20. Berenice
Q uedaban dos semanas. Catorce días. Trescientos y algo de horas.
Y el texto curatorial seguía siendo una hoja vacía con mi nombre en la esquina.
Pedro me dejó sola con su computadora y un termo de mate que ya estaba lavado.
Dijo que me tomara mi tiempo para escribir, que hablara como veo, que viera cómo me siento, que no jodiera más con excusas, es decir, la muestra ya era un hecho. Esto tenía que llevarse a cabo.
«El cuerpo quieto» iba a existir y Clara iba a estar ahí.
No tenía ninguna prueba legal de que las fotos eran mías.
Ni de que no lo fueran. No sabía quién había apretado el obturador o quién había acomodado la luz o elegido el ángulo, si fue mi cámara o si fue otra igual, pero tenía los negativos.
Los tenía yo. Y Clara no podía declarar nada.
Se murió, o fingió su muerte, o desapareció en una fantasía tan elaborada que ya no sabía si fue a ella a quien la inventé yo, o yo la que inventó ella. No importaba.
Había decidido que me las iba a apropiar.
Porque lo que mostraban esas fotos: esa mezcla de desnudez y rendición, ese cuerpo mojado y vencido que no pedía ayuda ni piedad, eso era el cuerpo quieto.
Ese era el final que no tenía. La médula que le faltaba a la serie.
El hueco que no supe nombrar hasta ese entonces.
Quizás alguien algún día viniera a decirme que esas fotos no eran mías. Que había otra autora detrás. «Que venga, que me mire a la cara, que me lo pruebe. Va a ser su palabra contra la mía y la mía va a estar colgada en las paredes».
Subí al altillo para cambiarme de ropa antes de la última reunión, ya no me quedaba ropa limpia y eso empezaba a ser un problema.
Sin embargo, lo estaba llevando muy bien.
Me sentía bastante a salvo en The Ornamenta, no había recibido amenazas ni mensajes de amor desde que me había instalado allí, ya no había fantasmas ni olores.
Esa leve sensación de seguridad me llevó a hacer una búsqueda rápida en mi ordenador, a ver si por casualidad alguien había respondido a mis mensajes viejos en foros pidiendo información sobre Clara o sobre algo.
Me llamó la atención una pestaña abierta, que había quedado aplastada por decenas de otras pestañas abiertas. Era una imagen: clarita.psd
Era la foto mal editada de Clara, allí en The Ornamenta.
La que parecía hecha por un amateur y yo no me había dado cuenta.
La fecha coincidía con la semana en la que la había recibido y aparentemente había sido editada desde mi laptop.
A esta altura ya no podía fingir sorpresa, con todas las invasiones que había sufrido en mi hogar, esto no era más que otra señal de que alguien se estaba tomando el trabajo de molestarme de una forma muy personal.
Había un odio desmesurado en ese gesto. Pensé en correr hasta la oficina de Pedro y volver a dar mi discurso de mujer acosada, pero luego de su monólogo sobre pisar caca de perro y llorar, no estaba dentro de las posibilidades.
No si quería conservar el poco respeto que había ganado en estos días con mi conducta impecable.
Poseída por el espíritu de la razón, me di cuenta de que todas las pistas conducían hacia la misma persona.
La única persona con llaves de mi casa era Pedro, y la única persona que entraba y salía «desnuda» de la oficina de Pedro, era la Polaca.
Ella era envidiosa, sí, pero encontré fácilmente cuál era su intención.
No estaba pensando en destruir mi obra, sino en convertirme a mí en la suya.
No sería la primera vez que ella usaba las reacciones de personas inocentes como parte de su obra, probablemente estuviera haciendo estas pequeñas intromisiones en mi vida para registrarlas y, una vez que «El cuerpo quieto» alcanzara el éxito para el que estaba destinado, ella presentaría en contraposición de qué formas me había empujado.
Se iba a colgar de mi triunfo con una basura performática y humorística que solo podía venir de ella.
La Polaca podía saber en qué momentos yo no iba a estar en casa, dado que mi itinerario de trabajos formaba parte de la agenda de Pedro, que descansaba siempre abierta sobre la mesa de la oficina.
Podría haber entrado en mi casa en mis ausencias y revolver todo, echar perfume, fumar hierba, profanar mis cuadernos, dejarme libros, usar mi computador para editar muy mal una foto y luego enviármela.
Era tan macabro que me resultaba muy chistoso, pero más que cualquier otra cosa, era posible y probable.
Al fin y al cabo, Aurora estaba mal de la cabeza y pensaba que cualquier cosa era arte.
Me reí y me sentí mal por no haberme dado cuenta antes, incluso Pedro me lo había insinuado. La Polaquita siempre había envidiado mi trabajo, casi tanto como yo envidiaba su delgadez.
El destino estuvo de mi lado cuando, minutos más tarde, me la puso de frente en la galería.
Se presentó, según ella, a buscar las fotos que no se habían vendido de su muestra, es decir todas.
Un espectador despierto podría sospechar que en realidad venía a marcar territorio con Pedro, no le haría ninguna gracia que yo estuviera viviendo con él, pero un espectador inteligente se daría cuenta que venía a monitorear mi descenso a la locura y quizás a revisar de qué forma podría hacerme más maldades.
Ella no contaba con que yo la había descubierto.
—Bere, mi amor, la estrella del año. ¿Cómo te estás preparando para el gran día? —Usó el tono más falso de su abanico de voces molestas.
—Bien, Polaca, nunca estuve mejor. Súper enfocada y pensando en el futuro. Ya estoy planeando mi próxima serie —mentí, solo para ver cómo se le retorcía la cara—. ¿En qué proyecto estás trabajando ahora que se terminó lo del pis?
—Bueno, ehm —dudó un poco—. Estoy trabajando en algo más profundo y menos grotesco. La revista Artezine calificó «Agua viva» como gore fisiológico milenial. Así que estoy buscando otros conceptos, otras formas. Voy a dejar por un tiempo la fotografía, estoy pensando en escribir.
—Algo menos físico supongo, más mental —inquirí, ya sabiendo que su próximo trabajo iba a ser sobre cómo me volvió loca.
—Supongo que sí, podría decirse que todo es mental en algún punto, pero estoy preparando microrrelatos sobre el amor y el arte.
—Y la locura.
—Bueno, Bere, para amar el arte hay que estar un poco loco…
—Si lo sabré yo, ¿o no? ¿No te gustaría entrevistarme para tus relatos? ¿Quizás escribir sobre mí?
—Uff, paso. Te quiero y te adoro, Lasala, pero escribir sobre tu vida ya es otra cosa. ¿No te parece un poco egocéntrico de tu parte proponerlo?
—¿Y no es un poco hipócrita de tu parte lo que estás haciendo? Usar una mujer muerta para molestarme, para darle vida a tu obra barata,
—¿Perdón? ¿De qué estás hablando? —arqueó la ceja—. ¿Mujer muerta? ¿Qué bicho te picó?
—No hace falta fingir conmigo, Aurora —repliqué en tono firme—. ¿Qué te parece si buscas a alguien más a quién acosar con tus mensajes cariñosos? Ya te descubrí, dalo por terminado.
—Estás peor que nunca, Berenice, pensé que no podías ser más estúpida y narcisista. ¡Pero te superas cada día!
—Estás haciendo contenido con mi vida, no soy tan tonta como para no darme cuenta —afirmé—. Pasas tu tiempo rondando en la galería, en mi entorno. Y ya sé que estás metiéndote en mi casa, ya no hace falta que estés pegada a Pedro todo el tiempo para sacarle información sobre mí.
—¡Pedro y yo tenemos algo! ¡Déjanos fuera de tus estupideces!
—¿Tienen algo? Te usa y se ríe después, como hacen todos. Date cuenta de una vez que todo lo que haces es basura. Nadie te toma en serio, tus obras son un chiste, por eso no se venden. —Me arrepentí mientras lo decía, no buscaba ser tan dura, solo sacarla de mi espacio.
—Perdón si no tengo tu talento, Berenice, pero no vas a invalidar mi arte, algunos tenemos que usar otros recursos. —Sus palabras estaban llenas de sarcasmo, me enfurecí.
—Tu único recurso es acostarte con los galeristas —bufé—. Y rogarles que te cedan un lugar para exponer gratis. Y ahora pretendes usarme a mí como objeto de tus relatos estúpidos sobre la locura.
—¡Deja de decir estupideces! —gritó tan fuerte que estuve segura de que Pedro había escuchado.
—¡Pues deja de acosarme, enferma! Es la única vez que pienso decírtelo. Una palabra a Pedro y te aseguro que nunca más vas a exponer, ni en The ornamenta, ni en ningún otro lugar.
La Polaca se fue llorando como la ridícula exagerada que era.
Agitando los brazos y gritando cosas inentendibles.
La conocía, en una semana se le iba a pasar la rabieta y me iba a pedir perdón.
Ya habíamos discutido antes por cosas menos importantes y a los pocos días nos estábamos riendo de las cosas horribles que nos decíamos.
Nuestro entorno era bastante tóxico, a decir verdad, pero así estaban repartidas las cartas.
Para mi sorpresa, Pedro no estaba en la galería, sino afuera. Lo encontré entrando por la puerta con cara de desconcierto.
—¿Hiciste llorar a Aurora? —me preguntó sorprendido.
«Mierda, seguro se había encontrado con ella en su estrafalaria salida».
—Elemental, mi querido Watson —repliqué.
—¿Se puede saber por qué?
—Por nada, cosas de chicas. Le dije que era una envidiosa y que no se me acercara hasta la inauguración. —No era del todo una mentira—. Su presencia me pone muy nerviosa.
—Está bien, no queremos sumar estrés, tienes que estar enfocada y tranquila.
—¿No vas a defender a tu amante? —le pregunté con mi voz más melosa.
—No, esa no es nuestra dinámica. Traje empanadas para almorzar, las de hongos que te gustan.