17. Berenice
L legué a la galería antes de las diez. No estaba tratando de ser productiva ni responsable, la verdad es que no tenía otro lugar donde estar, porque no me bancaba ni un minuto más en esa casa, ni en ese cuerpo que ya me sentía prestado.
Preferí llegar temprano y parecer aplicada a quedarme quieta en el altillo con la cabeza explotando de cosas que no sabía si habían pasado o no.
Cosas que no podía ni empezar a explicar.
Pedro estaba en la mesa del fondo, con un café enorme y unos papeles desparramados llenos de esquemas con líneas de colores y nombres de artistas con apodos imbéciles.
Le brillaban los ojos como a un nene que tiene una ciudad de cartón a medio construir.
Me saludó con un gesto y una sonrisa sincera, de esas que a veces le salen sin querer.
—Estás puntual, ¿eh? Voy a tener que aprovecharlo antes de que se te pase.
No respondí. Colgué el abrigo en el perchero, pasé directo a la cocina y me serví un café recalentado de la tarde anterior. ¡Uhg! Amargo, oscuro, ácido. Perfecto. Asqueroso.
Pasamos la mañana revisando cuestiones técnicas de la muestra. El orden de las fotos, la impresión final, la posibilidad de montar algún texto flotante. Pedro se movía entre frases entusiastas y silencios concentrados.
—¿Qué te parece si muevo la muestra de Paulo para enero? —preguntó él, me estaba probando o era simplemente estúpido.
—Me parece poco inteligente, Pedrito —suspiré—. Paulo hace esculturas con cera de abeja. Con los cortes de electricidad que suele haber en verano, vas a llegar una mañana y las piezas estarán convertidas en un charco por falta de refrigeración.
—Cierto, tiene que quedar fija en agosto. Justo después de ti —agregó susurrando.
—Además —insistí—, enero tiene buena concurrencia, vacaciones, turistas. Deberías mostrar algo más impactante en esa fecha.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó fascinado.
—Algo que haga ruido. ¿No tenías en lista de espera a ese sueco divino que proyecta cortos de gente riéndose sobre un ataúd vacío?
—¡Uff si! El loco de los velatorios —bufó—. Lo estaba evitando, no quiero un ataúd en la galería, pero tienes razón, es llamativo. Podría funcionar.
—Tu público es morboso, les va a encantar.
—Bere, me sorprendes. Eres buena en esto. —En sus ojos no había más que honestidad.
—¿Te sorprende que sea buena? ¡Vaya representante me conseguí!
—Muy chistosa —dijo alargando demasiado las vocales—. Me refiero a la planificación, la curaduría. Te queda bien.
—Me divierte, encuentro refrescante hablar de exposiciones que no sean la mía. De hecho, deberíamos dejar de hablar de la mía, estoy agotada.
—Cuando regreses de Milán podríamos retomar esto seriamente. Hay bastante trabajo aquí, en la galería, y tu mirada podría ser justo lo que necesito.
No supe si me estaba ofreciendo un trabajo o una red de contención. Me dio igual. Asentí. Todo era mejor que volver a esa casa.
Durante la tarde me instalé en su oficina, mientras él daba vueltas por todas las salas buscando fallas en la iluminación.
Parecía un demente, pero eso no alcanzaba para sacarme el título de loca protagonista.
De verdad intenté contarle lo que había pasado.
Cada vez que respiraba hondo para arrancar, él decía algo del montaje, o se paraba a buscar un cable, o contestaba un mensaje y yo me tragaba todo.
Lo tuve enfrente varias veces, pero no fue hasta que nos quedamos solos tomando mate en la cocina, que me pareció el momento ideal para abrir la boca y contarle las últimas novedades.
—Hay algo de lo que quiero hablarte —dije titubeando.
—A esta hora, solo buenas noticias o invitaciones para cenar —replicó en un tono severo bastante falso.
—No es nada de eso… es sobre las cosas que están pasando.
—Bere, por favor. Me prometiste que ibas a parar con todo ese rollo.
En su tono había decepción, en sus ojos una tristeza enorme. Y supe que, si decía lo que de verdad estaba pensando, no habría vuelta atrás, Pedro iba a dejar de confiar en mí y «El cuerpo quieto» se iba a cancelar. Tenía que demostrar que estaba entera, aunque no era cierto.
Lo ideal hubiera sido decirle: «Pedro, alguien está entrando a mi casa, alguien me dejó un desayuno y un libro, alguien me está persiguiendo, me arranca las hojas del diario, me deja mensajes, me llena el aire de risas y gemidos, no soporto más».
Pero no pude. La vez anterior no me había ido bien con esas confesiones. Y él tenía razón, esta locura tenía que parar.
—No, no eso tampoco —mentí—, me refiero a las cosas que están pasando entre nosotros, en la galería. Me tiene muy motivada trabajar contigo.
Me respondió con un abrazo y volvió a sus tareas.
Cerca del cierre, Pedro dijo que me podía ir. Me lo dijo con dulzura, como se le habla a alguien que está haciendo un esfuerzo enorme por no desmayarse. Y ahí fue que lo dije.
—No quiero volver a mi casa. —Lo solté sin mirarlo. Como si le estuviera confesando un crimen. Agregué, sin que me lo preguntara—. Hay una energía rara. No sé cómo explicarlo. Me está drenando.
Una mentira, o una verdad a medias, lo cual es peor.
No podía contarle que me había despertado con un audio reproduciéndose solo desde un fantasma Bluetooth, ni que había encontrado un post-it en el baño que decía: «estuviste genial».
No podía decirle que pensaba que alguien estaba viviendo conmigo, alguien invisible, alguien que me conocía más que yo.
Así que dije eso: energía rara. Místico y aséptico.
Pedro me miró fijo. Sin ironía, sin juicio. No me creyó una mierda, pero creyó en mí y eso me alcanzó.
—Quédate en el altillo. Está bien equipado. A veces duermo ahí cuando no llego a casa. Vas a estar mejor. Por lo menos hasta que bajes un cambio.
Quise llorar, pero no quise que me viera. Asentí y empecé a levantar mis cosas cuando volvió a hablar.
—Y ahora te voy a pedir algo yo —dijo él.
—¿Qué?
—Vamos a tomar una copa.
—No tengo muchas ganas, pero gracias.
«Raro, demasiado raro en mí ».
—Esta noche hay un ciclo en Chacarita —explicó—.
Poesía oral performática, con DJ en vivo en La Marejada.
Es un bar galería medio raro, aunque la gente que lo organiza es interesante.
Nos va a servir, así nos desconectamos, nos tomamos algo, escuchamos un par de delirantes y capaz se te ocurre una idea para el texto curatorial.
A veces el ruido sirve más que el silencio.
Yo no quería salir. No quería ver gente. No quería fingir que estaba bien, pero tampoco quería decirle que no. Pedro era lo único que me quedaba. Y su amabilidad no era eterna. Podía borrarse con un chasquido si yo no jugaba bien mis cartas.
—Una copa —dije.
—Y un poema de mierda que después puedas robar para una pared blanca.
Sonreí, solamente por fuera. Por dentro estaba devastada.
La Marejada era tan pretencioso como lo había imaginado. O peor. El tipo de lugar que alguien diría que es «un espacio liminal entre lo escénico y lo etílico», y se quedaría muy satisfecho con su propia frase.
Había luces de neón hechas mierda, colgadas de cables pelados, mesas desparejas con sillas de escuela y sillones victorianos manchados de vino, como si hubieran querido mezclar el desalojo y el rococó.
El olor era una mezcla entre quemado de velón de soja, humedad de trapo viejo, y lo que yo juraría era colonia de bebé usada en un adulto.
Pedro dijo que el olor era parte del concepto. No le respondí.
Ocupamos una mesa al fondo que, aparentemente, ya estaba reservada para dos. Había un cartelito hecho a mano con marcador plateado que decía «Pedro + 1», y una florcita seca al lado. Pedro hizo un bollo con el cartel y lo tiró al suelo como si no fuera con él.
Me pregunté a quién había dejado plantado para llevarme a mí.
O si su plan había sido siempre invitarme, con esa mezcla de espontaneidad y cálculo que a veces tiene, como quien se reserva dos posibles citas para el mismo martes.
Se me hizo difícil pensar que podía ser la primera opción de alguien.
Y menos en ese estado en que hablar me costaba y sonreír me salía con retraso.
La jornada consistía en una lista abierta donde los aspirantes a poetas y a otras formas de incomodidad humana se anotaban con marcador indeleble sobre un cartón colgado de la barra.
Cada uno tenía cinco minutos para subir al escenario y romper el lenguaje, según el presentador, un tipo con boina y uñas pintadas que masticaba un carozo de aceituna entre verso y verso.
Algunos eran buenos, o eso me pareció después del segundo trago. Hubo una chica que subió al escenario, dijo «mamá» y lloró durante diez minutos sin emitir una sola palabra más. Nadie la interrumpió. Algunos lloraron con ella, casi la ovacionan. Yo no entendí nada.
Me fijé si Pedro también estaba emocionado, pero estaba más entretenido mirando la reacción del público que a la performer . Cuando cayó, me miró y dijo:
—¿Eso califica como pieza?
—No sé —le respondí—, pero estoy segura de que la mamá no vino.
Pedro se rio. Una risa cortita, satisfecha.
Me di cuenta de que estaba intentando resucitarme.
Cada tanto me decía algo al oído, comentarios maliciosos con su tono de sarcasmo liviano, como queriendo invocar a la vieja Berenice.
Esa que se reía de todo, que decía cosas horribles sobre la gente y luego se pedía otra copa.
Esa que alguna vez se sintió superior y, por eso mismo, una estúpida.
Pero no lo logró. Al principio no.
Los tragos tardaban mil años en llegar. Un camarero con el flequillo durísimo y un bigotito dudoso nos trajo dos copas con un vino natural que olía a queso húmedo. Pedro dijo que eso estaba de moda, que era como la kombucha de la decadencia emocional. Me hizo reír. Apenas, pero fue real.