21. Clara
A noche soñé con el ruido que hace Cuchi cuando me besa la espalda.
Ese ruido bajito, un gruñido, como de risa contenida o suspiro con vergüenza.
Me desperté empapada. Con las piernas temblando.
Me pasa a veces, pero esta vez fue distinta.
Esta vez me quedé despierta. Me quedé despierta porque no quería dejar de pensar.
Pensar en ese momento en que Cuchi apoya la frente en mi pecho, como si ahí encontrara reposo, como si yo pudiera darle paz.
No sé en qué momento empezamos a dormir sin ropa, sin hablarnos. Cuchi apaga la luz y ya sabe lo que quiero. O cree saberlo yo dejo que pase. Y cuando me toca, siento que tengo cuerpo, que tengo un lugar en el mundo, que existo.
La primera vez que lo hicimos fue una mezcla de vértigo y torpeza. Tenía miedo de no gustarle, de no saber moverme como se suponía, pero Cuchi me besó despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y ahí supe que no me estaba juzgando. No todavía.
A veces era leve. A veces era urgente. Cuchi puede pasarme la lengua por la clavícula como si estuviera hecha de seda y después agarrarme la cintura como si quisiera partirme. Creo que, si tuviera más fuerza, lo haría y yo lo permitiría.
Porque ahí, en ese momento, en ese desborde de sudor y de gemidos, Cuchi me mira y yo poseo, no solo el cuerpo, también el miedo. También la necesidad de ser deseada. Yo me entrego como una ofrenda.
Cuando termina, me acaricia el pelo. A veces me felicita. Me dice cosas como:
—Eres jodidamente perfecta cuando no estás pensando.
Y yo río, como una estúpida, porque me hace sentir especial, porque quiero seguir siendo perfecta.
Aunque sé que eso también es un peligro.
La última vez lo hicimos contra la pared del pasillo.
No llegamos al cuarto. Fue un beso robado, una risa, un empujón, y ya tenía el pantalón bajado hasta las rodillas, la cadera marcada contra la pared.
Me dolió, pero no importó porque cuando me agarra así, siento que soy de alguien, que no estoy sola, que hay una boca que me nombra en silencio y un cuerpo que me acepta.
La verdad es que nadie nunca me hizo el amor como Cuchi.
Es lo mejor que me ha pasado. Me lleva hasta un lugar que no sabía que existía, y después me deja caer, como si yo no tuviera huesos.
A veces me gusta discutir, provocar el enojo, tensar la cuerda a propósito.
Porque sé que después viene eso. El perdón en forma de piel.
La reconciliación entre las sábanas. Es una maniobra peligrosa, claro, lo sé, pero en mi estupidez lo disfruto.
Me hace sentir deseada, me hace sentir que importo, aunque sea un rato, aunque sea con rabia.
Después se va. Fuma en el balcón, mira su celular y no me toca más. No me pregunta si la pasé bien y yo me quedo con el eco del cuerpo en la piel. Pensando si eso es amor, si eso es lo que se siente estar enamorada.
A veces quiero preguntarle si me quiere. Si soy solo su proyecto, como dice, pero no me animo porque tengo miedo de que diga que no, y tengo aún más miedo de que diga que sí. Porque si esto es amor, ¿por qué me siento tan sola cuando termina?
Yo sé que es una persona dulce, tiene detalles hermosos conmigo.
Cada vez que se va de casa me deja notas de amor pegadas por todas partes, no importa si es uno de esos días en los que prefiere no hablarme.
Siempre hay notitas de colores donde me dice cuánto siente por mí, cuánto le gusto y cuánto me va a extrañar.
Sé que le cuesta decir las palabras así que las escribe…
Yo las guardo todas en mi cuaderno, las atesoro, pero creo que eso ya no me alcanza.
Hoy, al mediodía, me dejó una marca en el cuello. Le dije que eso no me gustaba, que si me salía algún trabajo como modelo, no podía ir toda chuponeada como una puta. Quería ver qué me decía, qué sentía.
Me sentí avergonzada, asquerosa. Eso no se lo dije, pero creo que se dio cuenta. Me miró distinto. Con una mezcla de burla y ternura. Me dijo:
—Te estás volviendo loquita. —Y me besó la frente. Y yo sentí que había hecho algo bien. Que, de algún modo, había ganado.
Ahora escribo esto con las piernas cerradas fuertemente, como si todavía sintiera su toque adentro, como si pudiera seguir sintiendo su respiración caliente en mi nuca, como si escribirlo fuera la forma más honesta de confesarlo.
Cuchi dice que no diga esas cosas en voz alta, que nadie tiene que saber, que hay cosas que pertenecen solo a nuestra intimidad. No sé si me cuida o si le doy vergüenza después de todo.
Pero me siento sola, extraño a mi familia, a Aldu.
Estoy pensando mucho en ella, siempre fuimos cercanas y me hace sentir pésimo saber que ella está esperando saber de mí y yo le niego el contacto.
Me escribe casi a diario y no puedo contestarle.
No sabría qué decir. Me da miedo pensar que si le contara la verdad dejaría de estar orgullosa de mí.
Ella me dio sus ahorros para que yo pudiera empezar mi vida acá, retrasó la apertura de su tienda para pagar mi pasaje.
Yo no estoy logrando nada y eso la va a destruir.
Tampoco puedo hablarle mucho de mi relación, a Cuchi no le gustaría eso.
Aldu enfermaría si supera lo que estoy haciendo, moriría de pena.
Somos un secreto, pero yo nunca supe guardar secretos. Y esto también es mi historia, no es justo.