12. Berenice #3
Y ahora, para colmo, tenía que fotografiar a una mujer que hablaba del útero como si fuera un oráculo y que quería retratos «muy honestos, muy femeninos, muy yo».
Tuti Melero me pedía que la retratara con «la luz de una sanadora que ya no necesita sanar».
Lo cual no tenía sentido en lo absoluto.
Quería que le hiciera fotos como si fuera una estatua griega de la era de acuario y yo estaba a punto de meterme en su casa con una cámara, el estómago cerrado y la sensación de que me estaba fallando a mí misma.
Tuti Melero no era lo que yo esperaba. No era lo que yo había construido. Ni un poquito.
Abrió la puerta en leggings de algodón gastadas y un sweater gris manchado que alguna vez había sido celeste.
Tenía el pelo larguísimo y dorado, revuelto en dos trenzas cosidas mal hechas, la cara lavada, minada de pecas, sin una sola gota de maquillaje, y unas pantuflas con forma de animal indeterminado.
Me abrazó. No me saludó: me abrazó. Así, directo, con los brazos enteros.
—Gracias por venir, Bere. Me encanta recibirte en casa —dijo como si me conociera, como si de verdad le importara.
Y ya ahí, en los primeros cinco segundos, me desarmó todo el discurso anterior.
—Un placer, Tuti. Vamos a hacer unas fotos increíbles para tu libro.
—¿Pudiste leerlo? ¿Qué te pareció? —preguntó presionando levemente mis manos.
—Bueno, no. Ehm sí, la verdad es que yo…— dudé, no podía decirle que me parecía un libro espantoso.
—¡Lo odiaste! —dijo ella estallando en una carcajada.
—No, para nada —mentí—. Mira, es que no suelo hacer juicios de valor sobre los productos, solo hago las fotos —volví a mentir. No estaba preparada para esa pregunta.
—Pero este no es un producto, Bere. Es mi corazón hecho palabras.
Lo dejó caer como un suspiro, con tanta suavidad que no pude evitar pensar que era la persona más dulce que había visto jamás.
—Vamos a cuidar ese corazón, entonces.
—Tranquila, no necesito que el libro te guste —indicó—. Solo quería saber si lo habías leído, para saber qué tan expuesta sentirme.
—Lo leí completo e hice capturas de pantalla, varias de hecho.
—Muy expuesta entonces. ¿Cómo empezamos? Nunca hice esto.
Tuti tenía los ojos más grandes y verdes que había visto en mi vida.
Parecía que la naturaleza había creado ese tono de verde solo para darle vida a sus ojos.
Era difícil mirar otra cosa con esa mujer presente.
Estaría en sus veintitantos y, aunque tenía cierta aura infantil, su mirada se veía bastante cansada. Me quedé pálida y embobada.
El mito de la belleza venezolana era una realidad, Tuti en otra línea temporal podría haber sido candidata a Miss Universo, pero en esta vida que nos cruzó, daba clases de yoga y escribía libros de autoayuda en un piso diminuto de un país extraño.
La casa también era un revés a mis prejuicios.
Me esperaba un departamento de catálogo, con velas y sahumerios por todas partes, con frases pintadas en las paredes y alfombras de yute en cada rincón, pero no.
Era un dos ambientes en Palermo viejo, con pisos de madera arañados, una estufa que hacía ruido y libros apilados sin orden en estanterías improvisadas.
Había plantas en cada ventana, pero estaban medio moribundas.
En la mesa del comedor había restos de algo que parecía una torta de zanahoria sin terminar.
Me ofreció un té chai y lo preparó ella misma con cierta ceremonia, con una tetera vintage y leche de almendras casera que me confesó que a veces le quedaba horrible.
La sesión iba a ser breve, según lo pactado, pero terminamos pasando más de cinco horas juntas.
Me mostró la ropa que había pensado usar, toda ropa cómoda, sin logos, sin pretensiones.
Me pidió que la retratara en su cocina, en su cama deshecha, en el piso con su perro sin pedigree.
Nada de fondos blancos ni poses armadas.
Me dijo que quería mostrarse como es cuando nadie la mira, y en eso hubo una belleza tan simple, que me hizo tragar saliva.
—Creo que vas a ser mi primera venezolana —le dije. El chiste sonaba mejor en mi cabeza.
—¿Coleccionas mujeres del mundo?
—Podría decirse que sí.
—Uhm, como en las películas gringas. ¿Tienes una habitación empapelada con fotos de mujeres a las que les arrancas los ojos?
—Los ojos se los dejo. Más si son bonitos como los tuyos.
—Estaba un poco nerviosa, pero ahora oficialmente tengo miedo. —Tuti se reía de una forma tan auténtica que me daba envidia.
La humorada relajó bastante el ambiente, pero me hacía quedar como una auténtica psicópata.
Mientras la fotografiaba, charlamos. No de su libro, ni de su linaje astral, ni de los úteros heridos de la era de sagitario.
Me habló de su abuela, que había sido maestra rural, me habló de una ruptura amorosa que casi la deja sin voz, me preguntó por mi trabajo y escuchó, de verdad escuchó, con los ojos y con el cuerpo.
No buscaba interrumpir, ni colar anécdotas propias, ni dar lecciones. Me dejaba hablar, me dejaba ser.
En un momento, mientras yo revisaba una toma, me dijo:
—¿Sabes? Hago esto porque a veces me olvido de lo que vine a hacer a esta vida. Me lo tengo que recordar con acciones. Compartir mi historia es importante para mí.
Fue tan ridículamente honesto que tuve que bajar la cámara y mirarla para comprobar que era real. Ella sostenía el té caliente entre las manos y me miraba como si supiera todo.
—Gracias por dejarme ser parte de esto, entonces —dije—. Me sorprendió que me eligieras entre todo el catálogo de fotógrafos, pensé que no era tu estilo.
—Gracias a ti por aceptar. Cuando vi tu portafolio quedé impactada. Quizás yo no soy una de esas mujeres-tragedia que sueles retratar, pero no quería una foto que me mostrara simplemente bonita. Yo también tengo una historia que contar.
Cuando terminamos me ofreció una manta cuando vio que me frotaba los brazos. No me había abrigado para una tarde de mayo, había dado por hecho que la calefacción bastaría. Me sirvió más té sin preguntar.
—Tengo que decirte algo, espero que no te ofendas, pero se nota que no estás bien, Berenice.
Tienes la mirada como sin sangre. —Yo no dije nada.
No tenía energía para fingir—. No sé qué te está pasando, no te conozco, pero entiende que no tienes que resolverlo sola. Tienes que sacar la mierda afuera.
Sus palabras me dejaron temblando, esta mujer no era una pose. Ese «mierda» no fue una de esas malas palabras impostadas que usan los influencers para parecer humanos. Fue real. Dicha con fuerza, con amor.
—Es verdad que no me conoces —repliqué totalmente a la defensiva. «Típico yo».
—No me hace falta conocer a alguien para verlo. Tus ojos están pidiendo ayuda a gritos. Y te entiendo, yo también fui así, hasta que me enfermé.
Entonces me contó que había tenido una crisis poco después de llegar a Buenos Aires y desencantarse del todo, que había estado muy mal de salud y había tenido que reconstruirse. Me dijo que el libro era una forma de hablarle a su yo de hace cinco años… Para perdonarse.
Yo ya no sabía qué era lo que me hacía sentir tan incómoda.
Si mi vergüenza por haberla prejuzgado, si la dulzura con la que me trataba o si el modo en que me tocaba el brazo al hablarme, como si supiera que a veces el tacto puede salvar más que las palabras.
Y también estaban los ojos, por Dios, esos ojos gigantes y absurdos.
Decidimos hacer una foto extra porque la charla le había relajado el rostro mucho más, se veía más auténtica.
Hice un retrato con la luz de la tarde que se apagaba colándose entre las cortinas viejas.
Tuti salía mirando hacia abajo, con el pelo cayéndole sobre la cara y las manos apretadas entre las piernas.
La foto era hermosa. Cruda. Humana. Una foto que yo no esperaba poder sacar ese día.
Era una linda fotografía para una contratapa, pero aun así no era suficiente como para pedirle que fuera parte de «El cuerpo quieto».
Ya era tarde y tenía que irme, pero sentí la necesidad de contarle algo de mí, no parecía que fuera a juzgarme. Tenía la vista clavada en la taza vacía y los dedos húmedos de tanto apoyarlos contra la cerámica caliente. Sentía que, si no lo decía, me iba a oxidar por dentro.
—Estoy obsesionada con algo. No te puedo explicar qué es, no sabría por dónde empezar, pero está en mí desde hace semanas.
No sé si es real o no, no puedo distinguir si me está salvando o destruyendo.
Solo sé que no puedo pensar en otra cosa.
Me está comiendo la cabeza, y un poco el cuerpo también.
Tengo miedo de haberme obsesionado con esto como excusa para no hacerme cargo de mi vida.
Lo solté para ver cómo me hacía sentir, no esperaba respuesta. Solo necesitaba decirlo en voz alta, para comprobar si tenía sentido fuera de mi mente.
Tuti se quedó en silencio unos segundos. Después apoyó su mano sobre mi rodilla. No me quiso consolar, su gesto me demostró que entendía el dolor porque lo conocía.
—A veces, la única diferencia entre lo que te salva y lo que te destruye —me dijo—, es la dirección en la que lo miras. Y la forma en que te lo cuentas a ti misma. Hay cosas que no vienen para desarmarte, vienen para que les hagas lugar, y cuando les haces lugar, a veces dejan de gritar.
«Jaque mate».
Sentí que me atravesaban esas palabras. No eran genéricas, me hablaban a mí. A esa parte mía que hacía tanto que no se sentía vista por nadie. Ni por mí misma. Asentí ligeramente para no llorar, me sentía liberada.
—No es necesario que me pagues —dije al comenzar a guardar las cosas—. Míralo como… un intercambio. Me has dado más de lo que yo podía devolverte con una imagen.
—No seas tonta. Tu visita también fue un regalo para mí —respondió.
Y mientras yo ataba los cables, me llegó la notificación al móvil. Tuti me había transferido el dinero. Con el mensaje: «Que se nos multiplique a ambas».
Pensé que quizás, solo quizás, así se sentía tener una amiga y me sentí un poco menos sola.
También me sentí una hija de puta por haberla odiado antes de conocerla.
Quise llorar, pero no pude, ya había pasado el impulso, porque los gestos más lindos solo florecen cuando una no está acostumbrada a recibirlos.
Esa noche no tomé vino, me hice otro chai. Me desesperé por editar sus fotos lo más rápido que pude, no quería perder eso que me había hecho sentir. Luego le mandé a Tuti la mejor foto que le saqué.
Ella respondió:
Tuti: Me veo como me siento. Gracias por eso.