El cuerpo quieto 13. Berenice
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13. Berenice

E l encuentro con Tuti fue, en su forma más honesta, un bálsamo, un descanso, una pausa entre dos fuegos.

Me dejó una especie de calor residual en el pecho, el que te deja el sol después de días de encierro, pero ese calor no alcanzaba, era apenas un abrigo delgado contra una tormenta que ya venía bajando por la avenida.

Tuti no me cambió la vida, pero me dio algo parecido al foco.

Me sacó de mí, me sostuvo sin invadirme, me habló con una crudeza que no estaba recubierta de ninguna máscara de empatía, y eso fue lo que más me tocó.

Y me había dicho algo clave: que no tenía que resolver todo sola y que a veces hay que hacerle lugar al dolor, sin pretender comprenderlo ni nombrarlo.

Solo dejarlo estar. Fue la primera persona en mucho tiempo que no me trató como a un caso perdido, sino como alguien que estaba en proceso de sanar.

Y eso, aunque fuera mínimo, me reacomodó algo adentro.

Pensé que quizás ese era el final del asunto. Que Clara había muerto y todo lo que vino después no fue más que una manifestación de mi propia necesidad de sentido. Tuti me empujó suavemente hacia esa posibilidad, hacia la aceptación. Pensé en rendirme como un acto de sanidad.

Me sentía con una energía diferente, simplemente enfocada.

Clara estaba muerta. Lo había confirmado su hermana, lo decía el artículo, la lógica más elemental.

No había nada más que buscar. Lo que me quedaba era asimilar que había formado parte de algo trágico que no tenía nada que ver conmigo.

La historia de Clara y sus fotos fueron algo que se me atravesó, pero que no me pertenecía.

Aunque, lamentablemente, la cordura se fue diluyendo.

La noche había llegado con su oscuridad plena y la idea se me empezó a escurrir entre los dedos. Tuve la sensación de que mi casa se había movido. No sabría decir qué, ni por qué. La veía distinta. La casa era otra. La energía estaba rota.

Clara…

Sentía que seguía ahí. Viva o muerta, real o imaginaria. Clara como idea fija, como virus, como grieta en la superficie. Y yo, nuevamente, resbalándome hacia ella. Otra vez me encontré cuestionando si mi deber era seguir investigando o si tenía que dejarlo estar.

El vacío que se me extendía no era por Clara, era por mí. Era yo la que no podía soltarla, la que era incapaz de resolver su enigma. Por algún motivo no podía aceptar su muerte sin que algo en mí sintiera que estaba traicionando un llamado.

La racionalidad de Tuti se me deshacía en las manos, pero quise sostenerla. Me repetí las cosas que me había dicho, intenté convencerme. « Clara está muerta. Clara está muerta. Clara está muerta».

La vorágine del día me tenía agotada, y en lugar de seguir dando vueltas a lo mismo, decidí ir a la cama. Las ideas alternaban entre ver una película o retomar alguna lectura para relajarme. Lo que fuera necesario para dejar de pensar, pero los planes del destino eran otros.

Tuve la misma sensación de estar siendo observada, de que mi casa era menos mía.

Mi habitación se sentía más pequeña y el aire estaba viciado por una neblina casi imperceptible.

El lado izquierdo de mi cama, el que nadie ocupa, estaba hundido.

La almohada marcada por una silueta ausente.

La toqué y en seguida sentí la tibieza, olía a perfume ajeno.

Alguien había dormido en mi cama, alguien que no era yo.

La manta todavía contenía el calor de un cuerpo.

«¿Eso era un pelo?». Y la lógica se me fue a la mierda.

No lo pensé demasiado. Llamé a Pedro y le pedí que viniera. Como pude le dije que alguien quería sabotear la muestra, que «El cuerpo quieto» estaba en riesgo, que necesitaba verlo en persona. Nada más. No le expliqué porque sabía que por teléfono no me iba a creer.

Pedro llegó cuarenta minutos después, vestido como siempre: con ese look de curador que no curó nada en la vida más que sus propios traumas.

Jean negro, camisa de lino, anteojos redondos y un olor leve a colonia cara mezclada con ansiedad.

Traía una bolsa con medialunas y una botella de Sauvignon blanc .

—Para calmarte, Bere —dijo, como si supiera que estaba al borde, como si fuera una intervención. Me abrazó con una de esas palmaditas incómodas y se sentó en el sillón. Bukowski lo ignoró por completo.

—Ahora, ¿quieres contarme qué carajo pasa? —insistió ya sin esa sonrisa que usa en eventos. Una voz más seca, más preocupada. Pedro, el profesional, mi Pedro menos favorito.

—Alguien durmió en mi cama y me dejó un perfume de mierda que obviamente no es mío.

—¿Qué? ¿Estás segura?

—Claro, no lo estoy imaginando.

—Pues no sé qué decirte. ¿Me llamaste para que cambie tus sábanas? No entiendo, Berenice. Cada vez te entiendo menos, joder.

Me senté frente a él, encendí un cigarro y largué todo.

Sin pausas, sin adornos. Lo de Clara, las fotos que aparecieron en el rollo, las búsquedas, la muestra de la polaca Aurora y la foto que alguien dejó bajo mi puerta.

Clara viva y muerta a la vez, la marihuana, la cama, el perfume… Todo. Hasta le enumeré mis teorías.

Clara estaba viva y se estaba escondiendo.

Clara estaba muerta y el tal Cuchi quería borrarme porque hice demasiadas preguntas.

Clara no importaba en realidad, pero había un agente externo intentando sabotear mi trabajo.

Pedro escuchó sin interrumpirme. Al principio se reía, como si creyera que era parte de una performance. Después la sonrisa se le fue borrando. Cuando terminé, el silencio fue tan denso que se escuchaba la heladera vibrar en la cocina. Estaba preocupado.

—Bere, a ver… —Se quedó sin palabras y eso no era común en él—. En primer lugar, necesitas dormir —dijo con esa voz de hermano mayor que no le sale tan bien como cree.

—No me vengas con eso. Mira las fotos —repliqué levantándome para buscar la carpeta, donde tenía las copias reveladas del rollo misterioso.

Pedro las fue pasando una por una. Las manos le temblaban. En una se detuvo más tiempo. La de Clara, en la bañera, en posición fetal, con ese hilo de tristeza cayéndosele por la espalda. Cuando levantó la mirada tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Son perfectas. Perfectas, Bere. Esto es arte puro. Esto es cierre. Esto es todo lo que «El cuerpo quieto necesitaba». No entiendo por qué no me las mostraste antes.

—Porque no son mías. O no sé si son mías.

—¿Por eso inventaste el asunto de recrear las fotos con una modelo? ¿Querías un resultado parecido para reemplazar estas?

—Sí, ya lo dijiste tú, son perfectas y las quiero en mi presentación, pero no puedo usarlas.

—Estaban en tu cámara, son tuyas. Punto. Se publican. Si la tía está muerta, nadie va a venir a reclamarte nada, y si está viva, que se aparezca, que dé la cara. Mientras tanto, son tuyas.

—Pero eso no significa nada. La modelo «podría» estar muerta, aunque el fotógrafo todavía puede reconocerlas y sería un escándalo.

—Pero escucha —dijo con mirada seria—. Con la modelo desaparecida de la escena no hay testigos válidos.

Es tu palabra contra la del supuesto fotógrafo.

Va a quedar como un loco envidioso intentando sabotear a la artista más exitosa de su generación.

Las fotos estaban en tu cámara Bere. —Me hablaba con una pasión que no le había visto en mucho tiempo, como si por fin viera la obra completa.

—¡Pedro, por el amor de Dios! Parece que te alegrara que esté muerta. Además, te estoy diciendo que la vi en la calle, la vi en la galería, me están mandando mensajes para que deje de buscarla.

—O no… Mira esto con atención. —Extendió hacia mí aquella foto que pasaron debajo de mi puerta, la de Clara en la muestra de orinas de la Polaca.

—¿Qué tiene? Ya la vi lo suficiente, la vi durante horas.

—¿Tantas horas la viste y no te diste cuenta de que es un montaje? Creí que sabías reconocer una mala edición.

—¿De qué estás habla…?

Mierda… tenía razón. La silueta de Clara en la foto estaba muy difuminada pese al pixelado de la imagen. La iluminación de su cuerpo no coincidía con la del ambiente. Y su tamaño era bastante más grande que el del resto de las personas.

—No entiendo… yo. —La voz me tembló— Yo debería haber notado todo esto. Me la están jugando para que no exponga.

—Bere, escúchame. Con más razón no podemos tirarnos atrás. Olvídate de todo el asunto de la muerta viva. Estas fotos cierran, esto lo convierte en algo más grande. Es perfecto.

—Pero no puedo usar esas fotos sin saber de dónde salieron. No puedo usar el cuerpo de alguien sin permiso, alguien lo sabe… alguien quiere…

«¡Me mandaron un puto montaje! Dos más dos son cuatro. Alguien me quiere joder».

Pedro se levantó, caminó por el living , se sirvió una copa de vino sin preguntarme y la tomó de un trago. Notaba su frustración en cada pisada.

—Alguien quiso jugar un poco contigo, es verdad, no podemos negarlo, pero no le des más vueltas al asunto. Es una broma de mal gusto, déjalo estar.

—La vi en la calle, la seguí durante una hora, siento su perfume. —No pude decir esto sin llorar. Mi compostura estaba completamente resquebrajada.

—Estás estresada, Berenice. Estás imaginando cosas, aceptarlo no está mal. Viste a una mujer parecida en el parque y la seguiste. A mí también me parecía ver a mi ex en todas partes.

—No compares esto con tus crisis existenciales post divorcio, Pedro.

—No, Bere. Esto no es lo mismo, pero esto tampoco es nuevo. No es la primera vez que te pasa.

Me lo dijo mirándome a los ojos, como si estuviera levantando una piedra que habíamos acordado no tocar.

—¿De qué estás hablando?

—De la rabieta en Zurich. De los negativos que perdiste en Praga y el jodido desastre que armaste porque pensaste que te los habían robado. Cuando se te metió en la cabeza que tu vecina en Graça era parte de una red de trata. De lo de Nayeli. ¿Quieres que sigamos?