20. Berenice #2
Después del almuerzo nos dedicamos a cerrar detalles con los proveedores.
Pedro decía que esta era la mejor parte: el momento en que el caos se disfraza de plan y parece que todo va a salir bien.
Yo asentía, comía sin ganas, anotaba cosas que no iba a volver a mirar.
Aunque estaba algo entusiasmada, no podía dejar de sentirme culpable.
Ya no estaba enfocada siquiera en Milán.
Todo estaba tomando forma y ya no me sentía amenazada, pero el enigma de Clara seguía sin tener respuesta.
¿Cómo habían llegado sus fotos a mí? ¿Por qué motivo?
La iluminación estaba resuelta. Decidimos no poner textos murales ni intervenciones escenográficas, solo los nombres de las modelos y unas breves líneas que cada una me autorizó en su momento. No agregué nada que hablara por las fotos. Solo luz blanca, pareja, cruel, nada que suavizara la imagen.
La música la había elegido hacía semanas. Canciones sin letra, sin nostalgia. Unos loops instrumentales que encontré en una cuenta de ambiente experimental y que me daban la sensación de estar dentro de una pecera llena de humo. El tipo de música que no se escucha, pero te perfora.
A las cinco de la tarde, cuando ya quedaban pocos temas en la lista, le dije a Pedro:
—Necesito pasar por casa a buscar ropa. ¿Vamos?
—¿Ahora?
—Sí. Hoy, sí. Ahora.
Me miró un segundo que en realidad se sintió largo, apoyado contra la escalera del altillo, con esa cara que pone cuando se está guardando una ironía y no sabe si decirla.
—Amo tenerte de inquilina. Somos hiper productivos juntos. Pero tienes que ir soltando la galería.
—No me quiero quedar a dormir en casa —le dije.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Mudarte aquí para siempre?
Me encogí de hombros. Mentí con los ojos. Yo estaba segura de que la Polaca era la que estaba desordenando mi vida, y ya no estaba asustada, pero mi casa ya no se sentía igual, estaba profanada. No era mi lugar seguro.
—Necesito ropa. Llevo días con lo mismo puesto.
—Lo que necesitas es dejar de tenerle miedo a tu casa. Tienes que ir, aunque sea a abrir las ventanas, a prender las luces. Se te van a meter usurpadores.
Me lo dijo sin burlarse, sin dramatismo. Me lo dijo como se le habla a una persona que no está bien, pero todavía puede salvarse.
—No te acuestes —agregó—. Si te asustas, pon música, mira una película, haz un guisado, prende todas las luces. Y si pasa algo… me llamas. Voy corriendo, pero no va a pasar nada —Asentí—. Aunque tienes que volver, aunque sea una noche. Tenés que enfrentarte a tu casa.
No se lo dije, pero ya lo había decidido. Volvería, pero no sola.
—¿Puedes cuidar de Bukowski esta noche?
—Claro, ese capullo de gato ya es más mío que tuyo.
Salí de la galería con dos botellas de vino blanco envueltas en papel kraft y metidas en un tote bag con el logo de The Ornamenta.
Una cortesía de Pedro, si le hubiera avisado.
Estaba ocupado imprimiendo unas pruebas y peleándose con el tipo de las gigantografías por WhatsApp.
Me fui sin hacer ruido, sin Bukowski. Hoy no quería cargar ni con un gato.
Subí al taxi y le mandé un mensaje a Tuti:
Yo: ¿Tienes ganas de tomarte un vino esta noche? En mi casa. No quiero estar sola.
Ella tardó unos minutos en contestar. El taxi ya estaba girando por avenida Córdoba cuando sonó el ping.
Tuti: Sí. ¿Llevo algo?
Le dije que no, que solo su presencia mística y, si podía, sus orejas abiertas.
Tuti: Estoy medio volada, pero con buena energía. A las 9 estoy ahí.
Me pareció una respuesta perfecta. Llegué a casa y lo primero que hice fue abrir todas las ventanas. El aire que entró me pareció de otro mundo. Distinto. O yo estaba distinta, no sé. No sentí miedo, era como si hubiera vuelto a ocupar mi cuerpo y mi casa.
Puse música. Esa lista que uso cuando quiero que la casa no sepa que soy yo. ProleteR. Sonidos repetidos, loops sin fin. Música de aeropuerto onírico. Me ayuda a despersonalizar, a limpiar.
Me até el pelo, me arremangué y empecé a limpiar. No obsesivamente, pero con intención. Sacudí, ordené, tiré lo que no servía. Pasé el trapo por los lugares que nunca ven la luz. No era para que la casa estuviera linda. Era para que dejara de parecer un mausoleo.
Mientras ordenaba, mientras movía los vasos sucios y doblaba la manta del sillón, me puse a pensar en Clara. En todo esto. En lo que había pasado, lo que me había pasado. No con terror, no como antes, ahora era distinto. No sé si había paz, pero sí había una especie de… aceptación.
Nunca creí en los fantasmas, pero ahora estaba segura de que las fotos habían llegado a mí de una forma sobrenatural e inexplicable, pero estaba claro que Clara no había querido asustarme cuando me las regaló.
Nunca quiso eso. Yo lo malinterpreté o lo proyecté por culpa de Aurora.
Lo filtré a través de mi mierda. Mis traumas, mi neurosis, mi historia.
Todo el miedo, toda la locura que vino después fue por el mal actuar de la Polaca.
Ella me obligó a convertir un acto de entrega en una película de terror.
Pero a pesar de todo, esa no era la realidad, ahora lo sabía. Clara quería hablarme a través de las imágenes. Contarme su historia, ser escuchada, eso era todo.
Y entonces me di cuenta. El texto curatorial tenía que hablar de ella, de la mujer que me mandó una historia desde el fondo del agua, de la mujer que posó muerta para no morirse.
De la mujer que me encontró. O que yo encontré. O que nos encontramos desde planos y tiempos diferentes.
No importaban realmente las fotos, y quizás ese era el sentido.
No eran las fotos ni la muestra, sino el canal, el canal en el que me había convertido para traer a la luz estas historias.
Y el cuerpo quieto… no era solo mío. Era suyo, era de las mujeres que posaron, era de Clara.
Quizás ella necesitaba que yo terminara esto para poder irse. Quizás yo también.
Todo estaba claro y se sentía limpio. Mi casa, mis pensamientos, el sentido de mi obra.
Lo único que realmente lo ensuciaba todo era la mala jugada de la Polaca, usando la historia de Clara como objeto para atacarme.
Una falta total de códigos, esa mujer no tenía ningún tipo de límite.
A mi podría intentar hacerme cualquier cosa, soy fuerte, pero meterse con Clara, usarla como fantasma para atormentarme, volverla víctima una y otra vez.
A final de cuentas, Clara me había elegido a mí, sus fotos llegaron a mis manos, sólo yo tenía derecho de contar su historia.
Miré el reloj. Quedaba media hora para que llegara Tuti. Fui a darme una ducha. Me vestí con algo que no era ni formal ni desaliñado. Un suéter burdeo y unos jeans negros que me quedaban gigantes. Me senté un segundo en la cama antes de salir al comedor y respiré.
Tocaron el timbre a las nueve y dos. Me gustó que no llegara puntual. Me dio tiempo a terminar de esconder algunas vergüenzas: ropa tirada, sobres de entrega acumulados, botellas vacías de esas que me niego a bajar al reciclaje porque me da pudor la cantidad. Abrí la puerta y ahí estaba.
Tuti. Llevaba un vestido de lana color caramelo que le llegaba a la pantorrilla, cerrado hasta el cuello.
Botas texanas, de esas que parecen herencia, y un morral de gamuza con flecos que barrían el piso marcando su paso.
No se veía nada de su piel más que las manos, finas, pálidas y el rostro.
De su cuello y sus orejas colgaban cuarzos y amatistas moradas, en cantidad.
Tenía el pelo suelto y, entre el pelo, algunas trencitas mínimas, apenas sugeridas.
Sus ojos verdes estaban más intensos que la última vez.
O quizás era la luz del pasillo. O el hecho de que llevaba días esperándola, aunque no lo supiera.
Era hermosa, más de lo que recordaba y yo la recordaba mucho.
—Hola —dijo con una sonrisa.
—Hola —le contesté seca. Después me arrepentí.
—Te traje algo. —Sacó de su bolsa una cajita—. Macarrones. Elegí los sabores más de mierda que encontré. Quería verte sufrir.
La abrí. Matcha, lavanda, amapola, chocolate Dubái y… arcoíris.
—¿Qué sería sabor «arcoíris»?
—No sé. Azúcar, colorante y trauma de infancia. No lo pienses tanto.
La hice pasar y caminó directo al living , como si lo conociera, como si hubiera estado en casa mil veces. Se sentó en el sillón y tiró su morral al suelo. Todo sin preguntar. Me encantó esa seguridad tan ajena a mí, esa forma de estar cómoda en cualquier lugar.
Abrí el primer vino. No era el mejor que tenía, pero era uno de los que me robé de The Ornamenta y eso lo hacía emocionante. Lo serví en dos copas que no usé nunca, esas que según mi madre habían sido de mi bisabuela, pero mi madre pocas veces decía la verdad.
Tuti hablaba y yo la escuchaba en piloto automático, embobada.
—¿Qué tal le está yendo al libro? —Tenía que preguntar algo, o iba a parecer que la había invitado solo para mirarla.
—Le está yendo increíble. ¿Conoces a Celis Guerrero? Es una influencer de bienestar. Sacó mi libro en sus historias y se dispararon las ventas.
—¡Y yo que pensé que el éxito te iba a llegar por mi foto! —bromeé.
—Tu foto es la mejor parte, porque me trajo a ti. —Se corrió el cabello del rostro para ocultar que se había sonrojado, y siguió hablando—. Estoy pensando en hacer una segunda edición del libro, tengo que enviar la propuesta a algunas editoriales.
—Excelente, me encanta. Si escribes otro espero que me dejes hacer el retrato también.
—¡Trato hecho! —Alzó su copa para chocarla suavemente con la mía—. De hecho, sí, estoy comenzando a escribir el segundo.
—¿Y de qué va? Si se puede saber.
—De espiritualidad y autenticidad. Trato de escribir sobre lo que estoy viviendo ahora. El éxito puede ser algo peligroso en mi campo, te puede convertir en una de esas autoras de frases recicladas.
—Y te da miedo que usen tus frases para cosas sin sentido, como almohadones.
—Algo así, tengo miedo de convertirme en una marca —replicó.
—Tuti, ya eres una marca —bromeé.
— ¿Y? ¿Vas a dejar de quererme si de pronto salgo vendiendo inciensos con mi cara?
—¿Dejar de quererte? —pregunté desconcertada.
No supe qué contestar. Tuti hablaba de querer, como si fuese el más corriente de los verbos. Con ella todo se sentía natural y fluido.
Me hizo reír. Una vez, dos veces. Me hizo reír mucho, y eso ya era más de lo que había logrado cualquier otra persona en semanas, meses.
—Tu turno, háblame de ti, de tu trabajo —insistió.
—Bueno, yo estoy preparando una presentación en The Ornamenta, voy a mostrar por primera vez en público una serie en la que llevo años trabajando —le conté—. «El cuerpo quieto», es una serie de fotografías que cuentan historias de mujeres.
—Eso ya lo sé, no creas que no te stalkee antes de contratarte, pero cuéntame cómo estás llevando eso. Te veo mucho mejor que la última vez, más viva.
Tuti me escuchaba en silencio, con los ojos fijos en mí. No con lástima ni juicio. Solo con esa calma suya que a mí me desesperaba y me tranquilizaba al mismo tiempo. Sentí que podía decirle todo. Así que lo hice.
—¿Cómo estoy? Es complicado… Bueno, todo empezó una noche en la que decidí revelar un rollo antiguo.
Le conté de las fotos que no eran mías, de la mujer que no conocía, pero que apareció en mis rollos, de las cosas que pasaban en mi casa, de los olores y de los ruidos.
De los gemidos, de las notas y los regalos.
Se lo conté todo como si no fuera yo la que estaba viviendo esa historia.
Como si fuera una película de I.Sat que había visto en 2002.
Como si ya no me importará parecer cuerda o no.
Lloré. Ella también. Fumé. Ella no.
Nos quedamos un rato así, medio en silencio, con las mejillas húmedas y las copas medio vacías. El vino blanco se había entibiado. Los macarrones estaban casi todos desarmados en migas de colores sobre el plato. Había sido un festín dulce y desastroso.
—Siento que Clara me eligió para contar su historia —dije, sin saber de dónde había salido esa frase.
—Y tú... ¿quieres contarla?
—Lo que quiero es dejar de sentir que la tengo adentro, atragantada —solté con ardor en la garganta.
—Entonces cuéntala, Bere. Cuenta su historia.
—¿No crees que estoy loca? ¿Que imaginé todo lo que pasó?
—No creo nada de eso. —Tomó un sorbo de vino tibio antes de seguir hablando—. Lo que creo es que te llegó un mensaje de otro plano y tienes que escucharlo. Clara eligió tu obra para contar su historia. No es casualidad, llegó a ti por un motivo. Y es hermoso.
Me miró con ternura y no me aguanté. Me acerqué un poco más a ella, su cuerpo respondió ante ese pequeño roce de mis dedos contra su mano. Mis labios encontraron los suyos y ese beso se sintió inevitable, lento, perfecto, como si lo hubiésemos planeado en secreto desde la primera copa, o antes.
Sus labios sabían a vino y a azúcar de amapola. Me besó con calma. Como si no tuviera miedo de tocarme. Como si no tuviera miedo de mí, ni asco de mi nicotina.
Nos quedamos enredadas en el sillón, escuchando la playlist que había puesto sin pensar, tenía canciones de alguna banda francesa que no entendía, pero me daba vibes indie de fondo.
Tuti se quedó dormida, yo no. Yo me quedé despierta pensando, mirando cómo respiraba.
Sintiendo que, por primera vez en semanas, el peso en mi pecho no era solo angustia.
Era algo más tibio. Algo parecido a la esperanza.