CAPÍTULO 6 — Carinhall – El Espejo del Poder
La invitación
Pietro Alessandro Berardi llevaba casi una hora inclinado sobre una carpeta de residentes italianos en Berlín cuando escuchó, en el pasillo, el cambio sutil del ritmo de pasos.
No eran los de Giulio, que siempre anunciaba su entusiasmo antes que su presencia.
Tampoco los de Lucia, secos y precisos como un sello sobre papel oficial.
Eran otros: más lentos, más medidos, con esa gravedad administrativa que en Alemania parecía venir incorporada al calzado.
Levantó la vista.
Heinrich Vogel apareció en el umbral sin necesidad de anunciarse.
El traje gris, el cuello impecable, la libreta negra en el bolsillo interior.
En una mano llevaba un sobre crema con el membrete en relieve del Reichsmarschall; en la otra, los guantes todavía puestos, como si la visita no mereciera el tiempo de quitárselos.
—Doctor Berardi —dijo en italiano correcto, con aquella cortesía tan perfecta que siempre sonaba a inventario—. Disculpe la interrupción.
Pietro se puso en pie.
—Herr Vogel.
No fue el saludo lo que llamó la atención, sino el silencio que se hizo alrededor.
En una embajada, incluso el silencio tenía oídos.
Giulio, que estaba al fondo ordenando telegramas, levantó la cabeza con el gesto ingenuo de quien aún no ha aprendido a disimular la curiosidad.
Lucia, cruzando el corredor con un archivador en brazos, aminoró apenas el paso.
Conti, que salía del despacho contiguo con un periódico francés bajo el brazo, detuvo la mirada el tiempo justo para registrar la escena sin concederle apariencia de interés.
Vogel extendió el sobre.
—Traigo una invitación personal para usted.
No dijo de parte de quién: no hacía falta. El relieve del águila y la caligrafía sobria bastaban.
Pietro tomó el sobre con un cuidado casi automático, pero sintió, bajo la yema de los dedos, el peso exacto de la atención ajena. No solo la de Vogel. La de toda la casa.
—¿Debo firmar recepción? —preguntó, más por costumbre que por necesidad.
Vogel permitió una sonrisa breve, sin dientes.
—No será necesario. Su respuesta, sin embargo, sí lo será.
Pietro abrió el sobre con el abrecartas de bronce que descansaba junto al tintero. El papel interior era grueso, de una blancura ofensiva. Leyó una vez, en silencio. Luego una segunda.
Su Excelencia el Reichsmarschall Hermann Göring tendría el agrado de contar con la presencia del Doctor Pietro Alessandro Berardi y de la señorita Ana Hartmann en una comida privada en Carinhall el próximo domingo…
Había una línea más, manuscrita al pie, en alemán:
El Reichsmarschall conserva un vivo recuerdo de su conversación y espera extender la cortesía a su encantadora acompañante alemana.
Pietro sintió primero el asombro; luego algo más incómodo, más íntimo y menos noble.
Placer.
No un placer limpio. No inocente. Un placer denso, hecho de reconocimiento, de ascenso, de la sensación casi física de haber sido visto desde arriba y escogido.
Durante un segundo —uno solo— no pensó en el Reich, ni en Göring, ni en el peligro de entrar en una órbita de ese tamaño.
Pensó en el gesto puro de la distinción.
En lo que significaba ser invitado donde otros solo eran tolerados.
En la forma en que el poder, incluso cuando repugnaba, sabía halagar.
Vogel lo observaba con su serenidad de funcionario bien entrenado.
—Entiendo que el doctor Berardi responderá favorablemente.
No era una pregunta. Pietro levantó la vista del papel.
—Sería una descortesía rechazar una invitación así.
—Alemania aprecia a los hombres que reconocen la cortesía cuando se les ofrece.
Pietro sostuvo la mirada del alemán un instante más.
—Italia también.
Vogel inclinó apenas la cabeza, satisfecho de aquella pequeña esgrima sin sangre.
—Haré constar entonces su aceptación provisional. Un automóvil será enviado por la mañana. Recibirán más detalles mañana por la tarde.
Guardó una pausa mínima y añadió, con una neutralidad tan exacta que podía significar cualquier cosa:
—El Reichsmarschall es un hombre de memoria selectiva. Conviene no decepcionarla.
Se despidió y salió del despacho con la misma elegancia administrativa con la que había entrado. Solo cuando sus pasos se perdieron en el corredor, el edificio pareció permitirse respirar otra vez.
Giulio fue el primero en acercarse, con los ojos demasiado abiertos para fingir indiferencia.
—¿Carinhall? —preguntó en voz baja, como si nombrara una iglesia o una trampa—. ¿A usted?
Pietro dobló el papel con calma deliberada.
—Eso parece.
— Madonna santa … —murmuró Giulio—. El Reichsmarschall no invita a cualquiera a comer entre sus trofeos.
—Ni a cualquiera le conviene aceptar —dijo Lucia desde la puerta, sin entrar aún al despacho.
Había dejado el archivador sobre una consola del pasillo y ahora observaba a Pietro con esa expresión sobria que en ella podía significar aprobación, advertencia o ambas cosas al mismo tiempo.
—Pero no aceptar tampoco conviene —añadió Conti, acercándose al umbral con el periódico enrollado en la mano—. Esa es la elegancia de ciertos ofrecimientos: vienen con la cortesía ya convertida en obligación.
Giulio dejó escapar una sonrisa nerviosa.
—Bueno, al menos podremos presumir que en esta casa se almuerza mejor de lo que se trabaja.
—Habla por ti —replicó Lucia.
Pietro sonrió apenas. Guardó la invitación sobre la mesa, pero no la soltó del todo. El papel seguía entre sus dedos como si aún conservara el calor de la mano que lo había entregado.
Fue entonces cuando apareció Malaspina.
No entró de golpe. Se detuvo primero al final del corredor, atraído menos por el rumor que por la ausencia de ruido.
Llevaba el chaleco impecable, una corbata color vino y esa expresión suya de hombre que consideraba el edificio entero una prolongación de su voluntad.
Cuando vio a Lucia y a Conti junto al despacho de Pietro, y a Giulio apostado casi como un escolar frente al maestro, su frente se contrajo apenas.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
La pregunta iba dirigida al aire, pero la respuesta la dio Giulio con una prontitud suicida.
—Ha venido Vogel, Excelencia. Una invitación para el doctor Berardi. De Carinhall.
El silencio que siguió fue breve. También fue suficiente.
Malaspina no perdió la compostura; habría preferido perder una muela. Se acercó despacio, con las manos a la espalda, y clavó los ojos en Pietro. No pidió ver el documento de inmediato. Preguntó primero, y en su tono había una serenidad demasiado cuidada.
—¿Personal?
—Sí, Excelencia.
—Ya veo.
No veía nada y lo veía todo. Que Göring conociera a Pietro no le sorprendía: había oído el relato de la Cancillería, aunque nadie se lo hubiera contado con demasiado detalle.
Lo que le hería no era el hecho bruto de la invitación.
Era la forma. El salto invisible de las jerarquías.
La indiferencia implícita. Que un hombre como Göring escogiera, entre todos los italianos presentes en Berlín, al segundo de la embajada.
No por protocolo. No por rango. Por inclinación.
Malaspina extendió la mano. Pietro le entregó la tarjeta.
El embajador la leyó despacio, con la misma expresión con que habría leído un informe sobre un accidente ferroviario ocurrido en otro distrito: gravedad, distancia, irritación bajo control.
Al llegar a la línea manuscrita, el párpado izquierdo le tembló apenas.
Nadie habría reparado en ello de no conocerlo bien.
Lucia, probablemente, sí lo hizo. Conti también.
—Curioso —dijo al devolverle el papel a Pietro—. Muy curioso.
Conti apoyó un hombro en el marco de la puerta.
—No tanto, Excelencia. Hay hombres que prefieren escoger personalmente a quienes les divierten la mesa.
Malaspina giró apenas la cabeza hacia él.
—Y hay otros que confunden diversión con política, Conti.
—En Berlín a veces son sinónimos.
Pietro notó el brillo mínimo en los ojos de Lucia. No una sonrisa, exactamente; más bien el registro silencioso de una estocada bien colocada.
Malaspina decidió ignorar a Conti. Volvió a centrarse en Pietro.
—Naturalmente, asistirá.
—Sí, Excelencia.
—Naturalmente —repitió, como si la obviedad le perteneciera a él y no a la situación—.
Y representará a esta embajada con la debida prudencia.
Carinhall no es un salón cualquiera. El Reichsmarschall aprecia la teatralidad; eso no debe hacerle olvidar a nadie dónde termina el espectáculo y dónde empieza el Estado.
El comentario iba dirigido a Pietro, pero había en él algo más: la necesidad de recuperar mando sobre una escena que se le había escapado antes de empezar.
—Lo tendré presente.
Malaspina asintió y, por un instante, pareció a punto de decir algo más.
Quizá una advertencia, quizá una apropiación tardía del asunto.
Pero se contuvo. El peor golpe al ego es el que no puede protestarse sin parecer menor.
Terminó por ajustar el puño izquierdo del saco y salir con la dignidad tiesa de quien se niega a admitir que una simple invitación puede alterar la temperatura de un edificio.
Giulio exhaló de inmediato, como si hubiera estado conteniendo el aire desde que apareció el embajador.
—Bueno —dijo en voz baja—, eso ha sido casi más peligroso que almorzar con Göring.
—No exageres —murmuró Lucia, recogiendo por fin el archivador—. Almorzar con Göring todavía no ha ocurrido.
Conti se acercó unos pasos y miró la invitación desde la distancia prudente de quien no invade, pero tampoco deja intacto lo que toca.
—Déjeme felicitarlo, Berardi —dijo con tono casi amable—. No todos consiguen, en tan poco tiempo, despertar la curiosidad de un hombre como Göring.
—No estoy seguro de que sea una felicitación.
—No lo es del todo. —Conti inclinó la cabeza—. Pero tampoco es una desgracia. Solo procure no dejarse deslumbrar por la plata, los ciervos y las porcelanas. Los templos del poder suelen ser más peligrosos que el poder mismo. Tienen mejor iluminación.
Giulio soltó una risa torpe.