27. Berenice
E staba en un cuarto vacío, blanco, sin ventanas.
Confundida. El piso era de cemento crudo, y el suelo estaba cubierto de pedazos rotos de cerámica y arcilla.
Montañas de piezas despedazadas. Corazones huecos, pulmones rajados, intestinos mal cocidos.
Algunos todavía tibios. Como si recién se hubieran quebrado, como si el golpe hubiera sido reciente.
Clara estaba en el centro. Descalza. Tenía los pies cubiertos de sangre, los dedos le temblaban, tenía las uñas negras de tierra y los ojos demasiado abiertos. Se la veía distinta. No como en las fotos. No era etérea ni espectral. Era una chica rota, desgastada, ojerosa, sucia, real.
Lloraba y me miró como si me odiara.
—Me quiero ir —me dijo.
Y no era un ruego suave, era una orden desesperada. Una súplica que salía entre sollozos, pero con una fuerza que me dejó paralizada.
—No quiero ser arte. No quiero estar en esa muestra tuya.
No quiero que me sigas sacando pedacitos.
No quiero estar más en tu cabeza. —Le sangraban los talones.
Se le incrustaban las astillas como si el barro quisiera formar parte de su cuerpo—.
¿No ves que no me estás salvando? —dijo con la voz rota.
Y ahí me desperté. Gritando.
Tuti se sentó de golpe, estaba dormida a mi lado. Me agarró los hombros con las dos manos y me pidió que respirara, que la mirara. Yo solo podía temblar.
—La cagué, arruiné todo —dije. Sentí el sabor metálico en la garganta. No sabía si era sangre, miedo, angustia o todo junto.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—No quiere ser arte. No quiere estar en la muestra —dije con la voz temblando—.
Ya lo entendí todo, Tuti. Me estaba pidiendo ayuda y yo la convertí en una sala de baño.
Me la llevé puesta como si fuera mía —suspiré—.
Le robé la voz, el cuerpo, la historia. Me equivoqué, creí que me pedía que la contara, pero no.
Me estaba gritando que la dejara en paz.
—Me tapé la cara con las manos—. Llama a Pedro. Vamos a cancelar.
—Bere...
—Llámalo. No puede haber una muestra con una mujer que no quiere ser mirada. No se hace eso.
Tuti no dijo nada. Me acarició la espalda, lento. Como se acaricia a alguien que está perdiendo el sentido de lo real.
Yo no podía parar de pensar en los pies lastimados de Clara, en su voz, en cómo se le quebraba el cuerpo entre sus propias ruinas.
—Si sigue en la muestra, la estoy trayendo otra vez. Y ella ya eligió irse. No se lo merece.
—Eso no fue un mensaje, Berenice. No vino del más allá —dijo Tuti con una voz firme, pero no dura—.
Fue un sueño, y tú sabes lo que son los sueños.
Una licuadora de culpas. —Yo no podía hablar.
Sentía las lágrimas todavía apretadas entre los dientes.
Seguía viendo las astillas clavadas en los pies de Clara, las arcillas rotas, el barro hecho sangre—.
Fue tu cabeza, tu inconsciente armando una película con todo lo que tenías atragantado.
No fue Clara. Fue tu miedo. Tu autosabotaje con escenografía.
—No fue solo miedo —susurré. Me temblaban los labios—.
Fue ella. Estaba... estaba tan triste. —Tuti me miró un largo rato.
No dijo nada. Solo se sentó en el borde de la cama y me dejó apoyar la frente en sus piernas.
Me abracé a sus muslos como una nena que busca esconderse—.
¿Y si estoy usando su historia para limpiar mi conciencia por haber robado las fotos?
—murmuré—. ¿Y si la estoy explotando sin darme cuenta?
—No la estás usando. Le estás dando un lugar. Contando algo que nadie más pudo contar. Clara no tenía voz. Tú la encontraste y no fue casual.
—Ella no quería ser arte.
—Nadie quiere, pero lo somos igual. A veces porque alguien nos mira demasiado, a veces porque necesitamos que nos miren. Lo que importa es que la trates con respeto, que no te creas dueña de nada. Ni de su imagen, ni de su historia.
—No me creo dueña. Me siento culpable.
—Entonces hazlo bien, Bere. Dale a Clara el cierre que se merece.
Sus dedos se deslizaron por mi pelo como si peinara una idea que todavía no terminaba de nacer. No me hablaba como si tuviera razón, sino como si supiera que la mía ya no me servía.
Me acarició el cuero cabelludo esos con dedos finitos que siempre estaban tibios. Me fui apagando. Apoyé la mejilla sobre su pierna y me dejé llevar por ese vaivén respiratorio. Me dejó quedarme ahí, hecha un ovillo.
—Lo importante es que la historia de Clara existe —dijo casi en un suspiro, como si se lo dijera a sí misma—. Que existe sin ti, incluso, pero esto es gracias a ti.
No respondí. Solo la abracé más fuerte. Nos quedamos así hasta que el sueño se me metió hasta los huesos. Pero esta vez, sin imágenes de barro y sangre. Solo el calor de Tuti y su olor a sudor y sándalo.
Después vinieron cinco días de lluvia torrencial en los que solo salí para recibir la compra del supermercado. Tuti se quedó conmigo porque yo estaba demasiado nerviosa y no es un sentimiento que maneje con facilidad. Nuestra cercanía era hermosa y nunca me sentí tan llena de vida.
La muestra estaba lista, solo faltaba esperar el día.
Todo estaba perfecto y esa sensación me tenía muerta de miedo.
Pocos momentos en mi historia podrían considerarse como felices, este era uno de ellos y me aferré a él con pánico de perderlo.
Tenía en Tuti un amor, en Pedro un amigo y en «El cuerpo quieto» un futuro éxito.
Hasta tenía un gato. El fantasma de Clara no había vuelto a aparecer, ni las intrusiones en mi casa, ni los mensajes confusos.
Todo tenía sentido ahora. La teoría de Pedro, esa en la que alguien me había jugado una broma macabra porque estaba llamando mucho la atención de la escena, me cerraba completamente.
Desde que había encarado a la Polaca, todo eso había terminado.
No creía que fuera una coincidencia, ella lo había negado con palabras, pero lo había confirmado con acciones, el acoso terminó ese día.
Yo ya la había perdonado, no podía culparla por querer subirse a mi éxito.
Al fin y al cabo, nunca estuve bajo una amenaza real.
Me habían puesto música, habían fumado probablemente en mi ventana, y me habían regalado un libro, pero el peligro lo había inventado yo.
Las notas que recibí siempre fueron un poco amorosas y hasta halagadoras.
Ahora, con el círculo de Clara a punto de cerrarse, con el homenaje en puertas, pude entenderlo como realmente era.
Me había obsesionado tanto con esa historia, que me había apropiado de ella.
La convertí en mi propia narrativa. La utilicé como excusa para no enfrentarme al miedo que me daba exponer, pero exponer de verdad.
Mi trabajo había sido aplaudido en circuitos pequeños, under , clandestinos, pero esto era real, era enorme, era un éxito de verdad que pronto iba a ser presentado en Milán.
«El cuerpo quieto» iba a formar parte de mi hoja de vida como un hito imposible de borrar, y lo había hecho yo casi en su totalidad.
A esa altura ya no me preocupaba la autoría de las fotos de Clara porque tenía todas las cartas para ganar esa partida.
Mi cámara, mis negativos y una modelo muerta que no puede declarar.
Nadie podría decir que no fui yo la que disparó esas fotografías.
Y aunque pudiera decirlo, era imposible de comprobar.
« Yo gané» . Pocas personas conocían la verdad; Pedro, Tuti, Aldana, Giorgio y yo.
Nadie más sabía que el origen de la foto era un completo misterio incluso para mí, y ninguno de ellos me iba a delatar.
Además, exponer esa foto no solo le daba un cierre perfecto a mi trabajo, sino también a la historia de Clara.
Esas imágenes sin contexto que aparecieron en mi cámara relataban sin palabras el triste final de una mujer hermosa que fue abducida por el dolor y la violencia de un amor asesino.
Era perfecto, el mundo iba a saber de mi talento y de su historia en un mismo acto.
Cuando Cuchi lo viera, desde la cueva putrefacta en la que seguro estaba escondido, iba a entender que Clara iba a ser eterna, pese a él.
Sin embargo, siempre iba a albergar en mí la duda de cómo llegaron esas imágenes a mis manos. Tenía la esperanza de en algún momento de mi vida encontrar la respuesta. Descubrir el misterio y dejarlo ir para seguir adelante con otros proyectos.
Estos días de lluvia sirvieron para limpiar mi mente y para afianzar mi relación con Tuti.
Eran nuestras últimas semanas juntas antes de que yo me fuese a Milán y ella se quedara en Buenos Aires.
Se iba a mudar a mi casa días antes de mi partida para ahorrarse pagar el alquiler de su departamento, y para hacerse cargo de Bukowski.
El gato mugroso iba a tener que acostumbrarse a compartir piso con su perro, pero todo iba a salir bien.
No recordaba haber tenido antes una relación a la distancia, pero, aunque me daba miedo estaba dispuesta a encararla, siempre y cuando Tuti hiciera las cosas bien.
Ella era un espíritu libre y a mi la libertad me daba algo de pánico, pero esta era «la relación definitiva», estaba segura.
Solo teníamos que ser cuidadosas, ahora mi nombre iba a ser mencionado en otros circuitos y no me gustaría que fuera por mi vida amorosa más que por mi trabajo.
Tendríamos que aprender a trabajar los celos, dominar el sexting y acomodarnos a las diferencias horarias. Sonaba a aventura.