El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 3 — Jueves #2
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CAPÍTULO 3 — Jueves #2

—Me gusta que intentes entender la ciudad, aunque todavía mires sus sombras con más miedo que curiosidad. Eso se aprende… con tiempo.

Dejó la taza en el platillo y sonrió apenas. —En cuanto a lo otro… —hizo una pausa breve—, veremos si me sigues gustando tú cuando llegue el próximo miércoles.

Ana sostuvo la mirada un instante más. No hubo ofensa ni entrega, solo una media sonrisa.

—Nos veremos el jueves. A esta misma hora. Y procura no traer discursos.

Se levantó sin más. No miró atrás. Pietro la siguió con los ojos hasta que la puerta se cerró y la calle la tragó. Sintió que no había recibido un favor, sino una cita con el destino.

Hay nombres que no se conquistan: se merecen. Y hay esperas que, al cumplirse, pesan más que una victoria.

A la mañana siguiente, el plan de mesa lo esperaba sobre su escritorio con una nota del Ministerio: “Agradecemos la diligencia. Plan confirmado”.

Malaspina pasó con paso de desfile. —Veo que el mundo coopera cuando se le dan instrucciones claras —dijo. —El Adlon también —respondió Pietro. —Muy bien, muy bien. Asegúrese de que el brindis llegue al minuto exacto. Y recuerde: ser útiles. —Y no causar problemas —completó Pietro.

Malaspina no captó la ironía o decidió no verla.

A última hora, Lucia dejó una caja en la mesa de Pietro. —Para el sótano —dijo—. Vino. El embajador quiere botellas adicionales para el jueves. ¿Puede bajarlas ahora? Giulio está con un mensajero.

Pietro tomó la caja. Las escaleras al sótano olían a humedad sana.

La bodega estaba al fondo, detrás de una puerta sin chapa nueva.

Dentro, además de las barricas, había estanterías de madera con botellas y cajas de archivo.

Mientras buscaba un sitio para las botellas, un olor distinto le llegó nítido: tinta .

No era fuerte; era como si alguien hubiera abierto un frasco hace semanas.

Se agachó. En la esquina, detrás de dos toneles, vio un borde de hierro y madera que no era de barrica. Un rodillo viejo asomaba apenas. Al tocar la pared, escuchó el seco de un tablón flojo.

—Deje eso, por favor —la voz de Lucia, firme en la puerta.

Pietro se volvió.

—¿Qué es?

—Material de archivo —respondió sin cambiar el tono—. Cosas viejas que aún sirven. Y este sitio es para el vino, no para la curiosidad.

Lo ayudó a colocar la caja. Antes de salir, con gesto neutro, enderezó una botella. Cerró la puerta. —Gracias —dijo Pietro. —De nada —respondió ella, y no añadió más.

Subieron. El pasillo del sótano quedaba en penumbra. De vuelta en su mesa, Pietro anotó una línea sin adorno en su cuaderno negro:

La casa tiene rincones que no figuran en los planos.

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La cena del viernes en el Adlon transcurrió con puntualidad alemana y cortesía italiana.

El plan de mesa funcionó. Pietro, de pie junto a Malaspina, tradujo lo necesario y dejó intacto lo peligroso.

El subsecretario alemán habló de autopistas; Malaspina, de mármol y disciplina. Hubo un brindis. La copa sonó limpia.

La sala del Hotel Adlon estaba bañada de luz eléctrica y espejos. Candelabros, mármol y camareros uniformados se movían como engranajes de un reloj. Las conversaciones se mezclaban en un murmullo de copas y violines.

Pietro, al lado de Malaspina, había cumplido con las sonrisas y las traducciones de rigor. Entre brindis y estadísticas de producción, pensó que esa velada sería otra suma de frases vacías. Hasta que, en el intermedio, la vio.

Ana. Vestido sobrio, el cabello rubio corto peinado en ondas al agua, guantes cortos. Caminaba con dos compañeras del Ministerio, pero no desentonaba en la sala: parecía haber nacido para ese escenario.

Pietro la observó unos segundos, incrédulo.

Ella también lo vio, aunque fingió no hacerlo hasta que las distancias se acortaron.

Entonces, con una media sonrisa, dejó escapar: —¿Me estás siguiendo?

—dijo ella con una sonrisa traviesa. —No con la gracia suficiente —replicó él.

—Ni con la puntualidad debida —añadió, dejando la frase flotando como un reto.

Pietro rió, breve, cuidando que Malaspina no lo notara demasiado. —Nos prometimos cafés. No cenas de gala.

—Pues aquí estamos —dijo ella, como si el mundo hubiera conspirado.

Caminaron unos pasos hacia la mesa donde sus compañeras conversaban. Ana giró hacia él: —¿Quieres que te presente a mis padres? Están aquí esta noche.

Antes de que Pietro respondiera, un hombre de bigote recortado y traje oscuro se acercó, acompañado de una mujer de porte severo. —Papá, mamá —dijo Ana—, este es Pietro Alessandro Berardi, de la embajada italiana.

El padre extendió la mano con un gesto medido. —¿Embajada italiana, eh? Bienvenido.

La madre lo miró con una cortesía que olía a juicio. —Un extranjero con buenos modales —comentó—. Eso siempre ayuda.

Pietro sostuvo la mirada, sonriendo lo justo. —Es un honor conocerlos. Este lugar demuestra cuánto aprecia Alemania la cultura y la hospitalidad.

El padre asintió con un leve gesto, satisfecho de escuchar en boca ajena lo que confirmaba sus propias convicciones. La madre, en cambio, lo observó como quien toma nota de cada palabra para juzgarla más tarde.

Entonces apareció otro joven: uniforme negro impecable de las SS, insignias discretas en la solapa, rostro seguro. —Berardi, este es Otto Weiss —anunció Ana—. Amigo de la familia.

Otto estrechó la mano con firmeza. —Un placer —dijo en un alemán impecable. Su mirada, breve pero cortante, transmitía algo más que cortesía: pertenencia.

Los cuatro hablaron unos minutos de temas amables: reconstrucción de barrios, planes de carreteras, el esplendor de los Juegos Olímpicos. Otto intervenía con naturalidad, defendiendo la disciplina alemana como virtud nacional. Pietro escuchaba, respondiendo con diplomacia.

—Lo que más me impresionó —dijo Otto— fue ver cómo los extranjeros se marcharon convencidos de que Alemania es orden, fuerza y cultura.

Nadie puede negar lo evidente. —El orden impresiona, sí —respondió Pietro—.

Aunque a veces me pregunto cuánto puede sostenerse sin asfixiar.

El padre de Ana carraspeó, incómodo. Otto sonrió apenas, como quien tolera una excentricidad.

Ana, en cambio, miró a Pietro con brillo de diversión.

—Nos volveremos a ver —le dijo en voz baja, al separarse del grupo. —¿Es promesa o advertencia? —preguntó él. —Depende de qué traigas al próximo jueves.

La orquesta reanudó un vals. Pietro la invitó con un gesto, y Ana aceptó.

Bailaron un par de piezas: él con precisión aprendida, ella con naturalidad.

Cuando la música terminó, Ana inclinó la cabeza.

—Sabes llevar el paso. —Me lo enseñaron rápido.

—Te enseñaron a no pisar —corrigió—. No es lo mismo.

Se sonrieron brevemente. Fue entonces cuando Otto se acercó, impecable en su uniforme negro. —Ana, ¿me concedes esta pieza?

Ella dudó un segundo, apenas lo suficiente para que Pietro lo notara, y luego asintió. Otto tomó su mano con seguridad y la condujo a la pista.

Pietro se retiró con cortesía hacia la mesa, donde los padres de Ana lo miraban con interés contenido. El padre fue el primero en hablar: —¿De qué familia Berardi proviene usted?

Pietro sostuvo la mirada, sin perder la sonrisa. —De una familia antigua de Roma. No de las más influyentes hoy, pero con un apellido que aún abre algunas puertas. El Duce ha procurado mantener ciertos vínculos con linajes de abolengo; supongo que eso explica que yo esté en Berlín.

El padre se inclinó hacia él, con voz grave.

—¿Y qué piensa usted del Duce? Italia cambia con rapidez. ¿Está de acuerdo con su camino?

Pietro sostuvo la copa con firmeza, midiendo cada palabra.

—Mi deber es servir a mi país, señor. El Duce busca grandeza, y yo… trato de hacer lo que puedo desde mi puesto. No siempre comparto todos los métodos, pero creo en servir lo mejor posible dentro de mis posibilidades.

El padre asintió, como si la respuesta fuese suficiente pero no lo convenciera del todo.

La madre, en cambio, dejó escapar con suavidad:

—Un extranjero distinguido es siempre mejor recibido que un extranjero común.

Pietro inclinó la cabeza con cortesía. Mientras respondía, su mirada se deslizaba una y otra vez hacia la pista, donde Ana giraba en brazos de Otto.

Sintió la punzada precisa de la certeza: ella era lo que quería, lo que buscaba, lo que no debía.

Con la misma diplomacia que había desplegado toda la noche, agradeció a los padres la conversación y se despidió.

Cruzó la sala hasta donde Malaspina hablaba con otros diplomáticos italianos y un subsecretario alemán.

El embajador lo recibió con una palmada en el hombro, satisfecho de verlo en el lugar correcto.

Pero Pietro sabía que el lugar correcto, esa noche, había estado en la pista de baile, y que lo había perdido demasiado pronto.

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La recepción del sábado en la Cancillería del Reich fue correcta y larga.

Demasiado larga. La sala relucía más de lo que necesitaba: lámparas nuevas, suelos bruñidos hasta el espejo, banderas rojas con la esvástica dispuestas en perfecta simetría.

Las paredes parecían brillar más por voluntad que por limpieza.

Pietro, de pie junto a Malaspina, atendió a una cadena interminable de saludos: ministros, subsecretarios, hombres de uniforme condecorado.

Tragos breves, sonrisas medidas, frases que cabían en una tarjeta.

“Cooperación”, “cultura”, “amistad”. Cada palabra servida con la misma precisión que el vino en las copas.

Malaspina estaba en su elemento. Cada vez que asentía a un alemán, lo hacía como quien aprueba un dictado perfecto. —Ya lo ves, Berardi —murmuró, satisfecho—. Orden. Disciplina. Ser útiles, no causar problemas.

Pietro inclinó la cabeza, anotando la frase en la memoria más que en un papel.