El cuerpo quieto 24. Clara
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24. Clara

H ace unos días fue el ciclo de poesía en el barcito nuevo de Prenzlauer Berg. Me puse la camisa roja con botones de nácar porque Cuchi dice que me da «aire de artista seria». Y aunque después me ignore, como siempre, yo igual quiero gustarle.

Estaba fascinada, rodeada de esa gente que escribe cosas hermosas y las dice en voz alta sin ningún tapujo ni vergüenza.

Cuchi no me miró en toda la noche. Se sentó lejos, como si no me conociera, como si yo fuera una más.

Esa es su forma, ya lo sé. No hay nada que reclamarle porque es parte del pacto: distancia en público, intensidad en privado.

Ese juego me vuelve loca de deseo, pero es más lo que me duele.

No tenía mucho que hacer más que escuchar la poesía y las conversaciones ajenas. Bego no me dirigía la palabra desde que me presentó a Cuchi, creo que sospechaba de lo nuestro.

Me acomodé en la barra y me tomé un vino con Giorgio, ese fotógrafo de arquitectura que se disfrazaba de persona huraña para que no notemos que en el fondo es tierno.

Me cayó bien desde el principio. Hablaba poco, pero cuando lo hacía todo se sentía importante.

Está en casi todos los eventos a los que vamos y a todos les cae bien, siempre tiene algo bonito para decir.

A Gio le gustan pocas cosas, y las mujeres no están en la lista, por eso pensé que Cuchi no iba a decir nada, que iba a entender, después de todo, ellos también son amigos.

Nos reímos de unos versos malísimos, él me contó que está haciendo una serie con cámaras descartables y yo le hablé de mis piezas.

Me preguntó si las esculturas seguían rajándose y le dije que sí.

Me contestó que eso era hermoso porque era impredecible y que a él le gustaban mucho las grietas de los edificios.

Me tocó el hombro cuando se levantó para ir a saludar a un grupo que estaba llegando.

Un gesto mínimo que ni siquiera noté, pero Cuchi sí.

Esta ya era la segunda vez que pasaba y supe en ese momento que lo estaba tomando como una provocación.

Como siempre, Cuchi se fue primero. No dijo nada, es su forma de ser, se levantaba y se iba.

Yo me quedé veinte minutos más, para que nos vean irnos por separado.

Finjo naturalidad. Ya estoy entrenada. Me despedí de Giorgio con un beso en la mejilla, porque ya nadie estaba vigilándome, y caminé hasta casa.

Cuando entré, supe que algo estaba mal.

El piso estaba cubierto de esquirlas. El tórax que estaba puliendo hacía días, el que tenía las cavidades imperfectas como quería, estaba hecho trizas.

Las semanas enteras que le había dedicado a construir cada costilla, estaban destrozadas en el suelo.

Nunca me había sentido tan realizada como cuando logré que el armazón de alambre sostuviera al esqueleto de arcilla. Y ahora, aquello ya no existía…

Las manos me temblaban, las piernas también. Había polvo de arcilla en las paredes, marcas de golpes furiosos, mi mesa volcada. Las piezas… no era solo una. Cuchi las había destrozado todas. Cada una de ellas, las había hecho mierda.

Se había sentado en el brazo del sillón, con los ojos vidriosos y el cuerpo encogido. Apenas me vio, empezó a llorar y se cubrió la cara con las manos.

Fui hasta ahí, todavía en shock, y me quedé parada frente a esa persona que era capaz de levantarme como a una flor o de aplastarme como a una colilla de cigarro aún encendido.

—Eres mía, Clarita. Mía. No soporto que te hablen.

Que te miren. Que te toquen. No lo soporto.

—Yo no decía nada, no podía—. No quería romper esto —dijo, señalando los pedazos de mi obra—, pero quería que entendieras lo que se siente ver algo hermoso, algo que amas, siendo dañado, corrupto por otras manos.

—Me miró con un dolor sincero. De ese que desarma.

Que arrastra. Me abrazó—. Te dejaste tocar por ese tano asqueroso.

Te tocó los hombros, así que yo vine y toqué tus piezas.

Y yo… yo me sentí culpable. No tendría que haberme quedado tanto tiempo charlando. ¿Para qué? Si ni siquiera fue interesante. Si solo hablábamos de cosas técnicas, de cámaras viejas, de grietas bonitas.

Fui yo. Yo no tenía que haberle dado celos. No me di cuenta, pero fui imprudente… Inocente, quizás. Yo tendría que saber ya cómo funciona todo. Cómo se siente Cuchi, cómo reacciona. No puedo ponernos en esa posición de nuevo.

—Lo siento —dije en ese tono bajito, insignificante igual a como me sentía en ese momento.

Nos abrazamos. Lloramos.

Después me hizo un té. Me pidió que fuéramos al taller a elegir materiales para empezar nuevas piezas. Me dijo que me iba a ayudar a hacerlas todas de nuevo, que esto no iba a volver a pasar.

Y yo le creí. Siempre le creo. Quiere lo mejor para mí, quiere que sea una artista.

Cuchi dice que no hay lugar en el mundo para un artista que no se construya también como personaje, que si quiero ser alguien, tengo que dejar de parecer una nena de provincia.

Que no puedo seguir usando esa blusa de los Rolling Stones que me regaló el Juani antes de venirme.

Me dijo que no era bohemio, que era grasa, que me mire al espejo y me diga si eso es lo que quiero mostrar.

Si esa soy yo, o si esa es la Clara que no tuvo otra opción más que escapar.

Me pregunta siempre eso: ¿querés volver a Córdoba? ¿A lo mismo de siempre?

Yo sé que tiene razón. Me vine para ser otra, para que el mundo me viera diferente, y si hay alguien que me entiende es Cuchi, porque también se vino desde allá, desde Buenos Aires, también se escapó.

Pero Cuchi siempre tuvo más herramientas.

Dinero, contactos, esa forma de caminar que hace que todos se muevan para dejarle paso.

Cuando entramos a algún lugar, es como si la atmósfera se moldeara a su paso, como si supieran que es alguien importante, incluso si no saben quién es.

Yo, en cambio, siento que tengo que justificar todo. Cada palabra, cada trago, cada vestido.

Esta semana vamos a ir a ver a un estilista.

Cuchi lo conoce hace años, me dijo que no hay otra persona en Berlín a la que le confiaría mi cabeza.

Vamos a hacer un corte pixie , especial, de esos que te despejan la cara y te hacen parecer europea.

Cuchi dice que me va a dar más «aire de mundo», que me va a hacer bien, que es hora de cortar con la imagen de estudiante de bellas artes y empezar a parecer una artista de verdad.

También me dijo que ya no quiere que siga siendo modelo, que es una imagen que me rebaja, que parece que agarro cualquier cosa con tal de tener unos euros.

Y capaz tiene razón. Era algo que hacía cuando todavía no me sentía capaz de vivir de mis esculturas.

Cuando no me animaba. Cuando no tenía a nadie que creyera tanto en mí.

Ahora tengo a Cuchi. A veces pienso que me quiere más de lo que merezco.

Dice que soy su mejor proyecto, que va a hacer que mi nombre esté en todos los lados, que me va a cuidar, que me va a curar esa mirada de mendiga que tengo cuando muestro mis obras, como si esperara que me digan que no sirven, que yo no sirvo.

Me repite que tengo algo. Algo que no se compra ni se aprende, algo visceral, que, si logramos pulirme un poco, si aprendo a estar en silencio en los momentos justos, si me visto como se debe, si dejo de pedir disculpas por cada paso que doy, puedo ser alguien.

Y yo quiero ser alguien. Así que escucho y me dejo llevar.

La semana pasada me dieron un contacto para exponer en una galería mínima en Mitte.

Es en el subsuelo, pero dice que ahí empezó gente que ahora expone en Frankfurt y hasta en Londres.

Me dijo que no era lo importante el lugar, sino que yo estoy ahí.

Que me vean. Estoy trabajando en piezas nuevas, más pequeñas, más íntimas.

Esta vez no hay pulmones ni corazones. Hay una columna vertebral incompleta, un bazo, un estómago.

Orgánicos, huecos, imperfectos. Me siguen saliendo con fisuras, pero Cuchi me repite que ahí está la belleza, que no importa si me falta técnica, porque lo que tengo yo no lo tienen los demás.

Y le creo. Le quiero creer…