26. Clara
A veces pienso que, para Cuchi, yo no soy una persona.
Soy una superficie trabajable, un material dócil, una arcilla que todavía no encuentra su forma final.
Me doy cuenta cuando me señala cómo debería sentarme, cómo inclinar el cuello, cómo llevar el pelo, que ese vestido me achata, que ese gesto me infantiliza, que si camino un poco más erguida parecería más segura, que el tono de mi voz, si lo bajo apenas, gana gravedad.
Me lo dice con dulzura. siempre con esa mezcla de cariño y precisión quirúrgica. Como si su mirada fuese un cincel.
No sé si es amor, pero es lo más parecido que tengo a alguien que me cuide.
Yo quiero pensar que me está esculpiendo.
Como yo hago con mis piezas, esas vísceras dulces que a veces se me parten por inexpertas, por apuradas.
A veces pienso que mi cuerpo también se parte por lo mismo, por no saber, por no poder ser todo lo que Cuchi ve que puedo ser.
Porque me cuesta tanto sostener la imagen de alguien valioso, alguien que merece ser artista.
Una artista de verdad, no una improvisada con manos temblorosas y barro quebrado.
Cuchi dice que tengo que empezar por el cuerpo.
Que si voy a hablar de cuerpos vacíos, tengo que tener el mío preparado, que mi imagen es mi carta de presentación, que mis uñas no pueden estar comidas, que mi piel tiene que estar limpia, que los gestos descuidados restan, que nadie va a pagar por mirar una obra si la autora no es, también, una obra en sí misma.
Me lo repite cuando salgo de la ducha y me envuelvo torpemente en una toalla vieja.
Me lo dice sin decirlo, con los ojos, cuando me ve despeinada o en chancletas, o engalanada en ropa china de poliéster.
Me toma del mentón, me acomoda el rostro, como quien gira levemente una figura de porcelana para que la luz le caiga mejor y yo le dejo hacer.
Me dejo, porque en ese momento me siento vista, me siento algo.
Mi cuerpo a veces se cansa de tanta mirada, de tanto ajuste, pero otras veces se enciende.
Cuchi me repasa con las manos como si al tocarme estuviera midiendo.
Me toma la cintura y me gira. Me acaricia los omóplatos como si quisiera fundirme con el aire, y ahí me dan ganas de llorar porque siento que por fin encajo, que alguien me lee entera, hasta lo que no entiendo de mí.
A veces también me molesta, me cansa y me agota ser molde, pero después me siento egoísta por pensar así. Porque sin Cuchi yo no tendría ni yeso, ni materiales, ni estudio, ni plan. Sin Cuchi, no tendría ni cuerpo. O lo tendría, pero no sabría habitarlo.
La primera vez que me dijo que era su proyecto más hermoso, creí que estaba hablando de mi obra. Después entendí que hablaba de mí.
Y no sé si eso me da miedo o me da orgullo.