El cuerpo quieto 12. Berenice #2
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12. Berenice #2

Desde entonces, el olor se me mete en el cuerpo como una amenaza.

Me anula, me recuerda a todo lo que me desespera sin siquiera tocarme.

La marihuana es para otros, para los que prefieren no enterarse de las cosas.

Yo estoy por encima de ese hábito estúpido.

La marihuana me anula los sentidos, incluso cuando no soy yo la que está fumando.

Las cenizas que me dejaron eran un montoncito minúsculo de alguien que fumó con ansiedad y no le quedaba casi nada.

Solo ese resto diminuto largaba un olor químico que no podía salir de mis narinas.

Me dolía el estómago, me ardía la garganta, y, sobre todo, me recorría un miedo distinto.

Un miedo nuevo, real y material, que no tenía nada de paranoia porque eso no lo había dejado un fantasma.

Alguien estuvo en mi casa. Alguien se sentó en esa silla.

Encendió eso, lo fumó y se fue… O seguía adentro.

Lo pensé y la posibilidad me heló la sangre. Caminé por toda la casa con las piernas rígidas. Fui habitación por habitación, revisé debajo de la cama, detrás de las cortinas, toqué los picaportes con la punta de los dedos.

Nadie. Nada. Silencio. La cafetera seguía con agua fría adentro. Las fotos de Clara estaban donde las había dejado. Nada faltaba, nada había sido roto. Solo humo y cenizas como una burla privada de alguien que me quería ver doblada.

Me apoyé en el borde de la mesa, con las uñas clavadas en la madera.

Sentía la bilis subiendo. Me fui al baño y me arrodillé.

Vomité aire, solo eso. Espasmos secos. Me temblaban las piernas.

Me dolía la mandíbula de tanto apretarla.

Lavé mi cara y mis dientes hasta que me sangraron las encías.

Me miré en el espejo y no reconocí nada.

Estaba roja, hinchada, la piel me picaba.

Volví al comedor, agarré el cenicero y tiré todo por la ventana.

Pero el olor se quedó impregnado en todos lados, en mi vida.

Esa invasión era una advertencia sin firma.

Alguien me estaba diciendo que podía entrar cuando quisiera y caminar por mi casa, usar mis objetos.

Alguien me conocía lo suficiente como para elegir, de todas las cosas posibles, eso.

Ese método de acoso. Me estaba diciendo: sé lo que te duele, sé cómo hacerte sangrar sin tocarte, deja de buscar o te volveré loca.

Me serví un vaso de agua y lo tragué sin respirar. Mi cuerpo no respondía, cerré los ojos y respiré por la boca. El olor seguía ahí, lo sentía en la lengua, en las encías, en la parte de atrás de los ojos. Todo estaba en silencio. Bukowski ya no se movía.

«No vas a llorar, Berenice. Mantente firme» . Y no lloré, pero algo adentro se quebró, como una bisagra.

Y lo supe, ahora sí. Ahora empezaba el verdadero infierno.

Sabía con certeza que alguien se había metido en mi casa y no se había llevado nada, me había dejado cenizas.

Había entrado para plantar señales, para dejarme saber que podía hacerlo cuando quisiera.

Que cada pista era una piedra más en este camino demencial donde Clara era la estrella y yo el ratón amaestrado que cae en cada trampa con una mezcla de desesperación y obediencia.

No estaban detrás de mis cosas, iban por mi mente.

Y lo más bizarro, lo más absurdo es que, sabiendo eso, me fui a trabajar.

No trabajaba desde el fiasco de ARENGA, desde esa campaña idiota en la que todos creían estar salvando el mundo a través de ropa hecha enteramente de poliéster reciclado, pero enviada en bandejas de plástico, envueltas en más plástico.

No había tenido un trabajo pago desde entonces. Vivía de pensar en «El cuerpo quieto», y de buscar a Clara, pero hoy tenía uno y necesitaba el dinero. Alguien tenía que pagar tanto whisky y tanto vino. Y ese alguien era, evidentemente, yo.

Pedro me había conseguido un trabajo bastante sencillo para que despejara la cabeza de todo el asunto de la muestra, y también para que hiciera algo de dinero.

Mi reserva económica siempre había sido buena, de huérfana con suerte, pero no era inagotable.

Estaba pagando los costos de haberme dado una gran vida en Europa, teniendo ahora una rutina bastante miserable en Buenos Aires.

El trabajo en sí no presentaba ninguna complejidad, pero tampoco me entusiasmaba mucho.

Una nueva autora, una coach ontológica y holística, necesitaba fotos para la contratapa de su primer libro.

Era extranjera y yo también lo había sido durante un tercio de mi vida, imposible no empatizar.

El pago no era jugoso, pero no se le podía sacar mucho a una escritora autopublicada, así que acepté casi convencida de que el arte tiene que apoyar al arte.

El nombre me dio urticaria. «Tuti Melero».

Una combinación que parecía diseñada por una célula de branding con déficit de atención.

Sonaba a apodo de niñez no superada, a flyer de curso de reiki dictado en una terraza con luces de navidad y pareos hindúes colgando en las paredes.

Ya sabía lo que iba a encontrar antes de entrar a su perfil.

Lo sabía con la certeza que da el prejuicio cuando se afina con los años.

Y no me equivoqué… Tuti era exactamente eso: un simulacro de espiritualidad, envuelto en filtros cálidos, frases recicladas y una estética curada con la precisión con la que se monta una escena de crimen.

Una influencer del alma, versión blanca privilegiada y boutique.

Daba talleres para «sanar el linaje femenino desde el fuego interior», lo cual no significaba absolutamente nada, pero sonaba bien en cartelera.

Subía fotos de su perro mestizo con frases tipo: «todo lo que niegas, te somete», y tenía una sonrisa que parecía diseñada por inteligencia artificial: perfecta, distante, irreal.

Era linda, hegemónicamente molesta. Su rostro era un océano de pecas bien distribuidas, no iba a ser difícil fotografiarla y que saliera preciosa.

El libro, sin embargo, era bastante insulso en su estética, un objeto desabrido en cincuenta tonos de beige con tipografía manuscrita e ilustraciones a mano alzada que ella misma había hecho.

Se llamaba «Volver a mí» . Como metáfora de su reencuentro consigo misma cuando dejó Caracas, « supongo».

Como eterna migrante que soy, me cuesta entender que algunas personas sufran tanto el desarraigo como para escribir un libro de autoayuda después de dejar su país.

Eso diluía mi empatía un poco, me pareció que estaba haciendo circo de un acto bastante simple como lo es una mudanza.

Yo me siento igual en todas partes, cómoda e incómoda al mismo tiempo.

Semanas antes de la sesión de fotos, Tuti me escribió un correo con una cordialidad tan plastificada que parecía un newsletter :

“Bere, te envío mi librito, por si quieres inspirarte para las fotos 💫✨”.

Lo leí porque me pagaban, porque ya estaba todo acordado, porque alguna vez creí en la profesionalidad como una forma de ética, porque me gusta mirar de frente lo que me repele.

Lo leí porque antes de encontrar las fotos de Clara, mi vida era otro cantar, tenía tiempo y energía.

No estaba en medio de una crisis de paranoia.

Sabía que en ese libro me iba a encontrar con un tren descarrilado de metáforas flojas y espiritualidad «instagramera». Y otra vez, no me equivoqué. Resulté ser toda una pitonisa en cuanto a Tuti Melero.

No pude pasar del primer capítulo sin sentir que el cerebro me sangraba por las orejas.

Frases huecas en fuentes caligráficas, referencias a «sabias ancestrales», testimonios de mujeres que habían «rescatado su útero» como si lo hubieran encontrado en una expedición al Himalaya.

Una sección entera dedicada a menstruar como acto político y una especie de meditación escrita en tercera persona que repetía la palabra «poderosa» quince veces en tres párrafos.

Pero lo leí entero. Como quien no puede dejar de mirar un accidente, como quien se provoca el vómito sólo para verificar que sigue teniendo reflejos. Hacía muecas, me reía sola, le hice capturas solo para preservar el espanto.

Me embarqué en su manuscrito y me recordó a ese tiempo en el que miraba un reality show de cirugías fallidas, con esa mezcla exacta de asco, fascinación y sensación de superioridad momentánea.

« Consumo irónico. Mi droga preferida». Deporte nacional en la decadente Nación Independiente de Berenice Lasala.

Y ahí fue cuando me di cuenta de que ya no sabía si odiaba el libro o si necesitaba su existencia para sentirme mejor en contraste.

Que quizás me aferraba a estas cosas, estas personas, estas «Tutis» del mundo, solo para mantener a flote esa parte de mí que aún se sentía lúcida.

Ya no distinguía si disfrutaba algo con sinceridad o si todo lo que pasaba por mis manos se teñía con ese sarcasmo automático que usaba como escudo.

Disfrutaba de la autoridad que me daba la comparación.

Yo era mejor que todo eso.

Recuerdo que antes sentía cosas lindas, en serio…

Me conmovía una película, me emocionaba una canción, me derretía con una foto bien lograda.

Ahora todo era otra cosa. Todo pasaba por ese tamiz ácido, por ese filtro que me dejaba a salvo, pero también me dejaba seca.

Me convertí en una esponja vieja que ya no absorbe.

Odiaba todo lo que no podía disfrutar y disfrutaba pocas cosas: el vino, las mañanas muy silenciosas, alguna frase escrita con brutalidad honesta, los días de lluvia, la manera en que algunos cuerpos dormidos se rinden al mundo.

Lo demás me resultaba, por lo general, una agresión estética, una invasión emocional.