14. Berenice #2
—¡Gracias por la recomendación, Joe Goldberg! —grité hacia el comedor, como si la casa pudiera oírme—. El libro sí que promete.
Y leí en voz alta, para que, quién sea que fuera, me escuchara desde otra habitación.
Leí y comí. Me enfrenté al espejo para hacer mis afirmaciones diarias, me encontré con una imagen poco alentadora: la cara lavada, los ojos marcados, el cabello hasta la cintura en su peor momento de abandono.
No era mi mejor versión, pero tenía que dejar de parecer una víctima. Tenía que ser la jefa de esta locura.
Le escribí a Pedro.
–Hoy paso por The Ornamenta y hablamos.
El mensaje iba seco, sin puntos ni emojis. Controlada. Como debía ser.
El huracán Clara estaba devastando mi vida y la rutina que había construido con esmero, pero no podía darme el lujo de ser una persona disfuncional.
Con el asunto de visitar a Aldana y jugar a los espías, me había olvidado de pasar por el estudio de abogados que estaba llevando la sucesión de los bienes y propiedades de mi padre, que no eran pocos.
Todo este caos se estaba tragando tanto mis obligaciones como mis pensamientos.
Era muy desagradable de parte de Pedro, o de quién fuera, ponerse a jugar al complot conmigo.
Burlarse de mi trabajo y de mi delicada salud mental.
Quizás lo mejor hubiese sido retomar la terapia, pero mi analista había sido muy objetiva al decirme que no servía conmigo porque mentía todo el tiempo en las sesiones para no enfrentar la realidad.
Yo le adjudicaba esa falta de compromiso a mi padre, haber sido criada por un psiquiatra te convierte en alguien poco creyente de la materia. Así que mi analista también me dejó.
Las confabulaciones en mi contra no me iban a ganar esta vez.
Me vestí con calma: jeans negros, camisa gris, una chaqueta de cuero que ya tenía olor a calle y cigarrillo.
Lentes oscuros, aunque el día estaba apenas nublado.
Me maquillé con un lápiz labial oscuro, burdeos, casi negro, en un acto desesperado por marcar territorio en mi propia cara. Para que nadie me tocara.
Salí.
Tomé el camino habitual, pero más lento. Metro y después mis propios pies. Cada paso era una afirmación ensayada.
Pasé por la cafetería de siempre, la que había dejado de frecuentar cuando empezó a llenarse de estúpidos con bucket hats .
Pedí mi chai latte de siempre, tamaño gigante.
No miré al barista a los ojos, pero no olvidé darle las gracias.
Me apoyé contra un árbol mientras esperaba la hora de apertura de la galería, con el sol tenue filtrándose por las ramas.
Saqué el móvil y abrí la cámara. Tomé una foto para recordar el momento en el que había tomado las riendas.
El vapor saliendo del vaso, el gesto sin expresión de mi cara reflejada en la vitrina.
Me dieron ganas de subirla, de ponerle un caption irónico, algo críptico, pero no lo hice.
Pensé que las redes sociales habían muerto el día que Tumblr cayó. Todo lo demás era shopping .
Tomé un par de fotos más en el camino. Una pared agrietada, una sombra sobre la vereda, un perro viejo durmiendo con la lengua afuera. Me sentí fotógrafa otra vez, aunque fuera por segundos. Recordé esa época en la que creía que el arte podía salvarme. Ahora sólo servía para encubrir síntomas.
Entré a la galería con el vaso todavía caliente en la mano y crucé la puerta sin anunciarme. Pedro estaba en su escritorio, abriendo sobres. Me miró con una sonrisa, pero algo en su cara cambió apenas registró que venía seria.
—Hola, Bere. ¿Todo está bien? ¿Pudiste descansar?
No contesté. Cerré la puerta del fondo para asegurarme de que nadie escuchara lo que tenía para decir. Caminé hacia él sin sacarme los lentes.
—¿Fuiste tú? No puedo creerlo… —cuestioné
—¿Yo qué?
—¿El desayuno, el libro, la nota? ¿Todo esto fue tu idea?
Pedro frunció el ceño. Se reclinó en la silla.
—¿De qué demonios hablas?
—¿Me estás saboteando? ¿Es eso? ¿El plan es volverme loca para vender más? ¿Que explote justo a tiempo para que la muestra sea un escándalo?
—¿Estás jodiendo, Bere?
—No.
—¿En serio vienes a preguntarme si estoy saboteando tu cabeza?
—Fuiste el último en irte. Dejaste la puerta abierta.
—Tú dejaste la puerta abierta, Bere, es tu casa. Tú estabas mal. Yo te ayudé. Vi las fotos y te dije lo que eran, una obra perfecta. Te animé a terminarla. ¿Eso es sabotearte?
—No lo sé. No sé qué pensar. Me pasan cosas extrañas en mi casa. Me dejan mensajes. Me arrancan páginas de los cuadernos. Me hacen creer que Clara está viva, o que nunca existió, o que soy yo. Y eres la única persona que entra y sale de mi casa con libertad.
Pedro se levantó. Dio un golpe seco en la mesa. Estaba harto de mí.
—¡Basta! Necesito que dejes de jugar al thriller psicológico, Bere.
Hay una muestra esperando. Hay gente que te va a entrevistar.
Medios, críticos, compradores. Y no puedes aparecer como una loca delirante.
No ahora, no después de todo este proceso.
La salud mental vende, sí. La resiliencia y la superación, sí, pero no la psicosis, no la paranoia.
¿Quieres que el titular diga que la artista fue internada en un hospital psiquiátrico semanas antes de la muestra?
¿Te parece que quiero a mi artista gritando con un hacha como el tío loco de The shining en la inauguración?
Me quedé muda. No esperaba tanta crudeza.
—Yo… —intenté decir, pero me interrumpió.
—Tienes que trabajar, tienes que estar lúcida. Y, sobre todo, tienes que dejar de sabotearte. Esto... esto que estás haciendo, es una forma de no terminar lo que empezaste. De esconderte en un delirio en vez de entregar la obra al mundo.
—Pedro, te juro que me quieren hacer daño, quizás no seas tú, pero alguien…
—Esto se termina aquí, Berenice. Pisas caca en la calle y vienes a acusarme de estar intentando sabotearte. Cuando todo esto termine, podemos hacer un viaje juntos para descansar, y allí podemos jugar a todas las teorías conspirativas que quieras, pero se acabó. Se terminó esto de hacerte la loca.
—Te estás volviendo muy hiriente.
—¡Y tú te estás volviendo insoportable!
Las lágrimas se me subieron sin permiso. Nunca sentí tanta vergüenza.
—Perdón —murmuré, bajando la cabeza—. No sé qué me pasa. Es que encontré ese libro…
Pedro se acercó. Me puso una mano en el hombro.
—Es miedo. Y es lógico, pero no estás sola. Hazlo por ti. No por mí, ni por Clara, ni por la película de mierda que armó tu inconsciente. Por ti.
No pude responder. Me tragué las ganas de pedirle que se quedara conmigo esa noche, que vigilara mi casa, que me acompañara a buscar las notas que alguien me estaba dejando por si decidía llevarlas a la policía.
En lugar de eso, me tomé lo que quedaba de mi chai que ya estaba frío.
Pedro me miró fijo, los ojos quietos, pero la mandíbula perfecta, cargada de algo que no sabía si era paciencia o fastidio.
—Se terminó lo de rodar dentro de la casa, Bere. Basta. Te estás pudriendo sola. Te quiero todos los días aquí, en la galería, trabajando. Hablando con gente. Armando la muestra. Interactuando con personas, no con fantasmas.
No dijo la palabra demente, pero la dibujó entera.
—¿Aquí?
—¡Sí! —afirmó—. Te estás volviendo loca porque tienes tiempo de sobra y te quedan ahorros, pero hasta eso tiene un límite. Así que basta, mañana te quiero aquí a las diez, puntual, siendo la artista del carajo que eres. No una ridícula que desayuna con espectros.
Me tragué el orgullo entero como un jarabe espeso. Tenía razón y yo había estado dudando de él.
Pedro se levantó, cruzó el salón como si necesitara alejarse un poco de mí para no arrojarme algo por la cabeza.
Caminó hasta donde unos técnicos estaban empezando a desmontar la muestra de la polaca.
Yo lo seguí en silencio, como un perro recién rescatado, sin saber si confiar o morderle la pierna.
Las fotos ya estaban en el suelo. Una pila con imágenes de mujeres orinando entre autos, detrás de árboles, entre canteros de avenida.
Algunas impresas en tela, otras en papel, algunas en lo que parecía vinilo adherente.
Todo precario, todo intencionadamente feo.
La polaca no había venido a despedirse de nada.
Pedro se sentó a mi lado, los brazos cruzados y la vista en el desarme.
—La polaca no vendió una mierda —dijo sin emoción—. Fue una pérdida de tiempo.
Me quedé mirando cómo despegaban una foto en la que una mujer agachada en un descampado hacía pis sobre una baldosa rota. Uno de los ayudantes la enrollaba con sumo cuidado, como si fuera una obra valiosa, mientras otro intentaba despegar un sticker de una pared blanca sin romper el yeso.
Pedro tomó un café frío de un vaso olvidado.
—¿Quieres llevarte alguna?
Lo miré. No respondí de inmediato, dejé que la pregunta flotara en el aire como una flatulencia conceptual.
—No estoy en ese nivel de demencia... todavía —le dije, y fue lo más sincero que había dicho en todo el día.
—¿Quieres contarme lo de ese libro?
—No, es más de lo mismo.
Pedro sonrió con los ojos cansados, era obvio que estaba agotado de ser mi niñero. No dijo nada más y yo me quedé ahí, viendo cómo embalaban meadas ajenas con guantes de algodón.
Me quedé en la galería más tiempo del necesario.
No tenía nada que hacer ahí, pero no quería volver a casa.
Vi cómo embalaron las últimas fotos de la polaca, como si eso fuera arte y no una performance involuntaria de decadencia.
Me senté en el rincón de siempre, la butaca de lino gastado donde había dormido alguna vez con la cabeza vencida hacia atrás, mientras Pedro discutía precios con algún coleccionista o gritaba por teléfono porque un marco se había abollado.
Miré mi celular sin ver nada. No posteé nada, no contesté mensajes.
No tenía ganas ni de ser irónica. Era lunes, y eso ya era suficiente desgaste emocional.
Pedro me ofreció acompañarlo a cenar, aunque fue prácticamente una orden. No me preguntó si tenía planes, solo dijo:
—Vamos, nos encontramos con dos colombianas que cantan folklore de todo Latinoamérica como si fuera jazz, lo vas a odiar. —Y yo acepté. No tenía energías para negarme a nada.
Caminamos hasta un lugar de sushi lleno de luces bajas, donde el vinagre del arroz tenía perfume a caro y el wasabi venía en platos individuales.
Las colombianas eran preciosas, una tenía la cabeza rapada y la voz como de ron, la otra usaba pañuelo de seda al cuello y cantaba cuecas chilenas como si fueran baladas de Billie Holiday.
Me senté entre ellas y me sentí vieja, pálida y vencida, pero también me sentí tranquila.
Hubiera querido ser una basura esnob, criticar el show , analizar la falta de estructura conceptual de sus versiones, decir que el mundo ya no necesitaba más cruces de géneros boutique, pero no tenía energía para sentirme superior a nadie.
Así que fui amable con ellas y eso me reconfortó.
Me acordé de lo bien que me había hecho sentir la calidez de Tuti Melero.
Pensé que quizás yo podía hacer que alguien se sintiera así.
Me imaginé un mundo en el que yo era una persona dulce que hacía sentir cómoda a la gente.
Les pregunté cosas, sonreí sin cinismo, les dije que cantaban hermoso, y era verdad, aunque me dolía la cabeza.
Comí bien. Comí dos veces en un mismo día.
Me sentí viva y un poco estúpida por haber creído que todo estaba perdido, por haber hecho un escándalo por un libro.
Al fin y al cabo, si existía un acosador, me estaba dejando gestos cariñosos.
Un admirador secreto no parecía tan terrible ahora que había comido.
Volví a casa con el estómago lleno, y esa felicidad tibia de quien no espera nada y recibe un poco de aire fresco.
Me saqué los zapatos, prendí la calefacción y preparé el agua para hacerme un té.
Me sentí capaz de sostenerme y llevar a cabo la muestra.
Tuve la esperanza de poder salir adelante.
Exactamente el mismo sentimiento de paz que precede a una crisis hizo saltar todas mis alarmas internas.
Comencé a revisar la casa, en busca de algo que estuviera mal. Es verdad que estaba un poco mareada de tanto vino y emociones. Me temblaban las piernas y estaba un poco confundida con respecto a lo que estaba esperando encontrar, pero eso no me restaba lucidez, algo tenía que estar mal.
Cuando llegué al baño encendí la luz y busqué mis ojos en el espejo. Y ahí estaba. Otro post-it.
Amarillo, doblado en una esquina, escrito con la misma letra redondeada.
«Estuviste increíble».
Sin fuerzas para seguir jugando a esto, me tomé unos segundos para respirar y contar hasta diez. No grité, no rompí nada ni lloré.
Arranqué la nota, la hice bolita y la tiré al cesto de basura. Mantuve la vista fija en mi reflejo, en mis ojos ambarinos y el delineador corrido. La piel roja del vino y del día.
No dije nada, pero pensé: « pedazo de mierda, no me vas a romper otra vez ».