no hacia él.
—Neville cree que puede traer paz con honor. —Una pausa—. Los que lo conocemos sabemos que lo que va a traer de Múnich es un papel. Y que ese papel va a costarle dos años de sueño.
Pietro no respondió.
—No le estoy diciendo nada que no sepa —continuó Turner—.
Solo me pregunto si alguien se lo ha dicho al Duce con suficiente claridad.
Que lo que firme ahí va a tener su nombre.
Que la historia no va a recordar a Chamberlain como el hombre que evitó una guerra.
Lo va a recordar como el hombre que la aplazó.
Se detuvieron en una esquina.
Turner lo miró por primera vez directamente.
—Cuídese, Berardi. Los traductores son los únicos que escuchan todo. Y lo que va a escuchar en esa sala no es lo que van a firmar. Es lo que nadie va a firmar jamás.
Le extendió la mano. Pietro se la estrechó.
Turner siguió su camino sin mirar atrás.
Pietro se quedó en la esquina un momento. Pensó que Turner tenía razón en una cosa: él iba a escuchar todo.
La pregunta era qué haría con ello.
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Fue Vogel quien lo citó.
No con una invitación formal esta vez. Solo un mensaje breve, transmitido por un asistente del Ministerio de Relaciones Exteriores: el Reichsmarschall agradecería un momento de la agenda del doctor Berardi, si era posible, el próximo jueves por la tarde.
Pietro respondió que sí.
Y pasó los dos días siguientes preguntándose por qué.
El encuentro no fue en Carinhall. Fue en una sala privada del Ministerio del Aire — el edificio que Göring consideraba tan suyo como su propia residencia.
Una sala sin ventanas al exterior, con dos sillones, una mesa baja y ese tipo de silencio que se construye deliberadamente en los lugares donde la información es una moneda de cambio.
Göring llegó sin pompa. Traje oscuro, sin insignias visibles. Una copa de coñac ya servida sobre la mesa. Otra para Pietro.
No era un gesto de cortesía.
Era una declaración de tono.
—Doctor Berardi —dijo, con esa media sonrisa de quien retoma una conversación que considera abierta desde la última vez—. Cuánto tiempo.
—Reichsmarschall.
Se sentaron.
Göring bebió despacio. No con la parsimonia del que disfruta, sino con la de quien mide el tiempo antes de hablar.
—He estado pensando en nuestra última conversación —dijo, sin preámbulo—. En Carinhall. En lo que usted dijo sobre los imperios de humo.
Pietro no respondió.
Esperó.
—Fue una frase notable —continuó Göring—. Del tipo que uno escucha y luego no puede dejar de escuchar. —Giró la copa entre los dedos—. Me pregunté durante semanas si usted la había dicho sin calcular las consecuencias o si las había calculado todas.
—Las frases honestas raramente se calculan —dijo Pietro.
—No. —Göring lo miró—. Pero a veces las dicen personas que saben exactamente lo que hacen.
Silencio.
No incómodo. Precisamente calibrado.
—Europa está en un momento delicado —dijo Göring, cambiando el registro con esa naturalidad suya de hombre que maneja varios registros a la vez—.
Los Sudetes. Checoslovaquia. Francia mirando hacia otro lado.
Inglaterra buscando una salida que no la obligue a tomar partido.
—Hizo una pausa—. Y en medio de todo eso, Italia.
Pietro sostuvo la mirada.
—¿Qué pasa con Italia?
—Eso es exactamente lo que me pregunto —respondió Göring—.
Italia tiene una posición única en este momento.
Aliada de Alemania. Respetada por las potencias occidentales.
Con un Duce que sabe moverse entre las dos orillas sin mojarse los pies.
—Bebió—. Un hombre en esa posición podría hacer cosas que otros no pueden.
Pietro dejó pasar un segundo.
—¿Qué tipo de cosas?
Göring sonrió apenas.
—El tipo de cosas que evitan que una situación difícil se convierta en una situación irreversible.
La frase quedó en el aire con un peso específico.
Pietro la sostuvo. La midió. Entendió lo que no se estaba diciendo.
—¿Me está diciendo —dijo, con cuidado— que hay quienes dentro del Reich creen que los Sudetes pueden resolverse sin llegar a un punto de no retorno?
Göring no confirmó.
Tampoco desmintió.
Se levantó. Caminó dos pasos hacia la pared — ese movimiento suyo de hombre grande que necesita espacio para pensar, o que quiere que uno crea que lo necesita.
—Le voy a decir algo, doctor Berardi, que no diría en ninguna otra sala de este edificio.
—Permaneció de espaldas—. Hay momentos en que la voluntad de un hombre y la voluntad de la historia no van exactamente en la misma dirección.
Y en esos momentos, los hombres inteligentes buscan salidas que permitan a ambas llegar al mismo destino sin que ninguna tenga que ceder del todo.
Se giró.
Lo miró.
—¿Entiende lo que le estoy diciendo?
Pietro sostuvo su mirada.
—Creo que sí.
—Bien. —Göring volvió a su sillón. Tomó la copa—. Entonces dígame usted algo. Desde su posición. Desde lo que observa y lo que escucha. —Una pausa—. ¿Cree usted que Inglaterra y Francia están dispuestas a llegar hasta el final si Alemania avanza sobre los Sudetes?
La pregunta no era retórica.
Era genuina.
Y Pietro entendió, en ese momento, que eso era exactamente para lo que Göring lo había citado. No para darle información. Para pedírsela.
Para tomar la temperatura de alguien que se movía en círculos que él no frecuentaba de la misma manera.
Pietro pensó en Turner, el británico del bar en Charlottenburg. En los cables que había leído en la embajada. En las conversaciones de pasillo que nadie ponía por escrito pero que decían todo.