El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 5 — El teatro del poder #4
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CAPÍTULO 5 — El teatro del poder #4

—Espero que para bien.

Göring dejó escapar una risa breve, seca.

—Para lo interesante.

Bebió primero.

Luego lo miró con más atención.

—Romano. —Un año en Berlín. —Buena familia.

Una pausa.

—Y más útil de lo que parece.

No preguntó.

Enumeró.

Pietro sostuvo la mirada. No respondió.

No hacía falta.

Göring giró ligeramente la copa entre los dedos.

—Uno sigue aprendiendo cosas… incluso cuando ya no le corresponde oficialmente hacerlo.

No fue una amenaza.

Fue algo peor.

Certeza.

Pietro dejó pasar un segundo.

—Entonces sabrá que hay cosas que no se entienden leyendo informes.

Göring lo miró.

Y sonrió.

Esta vez, de verdad.

—Eso esperaba.

Hizo un gesto leve con la cabeza.

Caminaron.

Se detuvieron frente a un cuadro de gran formato, iluminado con una precisión casi quirúrgica.

—¿Le interesa el arte, Berardi?

—Más de lo que debería.

—Entonces sí… nos llevaremos bien.

Silencio breve.

—¿Qué ve?

Pietro observó el cuadro unos segundos.

No lo estaba viendo.

—No solo lo que muestra —dijo al fin—. —Lo que necesita que creamos.

Göring inclinó ligeramente la cabeza.

—Explíquese.

—El arte no solo conserva… —continuó Pietro— —ordena. —Y, a veces… justifica.

Silencio.

Göring bebió.

Lento.

—Exactamente.

Otra copa llegó.

Y luego otra.

El protocolo dejó de estar presente sin que ninguno lo mencionara.

—¿Es usted romano? —preguntó Göring, ahora sin rigidez.

—Sí.

—Entonces viene de una ciudad que no necesita explicarse.

Pietro giró la copa entre los dedos.

—Crecí en una villa —dijo—. Cerca de la Vía Apia.

Göring lo observó con interés genuino ahora.

—Descríbamela.

La pregunta tenía menos de curiosidad que de invitación.

Pietro dudó apenas.

Luego habló.

—La piedra no es perfecta. Está gastada… pero no cede. Los acueductos no dominan el paisaje… lo atraviesan. Y las villas… —hizo una pausa— no buscan imponerse, son parte de la historia.

Silencio.

—No lo necesitan.

Göring asintió despacio.

—Eso… —dijo— es poder.

Giró la copa.

—El poder real… no necesita parecerlo.

Pietro negó levemente.

—No lo parece.

Göring sonrió.

—Precisamente por eso.

Otra copa.

El ruido del salón se volvió más lejano. Las voces… más cercanas.

—Volé en la guerra —dijo Göring de pronto.

—Lo sé.

—Entonces sabe que hay momentos… donde todo parece claro.

Pietro no respondió.

—Y luego… —continuó— todo se mueve.

Bebió.

—Más rápido de lo que debería.

Silencio.

Más largo esta vez.

—Algunas decisiones… —añadió, más bajo— llegan antes de que uno esté listo para las consecuencias.

Pietro sostuvo la copa.

No bebió.

—Pero el Führer —añadió Göring casi de inmediato— tiene una visión extraordinaria.

La corrección fue rápida.

Demasiado limpia.

Pietro la notó.

Göring también.

Se miraron.

Y ninguno dijo nada.

—No hablemos de eso —añadió, cambiando el tono.

En ese momento, Pietro giró la cabeza.

Ana.

Seguía ahí.

Pero ahora… parecía más cerca.

—Permítame —dijo Pietro.

Göring asintió.

—Por supuesto.

Pietro caminó hacia ella.

Más lento de lo necesario.

—Ana…

Ella se volvió.

Y por un instante, todo volvió a alinearse.

—Quiero presentarte a alguien.

Göring se acercó sin esfuerzo.

—El Reichsmarschall —dijo Pietro.

Ana inclinó la cabeza.

—Es un honor, Herr Göring.

Correcta.

Serena.

Göring la observó con una calma que no era casual.

—Entonces ahora entiendo —dijo— por qué Berlín empieza a parecerle interesante a Roma.

No aclaró más.

No hacía falta.

Tomó otra copa.

Les ofreció una.

—Italia tiene buen gusto.

Esta vez, la risa fue compartida.

Más suelta.

Más real.

Y por un momento…

solo por un momento…

todo pareció olvidarse de lo que realmente estaba en juego.

Cierre

La madrugada los recibió fría.

Berlín, a esas horas, parecía otra ciudad. Más contenida. Más honesta.

El coche avanzaba entre calles vacías. Las luces pasaban como destellos breves, sin detenerse en nada. Durante unos minutos, ninguno de los dos habló.

Pietro miraba por la ventana.

No veía la ciudad.

Veía fragmentos.

La voz de Hitler. La sonrisa de Mussolini. La pausa de Göring. Las palabras que no terminaban de encajar.

—Estás en otra parte —dijo Ana, sin reproche.

Pietro tardó en responder.

—No del todo.

Ella lo observó de perfil.

—Sí lo estás.

Silencio.

—Fue… —empezó él, y se detuvo—. No sé explicarlo.

Ana no lo interrumpió.

—Todo parece… claro —continuó—. Ordenado. Seguro. Y, sin embargo…

No terminó la frase.

No podía.

Ana desvió la mirada hacia la ventana.

—A veces —dijo— ver demasiado… solo complica las cosas.

Pietro soltó una leve sonrisa, sin humor.

—¿Eso crees?

Ella volvió a mirarlo.

—Creo que esta noche hiciste algo que muy pocos pueden hacer.

Una pausa.

—Estuviste con ellos… y no te hicieron pequeño.

Pietro giró la cabeza.

La miró.

Por primera vez desde que salieron, la vio de verdad.

—No desentonaste —añadió Ana—. No dudaste. No te escondiste.

Se inclinó apenas hacia él.

—Eso no es poca cosa.

El coche se detuvo frente al edificio.

Subieron sin hablar.

El silencio ya no era incómodo.

Era otra cosa.

En el departamento, la luz era tenue. Familiar. Lejana de la precisión quirúrgica de la Cancillería.

Pietro dejó el abrigo.

Ana no.

Se acercó directamente a él.

—Deja de pelear con todo —susurró—… al menos esta noche.

Su mano encontró la de él.

Lo jaló apenas.

Pietro soltó una exhalación que no sabía que estaba conteniendo.

Ella dio un paso más cerca. Luego otro.

No hubo prisa. Nunca la había con ella.

No había urgencia.

Pietro no opuso resistencia. No quería.

El resto ocurrió sin necesidad de palabras. No como un impulso. Como una decisión.

La cercanía, el calor, su silueta —la curva natural de su cuerpo, la forma en que se entregaba sin reservas—, y la manera en que ella lo miraba —sin juicio, sin preguntas— lo desarmaron más que cualquier conversación.

Por un momento —solo uno— todo lo demás dejó de existir.

No Berlín. No el Führer. No las palabras que no terminaban de encajar.

Solo ella.

Y el silencio que compartían.

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Después, el tiempo volvió.

Despacio.

Ana se acomodó junto a él, la respiración aún irregular, pero ya tranquila. Sus dedos descansaban sobre su pecho, como si confirmaran que seguía ahí.

—Ves —murmuró, casi dormida—… no todo es tan complicado.

Pietro no respondió.

La miró.

El cabello rubio desordenado sobre la almohada. La calma en su rostro. Esa forma de estar… sin necesidad de defenderse de nada.

Ana era eso.

Certeza.

Cerró los ojos un instante.

Y por un momento… casi lo creyó.

Pero no fue suficiente.

Cuando volvió a abrirlos, ella ya dormía.

La respiración profunda. Regular. Ajena a todo lo demás.

Pietro permaneció inmóvil unos segundos más.

Luego, con cuidado, apartó su mano.

Se levantó.

El suelo frío lo recibió sin suavidad.

Cruzó la habitación en silencio.

El escritorio lo esperaba donde siempre.

Sólido. Ordenado. Inmutable.

Encendió la lámpara.

La luz fue suficiente.

Tomó asiento.

Durante unos segundos no hizo nada.

Solo miró.

Las manos sobre la mesa.

La noche detrás.

El eco de las voces aún presente.

Respiró.

Tomó la pluma.

Pensó en Roma.

Pensó en su padre.

Pensó en lo que había visto… y en lo que no terminaba de entender.

La tinta tocó el papel.

Dudó.

Solo un instante.

Y comenzó a escribir.