CAPÍTULO 3 — Jueves #4
El sábado, al atardecer, Ana aceptó un paseo por el Tiergarten. No hacía viento. Caminaron por un sendero ancho, sin teatro.
—¿Tienes hermanos? —preguntó Pietro.
Ana negó con la cabeza.
—Soy hija única. Una bendición y una carga.
—¿Carga?
—Sí. Mis padres pusieron en mí todas sus expectativas. Nada de errores, nada de pasos en falso.
—¿Y flores? —preguntó Pietro, sonriendo.
—Solo en los jarrones de mi madre.
—Entonces eres todo lo que tienen.
—Y todo lo que vigilan.
Ana lo dijo con un tono ligero, pero en los ojos había una seriedad breve. Pietro comprendió que en aquella familia la soledad también tenía apellido.
Se detuvieron junto a un claro donde la luz del atardecer caía entre los árboles. Pietro, sin pensarlo demasiado, rozó con su mano la de ella. Ana no se apartó.
—¿Bailas?
—No hay orquesta.
—Nos basta el ritmo —dijo Pietro, y se acercó.
El beso no fue largo. Fue claro. Después siguieron caminando, en silencio, como si nada en el mundo necesitara explicación.
Esos instantes bastaron para confirmar lo que sospechaba desde la primera vez que la vio.
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El lunes, a primera hora, Malaspina reunió al equipo.
—Nos felicitaron por la precisión —anunció—. Y por la discreción. Eso se premia. Sigamos así. —Miró a Pietro—. Usted, Berardi, evite brillos propios. Los brillos confunden a los anfitriones.
—Haré lo posible por no deslumbrar —dijo Pietro.
—Y por no opacar —terció Lucia, anotando.
—Eso también —concluyó el embajador.
La mañana se pobló de oficios. Giulio entraba y salía con recortes de prensa y entusiasmo. En uno de los recortes, una columna discreta hablaba de “ajustes en la administración civil”. Nadie dijo la palabra prohibida. No hacía falta: todos entendieron de qué se trataba.
A media tarde, Conti apareció con dos cafés en vasos de loza.
—¿Leíste la nota de esta mañana? —preguntó.
—La leí. —Pietro tomó un sorbo y bajó la voz—. Estas cosas me preocupan. No es lo que vi cuando llegué hace unos meses.
Conti soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Qué iban a gritar a los cuatro vientos que eran racistas y absolutistas en pleno año olímpico?
—No, pero… verlo tan rápido, tan abierto… inquieta.
Conti encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre dos dedos, como si dictara una lección.
—Somos diplomáticos. Nuestra tarea no es indignarnos, sino aguantar. Aunque claro… —expulsó el humo despacio— llega un momento en que la paciencia se confunde con complicidad.
—Caminar a tiempo —respondió Pietro—. Es una buena política, de momento.
Salieron al pasillo. El edificio respiraba un silencio que no era miedo; era cuidado . En la ventana, la tarde se ponía del color de los abrigos. Pietro pensó que, por primera vez, no necesitaba adornar nada. Tenía suficiente con llegar al jueves.
El jueves llegó. Y el siguiente. Y el siguiente.
Con Ana en el café, con pasos por el parque, con bailes medidos y sobremesas contenidas.
Con discusiones breves donde cabían Núremberg y el orgullo, la utilidad y el miedo, el trabajo y la vergüenza.
Con Malaspina repitiendo que la utilidad era una virtud nacional, con Lucia ajustando flores y sellos, con Giulio aprendiendo a no hablar antes de tiempo y con Conti poniendo libros usados donde hacían falta.
Pietro dejó el cuarto de huéspedes y alquiló, a finales de noviembre, un piso amueblado de una habitación cerca de Savignyplatz . Desde allí, Kurfürstendamm quedaba a un paseo. No lo celebró con nadie. Lo anotó en el cuaderno: “Un lugar para dormir sin oír el radiador del pasillo”.
No todo era brillo. De vez en cuando, en las cenas, surgía un comentario que raspaba.
Un oficial bromeó sobre “mezclas inconvenientes”.
Un comerciante retiró un apellido de su lista de clientes.
Un camarero evitó una mesa. No eran escenas grandes.
Eran puntas. Pietro las registró sin convertirlas en discurso.
En diciembre, el Instituto Italiano organizó un baile discreto.
La relación con Ana había progresado, y Pietro le pidió que lo acompañara.
Bailaron. Hablaron de Potsdam sin haber ido todavía.
Él prometió esa salida breve “cuando pasaran las fiestas”; ella dijo que sus padres querrían una cena formal antes de permitirle hacer planes de ese tipo.
—¿Estamos en una relación? —preguntó él, entre divertido y serio.
Ana rió, se ruborizó y le dio un golpe juguetón en el brazo.
—¿O no? —replicó con picardía—. Si no, dímelo y me voy ahora mismo.
—Nada me gustaría más en el mundo que estar en una relación contigo, Ana Hartmann.
A la salida, en la calle, el aliento salía en nubes pequeñas. Pietro le ofreció el brazo; ella lo tomó sin dudar. Pidió un coche y la acompañó hasta su casa, en un edificio sobrio de Charlottenburg.
El trayecto fue breve, con el silencio cómodo de quienes no necesitan palabras. Frente a la puerta, Ana se quitó un guante y le tocó la mano, apenas un instante.
—No me des promesas grandes —dijo—. Prefiero los jueves.
—Entonces jueves —respondió él.
Se despidieron con calma. La puerta se cerró y Pietro se quedó un momento en la acera, con la sensación de que Berlín, por fin, le ofrecía un hogar.