CAPÍTULO 6 — Carinhall – El Espejo del Poder #2
—Yo, en su lugar, me dejaría deslumbrar un poquito. Solo un poquito. Si el Reichsmarschall me invitara a su mesa, yo iría hasta con una reverencia ensayada.
—Por eso no te invita —dijo Lucia.
—No me invitan porque todavía no me conocen —replicó Giulio con la dignidad cómica del que sabe ser el blanco del chiste.
Pietro permitió que la sonrisa le subiera a los labios.
La embajada había recuperado, en apariencia, su respiración ordinaria.
Los pasos volvieron al pasillo. En una oficina contigua sonó el timbre de una llamada interna.
Afuera, un automóvil pasó por la calle con su rumor de llantas sobre piedra húmeda.
Pero algo ya había cambiado. Lo notaba en las miradas que se retiraban un segundo más tarde de lo debido.
En el tono un poco forzado de las bromas.
En la forma en que incluso Giulio, bajo la alegría de asistir desde lejos a una pequeña consagración, dejaba entrever un filo de preocupación.
—¿La señorita Hartmann sabe que ha sido ascendida oficialmente a “encantadora acompañante alemana”? —preguntó Conti, ya en retirada.
—Todavía no.
—Entonces dígaselo con tacto. A algunas mujeres las halaga que el poder las nombre. A otras les recuerda demasiado de qué está hecho.
Se alejó sin esperar respuesta.
Lucia dejó el archivador sobre la mesa de Pietro.
—Necesitaré una copia de la confirmación cuando la envíe. Y si van a pasar el día fuera, conviene que el chofer italiano sepa que no será necesario. —Hizo una pausa, luego añadió—. Lleve un buen regalo. A los hombres así les gusta menos la cortesía que la confirmación de su reflejo.
Pietro la miró con una ceja apenas alzada.
—¿Tiene alguna sugerencia?
—Sí —respondió ella—. No se equivoque de vanidad. Alguien de sus orígenes sabrá encontrar un regalo acorde a la ocasión.
Luego se marchó.
Giulio fue el último en quedarse, aún incapaz de decidir si estaba asistiendo a una fortuna o a un accidente decoroso.
—Doctor Berardi… —bajó la voz—. Lo digo en serio. Tenga cuidado.
Pietro apoyó una mano sobre la carpeta abierta, como si eso bastara para anclarlo otra vez a la realidad más sobria de listados, permisos y rutinas.
—Siempre lo tengo.
Giulio lo miró con esa mezcla de admiración y alarma con que un hombre joven contempla a otro que está a punto de entrar en una sala donde él no entraría jamás.
—No. —Sonrió, incómodo—. Quiero decir… esta vez de verdad.
Pietro asintió. Giulio se retiró por fin, y el despacho quedó en silencio.
Solo entonces volvió a tomar la invitación.
La leyó una tercera vez. Más despacio. Deteniéndose en la línea manuscrita. En el nombre de Ana. En la palabra cortesía . En la precisión con que Göring había hecho de una comida un gesto personal, y de un gesto personal una marca.
Se dejó caer en la silla sin apartar la vista del papel.
No podía rechazar la invitación. Eso era obvio.
En el fondo, ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo.
Había algo profundamente humano —y por lo mismo, peligrosamente sincero— en el modo en que el reconocimiento le agradaba.
A fin de cuentas, no era un santo ni un mártir: era un diplomático joven, de buena cuna, inteligente, ambicioso, criado entre hombres que habían hecho carrera aprendiendo a distinguir cuándo una puerta se abría de verdad y cuándo solo simulaba estar entreabierta.
Quería ser embajador algún día. Quería escalar y probar su valía. Quería salones propios, decisiones propias, autoridad propia. Quería, aunque no siempre se lo dijera con franqueza, el tipo de presencia que obliga a los demás a girar la cabeza apenas uno entra en una habitación.
Todos los hombres decían despreciar el poder cuando lo enunciaban en abstracto. Muy pocos lo despreciaban cuando tomaba la forma de una invitación personal, escrita sobre papel grueso, con un automóvil oficial prometido para el domingo.
Apoyó la invitación sobre la mesa y pasó el pulgar por el borde del relieve, como quien comprueba el filo de una moneda antes de apostarla.
Afuera, Berlín seguía su curso con la serenidad impecable de una máquina demasiado bien engrasada.
Dentro, en el pequeño orden del despacho, Pietro sintió algo que no quiso llamar alegría, aunque se le pareciera.
Una elevación tenue. La impresión embriagadora de haber subido un escalón que otros ni siquiera habían visto.
Y junto a ella, inseparable, la sombra.
Porque intuía —sin poder todavía nombrarlo del todo— que no hay invitaciones inocentes cuando vienen del corazón mismo del poder.
Que algunos hombres no abren su mesa para honrar, sino para medir.
Que a veces el privilegio no es más que una forma refinada de entrar voluntariamente en el radio de algo que después costará abandonar.
Aun así, cuando volvió a mirar la línea manuscrita, no pensó primero en el peligro.
Pensó en Ana.
Pensó en cómo la recibirían en Carinhall.
Pensó en la cara de sus padres. En cómo brillaría en una sala llena de trofeos, mármoles y hombres acostumbrados a que todo tuviera dueño.
Pensó en la forma en que ella se pondría los guantes antes de salir, en el gesto con que leería la invitación, en el leve orgullo alemán que seguramente le cruzaría el rostro al ver su nombre ligado, por un instante, a uno de los hombres más poderosos del Reich.
Y pensó, también, en sí mismo caminando junto a ella por los bosques de Schorfheide, llevando bajo el brazo el regalo correcto, diciendo las palabras correctas, siendo —al menos por unas horas— exactamente el tipo de hombre que siempre había querido parecer.
Se quedó así un buen rato, inmóvil, mientras el edificio alrededor retomaba su respiración de costumbre.
Luego dobló la invitación con cuidado, la guardó en el cajón central del escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera.
La mañana seguía ahí, con sus expedientes, sus listas, sus llamadas y sus rutinas. Todo en orden. Todo en su sitio.
Pero Pietro supo, con la claridad seca con que se reconocen los verdaderos desplazamientos, que el día ya no le pertenecía por completo.
El domingo había empezado a acercarse.
Preparativos
Ana leyó la invitación dos veces.
La primera con los ojos. La segunda con algo más.
—Carinhall… —repitió en voz baja, como si la palabra tuviera un peso distinto al del resto del papel—. No pensé que lo haría tan… personal.
Pietro la observaba desde el otro lado de la mesa.
Habían quedado en su departamento esa misma tarde, apenas unas horas después de que Vogel abandonara la embajada.
La luz de Berlín entraba en franjas oblicuas por la ventana, dibujando líneas suaves sobre el mantel claro, sobre la porcelana, sobre la mano de Ana que sostenía la tarjeta.
—No es personal —dijo Pietro—. Es preciso.
Ana levantó la vista.
—¿Preciso?
—Göring no hace nada sin intención. Si te nombra… es porque quiere que estés.
Ella sostuvo su mirada unos segundos, como si calibrara si aquello debía tranquilizarla o inquietarla.
—Aun así —dijo finalmente—… es un honor.
No había arrogancia en su tono. Había algo más difícil de desmontar: convicción.
Para Ana, Alemania no era una idea abstracta ni un tablero político; era un cuerpo que, después de años de humillación, había vuelto a erguirse.
Y hombres como Göring —con todos sus excesos, incluso con sus contradicciones— formaban parte de esa restauración.
Pietro lo sabía.
—Sí —respondió—. Lo es.
No añadió nada más.
Ana volvió a bajar la mirada hacia la invitación, pero ya no la leía. La recorría con la yema de los dedos, como si quisiera sentir la textura de algo que todavía no terminaba de entender.
—Mi padre estaría impresionado —dijo, casi como una confidencia involuntaria—. Él dice que Carinhall no es una casa… es una declaración.
Pietro esbozó una sonrisa leve.
—Tiene razón.
—¿La conoces?
—No.
—Entonces, ¿cómo puedes saberlo?
Pietro se inclinó ligeramente hacia atrás en la silla, cruzando una pierna con la naturalidad de quien gana tiempo antes de responder.
—Porque hay hombres que no construyen casas —dijo—. Construyen versiones de sí mismos.
Ana lo miró con una mezcla de curiosidad y reconocimiento.
—Y tú ya sabes quién es Göring.
—Sé lo suficiente.
Hubo un breve silencio. No incómodo. Tampoco del todo cómodo.
Ana dejó la invitación sobre la mesa.
—¿Y nosotros? —preguntó—. ¿Qué hacemos ahora?
Pietro no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hacia el aparador y sirvió dos copas de vino con una precisión casi ritual. No era el mejor vino que tenía, ni el más caro. Pero era correcto. Como casi todo en su vida.
Le ofreció una.
—Nos preparamos.
Ana tomó la copa.
—Eso suena más serio de lo que debería ser una comida.
—Lo es.
Ella lo observó con una leve inclinación de cabeza.
—A veces creo que ves demasiadas capas en todo.
Pietro sostuvo su mirada.
—A veces creo que tú ves muy pocas.
La frase no fue agresiva. Pero tampoco fue inocente.
Ana no respondió de inmediato. Dio un pequeño sorbo al vino, lo sostuvo un segundo en la boca, como si evaluara algo más que el sabor.
—No todo tiene que ser complicado, Pietro.
—No todo lo es —respondió él—. Pero algunas cosas sí.
—¿Como esto?
—Como esto.
Silencio.
La luz había cambiado ligeramente en la habitación. Afuera, una ráfaga de viento movió las ramas de los árboles y por un instante las sombras parecieron cruzar el suelo como líneas que se desplazaban sin permiso.
Ana dejó la copa sobre la mesa.
—Bien —dijo, con un tono que recuperaba algo de su ligereza habitual—. Entonces explícame. ¿Qué es lo que tenemos que hacer exactamente?
Pietro volvió a sentarse frente a ella.
—Llevar un regalo.
—Eso es evidente.
—No cualquiera.
Ana sonrió.
—Claro. Un vino italiano, ¿no? Eso siempre funciona.
Pietro negó suavemente con la cabeza.
—No.
La sonrisa de Ana se desvaneció apenas.
—¿No?
—Un vino sería correcto —dijo—. Pero lo correcto no siempre es suficiente.
—¿Entonces?
Pietro apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.
—Göring colecciona arte. No porque lo necesite… sino porque confirma algo en él.