El cuerpo quieto 14. Berenice
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14. Berenice

N o me lo imaginé. Esa era la única certeza que podía sostener en ese momento. No podía confiar en lo que soñaba, ni en lo que escuchaba cuando estaba sola.

Pero el desayuno estaba ahí. El café todavía tibio, el jugo seco en el borde del vaso, las medialunas sobre la servilleta como si el tiempo no las tocara.

El libro intacto, pero con una capa de migas encima.

La nota con esa letra redonda y apretada que no era la mía ni la de Pedro, y sin embargo, le había atribuido a él, quizás por necesidad.

«Te quiero». Era lo único escrito. Sin firma, sin contexto. Un gesto de ternura salvaje, completamente desubicado, tan desconcertante como reconfortante. No era una alucinación, era un hecho.

Podría haber sido cualquier cosa. Un ataque de angustia, una epifanía psicótica, una pesadilla extendida.

Podría haber creído que estaba quebrada y que mi cerebro había empezado a inventar una nueva narrativa para no enfrentar lo obvio, pero el libro seguía en la mesa.

Una educación, de Tara Westover. Ni siquiera era un libro que me interesara antes, y menos uno que Pedro pudiera haber leído por placer, pero alguien lo trajo, lo eligió, lo dejó con ese mensaje. Y eso lo volvía real.

Lo que pasó fue real. Lo del desayuno, el perfume leve en el aire, ese olor suave a señora entalcada. Todo. No había forma de que lo hubiera creado en mi cabeza.

Caminé por la casa en silencio, con el vaso del jugo todavía en la mano, como si fuera una prueba judicial.

Bukowski me seguía desde lejos. Lo observé trepar al respaldo del sillón, ponerse en alerta, olfatear el aire con desconfianza.

Lo vi mirarme con una mezcla de lástima y resignación, como si él también supiera que las cosas estaban fuera de control, pero que ya era tarde para buscar una explicación racional.

A mi mente no le quedaba otra cosa que armar conspiraciones que pudieran explicarlo todo.

La idea me cayó de golpe, sin transición.

Pedro. ¿Y si había sido Pedro? ¿Y si era él quien estaba saboteando todo?

¿Y si esto era una especie de obra performática disfrazada de gesto de afecto?

¿Y si lo que buscaba no era mi sanación, sino mi hundimiento?

Un artista quebrado es más interesante. Una mujer al borde del colapso, que presenta una serie fotográfica sobre mujeres al borde del colapso, con una modelo muerta que nunca conoció, pero retrató con precisión quirúrgica... Eso vende. Eso se expone. Eso gana premios.

Pedro era capaz. No porque fuera malvado, nada de eso, sino porque era un curador ambicioso.

Su cabeza estaba entrenada para encontrar narrativas donde sólo había cicatrices.

Le gustaba manipular sin ensuciarse las manos.

Y yo, con mi historial de adicciones, mis correos sin enviar, mis cambios de país, mis diarios con teorías delirantes y mis silencios, era la candidata perfecta para un colapso documentado.

Quizás no lo planeó, pero vio la oportunidad y decidió empujarme justo lo necesario.

Pedro, con sus ojitos marrones de gacela y su barba que siempre parece de tres días. Mi Pedro, mi amigo, me estaba cagando.

Él fue el último en irse. Me quiso convencer insistentemente de publicar la imagen de Clara como si nada. Él sabía que una artista loca vende más que una artista triste.

«La muestra de Berenice Lasala, la fotógrafa que perdió la cabeza para darle cuerpo a su obra. El cuerpo quieto como punto de quiebre. La locura como lenguaje visual».

«Gallego de mierda».

Todo eso lo podía usar. Lo podía colgar.

Lo podía vender. La sospecha me dio náuseas.

Tiré el café, las medialunas, el post-it coqueto.

No podía aceptar más de esa contaminación en mi propia casa.

Minutos atrás Pedro sonaba justo como un final feliz, ahora me sabía a traición.

El producto no era mi obra, el producto era yo, y él sabía perfectamente cómo venderlo.

A pesar de que no era ni mediodía abrí la alacena y agarré una botella de vino tinto.

Estaba ahí desde hacía semanas, aunque no recordaba haberla comprado.

Pensé que quizás me la había dejado alguna modelo después de una sesión, alguna de esas chicas que te prometen que te van a pagar apenas cobren, pero que se evaporan con las fotos retocadas y el pelo mojado.

No importaba. Me serví una copa y la sentí raspar en la garganta.

Tenía un regusto metálico, pero era lo único que podía bajar por mi cuerpo sin provocarme asco.

Fui a mi estudio y cerré la puerta rogando que eso fuera a protegerme.

Me senté frente al escritorio con el plan de escribir todo esto para la posteridad, para que hubiera una prueba de mi lucidez mental cuando todo se fuera al carajo y me hicieran pasar por loca para vender mis fotos en dólares.

Tenía que escribir todo, mis teorías, mis descubrimientos sobre Clara y Cuchi, mi corta estadía en el tren de la locura, y cómo mi mejor amigo me estaba empujando a la debacle.

El cuaderno estaba ahí, el negro de lomo duro. No tenía título ni tenía etiqueta. Lo usaba desde hacía meses. A veces con regularidad, a veces lo dejaba semanas abandonado, pero ahí estaba todo lo que no podía decir, o lo que no quería escuchar en mi propia voz.

Lo abrí con cuidado y encontré la mutilación. Varias hojas arrancadas, desde adentro, desde el nervio.

Eran cortes irregulares, nerviosos, llenos de ira.

No eran páginas vacías las que faltaban.

No hace falta que lo aclare, este no era un cuaderno viejo que se despegaba, las hojas no se habían caído naturalmente por el uso.

Alguien había metido la mano y había querido borrar partes específicas de mí.

Lo sentí como si me hubieran arrancado los dientes mientras dormía. Me habían robado la memoria.

Esas páginas no contenían datos objetivos.

Quizás no eran cosas útiles como contratos o presupuestos.

Eran pensamientos sucios, obsesivos, borrosos.

Notas sobre Clara, descripciones, preguntas, divagues que había escrito con vino encima, con miedo encima, con deseo encima.

Pensamientos que jamás le habría mostrado a nadie. Y ahora no estaban.

No tuve fuerzas para escribir, me resultó engorroso tener que empezar de cero con la historia, volver a revivir los detalles, ordenar la línea temporal. No podía arriesgarme a que se me pierdan detalles por causa de la ira, no era una buena idea escribir en ese momento.

Me dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes y me ardían los ojos.

Salí del estudio y apagué las luces del pasillo.

Me dejé caer en el sillón como si fuera una cama de hospital.

Puse ese disco de The Avalanches que escuchaba siempre que quería poner la mente en pausa.

Música sin centro, sin corazón, capas de sonidos superpuestas.

Lo ponía cada vez que quería que mi casa se pareciera a un bar en el que no conocía a nadie, cuando solo quería ser una mujer que flotara en lo irrelevante. Sin historia, ni país, ni cuerpo.

¿Pedro quiere volverme loca? ¿El fantasma de Clara me acompaña? ¿Soy yo la que se está reescribiendo desde adentro?

No podía contestar nada. Sólo podía seguir escuchando esa música de ascensor existencial, donde no se sube ni se baja. Se espera.

Terminé la copa, que había estado paseando de habitación en habitación, y no quise más.

No estaba respetando los límites saludables de mi cuerpo, es que el vino ya no me hacía efecto.

El frío me ganó los pies, los muslos, la espalda.

Otro día sin respuestas y con más preguntas, otro día sin cordura, otro día sin aceptar la realidad, fuera cual fuera, otro día borracha desde la mañana.

Y entonces dormí, todo el día, pero no descansé.

Me desperté sin resaca. ¿La boca seca? Sí.

¿Los párpados pesados? También, pero la resaca no estaba.

Ni esa presión detrás de los ojos, ni el ardor en la nuca, ni el sentimiento viscoso de haber hecho cosas que no debí.

No. Me desperté sobria, entera y con una idea en la cabeza: llamar a la policía.

Era lo lógico, lo que cualquiera haría si se percatara de que alguien ha estado entrando a su casa, pero mientras me sentaba en el sillón todavía con la manta encima, supe que era inútil.

¿Qué iba a decirles? Que alguien fumó hierba en mi patio, arrancó unas páginas de mi cuaderno, me dejó un desayuno perfectamente servido y un libro con una nota que decía: «te quiero».

Que, además, días antes, había encontrado una foto imposible tirada bajo la puerta, con un mensaje de despedida, de advertencia o de consuelo, no lo sabía.

¿Iba a escribir eso en un acta? «Firme aquí, señorita Lasala, donde dice que la están atormentando con cariño».

No era un crimen, no era un robo, ni una amenaza directa, ni siquiera una broma de mal gusto. Era una violación de lo íntimo, de lo mental y eso no se resolvía con denuncias. Me lo tenía que fumar sola, como tantas otras cosas que me había fumado sin haberlas pedido.

Me acerqué a la cocina, sin miedo. Pensé: esta es mi casa.

Si había alguien ahí, si había un intruso, « vivo o muerto, literal o metafórico », bueno, que me temiera.

Que empezara a tenerme miedo a mí, porque esta vez no pensaba llorar por las esquinas ni buscar cámaras ocultas.

Ese día me levanté, desayuné y me bañé. Y si alguien estaba jugando conmigo, iba a tener que jugar más fuerte porque le iba a resultar muy difícil enloquecer a la que ya estaba loca desde hacía tiempo.

La mesa con el desayuno del día anterior había quedado a medias entre lo que había comido y lo que tiré, pero no tuve ganas de limpiar.

Me serví un nuevo café, algunas tostadas y una manzana.

El libro seguía mirándome y ya no quise ignorarlo.

Hoy era un día para enfrentar a los demonios.

Leí la contratapa, los agradecimientos, la introducción.