CAPÍTULO 7 — Lo que el invierno no dijo #3
—Me quedo —dijo.
Cenaron con una conversación que eligió los temas más seguros: una película que Ana había visto, un concierto al que Pietro quería ir. Cosas que no obligaban a pararse en el borde de nada.
Pero la línea seguía ahí.
Y los dos lo sabían.
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Esa noche, de vuelta en Savignyplatz, Pietro se sentó al escritorio sin encender la lámpara grande. Solo la pequeña, de pantalla verde, que daba al cuaderno una luz de confesionario.
Pensó en su padre. En la carta que había enviado en enero. En lo que no había escrito todavía.
Tomó papel nuevo.
Padre:
Austria ha caído esta mañana sin un disparo. Eso es lo que más me inquieta: la ausencia de resistencia. No en los austriacos — entiendo el miedo, entiendo el cálculo — sino en el resto. En Europa. En nosotros.
En Roma empiezan a firmarse cosas que no deberían firmarse. Lo sabes mejor que yo. Lo que no sé es si alguien se lo ha dicho con esa claridad, o si todos seguimos creyendo que podemos ser aliados de esto sin ensuciarnos las manos.
Desde aquí veo algo que no se ve en los periódicos: esto no ha terminado. Austria era solo la primera frontera que decidieron que no era una frontera. Hay más. Lo sé porque los he escuchado hablar. Lo sé porque he traducido palabras que nadie debería tener que traducir y luego guardar como si nada.
No te pido que hagas nada todavía. Solo que sepas. Y que alguien más sepa.
Tu hijo,
Pietro
Dobló la carta.
La sostuvo un momento entre los dedos, como había hecho Göring con la pieza romana en Carinhall: buscando el peso.
Luego la dejó sobre el escritorio y apagó la lámpara.
En la oscuridad, el perfil de Berlín seguía ahí detrás de los cristales: los tejados, las torres, las luces que no se apagaban nunca del todo. Una ciudad que no necesitaba dormir porque nunca había aprendido a dudar.
Pietro la miró un momento más.
Luego se fue a la cama sin escribir nada en el cuaderno.
Había noches en que las palabras no servían para nada.
Esta era una de ellas.
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El lunes siguiente, Malaspina reunió al equipo en la sala de juntas. Llevaba el traje más oscuro de su rotación y una expresión que intentaba ser solemne sin lograrlo del todo, porque la solemnidad requería convicción y Malaspina, en el fondo, solo tenía conveniencia.
—Roma ha enviado instrucciones —dijo, de pie frente al mapa de Europa que seguía en la pared con sus alfileres—.
La posición oficial de Italia es de pleno apoyo al proceso de unificación entre Alemania y Austria.
El Duce y el Führer han confirmado la solidez del Eje.
—Pausa—. No habrá declaraciones individuales.
No habrá comentarios ante la prensa. —Miró a Pietro con esa precisión de quien lleva tiempo guardando algo—.
No habrá opiniones propias que puedan malinterpretarse.
Pietro sostuvo la mirada sin parpadear.
—Entendido, Excelencia.
Malaspina asintió. Se permitió una sonrisa breve, satisfecha, de hombre que acaba de confirmar algo que ya sabía.
—Roma siempre ha estado bien informada —añadió, con el tono de quien se apropia del mérito ajeno sin darse cuenta de que lo hace—. Este desenlace no nos ha tomado por sorpresa. El Eje funciona precisamente porque hay quienes saben leer los tiempos.
Nadie respondió.
Conti, desde el fondo, garabateó algo en su libreta que nadie vio pero que Pietro habría apostado que era una sola frase corta y precisa.
Giulio, en cambio, miraba el mapa con una expresión que Pietro no había visto antes en él: no entusiasmo, no ingenuidad. Algo más parecido a la incomodidad de alguien que empieza a entender que el escenario que admiraba no era exactamente lo que parecía.
Era una señal pequeña.
Pero Pietro la registró.
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Esa tarde, al salir de la embajada, el aire olía a piedra mojada y a algo que Pietro tardó unos pasos en identificar.
Era primavera.
Llegando tarde, como siempre en Berlín. Pero llegando.
Cruzó el Tiergarten sin prisa. Los árboles empezaban a mostrar los primeros brotes, esa tentativa verde que cada año parecía sorprender a la ciudad aunque nunca faltara.
Un par de niños corrían por un sendero lateral, ajenos a todo.
Un hombre mayor leía un periódico en un banco, con el abrigo todavía cerrado hasta el cuello aunque el frío ya no lo justificara del todo.
Berlín seguía siendo Berlín.
Y eso, pensó Pietro, era exactamente el problema.
Pensó en Ana. En la fractura que había visto en sus ojos y que ninguno de los dos había querido nombrar.
Pensó en Conti. En su frase sobre el silencio y en lo que ese silencio estaba empezando a costar.
Pensó en su padre. En las cartas que seguiría escribiendo aunque no supiera todavía adónde conducían, ni si alguien al otro lado del papel tenía el peso suficiente para que importaran.
Y pensó, con una claridad que no había tenido antes de ese momento, en algo que llevaba semanas rondándole sin nombre:
Que había una diferencia entre no poder ver algo y no querer verlo.
Y que él, durante demasiado tiempo, había vivido en esa diferencia como si fuera un lugar habitable.
Ya no lo era.