16. Berenice
M e fui a dormir destruida y nerviosa. No sé qué parte de mí fue la que caminó hasta la cama.
Quizás el instinto de esconderse bajo las sábanas, como si ahí no pudiera alcanzarme lo que fuese que se había metido en mi casa.
Y no hablo de un ladrón. No, ojalá. Ojalá hubiera sido un adicto desesperado o una idiota con hambre.
Eso me habría dejado reaccionar, gritar, pelear. Pero esto otro... esto era distinto.
Corrí a la cama, me tapé entera, hasta la cabeza, y por primera vez en años, decidí rezar. Sí, yo… Rezando. La descreída, la que se reía de los cristales, de los santos y de los algoritmos del universo.
No tenía una oración favorita. Ni siquiera recordaba las que me habían enseñado cuando era chica.
—Por favor, señor, solo te pido que me deje en paz. Que se detenga. —Pedí sin dirección, cosas absurdas. Todo aquello era sin fe, sin idea de a quién carajo me estaba dirigiendo, pero recé.
Y fue entonces que entendí que lo que me aterraba no era la idea de que alguien me observara desde la oscuridad del pasillo.
Era el dolor que flotaba en el aire. Sin miedo.
Ninguna amenaza. Dolor. Eso era lo que estaba empapando los rincones.
Un espectro doloroso. Algo que no venía a hacerme daño, pero sí a arrastrarme con él.
¿Un fantasma? ¿Una energía? ¿Mi culpa encarnada? No lo sé, pero sentí que me hablaba. Que se movía cuando yo no lo hacía. Que me dejaba notas, no para asustarme, sino porque estaba intentando decirme algo. ¿Qué? No estaba segura, pero creía saber de quién se trataba.
Pensé que no iba a poder dormir. Que el cuerpo iba a estar tan tenso que no habría descanso, pero fue al revés. Caí dormida con una violencia serena. Como si alguien me hubiera apretado la cara contra la almohada y hubiese dicho: «duérmete, por favor, duérmete ya».
Y obedecí. Dormir, o ahogarse, era mejor que estar despierta, era mejor que seguir recibiendo mensajes, era mejor que escuchar las risas en la casa vacía, era mejor que preguntarse si lo que sentía era real o simplemente parte de mi derrumbe.
Me desperté de golpe. Sin sobresalto, pero con la certeza filosa de que algo me había arrancado del sueño. No sabía si había soñado algo terrible o si lo terrible estaba pasando del otro lado de la puerta. La habitación estaba quieta, cerrada, pero no había silencio. Había una presencia.
Tardé algunos segundos en entender que había un sonido en la casa.
No venía de la calle ni de la ventana. Era interno.
Doméstico. Un tarareo. Una melodía sin nombre, torpe y suave, sostenida por una voz femenina que parecía cantar sin apuro, como si no supiera que la estaban escuchando.
Una canción inventada o grabada de algún lugar lejano, algo que flotaba con una naturalidad perturbadora, como si llevara mucho tiempo sonando.
Y después, la risa.
Al principio fue apenas un murmullo. Una risa tímida, suelta, como si alguien se divirtiera con su propio canto.
Luego se fue estirando, y con cada risa venía un jadeo, y entre los jadeos, un gemido.
Y entre los gemidos, otra vez ese tarareo sin rumbo.
Una cadena de sonidos íntimos, repetidos.
Era un audio, un bucle que sonaba en mi casa. Y no era mío.
Me senté en la cama de a poco, cuidando no hacer ruido, como si algo pudiera verme o sentir mis movimientos desde el otro lado del pasillo.
El aire estaba más frío que antes. Me ardían los ojos.
Miré la puerta cerrada y luego el pasillo que se insinuaba por debajo.
Un hilo de luz azulada llegaba hasta mi habitación. La televisión… Estaba encendida.
Me levanté sin hacer ruido. Crucé el pasillo como si pudiera desaparecer entre las paredes.
Cada crujido de la madera se sentía amplificado, cada respiración contenida.
Al llegar al comedor, la imagen era absurda y escalofriante.
Pantalla negra. El ícono de Bluetooth estaba encendido.
Volumen bajo, pero claro. La tele estaba conectada a algún dispositivo.
Alguien, en alguna parte, le estaba enviando ese audio a mi casa.
Una mujer tarareaba, reía, gemía y respiraba con fuerza, y la tele reproducía su voz como si fuera una pieza musical.
Se me tensaron los hombros. El cuero cabelludo se me erizó como si alguien soplara desde atrás. No había nada en la pantalla, solo esa voz que no decía palabras, solo emociones desnudas. Era un sonido diseñado para enloquecer.
Me quedé ahí, de pie, con las piernas desnudas sobre el parquet helado, sabiendo que si me movía podía escuchar otro sonido: un paso más atrás, un roce, una puerta.
Pensé en eso… Que tal vez no estaba sola, que tal vez no lo había estado en semanas, que alguien podía estar viviendo en mi casa sin que yo lo supiera.
No me asustaba el fantasma. Me aterraba la idea de un intruso.
De alguien real, alguien que me estudiara mientras dormía, que probara mis vinos, que se secara con mi toalla, que encendiera mi televisión y reprodujera audios de mujeres respirando, tarareando y riendo, mientras yo soñaba que estaba sola.
Sentí una corriente de aire leve en la nuca. No supe de dónde venía, no había ventana abierta, ni brisa, pero lo sentí y me quedé inmóvil, como si el cuerpo pudiera volverse invisible por obediencia.
Entonces, el audio se cortó. De golpe y sin transición. La tele dejó de reproducir. El ícono de Bluetooth apareció una vez y desapareció. Pantalla negra, silencio.
Lo único que quedó fue el zumbido eléctrico del aparato apagado y el olor de la noche cerrada.
El hilo de luz que salió desde la tele se desvaneció como una lengua moribunda, y la sala entera se llenó de oscuridad.
Una oscuridad espesa, hostil. No la oscuridad de siempre.
Esta estaba construida, colocada a propósito, como si se hubiera preparado para recibirme.
Sentí el peso del silencio encima. Estaba paralizada. Sabía que no estaba sola, aunque no pudiera verlo.
Sabía que había algo más observando, conociéndome. Apretándome la vida desde adentro.
No volví a la cama. Me senté en el suelo, directamente sobre la madera helada, y apoyé la espalda en la pared como si esa esquina pudiera esconderme de algo.
No tenía sentido cubrirme con nada. No había forma de estar más desnuda de lo que ya estaba.
El miedo me había pelado hasta los huesos.
Me quedé ahí, con las piernas recogidas, el mentón sobre las rodillas, los dedos de los pies tensos y casi azules de frío, sin hacer ruido, sin pestañear, como si el silencio fuera un refugio real y no una cuerda alrededor del cuello.
Sentía que, si me movía, si respiraba demasiado fuerte, iba a volver a escucharlo: ese gemido cortado, esa risa repetida, ese hilo de voz que no decía nada, aunque lo decía todo.
No me dormí. Tampoco estuve despierta del todo. Entré en ese estado en el que el cuerpo se rinde, pero la mente no afloja. Una especie de catatonia emocional, un deslizamiento hacia lo que fuera que sigue al colapso.
Estuve horas así, congelada, hasta que la luz se coló entre los huecos de la persiana torcida.
Un rayo tibio, amarillo, tenue. La mañana, el día.
El mundo, allá afuera, seguía girando, ajeno a la oscuridad que había tragado mi casa por dentro, y aunque no creía en nada, el sol me reconfortó.
Por alguna razón ilógica, absurda, el calor en la cara me dio algo que ninguna explicación me había dado en semanas: la sensación de que podía hacer algo.
Me levanté como pude. El cuerpo dolía, tenía los brazos entumecidos, las piernas pesadas, el estómago revuelto.
Fui al baño sin mirarme al espejo. Me metí en la ducha y abrí la canilla con la desesperación de quien intenta borrar un crimen que no sabe si cometió.
El agua estaba helada al principio, después tibia, después demasiado caliente.
No importaba. Me lavé rápido, el pelo empapado, los dientes apretados.
Salí de la ducha sin secarme del todo, me metí a la fuerza en un vestido de lana y abollé algo de ropa en un bolso sin pensar.
Ropa interior, jeans, dos blusas, una chaqueta, la cámara.
Lo esencial para no tener que volver, porque no podía quedarme en esa casa ni un minuto más. No iba a dormir otra noche ahí.
Pedro me esperaba a las diez. Miré el reloj. Tenía tiempo justo para tomar un café y desaparecer.
Eso hice. Café cargado, sin azúcar, en una taza que no estaba limpia. Ni lo saboreé. Lo tragué como si fuera una medicina amarga, como si fuera la única forma de volver a sentir que el cuerpo era mío.
No sabía si había un fantasma. No sabía si era Clara, o mi cabeza, o alguien de carne y hueso escondido entre mis paredes.
Lo único que sabía era que si lo que me estaba torturando era «El cuerpo quieto», entonces tenía que cerrarlo.
Terminarlo, exponerlo, sacarlo de adentro de mí y ponerlo frente a todos.
Que lo vean, que lo juzguen, que lo digieran.
Que me dejen ir. Quizás era mi mente pidiéndome que abandonara aquello que me consumía y lo entregara al mundo.
Allí entonces todo se detendría.