13. Berenice #2
Me quedé helada. Nadie sabía lo de Nayeli, me daba vergüenza haber perdido esas fotos.
O eso creía, quizás se lo había contado en alguna de esas noches de galería.
Y todo lo demás, la verdad no sabía de qué me estaba hablando , pero Pedro siempre supo más de mí que yo misma.
Me leía de una forma impresionante y quizás llevaba una bitácora de nuestras conversaciones.
No me extrañó que él recordara mi pasado mejor que yo.
Después de todo, es difícil llevar registro de treinta y cuatro años de aventuras por el mundo.
Pedro bajó la vista. Volvió al sillón.
—Siempre hay algo que no te cierra —insistió—. Siempre hay algo que te queda colgado como un hilo del que no podés dejar de tirar. Y está bien. Es tu forma de mirar, pero no puedes dejar que eso te consuma. Esta vez tienes que cerrar.
—¿Y si no está muerta?
—¿Y si lo está? ¿Vas a desperdiciar la serie entera por una suposición? ¿Por una duda? ¿Vas a matar tu obra por miedo a que algo se parezca demasiado a una locura?
—No es locura, y tampoco es mi obra. Esas fotos no son mías y no tengo permiso de usarlas.
—Entonces, si no es locura, es arte. Y el arte no pide permiso.
No dije nada, era inútil. Pedro ya había visto la serie completa en su mente y la había cerrado maravillosamente con las fotos robadas de la mujer fantasma.
Se sirvió otra copa. Me ofreció una, le dije que no pero igual me la sirvió.
Volví a mirar las fotos. Clara seguía en la bañera.
Quietísima, bella, irrecuperable… Una imagen que decía más que todo lo que yo había podido decir con palabras en un año.
—«El cuerpo quieto» está terminado, Bere —insistió con esmero—. Te guste o no. Esto es lo que faltaba. No te lo estás robando, te lo está regalando el universo. Aprovéchalo.
Me senté de nuevo. Fumé. El vino se calentaba en la copa. Pedro hablaba de impresiones, de estructuras, de la presentación en Milán. Yo solo pensaba en el perfume de la almohada, en la marihuana, en la mujer de la foto, en si estaba o no estaba… En si alguna vez había estado.
Pedro empezó a hablar de nuevo. Se levantó, volvió a caminar, agarró una medialuna y se la llevó a la boca como si necesitara hacer algo con las manos.
—¿Sabes qué pasa? A ti te cuesta cerrar porque siempre piensas que detrás de lo que ves hay algo más.
Y puede ser, a veces lo hay, pero otras veces.
.. es solo eso. Es una foto. Un momento.
Una muerte. Una huida. Y no tienes que entenderlo todo para que tenga valor.
Hay cosas que valen justamente porque no se dejan atrapar. Eso es arte.
—¿Y si Clara está viva? ¿Si me eligió para dar un mensaje? —cuestioné.
Pedro me miró con una cara que rozaba el fastidio. Se sentó de nuevo y resopló fuerte. Ese tipo de suspiro que uno hace cuando decide dejar de discutir con alguien que ya está convencido de su propio delirio.
—Tú quieres creer que Clara te eligió, que hay un sentido oculto, que esto no es solo una casualidad. Pero, Bere... ¿y si lo fuera? ¿Y si fuera casualidad? ¿No es todavía más increíble? ¿No lo hace aún más potente?
No podía decirle que sí, porque no lo creía, pero tampoco podía decirle que no.
La idea de que todo esto fuera producto del azar me producía un terror casi físico.
Prefería la idea de un plan, de un mensaje, de una conexión imposible a tener que aceptar que el mundo era un lugar sin lógica donde las fotos aparecían porque sí.
—Mira —dije—. Explícame por qué alguien me enviaría una foto montada de Clara en The Ornamenta. Explícame eso para que pueda seguir en paz, me estoy volviendo loca. Veo fantasmas.
—Hiciste un alboroto en todos los foros de fotografía buscando a esa mujer. Hasta a mí me llegaron tus anuncios, pero no se me había ocurrido preguntarte porque no sabía que estabas obsesionada.
—No veo el punto.
—Dejaste muy en claro que era importante encontrarla, Bere. Algún colega te debe querer jugar una broma de mal gusto. Aurora está bastante celosa de tus logros. Quizás es eso, es inofensivo.
Pedro terminó el vino y me dijo que necesitaba irse, tenía una cita con un artista plástico interesado en exponer.
Me abrazó más fuerte que al llegar. Me pidió que pensara en lo que me había dicho.
Me prometió ayudar con los detalles de la muestra que no me interesaban.
Me dejó la botella abierta sobre la mesa y me dijo:
—Usa las fotos, Bere. Son lo mejor que tienes y ya no hay tiempo para seguir buscando. Y sabes que es verdad. Nadie fumó hierba en tu casa, nadie durmió en tu cama y nadie te quiere destruir. Duerme, duerme mucho, y cuando estés entera llámame para que organicemos la presentación del año.
Y se fue. Me quedé sola otra vez. Bukowski dormía en el respaldo del sillón.
Afuera hacía frío, lo cual era lógico dado que el invierno ya se estaba por instalar pese a mis esfuerzos por evitarlo.
Me quedé sentada en la oscuridad, con las fotos en la mano, el olor a perfume y talco en la almohada, y la cabeza llena de ruido.
A duras penas dormí, ayudada por una playlist de relajación que encontré.
Se reprodujo aleatoriamente en mi móvil hasta que, por broma macabra del destino, me despertó una canción de Édith Piaf.
Lo que sonaba no era Non, je ne regrette rien , gracias a todos los santos.
Era una canción menos conocida, Les amants d’un jour , esa donde habla de una pareja que alquila una habitación por unas horas y deja la muerte pagada con un beso.
Una joyita lúgubre para arrancar el día.
El aire olía a café. La cama seguía oliendo a Coco Mademoiselle. Me incorporé con la lentitud de quien sabe que su casa no debería estar oliendo a nada.
Me levanté sin sobresalto. Estaba demasiado cansada para alarmarme y demasiado lúcida para ignorarlo.
Caminé descalza por el pasillo, con los pies helados.
El sol entraba por la puerta de vidrio del patio, desbordado, brutal.
La casa tenía esa luz de domingo que sólo pasa cuando uno no tiene nada pendiente, pero todo estaba pendiente.
En la mesa del comedor encontré un desayuno dispuesto con una delicadeza que no se parecía a la mía: café recién hecho, jugo de naranja exprimido en uno de mis vasos gruesos con borde opaco, las medialunas de Pedro puestas sobre un plato con una servilleta prolijamente doblada.
Y un libro. Una educación, de Tara Westover.
Había un post-it amarillo en la tapa que ponía con letra manuscrita.
«Te quiero».
Me quedé de pie mirando la escena. Una parte de mí se puso tensa. Otra, extrañamente agradecida. Pedro, Pedro lo había hecho.
Después de todo, anoche la puerta había quedado mal cerrada. Él fue el último en salir. Quizás volvió más tarde, vio que me había quedado dormida, se apiadó de mi caos, armó una escena amable y se fue en puntas de pie.
No tenía mucho sentido, pero tampoco era ilógico. Me acerqué, agarré la taza y tomé el café. Estaba caliente.
Pedro, el último en salir. Pedro, el que me abrazó con una mezcla de pena y admiración. Pedro, quien lagrimeó frente a las fotos de Clara como si lo hubieran tocado en alguna parte muy sensible. Pedro, el españolete fanático del amor que no dudaría en casarse por tercera vez.
Nunca creí en las casualidades, pero despertarme escuchando a Édith Piaf era una señal demasiado fuerte. El destino me estaba invitando a cerrar el círculo, a sellar el proyecto con la música que había acompañado los últimos minutos de Clara. Un acto de amor, si se quiere.
Una crueldad elegante que me pedía que aceptara la muerte de mi adorado fantasma, de mi obsesión. Y por un rato largo, sin urgencias, sin apuros, sentí que alguien me había cuidado.
Miré el libro. No era un libro de Pedro, él no lo hubiera leído, pero quizás sí lo habría comprado pensando en mí. Una historia de escape, de reconstrucción, de una mujer que se salva a sí misma.
Quiso decirme algo, eso es seguro, y aunque no comprendí del todo el mensaje, me hizo sentir bien recibir un regalo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien me hizo uno.
Quizás después de ver «El cuerpo quieto» completo con su décima foto, sintió que era hora de que empezáramos otra cosa, juntos.
Él y yo. Me lo imaginé, nos imaginé. Yo, primera dama y señora de The Ornamenta, tercera esposa, curadora de lo intangible.
Con poder de veto, poder de publicación, poder de ponerle precio a la miseria ajena y colgarla en una pared blanca.
Pudo ver el titular en mi mente:
«Lasala debuta como directora creativa de The Ornamenta con una muestra sobre mujeres orinando en azoteas porteñas». Todo puede ser arte, si sabes de quién hacerte amiga.
No estaba fantaseando con el amor, era más bien una estrategia emocional.
Miedo a morirme sola e incomprendida. Porque estaba rota y no me quedaba mucho más margen para bancarme sola.
Yo, que me burlaba del concepto de «red de contención», ahora fantaseaba con un tipo como Pedro armándome el desayuno y eligiendo libros para rescatarme.
Tal vez porque empezaba a asumir que necesitaba ayuda, que no iba a poder seguir así.
No con mi cabeza, no con mis ausencias, no con las cosas que aparecían en mi casa sin invitación.
Fui al baño y llené la bañera con agua tibia y sales de lavanda.
No encendí velas, «no soy tan cursi» . Me metí sin pensarlo y me hundí hasta el cuello.
Cuando cerré los ojos y mi cuerpo se acomodó, me vi como ella.
Recordé las fotos de Clara y a modo de homenaje imité sus poses una por una.
El cuello inclinado, la espalda arqueada, los brazos sueltos…
Me moví hasta que sentí que estaba en la misma posición.
Una necesidad de contacto disfrazada de teatralidad absurda. Quería sentir lo que ella sintió. Saber si en esa postura, una podía decirle adiós a todo. Si se podía dejar el mundo así, con los ojos cerrados y la mandíbula relajada.
Pero la diferencia era abismal, yo no me iba, no me estaba despidiendo, yo renacía.
Cada minuto flotando era un minuto más lejos del colapso.
Y ahí, en esa agua que no era una tumba, pensé que quizás todo había sido mi mente.
Una ficción bien orquestada en la que Clara jugaba conmigo a «Buscando a Carmen San Diego».
Una necesidad enfermiza de encontrarle sentido al caos.
Un relato propio armado sobre restos ajenos.
Quizás Clara era sólo una imagen, una excusa para hablar de mí. Y todo lo demás, «la marihuana, la almohada, la mujer abrigada en Palermo», podía explicarse con las palabras malditas, las favoritas de papá: estrés, obsesión, vacío.
Y de pronto, no me pareció una idea insultante.
Podía llegar a aceptar que había inventado algunas cosas.
Podía aceptar que quizás había delirado si con eso juntaba fuerzas para salir adelante.
Estaba dispuesta a mentirme a mí misma, a negar todo aquello que se había sentido real y material.
La mujer que perseguí podía haber sido una rubia más.
Podía asumir que le puse drama y ficción al cuerpo de una mujer que ya no estaba.
Y que me había creído con derecho a buscarla, a revivirla, a usarla.
Podía negociar con todo eso. Lo único imposible de negar era la foto que me dejaron bajo la puerta, plantada especialmente para alimentar mi locura.
Eso existía, estaba sobre mi escritorio.
Clara en la muestra de la polaca Aurora. Eso no lo había imaginado.
Salí de la bañera con el cuerpo blando, tibio.
Me sequé con torpeza, me puse una blusa vieja, el pantalón de pijama con manchas de cloro. Caminé hasta la cocina, agarré el celular. Le escribí a Pedro:
Yo: Gracias por el desayuno. Y por el libro. Y por el ‘te quiero’. Me hizo bien.
La respuesta llegó en menos de un minuto:
Pedro Gilipollas: Bere… ¿de qué hablas?
Y ahí el piso volvió a abrirse y yo caí al vacío.