27. Berenice #3
Nada estaba resuelto. La corta sensación de éxito se me estaba escapando entre los dedos. La única persona que podía darme respuestas era, a su vez, la única persona que ya no podía dármelas. Clara.
El cuarto-homenaje-altar era pequeño y estaba envuelto en luz roja.
Lo ambienté igual que estaba mi laboratorio la primera vez que vi a Clara en la bañera.
La misma lámpara que usaba cuando revelaba en casa, colgada del techo, apenas iluminando.
Había un ventilador viejo que movía el aire en espirales lentos.
A mi derecha, la mesada de mármol se transformaba en laboratorio: bandejas de revelado llenas de líquido ámbar, pinzas metálicas, guantes manchados.
A un costado, una caja con rollos de película, otra con papeles fotográficos envueltos en negro.
Y sobre todo eso, colgando como si respiraran lento, las fotos húmedas.
Las de Clara. La serie entera.
No las toque, no podía. Me senté en el piso, con la espalda contra la puerta y lloré.
No a gritos. Ni siquiera con lágrimas abundantes.
Lloré como se llora cuando ya no se puede más, como si me estuviera vaciando por dentro y no importara que me vieran rota.
Porque nadie me vio. Porque, por fin, estaba sola.
Y con ella. Clara era la única que me entendía, la única que sabía lo que era realmente el dolor de no pertenecer a nada.
Empujé el tocadiscos y Édith Piaf empezó a cantarme bajito, con ese vibrato viejo que parecía romperse. « No, no me arrepiento de nada, decía ella en franc és ». Como si me lo estuviera diciendo Clara, o se lo estuviera diciendo yo.
Las fotos, todavía húmedas, colgaban como carne esperando ser curada. Las luces rojas las hacían parecer heridas abiertas. Cada una de las mujeres de la muestra tenía una historia, pero Clara era otra cosa. Clara era una dimensión. Clara era una pregunta. Clara era una confesión y un enigma.
Afuera, el mundo seguía. Los flashes , las copas, los halagos tibios. Adentro, Clara me dijo en voz baja todo lo que no quise escuchar, que la había convertido en símbolo, la había embalsamado en mi lente, le había robado su historia para darle sentido a la mía.
Quise apagar la música, pero no pude, el cuerpo no me respondía. Pude finalmente, en ese acto decadente, experimentar la verdadera quietud del cuerpo, la parálisis. Tampoco pude levantarme. La ropa se me pegaba al cuerpo. Las manos me temblaban.
Pensé en Tuti allá afuera. En su vestido blanco y su escote inútil, en su voz, en cómo no había podido mirarla a los ojos.
Y cómo, durante toda la noche, evité buscarla.
Ella tendría que estar apoyándome ahora, conteniendo este tsunami emocional, pero estaba afuera exhibiéndose de la manera más grotesca, en busca de aprobación.
Me la imaginé riendo grotescamente con las modelos, provocándolas, dejando que la tocaran y también imaginé que llevaría a esas mujeres a mi casa cuando yo no estuviera en el país.
Supe que todo mi círculo iba a reírse de mí a mis espaldas en cuanto me fuera. Por su culpa.
Quizás, en ese instante, entendí que no quería compartir mi vida con ella.
Me arrepentí de haberla invitado a formar parte de esto.
Me dio asco el solo pensar que le conté de Clara, que la dejé ver esta pequeña instalación privada.
No era algo para compartir ni siquiera con alguien que creía que me hacía bien.
Quizás fue un ataque de pánico, o de lucidez.
Quizás era exactamente el lugar donde tenía que estar.
—¿Bere? —la voz suave, apenas un susurro, se filtró por debajo de la puerta—. ¿Estás ahí?
Era Tuti. «Hablando del diablo».
Contuve la respiración… Por un segundo entero pensé en no contestar, en quedarme ahí hasta que todos se fueran, hasta que se apagaran las luces y el mundo se vaciara. ¿Y si me encerraba para siempre? ¿Y si me convertía yo también en obra, en pieza curatorial, en parte del decorado?
—Te buscan los de la prensa —dijo con esa mezcla de urgencia y ternura que tanto me desesperaba—. Quieren fotos tuyas para la nota de mañana. Pedro dice que vayas, que es importante.
No respondí porque no quería hablarle, pero me incorporé.
Mi ropa estaba arrugadísima y no había nada que pudiera hacer para arreglarlo.
Me acomodé el pelo con los dedos húmedos.
Me miré en el espejo opaco y me pareció que no había nadie detrás de mis ojos amarillentos. Así de vacía como estaba, decidí salir.
Cuando abrí la puerta, Tuti me miró sin reproches ni preguntas. Como si supiera exactamente qué parte de mí estaba rota desde hacía una hora, y asumiendo la culpa de ello. Me acomodó con suavidad un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Estás perfecta. —Y no dijo nada más.
Caminamos juntas hasta la sala central. Las luces ahora estaban más bajas, las sombras se estiraban y comenzaban a comerse las fotos. Pedro apareció desde el fondo con una copa en la mano y un:
—¡Ahí está mi estrella! —Que me hizo acelerar el corazón. Le quise gritar que no era una estrella, que las estrellas no se desangran en baños convertidos en altares, pero me limité a sonreír.
Posé para las fotos. Sola. Luego con Pedro.
Después con un par de curadores, una actriz, un tipo que tenía una galería en Lima.
Todos sonreían, todos decían cosas sobre la crudeza, la potencia, la belleza contenida de la muestra.
Yo no escuchaba nada. Solo veía a Tuti, unos metros más allá, charlando con una chica alta, de rulos oscuros y un vestido violeta que no dejaba mucho a la imaginación.
« La está tocando, está dejando que la toquen»,
Reían. Tuti reía con los dientes, con todo el cuerpo y algo dentro mío se desplomó de odio, de celos. De esos celos como animales salvajes que huelen la sangre después del encierro. Había cometido el error de querer poseer « algo» que sabía que no me pertenecía ni me iba a pertenecer nunca.
Me tragué el vino. Después me serví otro.
Después otro. No recuerdo si comí, creo que no.
En algún momento me di cuenta de que estaba hablando con alguien sobre técnicas de revelación en húmedo.
En otro momento, me vi sentada en un banco bajo una lámpara que me hizo sentir mucho calor, con una pastilla chiquita disolviéndose bajo mi lengua.
La noche entera fue una sucesión de cuadros fuera de foco.
Luces, rostros, carcajadas, flashes . En algún instante, alguien me abrazó demasiado fuerte.
En otro, alguien me dijo que estaba hermosa.
En otro, le pregunté a alguien si creía en fantasmas.
Busqué a Clara por todos lados y obviamente no la encontré más que un marco blanco colgando de la pared.
Creo que me reí, o lloré. Quizás todo eso pasó al mismo tiempo. No sé si Tuti me buscó. No sé si la busqué. No sé si hablamos, si nos tocamos, si nos despedimos.
Lo único que sé es que desperté sola, cerca del mediodía, con las sábanas arrugadas, la boca seca y el corazón como una bolsa de arcilla endurecida. La luz se colaba por la ventana como si también ella me juzgara.
Y en ese silencio monstruoso, donde ya no había galería, ni Édith Piaf, ni nadie que me salvara de mí misma, pensé que tal vez Clara había tenido razón con su decisión final. Quizás yo también necesitaba que me dejaran ir.
Me levanté a buscar agua porque sentía la lengua como papel secante y tenía la cabeza a punto de explotar.
Crucé la casa con la ropa interior torcida y un solo calcetín, buscando una aspirina como si fuera una reliquia sagrada.
En el camino a la cocina, vi mi móvil vibrando con insistente violencia.
Lo desbloqueé y sentí un vértigo extraño, de ansiedad, miedo y satisfacción.
Tenía más de cuatrocientas notificaciones. Cuatrocientas. Cuatro, cero, cero.
Me habían etiquetado en fotos: posando frente a Clara, brindando con Pedro, abrazada con alguien que no recordaba haber abrazado. Me habían reenviado capturas de la nota en La Patria, de la crítica en Cooltura+, de un par de blogs con nombres ridículos como Arte, Pan y Caos.
«Explosiva». «Radical». «Incómoda, como un grito en misa». «La muestra del año».
Una parte de mí quería sonreír, la otra quería arrancarse los ojos. Entre toda esa marea de fuegos artificiales, solo tres mensajes me atravesaron.
Mi querido Pedro, que siempre estaba entre el éxtasis y la logística. Lo amaba por eso.
Pedro Gilipollas: Bere, fue increíble. Vendimos todas, hay que reimprimir urgente. Tengo mil cosas para contarte. Llámame, por favor. Estoy que no me entra el alma en el cuerpo.
De Tuti pude leer solo el primero:
Tuti: Cuando estés dispuesta a hablar, por favor llámame. Te pido perdón por no haberte dado lo que necesitabas anoche.
Tuti. Mi princesa holística pidiéndome perdón y yo no sabía ni porqué carajos.
El tercero era un email. Un email de Begoña Muñoz.