27. Berenice #2
Me vestí como si me fuera a presentar frente a un jurado que ya sabía todo de mí.
Nada de estridencias. Nada que gritara. Ni siquiera susurros.
Un pantalón negro de seda pesada, de pinzas, y las patas anchas sin un solo pliegue ni arruga fuera de lugar.
Arriba, una blusa de seda color óxido, sin mangas, pero con el cuello altísimo y estructurado.
No llevaba aros, no llevaba reloj, no llevaba collares.
Solo una pulsera antigua que había sido de mi mitómana madre, como un amuleto para que no se me notara el temblor.
Me sentía feliz, como nunca antes, y eso me hizo sentir fuera de mí. Tuve que aplacar ese sentimiento para que no contrastara tanto con las fotografías exhibidas de mujeres sufrientes.
La galería estaba más linda que nunca y olía a flores blancas.
Habían armado arreglos gigantescos con jazmines, lirios y ramas de eucalipto, que estaban puestos sobre pedestales justo frente a la entrada y a lo largo del pasillo principal.
Todo lo eligió la PR de Pedro, que además había conseguido unos difusores de ambiente con aroma a incienso japonés.
Era una mezcla densa, húmeda, que quedaba pegada en el cuello y en las mangas de la ropa.
Faltaban minutos para la inauguración. Pedro llevaba un traje azul noche que seguro no era suyo, y estaba atornillado a mi lado. Estábamos nerviosos, pero esta vez su cercanía no era de lo más agradable: estaba perfumado hasta el delirio. Me consumían las náuseas.
La música sonaba desde las esquinas, envolvente y suave: piezas seleccionadas por mí durante semanas, un loop interminable de instrumentales, Piazzolla, algo de Max Richter y una versión llorosa de «La foule» que no sabíamos quién había grabado, pero que sonaba como si Clara la hubiera elegido.
Me pareció muy adecuado. Todo estaba listo.
Empezó a llegar la gente. Primero, los más previsibles: las chicas del grupo de boudoir que había fotografiado para la portada de la revista Sensa, maquilladas como espectros barrocos, con labios delineados de oscuro y vestidos de satén. « Muy performático todo».
Aurora llegó temprano, con una copa en la mano y un sombrero absurdo.
Aparentemente ya estábamos reconciliadas después de nuestra discusión.
Me abrazó fuerte y dijo que estaba orgullosa, que las fotos eran una bomba, que sabía que yo iba a «explotar» en algún momento, aunque lo dijo como si eso fuera algo bueno.
Pensé en la historia que nos llevó a ambas hasta ese lugar, todas las veces que nos habíamos visto y peleado, pero jamás nos llegamos a conocer.
La Polaca me admiraba, pero siempre había sido envidiosa y yo en el fondo seguía creyendo que la broma del acoso que me habían jugado había sido de su autoría.
Ella no lo había negado del todo y con eso me alcanzaba para demostrar su culpabilidad, pero no importaba porque yo había ganado.
Mi obra estaba siendo expuesta y ya me estaban preguntando precios, mientras que ella nunca lograba vender nada y se estaba convirtiendo en escritora.
No es sororo competir con otra mujer, pero era una riña justa e inofensiva entre colegas.
Más tarde llegaron los chicos de la agencia Rosée, una banda de modelos de veintitantos con pieles perfectas y nombres impronunciables autoimpuestos.
Los invitaban a todos lados porque eran bellos, extravagantes y disfrutaban gastando el dinero de sus padres en obras de arte emergente.
La concurrencia que todo expositor quiere.
Se sacaron selfies al lado de las fotos y me saludaron como si fuéramos viejos amigos.
Me hizo gracia que me agradecieran por haberlos invitado, yo no sabía quiénes eran.
La sala estaba bañada en una luz tenue, puntual, con haces suaves sobre cada una de las diez fotos expuestas.
Pedro había decidido trabajar con luz cálida filtrada por papel vegetal, para que no hubiera rebotes, para que todo pareciera más íntimo, y lo era.
Lo era incluso con las cincuenta personas que ya caminaban por la sala.
Había una reverencia tácita, algo ceremonial en la forma en que la gente se acercaba a las fotos.
Hice una recorrida rápida y en menos de media hora, ya había dos piezas marcadas con un punto rojo.
Eso significaba que estaban vendidas, Pedro estaba eufórico.
También apareció la dueña de ARENGA, con su séquito de asistentes que parecían sacados de una editorial de revista económica.
Me besó ambas mejillas con lentitud, como si cada gesto suyo estuviera pensado para la lente de una cámara inexistente.
Me dijo que teníamos que hablar pronto, que quería mostrar mi trabajo en su espacio nuevo, que la sensibilidad que yo manejaba no se veía desde hacía años.
Una locura, teniendo en cuenta que cuando hice las fotos de campaña para su marca, parecía odiarlas todas.
Yo asentí, sin darle demasiada relevancia, pero igual sonreí.
Y entonces llegó Tuti. La vi desde el otro extremo de la galería y sentí como si una tormenta eléctrica hubiera entrado por la puerta principal.
Llevaba un vestido blanco translúcido, lleno de bordados plateados y flecos, una especie de túnica de mae umbanda versión cabaret porno futurista.
Abajo, una malla enteriza del color de su piel.
Se le veían los pezones si uno la miraba dos segundos de más.
Parecía desnuda. Desnuda en mi noche. Llevaba el cabello suelto, húmedo, con algunas trenzas minúsculas.
Las pestañas cargadas de maquillaje. Era una diosa, una visión, una provocación, un escándalo.
Y no me gustó. No me gustó verla así entre mis fotos, entre mis mujeres, entre Clara.
Yo estaba temblando por dentro y ella caminaba como si fuera a dar una charla TED sobre cómo abrir portales dimensionales con la energía del útero.
Un mal movimiento y se le iban a ver las tetas.
Un mal pensamiento mío y ya me las estaba imaginando.
No pensé que fuera necesario explicarle el dress code , ella había estado planificando todo conmigo y, así y todo, se presentó casi desnuda en mi muestra.
Llegó tarde buscando llamar la atención y entró sacudiendo las tetas entre la gente de mi escena.
Sentí una profunda vergüenza. Tuti no era culpable de no conocer las reglas de un ambiente que le era ajeno, pero si era culpable de estar faltándome el respeto a mí y a mi obra. « ¿Era necesario venir casi desnuda?».
Caminó hacia mí como si no hubiera nadie más. Me besó en la mejilla con una lentitud escénica, me dio asco esa actitud.
—La muestra es insoportable de hermosa.
Yo no dije nada, porque la insoportable estaba siendo ella.
Quería decirle que parecía vestida para un ritual sexual, pero no dije nada.
Solo podía pensar que no quería compartir esa noche con ella.
No quería que nos vieran juntas, no hasta que puliera su imagen.
Si iba a estar conmigo no podía salir disfrazada para el carnaval, nunca más.
Porque esa no era solo mi noche. Era la noche de Clara. Y ella, que ya no respiraba, me parecía más presente que todas las personas vivas en ese lugar.
La quinta copa de espumante no me hizo ningún efecto.
O tal vez sí, pero en lugar de relajarme me puso más tensa.
Me movía de un lado al otro como si estuviera cuidando que la muestra no se desarmara sola.
Pedro seguía dando vueltas con la PR. Aurora hablaba con los modelos.
A Tuti la perdí de vista, me escondí de ella, no podía ni mirarla.
La ignoré con la intención de que entendiera su falta.
El corazón me latía en la garganta. Sentía la piel de la espalda húmeda. Cada vez que alguien me abrazaba, me daban ganas de gritar por haber dejado que esto se volviera tan grande, tan real. Por haber creído que estaba lista.
La Polaca caminó hacia mí, justo cuando yo estaba buscando un lugar donde esconderme de mi propia obra. No tenía ánimos para hablar con ella, pero pensé, «erróneamente», que podía distraerme un poco con sus delirios. Lo habitual, esa era la función de la Polaca.
—Te perdono—me dijo—. Te perdono porque tu locura hace cosas maravillosas.
—¿Y por qué me perdonas? ¿Yo qué te hice?
—Me dijiste cosas horribles, y me acusaste de sabotearte.
—Cosas horribles sí te dije, lo reconozco, pero Aurora, sí intentaste sabotearme. Todos esos mensajes, la foto, los olores, por favor, no me hagas revivirlo o vamos a volver a pelear.
—Bere, por favor, somos adultas. Si mi intención hubiese sido usarte como experimento performático, te lo hubiera dicho. El arte lo justifica todo, pero yo no hice nada.
—Polaca, ya lo dijiste, somos adultas. Puedo entender que te hayas equivocado, pero no que lo sigas negando.
—Te juro por la vida de mi hijo, que no tuve nada que ver con eso. Jamás entré a tu casa. No sé ni dónde vives.
—No sabía que tenías un hijo —confesé, de verdad no conocía de nada a esta mujer.
—Ahora lo sabes. Si hubiese tenido un plan para hacerte algún daño, no me hubiera presentado hoy. Vine para felicitarte y para volver a decirte que no hice, ni haría nunca, ninguna acción en tu contra.
—Pero entonces… todo aquello. ¿Quién fue? —le pregunté, pero en realidad estaba pensando en voz alta. Ella no podía tener la respuesta.
Respirar, necesitaba respirar.
Corrí desde mi punto de reunión con la Polaca, hasta la ventana más cercana y la abrí de par en par. A pesar del aire helado de junio, que parecía molestar a mis propios invitados. El aire y la realidad me golpearon la cara.
Estaba empezando a ahogarme. Los olores, allí dentro ya no olía a flores blancas ni a perfume de gente rica. Olía a químicos, a Berlín. A papel fotográfico mojado. A cosas reales. Crudas. A cosas que se hacen con las manos.