El cuerpo quieto 17. Berenice #2
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17. Berenice #2

Después de varias copas de la bebida misteriosa, sentí el cuerpo más suelto.

No es que estaba feliz, pero al menos no tenía esa sensación de estar apretujada con las vísceras hechas un nudo.

El recuerdo del audio con gemidos que había salido de mi tele a las tres de la mañana me pareció menos terrorífico y más ridículo.

Como si alguien, «y ese alguien podía ser yo», hubiera intentado hackear mi propia cabeza con una instalación de arte cochambroso.

Una especie de suceso hogareño con formato de pesadilla.

Y ahí, en esa mesa mugrosa, con ese vino rancio y Pedro al lado, me reí.

—Ayer me pasó algo —le dije.

—¿Otra planta que te habla? —bufó.

—Peor. La tele me puso porno experimental en loop .

Pedro me miró sin entender.

—¿Cómo?

—Un audio. Una voz, tarareaba, se reía, gemía. Todo en bucle. A las tres de la mañana. Reproduciéndose por Bluetooth.

Pedro soltó el vaso.

—Bere…

—Sí, desde mi propia tele, pero estaba conectado a un dispositivo externo. Que no era mío.

—¿Y qué hiciste?

—Me paralicé. Me senté en el piso hasta que salió el sol.

Pedro me miró sin decir nada. Apretó los labios como si masticara un pensamiento denso. Quise decirle que no se preocupara, que no estaba del todo loca, que de hecho ya había empezado a encontrarle el lado kitsch al horror, pero no me salió.

Pedro me apoyó una mano en la nuca y me dijo:

—Mira, puede ser que estés teniendo un brote psicótico o algo. O puede ser que alguien te esté molestando, pero no estás sola. Lo que sea que esté pasando, lo enfrentamos. En la galería tienes cama, café y alguien que te va a escuchar. Aunque últimamente no entiendo nada de lo que dices.

No le respondí, pero sentí algo parecido al alivio. Una tregua, una microdosis de paz, de intimidad.

La luz tenue, el alcohol y la temperatura del cuerpo, la música que no se nota, pero está. Pedro mirándome con una amabilidad limpia que me daba ganas de entregarme, aunque fuera por un rato. El altillo, el vino rancio, la silla vacía, su mano que cada tanto rozaba la mía sin querer.

Quizás era uno de esos momentos. De esos en los que los protagonistas de las películas se besan, o al menos se rozan la piel con los ojos. Pedro tenía esa cara. Esa mezcla entre ternura vencida y deseo contenido. Y yo estaba rota, pero lista para fingir que no.

Pero no pasó.

—Berenice —escuché.

Una vez. Dos.

Pedro se rio. Esa risa que usa para protegerse.

—Te están llamando —me dijo—. Sube. Vas a estar bien.

«Me había anotado. El muy gilipollas me había anotado en la lista de poetas».

Yo no sabía si me hervía la cara por la vergüenza de subir al escenario o por haber esperado un gesto romántico que no llegó. Me puse de pie y subí antes de pensarlo demasiado. Las piernas me temblaban, pero al menos tenía excusa.

Arriba, el calor de los focos me golpeó la cara como una cachetada malintencionada. La luz me impidió ver al público, lo que era una suerte. Busqué el micrófono, tragué saliva. Sentí el pulso en las manos.

Y entonces empezó a salir. Nada de poesía, nada planeado. Solo eso que me venía persiguiendo:

Hoy desperté sin la parte que sueña,

la dejé secar anoche sobre la silla

con la ropa mojada,

la de ayer,

la de siempre.

No hay cuerpo,

pero hay marcas.

Una hendidura en el colchón.

Una toalla torcida.

Un porro aplastado en la maceta.

Uno que yo no fumé.

Intenté enfocar. Achiné los ojos. El reflejo del neón rojo sobre la mesa me devolvía fragmentos, luces partidas, contornos. Como a través de una lente empañada. No logré obtener imágenes claras, pero seguí:

Las cosas están,

pero no están conmigo.

Me rodean,

me respiran,

me habitan.

Entre la penumbra de la luz, entre el ruido que hacía mi propia sangre en las sienes, vi algo. Un rostro. Un perfil que ya conocía de memoria, aunque nunca lo había visto en movimiento. Alguien se sentaba en mi lugar.

Junto a Pedro. Una mujer. Rubia, delgada. Con esa belleza blanca y dañada. Era Clara. Sentada en mi silla, tomando de mi copa y mirándome embobada. Yo seguí, apenas respirando.

Una vez creí que lo importante era decir,

hoy creo que lo importante es callar,

pero no llegué a tiempo.

Las palabras me invaden

como polvo,

como hongo,

como humedad en una casa sin ventanas.

La vi mover la cabeza. Apenas. Un gesto sutil, pero suficiente para fracturarme el centro del pecho.

La ladeó hacia la izquierda, como hacen los perros cuando algo les resulta incomprensible.

Era desconcierto puro. Como si no entendiera lo que pasaba.

Como si lo que yo estaba diciendo, lo que acababa de nombrar en voz alta frente a un bar entero, no tuviera nada que ver con ella.

Pero tenía que ver con ella. Todo tenía que ver con ella, y sin embargo, había algo en esa mueca que me hizo dudar de todo.

De mi voz, de mis palabras, del presente mismo.

La forma en que la luz del escenario se le quebraba en la mejilla.

La falta total de reacción. Como si no estuviera aludida.

Como si yo estuviera gritando en otro idioma. ¿No sabía que la estaba invocando?

Ese gesto mínimo, afilado y milimétrico fue peor que una sonrisa, peor que una mirada directa, peor que un saludo.

Porque no me reconocía. No como autora, no como obsesiva, no como nada.

Yo estaba allí parada, sudando en un escenario, rompiéndome por dentro, y ella inclinaba la cabeza como si no supiera que yo existía.

Y tal vez era cierto. Tal vez yo no existía para ella. Y, sin embargo, estaba mirándome y tomando de mi copa junto a Pedro... Sentada en mi silla.

Me estoy llenando de cosas que no elegí,

me estoy volviendo las cosas.

Eso es lo que queda

cuando una deja de gritar:

la forma,

el hueco,

el peso,

la quietud.

No sé qué dije al final. Las palabras se me escupieron solas, como si la lengua tuviera autonomía, como si yo fuera apenas una garganta prestada para decir algo que ya no podía callarse. Terminé la frase sin aire, con las piernas flojas. Bajé el micrófono.

Hubo un aplauso. Después otro. Gritos. Alguien se puso de pie, después otro. Aplausos de pie, para mí, para una mujer transpirada, rota, con el corazón latiendo en la boca.

Yo no quería elogios. Yo quería ver a Clara, hablarle, tocarla, decirle que sabía… Que sabía que estaba viva, que no me lo podía seguir negando.

La vi. Seguía sentada. Mi silla. Mi copa. Las migas de mi dignidad en la mesa. Mis miserias grabadas en los ojos pálidos. Me bajé del escenario sin mirar a nadie. Quise correr hacia ella. Me tropecé con una banqueta.

—¿Berenice Lasala? —me frenó una mujer, con los ojos brillosos—. Te juro que lo que dijiste en el escenario me atravesó. ¿Podemos hablar un día?

—Sí, sí —dije. O algo parecido. Ni siquiera sé si le contesté o lo pensé. Solo quería moverme.

Una mano me agarró el hombro. Me giraron con fuerza.

—Perdón —dijo otro, un tipo con un vaso en cada mano—. ¿Te puedo invitar un trago? Esa parte del cuerpo que se mete en la ropa húmeda me pareció brillante. ¿Es de otro texto tuyo?

—No, es de ahora —contesté—. Lo acabo de inventar.

Mi voz temblaba por el pánico de perderla. Me moví rápido, pero las sillas, los cuerpos, los elogios, las risas, todas eran paredes. Todo me ralentizaba. Yo solo quería llegar a ella.

La vi levantarse. Se estaba yendo. Me apuré. Metí el cuerpo entre un par de mesas, choqué una copa, alguien me insultó, no me importó. Ya casi la alcanzaba.

Y entonces sentí el ardor. Un dolor seco, directo, caliente, en el antebrazo izquierdo.

—¡Perdón! —dijo una mujer con el pelo totalmente blanco de canas, levantando el cigarro—. ¡Perdón! ¡No te vi! Perdón, perdón…

Me quedé quieta por una fracción de segundo, lo justo para girar la cabeza y ver qué carajo me había pasado. Vi la brasa consumida apenas tocándome la piel, dejando una línea roja, algo negruzca. Quemadura de distracción.

Cuando volví la vista al frente, Clara ya no estaba. Solo Pedro, sentado solo. Viendo cómo el hielo de los vasos viejos se derretía en el fondo.

«Mierda. Mierda. Mierda. Otra vez».

La oscuridad se la había tragado otra vez. Estaba ahí y ya no. Ni rastro. Ni perfume. Ni sombra. De un momento a otro, era una ausencia sin explicación, sin lógica.

Podía haber sido un espejismo, un truco sucio de mi cabeza o una escena privada filtrada por error frente a gente que no sabía nada, que aplaudía sin entender que yo acababa de invocar a un espectro.

Fui hasta la mesa.

—¿Dónde está? —le pregunté a Pedro.

Me miró sin entender.

—¿Dónde está qué o quién?

Tuve que sentarme. La pierna me temblaba, el brazo ardía, la copa tenía una marca de labios, la silla todavía estaba tibia.

—La mujer —dije—. La que estaba sentada en mi silla. La que se levantó recién. ¿Adónde fue?

Frunció los labios, como si pensara. O como si tratara de no reírse.

—¿Qué mujer?

—Pedro, no me jodas.

—¿Estás celosa?

Se largó a reír. Esa risa suya, nasal, algo torcida, siempre un poco fuera de lugar. Esta vez sonó peor. Sonó ajena. Estaba borracho, borrachísimo.

No sabía si yo también estaba borracha. No sabía si el vino agrio me había hecho efecto o si estaba completamente sobria y esto era lo que pasaba cuando la locura se volvía un estado de conciencia.

Pedro se echó hacia atrás, dejando la copa en la mesa, exagerando su gesto como si estuviera en una obra mala de teatro. Me miró con una mezcla de ternura y sorna.

—Berenice —dijo arrastrando las sílabas—. No había nadie conmigo, nadie se sentó en tu silla. Estás proyectando cosas raras, ¿ ok ? Te pegó el escenario, te emocionaste. Fue intenso, pero ya está.

No podía ordenar mis pensamientos. El corazón me latía como una alarma vieja que no sabe cuándo dejar de sonar.

—Pedro —dije bajando la voz—, te juro por mi vida que había una mujer sentada en esta mesa, a tu lado. Rubia, delgada, con cara de haber muerto hace un año y medio. Le hablaste, te reíste con ella. No me digas que no.