18. Berenice
A manecí con los ojos llenos de lágrimas que no recordaba haber fabricado, un poco desconociendo el lugar en el que me encontraba.
Bajé la escalera caracol con cuidado, con la torpeza de quien vuelve a habitar su cuerpo después de un exorcismo.
Palermo estaba cubierto de nubes pesadas que prometían lluvia.
Eran las ocho de la mañana, pero parecía que la noche aún permanecía.
Me dolía todo. El cuello, la espalda, el alma.
Tenía el pelo pegoteado, los ojos hinchados, la boca seca.
Y ahí estaba Pedro, en la cocina de The Ornamenta, de espaldas, preparando café con una calma irritante.
Usaba la misma ropa de anoche y tenía esa postura desprolija, de hombre que no sabe del todo dónde está.
Aun así, silbaba. Un silbido breve, optimista, de esos que detestaba en la gente que no tiene problemas graves.
Me apoyé en el marco de la puerta y él se dio vuelta.
—Buen día, poeta, te preparé uno también —dijo mientras me tendía una taza. Su voz era grave, pastosa, de resaca gloriosa.
Lo miré en silencio mientras tomaba el primer sorbo. El café estaba fuerte, caliente, ligeramente amargo. Milagroso.
Pedro sonreía, todo estaba bien. Como si no me hubiera visto recitar un poema demencial frente a un público lleno de extraños y una mujer fantasma, como si yo no hubiera estado a punto de romperle la cara por sentarse con Clara.
—Te juro que lo recuerdo, eh —dijo, señalándome con la taza—. A pesar del black out etílico, me acuerdo de tu poema. Fue buenísimo, en serio. Ojalá alguien lo haya grabado.
Lo dejé hablar porque no tenía energía para interrumpirlo.
Porque aún no sabía si lo que había pasado anoche era real.
Si Clara había estado ahí, si Pedro sabía algo, si había estado del lado de ella todo este tiempo.
Miré su cara, parecía sincero. Tenía los ojos vidriosos, la piel medio aceitosa, las ojeras de alguien que no está fingiendo estar mal, pero ya no confiaba en las apariencias. Yo también había aprendido a fingir.
Tomé otro sorbo y cerré los ojos un segundo. Me repetí que había que ordenar las ideas. Cortar, seleccionar, archivar. Armar secuencias.
Encendí un cigarrillo con las manos temblorosas.
La primera calada fue tan áspera como la voz que me estaba saliendo del cuerpo desde hacía días.
Me apoyé en la mesada, exhalando lento, mirando cómo el humo se deshacía en el aire húmedo de la cocina de The Ornamenta.
Pedro me miraba desde la silla con los codos en las rodillas y una expresión que no supe leer del todo. ¿Cansancio? ¿Preocupación? ¿Lastima?
—Esta es la última vez que te pregunto —dije sintiendo cómo la frase me raspaba la garganta—. ¿Tienes algo que ver con…?
No termine la frase. Él la terminó por mí.
—¿Con Clara? Berenice, no. Por favor, termina ya con eso.
—Hizo un gesto con las manos, como si espantara moscas, o pensamientos.
Me irritó, pero no hablé—. No hubo nadie sentado conmigo en toda la noche.
Nadie. Estás proyectando, está todo pasando en tu cabeza —agregó, y esta vez su voz fue más firme—.
Y te lo digo en serio: si hay alguien intentando enloquecerte, no deberías darle el gusto.
No le puedes dar la razón. Y si es un fantasma…
si es eso, si es ella… quizás tienes que descubrir qué quiere de ti.
Tragué saliva haciendo más ruido del que me hubiera gustado. Pedro me sostuvo la mirada, serio ahora, menos borracho, más nítido. Me pareció más lúcido que nunca.
—¿Descubrir? —suspiré—. Lo he intentado, he buscado…
—Quizás no lo suficiente o quizás, al no encontrar nada, es una señal de que debes dejarlo ir.
Después de todo —siguió—, esa mujer te regaló unas fotos espectaculares para tu muestra.
Fotos que no sacaste, pero que son tuyas ahora.
Quizás lo único que quiere es ser vista. Reconocida. ¿Nunca pensaste eso?
Bajé los ojos. El cigarrillo se había consumido hasta la mitad sin que me diera cuenta. El humo me ardía en los ojos. Tenía razón.
—Eso suena… bastante interesante —dije.
—Cuéntame de ella —pidió bajando el tono. Sonaba paternal.
—No puedo contarte de ella como si la hubiera conocido —le dije sin mirarlo—.
Porque no fue así. Yo la armé con pedazos, con lo que me dijo Giorgio, lo que deslizó Begoña, con un artículo de una revista que hablaba de su muerte como si fuera una nota de color, con un par de datos mal hilvanados que me dio la hermana.
Todo lo demás lo supuse yo, lo inventé, lo sentí.
Pedro bajó los ojos hacia la taza.
—Bueno, entonces solo cuéntame lo que crees que es real.
—Lo único que sé con algo de certeza —seguí—, es que Clara estaba rota.
No sé desde cuándo, pero sí sé que la última pareja que tuvo la aisló de todo.
De sus amigos, del circuito del arte, de las pocas personas que podían ver más allá de su cara linda.
Le dejó de contestar a todos, dejó de ir a lugares.
No sé si lo hizo por miedo o porque él la convenció de que así era mejor, pero se borró.
Y cuando volvió a aparecer, fue con la noticia de su muerte.
Pedro respiró hondo.
—¿Él…? ¿Quién es él?
—No se sabe. Ni siquiera la hermana de Clara pudo identificarlo, pero ella piensa que ese tipo la destruyó. Que la dejó tan delgada que parecía desaparecer, que le sacó las ganas de vivir. Que la empujó hasta que se quebró del todo.
—Es una historia horrible. ¿Pudiste averiguar algo sobre él?
—Nada, es imposible seguir el rastro cuando solo tienes un apodo, «Cuchi». Clara no dejó huella digital, no hay ninguna pista. Y sus amigos tampoco colaboraron con la familia.
—¿Y aquella amiga tuya? La que te envió el artículo sobre su muerte. Si ella la conocía quizás pueda tener alguna información.
—¿Begoña? No, si tuviese alguna información me la hubiera dado, pero lo único que hizo fue insultarme por cómo salí de su vida. Prefiero no tener contacto con ella.
—Es increíble que un mal amor pueda robarte la vida así de rápido.
Mis manos estaban heladas. Bukowski dormía contra mi pierna. Pedro me miraba ahora con una cara distinta. Pena era lo que había en su rostro.
—¿Rápido? No fue una muerte rápida —declaré—, fue un apagón lento. Una muerte que nadie detuvo y nadie la lloró demasiado fuerte. Porque Clara era así, dicen, incómoda, hermosa, brillante a veces, pero rara, contradictoria, de esas personas que siempre parecen ausentes. O al menos eso me imagino.
—¿Y por qué te importa tanto contar su historia?
—Porque nadie lo hizo —dije—. Porque la dejaron ir como si fuera prescindible.
Y yo no sé si lo que estoy haciendo es arte, o una especie de exorcismo, pero siento que, si no cuento lo que pasó, aunque sea mal, aunque sea confuso, aunque me lo haya inventado en parte…
, entonces Clara se va a quedar para siempre ahí.
En esa bañera. Esperando que alguien diga su nombre entero.
Pedro avanzaba muy lento hacia mí, como si yo fuera un animal salvaje. Entendía que el dolor me estaba alterando.
—No creo que esté viva —dijo.
—Yo tampoco —respondí.
—Pero la estás trayendo, ¿eres consciente de eso?
—Sí.
Nos quedamos callados un rato. El silencio de la galería era perfecto. Afuera seguía todo nublado. Un día más sin luz.
—¿Y te has cuestionado si quizás, ella no quiere que la traigas? —preguntó Pedro.
—Entonces debería dejar de aparecer en todos lados —contesté—.
Pero que me lo diga en voz alta. No con ruidos, no con esas visitas horribles a la madrugada.
Que me lo diga y me desaparezco, pero mientras siga viniendo, mientras siga apareciendo en mis imágenes, en mi tele, en mi cabeza, voy a seguir.
Pedro hizo una mueca. Medio sonrisa, medio espanto.
—Estás demente, Lasala.
—Ya sé —respondí—, pero es lo único que me queda.