15. Clara
H oy pensé mucho en la primera vez que le dije «Cuchi».
Fue un chiste, claro. Un chiste tonto. Estábamos en una especie de cita, justo antes de que cerraran todos los establecimientos gastronómicos por políticas de salud.
Nos sentamos en esa cervecería con bancos largos de madera astillada, esa que queda en la esquina de Hermannstrasse, donde sirven currywurst vegano y las cervezas son tan grandes que una sola te hace hablar idiomas que no sabes.
Yo trataba de pedirle al mozo una Radler pero me salió un inglés tan raro que no me entendió.
Cuchi se reía, pero no con burla: se reía conmigo.
Esa risa que acaricia en vez de empujar.
Habíamos hablado de cosas ridículas. De cómo la gente se pone apodos espantosos cuando se enamora.
Yo había dicho que antes de llamar «cuchi cuchi» a alguien, prefería tirarme al Spree con una piedra atada al cuello, pero la verdad era que yo había fantaseado mil veces con decirle Cuchi.
Llevarle el desayuno a la cama y desordenarle con los dedos ese pelo perfectamente peinado.
Unas semanas antes casi se me escapa, pero no me estaba escuchando. Y ahí finalmente, lo dije.
—¿Te gustaría que te dijera «Cuchi»? Lo dije entre dientes, medio en broma, medio para ver si me salía en voz alta. Cuchi se rió y contestó.
—Está bien, pero solo cuando estemos a solas.
Y desde ese momento le dije así. Aún con todo lo raro que podía conllevar, hacía que todo fuera nuestro.
Esa noche yo no me sentía merecedora de nada.
Lo sigo pensando. Tenía la panza hecha un ovillo, me cambié de ropa cuatro veces, me puse perfume solo en las muñecas, como si eso sirviera para algo.
Llegué tarde, pero Cuchi no dijo nada. Solo sonrió, como si supiera que yo iba a llegar, aunque me demorara siglos. Me miraba como si yo fuera arte.
Hablé demasiado. Me reí fuerte y nasal, como un cerdo.
Casi tiro la cerveza en la mesa, y cuando llegó la cuenta, me di cuenta de que no podía pagar ni la mitad.
No tenía un mango, pero Cuchi no me lo reprochó.
Dijo que iba a invertir en mí, que lo suyo era capital de riesgo emocional.
No entendí muy bien qué era eso, pero me hizo reír.
Cuchi me hace reír de formas que no sabía que existían.
Creo que me enamoré de Cuchi a primera vista.
Un mes antes de aquella cita, en una proyección que no entendí.
Era un corto rarísimo, sin diálogo, sin música, sin sentido para mí.
Imágenes de pájaros disecados, superpuestas con un plano fijo de una bañera oxidada.
La voz en off leía un texto en danés, pero nadie se tomó el trabajo de subtitularlo.
Begoña decía que lo había hecho un artista queer de Malmö que solo proyectaba sus obras en espacios no habilitados, por todo el asunto del COVID 19.
Esta vez, sin embargo, la proyección era en una sala pequeña en Kreuzberg, con sillas plegables y vino barato servido en frascos de pepinillos mal lavados.
Yo había ido porque Bego siempre me arrastraba a todos lados. No le gustaba que me quedara sola en mi casa de ventanas chiquitas y calefacción fallida. Decía que el encierro me hacía daño, que no favorecía a mi arte.
Ese día llegó molesta, con los labios rojos, el pelo enmarañado y la lengua filosa. Pensé que estaba enojada conmigo, pero quizás solo estaba teniendo un día de mierda, como siempre. Cuando entramos, desapareció entre la gente.
Deambulé unos minutos porque no conocía a nadie y ahí fue cuando nos chocamos. Cuchi estiró la mano para saludarme, no dijo su nombre. Yo tampoco. Fue apenas un gesto y una mirada, una casi sonrisa. Ahí mismo supe que iba a escribir sobre esa cara hasta el último de mis días.
Bego volvió casi corriendo hacia donde estábamos.
Se puso intensa, exaltada, hablaba más fuerte de lo normal, se le escapaban comentarios sarcásticos todo el tiempo.
No sabía si quería llamar su atención o si quería cortarle el cuello.
No era tan raro verla así, pero ese día había algo especial en su incomodidad.
Después me comentó que Cuchi era bastante influyente en la escena de Berlín y que era mejor dejarle una buena impresión.
—Dos palabras suyas y te quedas sin carrera —dijo.
No sabía si le caía mal Cuchi, o si le gustaba demasiado y no quería reconocerlo porque no era su tipo. Esperaba que no le gustara, porque a mí sí.
Me sorprendió que se sentara junto a mi cuando comenzó la proyección.
Me quedé hipnotizada mirando sus manos durante el corto.
Movía los dedos como si estuviera haciendo cálculos difíciles, o tocando un pequeño instrumento de cuerdas que no existía.
Después supe que era un tic que se le despierta cuando se aburre terriblemente y se disocia.
La verdad es que Cuchi tenía algo diferente.
Esa mezcla de sobriedad y algo salvaje, como si todo estuviera perfectamente contenido por fuera, pero adentro hubiera un incendio.
Era la forma en la que no se reía. Esa cara inexpresiva con los ojos intensos, casi brillosos, que se le achinaban apenas cuando le hacían un chiste que no le gustaba.
Los labios delgados, definidos, hermosos.
Y esas arruguitas chiquitas que se le marcaban en los pómulos cada vez que intentaba reír. Nunca le salía del todo.
Me pareció un personaje bellísimo. Una joya absurda, cara porque sí, que te mira desde una vitrina.
Cuando terminó la proyección, Bego nos ofreció más vino. Dijo algo de un after en un espacio «post estructuralista» y se fue antes de que contestáramos.
Nos quedamos en la misma fila de sillas plegables mientras los demás se iban levantando de a poco.
Yo hablaba y Cuchi escuchaba. Eso pensé, eso quise pensar.
Estaba nerviosa, hacía chistes estúpidos para llenar el silencio.
Y Cuchi casi se reía, lo intentaba. Y no sé por qué, pero sentí que eso me daba permiso para algo, no sé para qué.
Me llevé ese momento a casa como si fuera una piedra mágica en el bolsillo.
Me fui caminando sola, con el frío en la cara, las manos sin guantes y el corazón rebotando como una pelota tonta.