El cuerpo quieto 25. Berenice
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25. Berenice

— ¿Y? ¿Qué te parece? —pregunté.

Tuti no dijo nada. Caminaba despacio por la galería, con los brazos cruzados y la boca apenas abierta.

Había algo en su silencio que me daba miedo.

Pensé que no le gustaba, que todo esto: la muestra, las fotos, el delirio curatorial, mi cara en los afiches, era demasiado.

Pensé que iba a decirme que me había vendido, que la Berenice que conoció ya no existía.

Pero no… Cuando se dio vuelta, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Son… —intentó hablar y se le quebró la voz—. Son espectaculares, Bere.

Sentí que me aflojaba todo. Las piernas, los hombros, la mandíbula.

Hacía semanas que nadie me decía algo sin peros, sin sugerencias, sin marcarme lo que faltaba.

Tuti me abrazó fuerte, de esa forma envolvente que tiene, como si fuera más grande que su cuerpo.

Olía a sándalo y jazmín, como siempre, y por un segundo me olvidé de que estábamos en medio de una galería llena de técnicos y luces encendidas.

—Estás contando algo muy verdadero —me susurró al oído—. Es incómodo, pero necesario. Hay cosas que solo pueden decirse desde el arte, y tú lo hiciste.

Me dieron ganas de besarla otra vez, pero había tres tipos con overoles subidos a una escalera enchufando cosas, así que me limité a apretarla un poco más.

Fue ahí que Pedro apareció, con su andar de director de teatro amateur que se toma muy en serio a sí mismo, y su carpeta negra llena de listas de verificación.

—Imagínense esto con las luces y con la música. Va a ser brutal —dijo, sonriendo con los ojos brillantes—. Tuti, gracias por venir y por sacar a esta mujer del pozo.

Tuti se rio.

—Yo no hice nada. Ella salió sola. Yo solo… la esperé afuera.

Pedro me miró, como diciéndome te lo dije, pero sin palabras. Parecía una comedia romántica mal guionada.

—La muestra está hermosa —dijo Tuti—. De verdad, no puedo creer que en cinco días esto va a estar lleno de personas maravilladas.

—Y todas queriendo hablar con Berenice Lasala —agregó Pedro—. Vamos a tener que hacer una fila. Tipo meet and greet .

—No seas idiota —le dije, pero me sonrojé. De todas las formas en que imaginaba que podía terminar este proyecto, esa no estaba en la lista.

—Tuti —dijo Pedro, bajando un poco el tono—. Gracias, de verdad. No sé si ella te lo dijo, pero estuvo... densa. No sé cómo lo lograste.

—Estuvo viva —corrigió Tuti—. Y eso es hermoso de soportar, ¿no?

Nos miramos un segundo, los tres. Pedro asintió en silencio.

Después se fue a retomar el drama con la PR y su Excel de horarios. Y yo me quedé ahí, en el centro de mi propia muestra, con Tuti al lado, sintiendo por primera vez que quizás, solo quizás, todo esto tenía sentido.

Le di la mano y caminamos despacio, sin apuro, como si estuviéramos entrando a un lugar sagrado.

A mí me dolía un poco la cabeza de tanto mirar luces y contrastes, de discutir con técnicos que no entienden la diferencia entre dramático y lúgubre, pero con Tuti al lado todo parecía más blando.

Me hacía bien tocarla. Sentir que estaba ahí.

Le fui contando cosas. Detalles tontos, como los nombres falsos que les puse a algunas fotos porque no me animaba a usar los verdaderos. Pasamos frente a la imagen de la chica con la sábana en la cabeza:

—Esa era Lucía, pero le puse Greta en el archivo final porque sonaba más a exposición de galería.

—Tuti se reía bajito con mis anécdotas, y yo me sentía por primera vez en semanas más cerca de la Berenice que era antes de que Clara se metiera en mi cabeza—.

Ella es Yrina —señalé la tercera foto—, me pidió que hiciéramos su foto «como saliendo del closet».

Su padre le había dado una tremenda golpiza cuando dijo abiertamente que era gay.

—¿Y ella? ¿Cuál es su historia? —preguntó, le había llamado la atención la foto de la mujer con los pies enterrados en el barro.

—Ella me pidió que nunca dijera su nombre. ¿Sabes por qué? —le pregunté—. Porque no tuvo uno hasta que fue adulta. Estuvo realizando trabajo esclavo en una comunidad, desde niña reducida a la servidumbre. Así la llamaban, «la niña», sin más.

—Bere, estas historias son terribles. Debe ser un honor para ti que tantas mujeres hayan elegido contártelas.

—Ciertamente lo es. Todas a su manera fueron oprimidas, ultrajadas e incomprendidas. Y todas ellas comparten la misma fuerza, la misma convicción al querer sacar su historia a la luz.

—Son increíbles todas. —Tuti se detuvo frente a la foto de la mujer anciana—. ¿Puedo intentar adivinar esta historia? Con respeto, es decir…

—Claro, dime qué ves.

—Bueno, ella es muy mayor. Descansa en esa silla de diseñador, parece un hotel de lujo. Tiene rasgos asiáticos, tal vez es coreana. Lleva una camisa de hombre y está siendo asfixiada por sus propias joyas.

—¿Y qué te hace pensar? —cuestioné.

—Que, siendo joven y bella, la vendieron al mejor postor como si fuera una mercancía preciosa. Parece haber sufrido mucho.

—Acertaste. Pero no sufras por ella, enviudó hace ya muchos años. Emigró junto a sus hijas a Estados Unidos, están muy felices ahora.

Finalmente llegamos a la última foto, la foto de Clara. Ahí no pude seguir hablando.

Clara estaba en el centro de ese marco inmenso. La imagen no tenía nada nuevo, era la misma con la que me había obsesionado. Clara, medio viva, medio muerta en esa bañera vieja. Con su ropa interior mojada y la mirada perdida.

—Todavía siento que no le cumplí —le dije a Tuti, sin despegar los ojos de la foto gigante—. Que no está descansando, que sigue esperando algo.

Ella se quedó en silencio unos segundos y me presionó la mano.

—Falta poco para eso, Bere. En cinco días, todo va a ser diferente. Clara te va a agradecer en forma de éxito, de reconocimiento, de puertas que se abren. Va a acompañarte a Milán. Vas a ver.

Me dio escalofríos. Como si me hubiera tocado alguien desde otro plano. Como si Clara estuviera ahí, escuchando, preparando su valija fantasmal para viajar a Italia.

—¿Y tú? —pregunté bajito—. ¿Tú también vas a acompañarme a Milán?

Tuti giró la cara hacia mí. Sus ojos verdes estaban suaves, pero firmes. Siempre tiene esa mezcla de ternura y certeza que me desarma.

—Son apenas unos meses —dijo—. Voy a visitarte, claro que sí, pero no puedo quedarme. Tengo una agenda que mantener, un segundo libro que parir. Ya lo hablamos.

—No lo hablamos lo suficiente, no que yo recuerde.

—Tú solamente te acuerdas de lo que te conviene, Lasala.

No me gustó su respuesta. Lo supe enseguida porque me ardieron los ojos, y porque me mordí el labio como una adolescente idiota. No dije nada. Me hice la fuerte, como siempre. Entonces ella cambió de tema, lo hace cada vez que intuye que algo me pincha desde adentro.

—Bere… ¿Me muestras el baño? —preguntó.

—Sí, pasando la columna, a la izquierda —dije sin pensar.

—Ese baño no, cielo… El baño de Clara.

Y me quedé helada. Porque obvio, ella lo sabía, pero no lo había visto.

Esa sala mínima, íntima, silenciosa, no era un baño más. Era el espacio que inventé para que Clara finalmente pudiera hablar.

—No está listo —le dije.

—¿Qué le falta?

—Nada, pero igual… no está listo.

Me sostuvo la mirada como si pudiera ver a través de mí, como si supiera exactamente cuán frágil se sentía esa pequeña sala, cuán personal, cuán saturada de energía como para dejar que otra persona entrara. Era una celda o un altar. No lo sabía.

—En algún momento lo voy a ver —contestó al fin—. Ahora o en la inauguración, pero ese espacio me está llamando hace rato.

—Por el momento es… mi santuario —dije bajando la voz—. Para hablar con Clara. Y no sé si puede entrar otra persona todavía.

No es que creyera que Clara estaba ahí sentada esperándome, ni que flotara entre los caños del techo.

Pero ese lugar… ese pedacito de baño intervenido, convertido en sala secreta con fotos de la mujer que me sacudió la vida desde la muerte, se sentía más real que cualquier charla de curaduría. Más real que yo, incluso.

Tuti bajó la mirada y levantó una ceja con esa sonrisita suya de mierda, esa que me descolocaba y me daban ganas de comerle la boca y tapársela al mismo tiempo.

—Es un baño con fotos de una mujer muerta, Bere. El significado lo pones tú, solo tú. Si no estás lista para dejarme entrar ahí, tal vez deberías repensar qué tan abiertos están los portales de esta relación.

—No entendí lo de los portales.

No se quería reír, pero lo hizo. Se le marcaron las arruguitas chiquitas del contorno de los ojos, esas que se le forman cuando deja de hacerse la bruja eterna y se permite ser alguien humano, de mi edad. Mi par.

—Estás celosa —le dije—. De una mujer que hace tiempo que no respira.

—Los celos tienen olor a animal muerto —replicó—. Deberíamos bañarnos, las dos.

Sentí que me temblaban las rodillas. Mi cuerpo entero tomó la temperatura de una lámpara olvidada encendida todo el día.

Y no supe si quería que entrara al baño de Clara o si quería que entrara a mi ducha, pero supe, con esa certeza que me daba mi carne temblorosa, que iba a decir que sí a lo que me pidiera.

Le di las llaves del baño convertido ahora en la pequeña sala y me quedé esperándola en el patio. Fumando para engañar la ansiedad. Salió casi una hora después, con los ojos rojos de tanto llorar y ningún comentario.