22. Berenice
T uti y yo desayunamos tarde. El sol entraba por la ventana del living y me dolía un poco en los ojos, pero me daba lo mismo. La mesa tenía olor a vino viejo a azúcar artificial y medias confesiones.
No sabía muy bien qué hora era. No me importaba.
En algún momento ella me acarició la espalda sin decir nada, y yo pensé que, si me hablaba, me iba a largar a llorar como una adolescente enamorada, así que agradecí el silencio.
Yo, la reina del sarcasmo, agradeciendo los silencios cómodos. « Bochornoso».
Tenía puesta mi camiseta, la negra con la estampa borroneada de Sonic Youth.
Le quedaba un poco grande, pero en ella todo parecía parte de un vestuario cuidadosamente elegido.
El pelo lo tenía suelto, sin trenzas, como si hubiera dejado su personaje místico colgado en el perchero de la entrada.
En la cocina preparaba café y parecía que vivía ahí desde siempre, o como si no pensara en irse nunca.
Yo quería que no se fuera nunca.
—¿Te parece que nos quedemos el día entero viendo películas malas y comiendo thai? Tenemos dos vinos sin abrir, y podemos hacer una cata espiritual si le ponemos un nombre cursi —bufé.
Pero Tuti me frenó como si me leyera la trampa.
—Lo siento, tengo que irme a grabar un episodio del podcast. Prometí uno nuevo hacía días, además, Bere —indicó—, tienes que terminar lo de la muestra. Ya falta muy poco. Enfócate. Termina esto —me dijo.
—Todos tienen el mismo discurso sobre lo que tengo que hacer con mi propio trabajo —murmuré sin mirarla.
Se acercó, me besó la frente.
—Yo no quiero que la muestra salga bien, quiero que te haga bien. —Y con eso me desarmó por completo.
Quise decirle que no se fuera, que se quedara a vivir conmigo en ese limbo de migas de macaron y vino abierto, en esa burbuja tibia donde nada era tan grave, ni Clara, ni las fotos, ni yo misma, pero no dije nada porque no soy esa persona, porque ni en mis delirios más sentimentales se me ocurre pedirle a alguien que se quede.
Me quedé sentada en el borde del sillón mucho después de que se fuera.
La taza del café estaba aún caliente entre mis manos, pero no la tomé.
Estuve así un rato largo. Prendiendo un cigarro tras otro y mirando un punto fijo en la puerta cerrada, como si pudiera volver a abrirse sola.
, como si Tuti pudiera arrepentirse y decidir no irse nunca más.
Media hora después me obligué a levantarme.
No quería estar sola en la casa, se sentía demasiado vacía.
Era extraño, la ausencia de Tuti era casi dolorosa.
No quería oír mis propios pensamientos, quería oír su voz, su risa.
Me puse lo primero que encontré y salí con el pelo mojado y la mochila medio abierta.
Ni siquiera revisé si llevaba la computadora o el cuaderno.
Me subí a un taxi y le dije al conductor la dirección de la galería con una voz que no parecía mía.
Pedro me escribió mientras iba en camino.
Pedro Gilipollas: ¿Vienes? ¿Cómo estuvo la noche?
Yo: Estoy en camino ❤️
Pedro Gilipollas: Compré sanguchitos. Y café bueno. Tengo noticias.
No me sentí demasiado entusiasmada por un café, pero no había plan mejor porque la casa estaba vacía y fría, y la galería al menos tenía gente. Y porque la única persona con la que quería pasar el día se había ido, con olor a sándalo y a una seguridad que a mí me faltaba incluso cuando dormía.
La oficina de Pedro era un atentado a la estética.
Entré y lo primero que vi fue una nube de globos metalizados flotando a distintas alturas, la mayoría decían «Feliz Cumpleaños», otros simplemente «Felicidades» con glitter dorado.
Había dos copas servidas con espumante tibio y una bandeja de sándwiches de miga prolijamente dispuesta sobre una pila de libros.
Una escena bastante kitsch, para ser honesta.
—¡Sorpresa! —gritó Pedro, abriendo los brazos como un anfitrión de crucero.
Lo miré con una ceja casi en el techo.
—Peter —como le decía a veces de cariño—. Hoy no es mi cumpleaños.
—Ya sé, Bere —dijo con esa sonrisa suya de vendedor de objetos inservibles—. No estamos festejando eso.
—Pero los globos dicen… ¿Es tu cumpleaños?
—Deja de hacerte la estúpida, Berenice. Tomá una copa.
Me dijo extendiéndome una. La acepté porque me daba mucha vergüenza toda la situación y no quería que se sintiera humillado.
—¿Qué estamos celebrando exactamente? ¿Te vas a casar otra vez?
Pedro alzó su copa y la sostuvo en el aire.
—Festejamos que ya estamos listos. «El cuerpo quieto» está vivo. A la muestra solo le falta el texto curatorial y algo de seguimiento. Los presupuestos están cerrados, las invitaciones enviadas, las decisiones tomadas. Ahora solo hay que controlar que todo siga fluyendo. Bere, lo hicimos.
Lo miré, pero me costó. No quería emocionarme. No tanto. No como él.
—¿De verdad hicimos todo eso? ¿Ya está?
—De verdad. Ya está. Hace una hora mandé a imprimir los finales. La vamos a romper.
Brindamos y tomé un sorbo largo. Estaba caliente, claro, pero tenía burbujas y una intención honesta, lo que era bastante más de lo que podía decirse de muchos vínculos humanos.
Pedro masticaba un sándwich de huevo como si no existiera el concepto de la mueca elegante. Parecía una vaca.
—Espera —dijo con la boca llena—. Quiero mostrarte la maqueta de la sala principal. No sabes lo bien que quedó. Y además encontré la canción perfecta para que suene en loop mientras la gente entra. Vas a llorar.
—Estoy sensible —le dije—. No me hagas llorar por decisiones de sonido ambiental.
Sé río. Caminó hasta su escritorio y desbloqueó la computadora.
Movía el mouse con la ansiedad de un adolescente cargando una porno.
Yo me quedé parada ahí, copa en mano, mirando el caos multicolor de los globos.
Era cursi, era feo, era desmedido, pero había algo cálido en esa oficina decorada para mí.
Y tuve que reconocerlo, aunque fuera solo para adentro: Pedro había armado todo eso para agasajarme, y casi funciona, porque casi no sentí el vacío que había dejado Tuti al irse.
Me terminé la copa de una sola vez, esperando que las burbujas me dieran derecho a abrir la boca.
Pedro seguía mostrándome renders de la sala principal y hablando de distribución de luces, pero yo ya no lo estaba escuchando.
No del todo. Me quedé mirando las paredes ficticias del espacio, vacías todavía, esperando.
Y pensé que, si todo esto iba a tener algún sentido, tenía que decirlo ahora.
—Quiero invitar a alguien más a la inauguración —dije.
Pedro levantó la cabeza como si acabara de escuchar un disparo. Entrecerró los ojos y sonrió con malicia.
—Follaste.
No pude evitar reírme. Ese infeliz tenía un detector de sexo reciente más afilado que el olfato de Bukowski cuando abría una lata de atún.
—Idiota.
—¿Quién es?
—¿Quién es quién? —pregunté emulando la cara más inocente que pude.
—La persona que te cambió la energía —dijo, alzando las cejas, como si me estuviera leyendo el aura—. Tienes otra cara.
—Puede ser, sí. Gracias por haber insistido en que fuera a mi casa.
Pedro rechinó los dientes, satisfecho. Se puso las manos detrás de la nuca y se estiró en su silla como un gato que se siente superior a todos. O sea, como todos los gatos.
—Yo sabía, no podías quedarte a vivir aquí. Hay cosas que solo pasan si te arriesgas a volver, aunque sea para prender la luz.
—Gracias, en serio —dije, y no lo dije con sarcasmo. Era raro. « Rarísimo».
Él volvió al modo productor en tres segundos.
—Invita a quien quieras, Bere. Es tu muestra. Hay lugar para muchas más personas. Nos arreglamos con el catering.
—Quiero hablarte de una cosa más. Me gustaría agregar algo a la muestra.
—Oh… y aquí es cuando me complicas la vida. Yo pensaba que lo más difícil contigo era la motivación. Ahora hasta agregas cosas.
—No es tan grave. Te lo prometo.
—Cuéntame todo, estoy fascinado. De verdad deberías tener sexo más seguido.
Pedro se inclinó hacia adelante con ese brillo raro que le aparece solo cuando algo le gusta demasiado. Lo conozco bien, sale cuando está por vender algo o cuando está a punto de robar una gran idea para usarla más adelante.
—Quiero usar uno de los baños como una sala aparte —le dije, como quien dice quiero cambiar el color de una etiqueta.
Pedro no dijo nada. Se llevó una mano al mentón y lo apretó.
—Uno de los baños del fondo. No el público. El otro, el que está al lado del depósito.
—¿Una instalación? —dijo con voz de niño emocionado—. ¿Vas a poner una cámara oculta? ¿Es tipo performativo? ¿El baño va a grabar a la gente mientras mea? ¿Estuviste con la Polaca anoche?
—No seas imbécil.
—Te juro que si quieres hacer eso, te apoyo. Por una vez en la vida, algo que te despeine.
—No es algo polémico, es algo personal —afirmé.
Pedro se enderezó. Me miró sin ironía, por primera vez en todo el día.
—Cuéntame de una vez, joder…
—Quiero hacer una sala para Clara. —No necesitaba explicarle nada más.
Pedro era parte del reducido club de personas que sabía quién era Clara.
O, mejor dicho, quién había sido—. Va a estar aislado del recorrido.
No va a tener cartel ni señalización. No va a estar en los planos.
Si la encuentras, la encuentras. Si no, no importa.
—Y si la encuentras... —dijo él, como siguiendo mi tono.
—La ves y listo. Sin contexto, sin fichas técnicas. Una serie. Diez, doce fotos. Todas las que tengo de Clara.
—¿Y el texto?
—No hay texto. Solo Édith Piaf sonando bajito. Como cuando se fue. Una canción sola, en bucle. Puede ser Mon manège à moi , o Les amants d'un jour . Ya veré, quiero que sea un exorcismo, que exista solo porque se necesita contar la historia.
Pedro estaba en silencio. Lo estaba procesando. Lo miré para asegurarme de que me seguía.
—No es parte de «El cuerpo quieto». Es otra cosa —afirmé—. Algo que necesito hacer para cerrar esto.
—¿Es tu manera de decirle adiós?
—No sé si es un adiós, es más bien una forma de entregarle lo que parece estar buscando. Ser vista. Ser escuchada. Ser.
Pedro se quedó mirando la nada unos segundos más.
—¿Sabes qué? Es perfecto.
—¿Sí?
—Es perfecto porque no tiene sentido —dijo—. Y el arte, cuando está bien hecho, no tiene que tenerlo. Tiene que doler y eso va a doler. Si lo hacemos bien, va a doler hermoso.
Nos quedamos callados un rato. En la pantalla, el render de la sala principal seguía abierto, con su distribución armónica, sus luces perfectamente pensadas, sus líneas prolijas.
Y allá en el fondo, ese pequeño baño sin gracia estaba a punto de convertirse en la habitación más verdadera de toda la galería.
—¿Quieres que te ayude a montarla? —preguntó Pedro, bajito.
—No, esto corre por mi cuenta.
—Está bien —dijo—, pero después cuéntame si te sientes distinta. Después de armarla, cuando esté lista.
—¿Por qué?
—Porque es la primera vez que te veo haciendo algo solo para ti. Sin que yo te esté persiguiendo.
—Muy bonito, ¿tienes un cigarro?
Me puse de pie para ir a buscar otra copa. No le iba a dar el gusto de verme sonreír.