19. Clara
C uchi dice que tengo que dejar de trabajar de modelo. No es por desprecio, lo dijo por mi bien. Tiene esa forma de explicarme las cosas que me hace sentir tonta por no haberlo pensado antes. Me dijo claramente:
Lo había dicho mientras me acariciaba el cuello, como si estuviera diciendo algo tierno, porque cuidar de mí es también corregirme.
En aquel momento no supe qué contestar. La verdad es que hacía esas sesiones porque necesitaba el dinero, sí, pero también porque a veces me gustaba estar frente a la cámara.
Era el único momento en que no me pedían hablar ni ser inteligente.
Solo estar. Y cuando me tocaban para maquillarme o acomodarme el pelo, yo me sentía parte de algo, parte de un equipo. Aunque fuera un maniquí con nombre.
Pero Cuchi tenía razón, siempre la tenía.
Cuchi quería que mi obra se viera, que se vendiera.
Solo quería que yo me convirtiera en algo más grande que una chica linda con manos torpes.
A veces me daba vergüenza lo mal que me salían las piezas.
Mis corazones parecían piedras deformes.
Mis pulmones eran cosas blandas y tristes que se quebraban antes de que pudiera ponerles un esmalte decente.
Tenía la sensibilidad, sí, pero las manos… las manos siempre fueron torpes. Y el barro no me perdonaba nada.
El otro día se me rajaron tres piezas antes de entrar al horno.
Y cuando las saqué, una se había partido en dos.
Me puse a llorar en silencio, sola en el taller, hasta que sentí la voz de Cuchi en la puerta: —No las toques.
Así están perfectas. Parecen huesos heridos.
Buscabas mostrar eso, ¿o no? Lo que se rompe antes de tiempo.
Quise correr a su abrazo, pero me limpié las manos primero, porque estaba toda sucia. Cuchi no soporta las manchas, dice que «la artista puede ensuciarse, pero no tiene que parecer su propia obrera». Tiene sentido. No lo había pensado.
Ahora me he dedicado a trabajar en una serie de estructuras óseas.
Un cráneo hueco, un tórax. Estoy teniendo problemas con la columna vertebral, no se sostiene.
Anteriormente moldeaba corazones y pulmones, aunque a veces me salían cosas sin nombre, como glándulas sin forma, pero cuando Cuchi me dijo que los huesos también son órganos, se me prendió la lamparita y volvió la inspiración.
Las primeras veces me daba rabia no poder controlar lo que salía.
Ahora, había entendido que eran mensajes.
Cuchi dice que eso es lo que me hace especial, que la falta de técnica es mi voz, que nadie va a hacer lo que yo hago porque nadie tiene mi torpeza. Dicho así suena feo, pero cuando lo dice Cuchi, me suena a milagro.
Esta semana me ayudó a comprar nuevos esmaltes. Yo no tenía un peso, los últimos que usé me los había dado un español que conocí en una feria, pero estaban todos vencidos. Las piezas salían opacas, sin vida. Ahora tengo una gama nueva de colores fríos. Cuchi los eligió.
— Para que tus órganos no parezcan hechos con sangre de comic .
Se rió. También me consiguió una entrevista con una curadora que le debe favores. Vamos a tener una reunión en su casa. Me da terror, no tengo ni una pieza entera para mostrar.
Cuchi dice que no me preocupe, que si hace falta se las cuenta, no se las muestra.
— Es importante que aprendas a venderte sin mostrar tanto. El cuerpo ya lo mostraste demasiado.
Me duele un poco eso, pero entiendo lo que quiere decir. Cuchi me cuida, me financia casi todo: los materiales, el alquiler del taller compartido, incluso los transportes.
A veces me da plata para comprarme ropa que parezca de artista. Dice que una buena boina hace más por mi carrera que una nota en una revista. Yo me río. Cuchi no.
Hoy me llevó a ver un posible espacio de exposición. Una galería chiquita, medio escondida en un subsuelo, con techos bajos y paredes de ladrillo pintadas de blanco.
El lugar me pareció un sueño, aunque tenía olor a humedad. Cuchi decía que eso era lo de menos, que el lugar tenía «atmósfera», que mis órganos iban a parecer recién arrancados de un cuerpo invisible.
Le creí… A veces me da miedo cuánto le creo.
Me gustaría decir que me doy cuenta de cosas, que noto señales, pero no es cierto.
Solo siento. Y lo que siento es que estoy donde tengo que estar, aunque a veces me duela, aunque Cuchi se enoje cuando alguien me habla más de la cuenta, aunque me diga que parezco desesperada cuando me rio fuerte o cuando hablo mucho.
—Menos, es más, Clara. Una escultora no tiene que ser una actriz.
Eso me dijo el otro día, después de una cena en la casa de unos artistas franceses.
Yo había tomado un poco de vino. Me reí más de lo normal.
Me descuidé y le acaricié la mano en público.
Cuando salimos, me dijo que había arruinado todo, que me había presentado como una artista seria y ahora iban a pensar que soy una boluda que se está cogiendo.
Que «teníamos todo planeado», y que yo la había cagado, otra vez.
Me sentí mal por horas, pero después me trajo flores y me ayudó a limpiar el taller. Me dijo que sentía mucho orgullo de mí y de mi obra, que cuando logre dominar la forma, voy a ser una artista que deja marca.
Yo quiero eso. Dejar marca. Aunque sea en arcilla blanda. Aunque todo se raje un poco antes de secar.