CAPÍTULO 3 — Jueves #3
Los hombres del Ministerio parecían tener siempre una estadística al alcance de la mano: kilómetros de autopista, toneladas de acero, porcentajes de crecimiento. Cada cifra era presentada como un argumento irrefutable, como si la matemática fuese la única ideología necesaria.
En la terraza, el aire frío hacía que la verdad pareciera más simple.
Los murmullos quedaban amortiguados por las columnas y las lámparas encendidas.
Conti se acercó con dos copas de vino. Pietro, en respuesta, sacó de su bolsillo un pequeño estuche con dos puros y le ofreció uno.
El gesto fue aceptado con un guiño agradecido.
—¿Qué ves? —preguntó Conti, encendiendo el puro con calma.
Pietro dejó que el humo se elevara antes de contestar. —Gente que sabe estar. —Hizo una pausa, bajando la voz—. Y debajo… gente que parece no pensar por sí misma. Mecanizados. Podríamos llamarle fanatismo.
Conti asintió despacio, con la media sonrisa de quien reconoce una herida en voz ajena. No insistió con Goethe esa vez; no hacía falta envolver la verdad en versos.
Dentro, Malaspina reía con estrépito ante algún comentario alemán, levantando la copa como si con ella pudiera brindar por su propio reflejo.
Pietro lo observó un instante y pensó que aquella sala, pulida hasta la exageración, era menos un edificio que un espejo colectivo: todos reflejaban lo que los demás esperaban ver.
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La tarde era clara y fría, con un sol que apenas alcanzaba para dorar los tejados.
El Kranzler olía a café recién molido y a pan dulce tibio.
Pietro llegó con la puntualidad nerviosa de quien teme llegar tarde a algo más que una cita.
Ana ya lo esperaba, dos minutos antes, con los guantes en la mano y un libro cerrado sobre la mesa.
No negociaron los puestos: él frente a ella, como si así lo hubieran hecho siempre.
—Has traído un libro —dijo Pietro. —Y tú, esa libreta que nunca sueltas —respondió ella. Ambos sonrieron, como si hubieran ensayado ese inicio.
El camarero dejó dos cafés y un plato de pastas que no habían pedido. “Cortesía de la casa”. Ana agradeció con una leve inclinación; Pietro pensó que ella estaba acostumbrada a cortesías que parecían naturales.
—¿Qué lees? —preguntó él. —Rilke. Cartas a un joven poeta. —Demasiada melancolía para una tarde clara. —¿Y lo tuyo? —señaló el cuaderno. —Aforismos. Tonterías. —No creo que los escribas como tonterías. —Tal vez como recordatorios. De lo que temo olvidar.
Ana lo observó con curiosidad, no con juicio. —Entonces escribe uno ahora. Para mí.
Pietro sonrió, tomó la pluma y trazó una línea rápida. Le tendió la libreta. Ana leyó en silencio: “Hay miradas que no preguntan nada, pero lo cambian todo.”
Cerró la libreta sin devolverla de inmediato. —Eso no es un recordatorio. Es un truco. —¿Funcionó? —Tal vez.
Se quedaron un instante callados. Afuera, un tranvía chirrió en la esquina y dejó caer un grupo de transeúntes con bufandas y abrigos pesados. Ana giró la taza en el platillo.
—Si tuvieras que describir Roma en una palabra, ¿cuál sería? —No lo sé, Historia o Ruido. —¿Y Berlín? Pietro la miró unos segundos antes de contestar. —Expectativa. —¿De mí también? —De ti, sobre todo.
Ella no replicó. Bebió un sorbo de café como si aceptara el golpe con elegancia.
Hablaron después de cosas más ligeras: los cafés preferidos de la Unter den Linden, los teatros donde aún daban Ibsen, el rumor de que pronto habría una nueva producción de Wagner con decorados deslumbrantes.
Pietro contó de su infancia en Roma, de cómo, de joven, buscaba refugio en el Coliseo y se sentaba a escribir frases en los márgenes de sus cuadernos de latín, como si las ruinas lo escucharan mejor que los maestros.
Ana confesó que había aprendido francés sola, leyendo revistas viejas que una tía traía escondidas de París.
El tiempo se volvió elástico. La tarde avanzaba y ellos no parecían notarlo. Cuando finalmente salieron, la calle olía a castañas asadas y a carbón húmedo. Ana se puso los guantes sin prisa. Pietro caminó a su lado, no demasiado cerca, pero tampoco lejos.
Llegaron al puente sobre el Spree . El agua gris reflejaba la luz pálida del invierno. Ana se detuvo y apoyó los codos en la baranda.
—¿Te gusta Berlín? —preguntó. —Me gusta que me obligue a observar. Roma es una ciudad que se impone. Berlín, en cambio, parece pedirte que la descubras. —Eso no suena como cumplido. —No lo es. Es mejor.
Ana rió suavemente. El viento le movió un mechón corto de cabello rubio y Pietro sintió la punzada de querer apartarlo con la mano, pero no lo hizo.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué esperas de esta ciudad? Ana miró el agua un momento antes de responder.
—Que se levante. Que vuelva a tener orgullo.
Hubo un silencio breve. Luego ella añadió, casi en un susurro: —Y que me dé conversaciones que valgan la pena.
Pietro asintió. Supo que era la confesión más íntima que ella le había hecho hasta entonces.
Caminaron de regreso entre escaparates iluminados. No hablaron mucho más, pero cada silencio tenía ahora el peso de una promesa. Al despedirse, Ana se quitó un guante y estrechó la mano de Pietro con la piel desnuda. Fue un gesto mínimo, pero para él tuvo la fuerza de una declaración.
La ciudad estaba llena de luces, pero Pietro pensó que esa noche Berlín brillaba solo por una mujer que caminaba dos pasos delante de él.
A los pocos días hubo otra cena menor, esta vez en el Instituto Italiano . Menos protocolo, más cercanía. Pietro hizo su trabajo, habló lo imprescindible, se permitió una broma con un agregado suizo y evitó los temas que abrían paredes. Le faltaba Ana. Malaspina, al final, dio por buena la noche.
A la salida, Pietro caminó por el Tiergarten . La nieve se había vuelto una capa fina que crujía a cada paso. En un puente, las luces caían blandas sobre el canal. Pensó en los jueves. En fluir. En ritmos.
El lunes por la mañana, Lucia se asomó al despacho de Pietro.
—El proveedor dejó dos cajas más. Giulio y Conti no aparecen. ¿Podría bajarlas a la bodega?
Pietro no protestó. En el pasillo, el frío era otro. Dentro, las barricas formaban una muralla discreta. Dejó las cajas en el suelo e introdujo la mano entre los toneles. Notó de nuevo el borde de madera, el metal, el rodillo viejo. No insistió. Salió con la misma calma con la que entró
Lucia estaba en el marco de la puerta.
—Gracias.
—De nada.
—¿Lo de la recepción del lunes?
—Listo —dijo Pietro—. Pases confirmados, plan de mesa, flores. Y el brindis al minuto exacto.
—Bien —Lucia hizo una nota en su libreta—. El embajador quiere “decencia y silencio”.
—Se los daremos.
—No todos al mismo tiempo —añadió ella, ya de espaldas.
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