El cuerpo quieto 17. Berenice #3
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17. Berenice #3

—Bere, basta —repitió más bajo—. Te juro que no. Estuve solo todo el tiempo. Me miraste desde el escenario, nadie más estuvo aquí.

El ardor en el brazo seguía, el olor a cigarro ajeno, la huella de gloss en la copa. Todo eso era real. No podía ser solo yo, no podía estar todo pasando solo dentro de mí.

Me quedé sentada en silencio. Pedro hablaba, no lo escuchaba. Algo sobre volver a la galería, sobre dormir en el altillo, sobre prepararme un té. Asentí, o eso creo. Lo miré reírse con la moza, pagar la cuenta, hacer un chiste tonto.

Y pensé en Clara, pensé en si me estaba volviendo loca o si estaba siendo víctima de la manipulación retorcida de una mujer fantasma.

El taxi parecía una cápsula mal sellada de resaca y humo barato.

Pedro iba con la cabeza apoyada contra la ventanilla, los párpados pesados, murmurando cosas que no llegaban a ser frases.

Cuando le pedí que pasáramos por mi casa a buscar a Bukowski, ni se inmutó.

Solo dijo que sí con un gesto de cabeza.

Después agregó que ese iba a ser el taxi más caro de su vida y se rio solo, con esa risa cavernosa que se le arma cuando está más etílico que consciente.

El taxista no preguntó nada, pero subió el volumen de la radio cuando sonó África, de Toto.

Llegamos a Almagro pasadas las dos. La casa se veía más muerta que nunca.

Ni una ventana iluminada, ni una cortina moviéndose.

Dejé la llave girar en la cerradura con una lentitud que no fue prudencia, fue terror.

Pedro me siguió con la torpeza de quien arrastra los pies porque la cabeza ya se fue a dormir.

Bukowski apareció enseguida. Se me enroscó entre las piernas, indiferente a mi paranoia y al temblor de mis manos.

Busqué su plato, su comida, el recipiente de agua.

Pedro sostenía la bolsa con desgano y me preguntó si faltaba mucho, le dije que no.

En realidad, sí. Me faltaba volver a ser alguien cuerda, pero eso no se empacaba en una mochila, así que me llevé algo de ropa, el cepillo de dientes y el computador.

Volvimos al taxi.

De ahí a la galería fueron veinte minutos callados, los dos mirando por ventanas opuestas como si el otro no existiera.

Una vez adentro, Bukowski se acomodó rápido en el altillo. Pedro le tiró una manta en un rincón y le dijo:

—Buena vida, rey.

Pedro se quedó dormido en el sillón de la sala principal como si alguien le hubiera disparado un dardo en la nuca.

Con los brazos colgando, la boca abierta y una zapatilla a medio sacar, parecía más un cadáver que un tipo borracho.

Lo miré un rato desde la cocina, en silencio, esperando, no sé bien qué.

Un ronquido o algo que me indicara que no estaba sola del todo.

Nada, respiraba por suerte, pero no mucho más.

Subí al altillo. Esa escalera caracol, oxidada y angosta, siempre me pareció ridícula.

Ahora me parecía una sentencia. Dios mío, cómo odio los caracoles.

Esa forma babosa e innecesaria de complicarse el existir, pero ahí estaba, trepando uno a uno esos peldaños caprichosos como si me llevaran a algún tipo de tregua.

La habitación del altillo tenía olor a incienso y humedad, pero también a alguien que vive solo, alguien que a veces olvida ventilar.

Me acurruqué con Bukowski en la camita de soltero de Pedro, sin pensar demasiado.

Ni siquiera me preocupé por las sábanas.

No tenía energías para eso. Me servía el calor.

El calor de un cuerpo vivo al lado mío, aunque fuera el de un gato.

El calor de un cuarto prestado, con paredes ajenas y sin recuerdos.

En este cuarto, me repetí, no me va a atacar Clara. Ni mi locura. Ni esa cosa que se me pegó a la espalda desde que empecé a mirarla demasiado de cerca.

Tal vez ya no era Clara. Tal vez era lo que yo había construido para poder soportar su ausencia, o para castigarme por seguir viva cuando ella no. No lo sabía, ya no sabía nada.

Me repetí en voz baja que tenía que ordenar las ideas. Eso me había enseñado el arte, ¿no? Cortar, seleccionar, archivar, armar una narrativa… Una secuencia.

Secuencia uno: una imagen, unas fotos que no recordaba haber tomado.

Secuencia dos: un audio que no había grabado, un desayuno y un libro, el olor a porro en el pasillo de mi casa.

Secuencia tres: una mujer muerta, «o ausente, o inventada», sentada junto a Pedro en un bar, bebiendo de mi copa.

Secuencia cuatro: Pedro mirándola, o no. Hablándole, o no.

¿La había visto él también? ¿O fui yo sola? ¿Fui yo con mi delirio, con mi culpa, con mis ganas de que Clara existiese en el mismo espacio-tiempo que yo?

Me dolía la cabeza, el cuerpo, el alma, «si alguna vez tuve una» . Me dolía estar en ese punto. La duda me carcomía: ¿qué había visto esa noche? ¿Fue ella? ¿Fue Clara? ¿O fue mi cabeza traicionándome otra vez?

¿Y si Pedro también la había visto y estaba jugando conmigo? ¿Y si él había orquestado todo? ¿Y si me había llevado a ese bar sabiendo que la iba a ver, sabiendo lo que eso iba a causarme? ¿Y si se estaban riendo de mí desde el principio?

El post-it . El perfume. El audio de los gemidos. El olor a la marihuana que jamás entró conmigo a esa casa.

Demasiadas coincidencias, demasiadas señales. Tenía que esperar al amanecer… Con luz, todo parecía más razonable, o más idiota. Con luz iba a poder mirarlo a la cara y preguntarle, sin rodeos:

¿Planeaste lo de los audios? ¿Estás entrando a mi casa? ¿Regalándome libros? ¿Tienes algo que ver con esto? ¿Estás viendo a Clara? ¿Está viva?

La última pregunta me dolía incluso en el pensamiento. Me apreté las rodillas contra el pecho. Bukowski murmuró un maullido dormido desde su rincón, pero ni eso me devolvió a tierra.

Porque si Clara estaba viva, entonces era una sádica. Y si no lo estaba, entonces yo estaba enferma.

Y si no era ni una cosa ni la otra, entonces lo que me estaba sucediendo no tenía nombre. No era un delirio ni una broma. Era algo peor, algo sin explicación, algo que me estaba descomponiendo desde adentro.

—Quizás —me dije en un susurro—, la única forma de sacarla de mí era terminar lo que había empezado.

Hacerle ese altar. Colgar esas imágenes. Escribir ese texto, mostrarle al mundo su historia.

Dejar que su figura se descomponga, que se vuelva otra cosa delante de un público ajeno, que se muera otra vez, pero esta vez, en mi control, en mi territorio.

Ya no me importaba quién había tomado las fotos. Esa pregunta, que hace apenas unas semanas me desvelaba con una mezcla de rabia y fascinación, se había vuelto irrelevante.

Me daba envidia esa versión de mí que solo pensaba en eso.

La Berenice que todavía creía que lo peor que podía pasarle era enterarse de que alguien más había hecho las imágenes.

Esa mujer que se preocupaba por el robo, por el crédito, por la autoría, por si podía colgar una foto ajena en una galería sin que nadie lo notara.

Esa ladrona sin talento que mezclaba lo ajeno con descaro, mientras se creía parte del circuito artístico.

Qué lejos quedaba esa mujer, qué ridícula se veía ahora.

Ojalá pudiera volver a ser ella. Ojalá mis problemas siguieran siendo esos: la culpa del plagio, el dilema moral, la vergüenza de estar lucrando con el trabajo ajeno.

Ojalá mi pensamiento más oscuro fuera haber gastado un rollo entero en esa sesión de mierda con @caballodespuma, debatiendo si las fotos tenían, o no, alma.

Pero no, ahora estaba aquí, con la garganta cerrada, encerrada en la galería de Pedro, sin saber si me estaba volviendo loca, si me perseguía un fantasma o si alguien me quería destruir desde las sombras.

Todo era peor que robar una foto. Todo era peor que ser una impostora. Porque ahora no solo me sentía ajena a mi obra, también me sentía ajena a mí. Como si alguien más estuviera habitando mi vida, usándome de médium para traer de vuelta algo.

Dormí con dureza, como si el cuerpo ya no me perteneciera. No sé cómo logré cerrar los ojos. Supongo que no fue una decisión, sino una derrota. El sueño me arrastró sin pedir permiso mientras Bukowski respiraba pegado a mi panza.

Me caí en un pozo sin fondo y ahí estaba ella, como siempre. Clara. Viva. Radiante. Íntegra. Caminábamos por un pueblo de casas bajas y macetas con flores en todas las ventanas. El aire olía a crema y a pan tostado. Había bicicletas por todos lados y la gente nos sonreía al pasar.

Clara llevaba un vestido blanco, de esos que yo jamás hubiera usado en la vida. Se reía, con esa risa suya tan particular, áspera, cada carcajada era una provocación y un escudo. Me hablaba con voz dulce, me pedía que probara su helado de pistacho.

La gente nos miraba con ternura. Ella parecía feliz. Yo no podía respirar, sentía… rabia. Una rabia insoportable… Y celos. Celos de toda esa gente que la celebraba sin saber que estaban frente a una muerta descarada. Celos de los ojos que la miraban con deseo.

Quise gritar, avisarles, empujarla contra el piso de adoquines y sacudirla para que me dijera qué carajo estaba pasando, pero no podía moverme. No tenía voz.

¿Y Clara? Bueno, ella solo se reía de mí.