CAPÍTULO 3 — Jueves
La nieve de Berlín —esa manera tan alemana de enmudecer las cosas— amaneció fina sobre la Wilhelmstraße .
No era una gran estampa: pequeños copos acostándose en las cornisas, plegándose con paciencia sobre los rótulos, perfilando de blanco las letras negras.
Desde la ventana alta del segundo piso, Pietro distinguía el desfile rutinario de los abrigos: los que caminaban con prisa, los que caminaban por costumbre y los que caminaban por obediencia.
La ciudad, recién salida del verano olímpico, había aprendido a mantener el mentón firme incluso cuando el invierno le mordía la cara.
Llevaba dos meses durmiendo en el cuarto de huéspedes de la embajada; el abrigo, siempre tendido sobre la silla, hacía las veces de manta de confianza.
A las ocho y media, Lucia apareció en el marco de la puerta con una carpeta abultada.
La depositó sobre el escritorio con la economía de quien no desperdicia verbos.
—Permisos —dijo—. Su tarjeta de entrada a la Cancillería estará lista el viernes. Hoy no, ni mañana. No insista: hay una rotación nueva, y el oficial de protocolo se volvió puntilloso con las fotografías.
—¿Otra fotografía? —preguntó Pietro, mirando el sello ovalado que gritaba en tinta—. Tengo seis. En una parezco profesor de latín, en otra un futbolista.
—Quiere la del perfil derecho —respondió Lucia, imperturbable—. Dice que el izquierdo es italiano.
Sin sonreír, añadió al dejar otro fajo de papeles:
—Firmas aquí, aquí y aquí. Estadísticas de italianos en Charlottenburg, invitaciones del Instituto Italiano y un recordatorio del Ministerio sobre “colaboración cultural”. Y por favor, los informes del consulado. No nos conviene… —buscó la palabra precisa— …dejar fisuras.
Pietro asintió. Hojeó los telegramas. Entre cifras y sellos había una nota breve sobre “aplicación doméstica de las leyes de Núremberg ”.
Guardó el papel en la carpeta verde. No era momento de discursos.
Sabía que esas leyes, firmadas el año anterior, ya reordenaban silencios en cafés y oficinas; discusiones de vestíbulo que nadie deseaba llevar a la mesa principal.
El olor a papel, goma arábiga y café tibio formaba un clima doméstico. A veces pensaba que la diplomacia no era sino el arte de amueblar las habitaciones para que, cuando llegara la orden de incendiar la casa, los sillones estuvieran impecables.
El timbre del interfono sonó a las nueve y diez. La voz de Lucia:
—El embajador, ahora. Y traiga la nota para la Cancillería. Quiere “palabras exactas”.
Pietro tomó los documentos y cruzó el pasillo. Malaspina lo esperaba de pie, mirando por la ventana el parque sin hojas. El despacho olía a barniz reciente y ambición antigua.
—Berardi —dijo sin girarse—. Esta tarde vendrán del Ministerio a revisar la agenda de “intercambios”. Traduce y sonríe. Sé útil, no te pases de listo y no me hagas quedar mal .
—Entendido.
—He visto tus apuntes —añadió, hojeando sin leer—. Demasiado comentario propio. Menos opinión, más trámite.
—El trámite también piensa si uno lo firma —respondió Pietro.
Malaspina alzó la vista, medido, y dio por terminada la filosofía. Señaló dos invitaciones:
—Recepción el sábado en la Cancillería. Y una cena preliminar el viernes. Que conste que somos confiables.
Pietro asintió. Sabía que en esa casa la confianza se contaba por copas levantadas y por listas completas. Salió del despacho con la sensación de haber pasado revista. En el hall, Giulio peleaba con un sello torcido.
—¿Otra visita del Ministerio? —preguntó Giulio.
—Otra.
—Entonces hoy… —Giulio hizo el gesto rápido de cerrar la boca—. Ya me entiendes.
Pietro sonrió de lado. Entendía.
A media mañana, Lucia lo detuvo en la escalera con un papel aparte.
—Protocolo —dijo—. Han cambiado el orden en la mesa del viernes. Si no lo arreglamos hoy, sentarán al subsecretario alemán lejos de Malaspina.
—¿Quién firmó el cambio?
—Alguien que no come de estas mesas. Puedes llamar a la Cancillería, pero te pedirán una nota sellada.
—Dame diez minutos.
Lucia lo condujo a la antesala. Pietro llamó al Protokollabteilung .
Una secretaria pidió “confirmación por escrito” y colgó con amabilidad reglamentaria.
Pietro dictó a Giulio un párrafo seco y lo envió con el ordenanza al Ministerio.
Luego telefoneó al jefe de sala del Hotel Adlon : “dos cubiertos suplementarios por si el subsecretario trae acompañante; cambio del centro de flores de la mesa tres; copa de bienvenida adelantada cinco minutos para compensar.”
Cuando colgó, Lucia ya sabía.
—¿Resultado?
—Nos devolverán el plan de sala antes del mediodía. Y el Adlon hará como si siempre hubiese sido así.
—Bien —dijo ella—. Malaspina preferirá pensar que fue idea suya.
—Lo será a partir de ahora.
Lucia no sonrió, pero su silencio fue amable. Pietro volvió a su mesa. Había aprendido que, en ese edificio, la autoridad también se medía por problemas resueltos antes de que estallaran.
A las cinco de la tarde, Conti se asomó con un abrigo gris y una cortesía que nunca hacía ruido.
—¿Alguien quiere ir por una cerveza?
—Eres muy amable, pero tendré que declinar. Será en otra ocasión —respondió Pietro—. Hoy quiero llegar puntual a la calle.
—¿A la calle o a alguien de la calle?
Pietro no contestó. Conti entendió.
Durante dos meses, Pietro repitió el mismo ritual al salir de la embajada, hacia las cinco y media de la tarde.
Bajaba los escalones de la villa con un pretexto distinto cada día —un recado, una caminata breve, un supuesto interés por las librerías de Unter den Linden—, pero la intención era siempre la misma: encontrar a Ana.
Solo tenía su nombre de pila y la memoria del pañuelo blanco en el estadio, de aquella conversación fugaz en el jardín.
Las primeras semanas caminó con ilusión; después con costumbre; al final, con una mezcla de fe y resignación.
Miraba cada rostro entre la multitud de abrigos y bufandas, como si en cualquiera pudiera aparecer ella.
Volvía a la embajada sin resultados, anotando frases inconexas en su cuaderno como si fueran rezos.
Ese jueves, la nieve no estorbaba. A las cinco y cinco, Lucia lo vio ponerse el abrigo.
—¿Lo de siempre? —preguntó, como si hablara de un trámite.
—Lo de siempre —dijo él.
En la acera, Pietro reconoció primero el gesto y después la figura.
Ella cruzó frente al portón de la embajada sin mirarlo , como quien no repara en un escudo que ya conoce.
No fue un accidente: el paso traía una decisión tranquila.
Se detuvo ante el escaparate de la librería, tocó con dos dedos el lomo de un libro cualquiera y esperó lo justo para que el mundo pareciera casual.
—Llegaste tarde —dijo ella, sin volverse.
—Solo dos meses —respondió Pietro. Pietro se quedó inmóvil unos segundos, como si el mundo por fin hubiera obedecido su espera.
Ana giró apenas. En sus ojos no había sorpresa, sino confirmación.
—¿Qué haces por aquí?
—Trabajo en la embajada, pero eso ya lo sabías —dijo Pietro—. La verdadera pregunta es qué haces tú frente a mi embajada.
Ana sonrió apenas.
—Trabajo cerca.
—¿Dónde?
—En el Ministerio de Educación y Cultura. Solo soy secretaria, nada grandioso, pero suficiente para llenar las tardes.
Pietro la miró como quien no quiere desperdiciar la ocasión por exceso de prudencia.
—Te estuve buscando todos los días durante los últimos dos meses —dijo, sin medir del todo sus palabras.
Ana lo miró con calma, sin sorpresa, como quien recibe un dato esperado.
—Entonces ven —dijo—. Hay mesa en el Kranzler.
Caminaron sin ceremonia, ni muy juntos ni muy lejos. Nadie habló de nacionalidades; eso ya estaba dicho desde aquel día en el estadio y en el jardín, cuando él, en un ataque de honestidad, había contado más de lo prudente sobre su origen y su familia. Ahora no hacían falta biografías: solo el paso.
En el café, la ventana devolvía una ciudad lavada. Ana dejó los guantes sobre el platillo, alineó la taza con un gesto breve.
—Me alegra que no hayas intentado otros caminos —dijo—. Buscar a una persona sin apellido es una manera decente de no perderse.
—Me perdí igual —sonrió él—. Pero por calles bonitas.
—Eso ayuda.
Hubo un silencio breve. Afuera, un perro se negó a cruzar y su dueño lo cargó como a un niño cansado.
—¿Estuviste en los Juegos? —preguntó ella.
—Casi todos los días. Como parte del teatro diplomático.
—Entonces viste lo que yo vi: una Alemania capaz de mostrar al mundo lo mejor de sí. —En su voz había orgullo, pero también una nota crítica.
—Vi precisión, sí —respondió Pietro—. Y también vi cómo los bordes estaban demasiado planchados, como si alguien escondiera arrugas debajo de la alfombra.
Ana lo miró con una sonrisa contenida.
—¿Y no es eso lo que hacen todos los países cuando quieren impresionar?
—Sí. Pero en Roma aún se ven las grietas; aquí las taparon demasiado bien. Y la verdad no sé qué tan cierto sea. Estoy impresionado, pero también hay algo en mí que me da un mal presentimiento. No lo sé… quizá sea solo un presentimiento necio.
Ana giró la taza en el platillo, pensativa.
—Tal vez ese sea el precio de vivir aquí —dijo al fin—. Preferimos un escenario perfecto a un caos sincero. ¿Es propaganda? Sí, lo es. ¿Pero acaso Roma no exhibe sus ruinas como si fueran coronas?
—Quizá —respondió Pietro—. Pero lo que es perfecto demasiado tiempo termina por asfixiar. La vida está en los matices, no en los extremos. He leído algunas leyes que me han inquietado… demasiado rígidas, demasiado frías. Quizá de ahí viene mi presentimiento.
Hizo una pausa y la miró de frente, con una franqueza que no había calculado.
—Pero no me malinterpretes: disfruté los Juegos, me gusta esta ciudad… y me gustas tú.
Ana sostuvo la mirada un instante más de lo necesario. No se sonrojó, no bajó los ojos. —Sabes escoger tus palabras, diplomático. Y también cuándo soltarlas.
Levantó la taza y bebió un sorbo antes de continuar.