El cuerpo quieto 12. Berenice
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12. Berenice

D e vuelta en casa, Bukowski seguía vivo y quise creer que me había extrañado.

Me recibió con un maullido tímido, sin pararse del sillón, con esa elegancia indiferente que solo tienen los gatos y ciertos hombres que no valen la pena.

Le pasé la mano por el lomo y sentí que no había pasado tanto tiempo, que todo lo que ocurrió allá en Villa General Belgrano era un paréntesis de otra vida, una pesadilla rural de madera mal pintada, lágrimas ajenas y galletas sin gluten, aunque ahora estaba de nuevo en Almagro, y acá el aire era distinto. Más pesado, más sucio, pero mío.

Encendí la cafetera sin pensar. Ni siquiera quería café, pero necesitaba el sonido de algo familiar.

El chasquido del encendido, el vapor inicial, el borboteo lento y el líquido cayendo.

Rutinas de supervivencia. No dormí bien en todo el viaje, el bus era una cámara de tortura con ventanas, y mis pensamientos habían sido peores que los tres alfajores plastificados que me dieron como comida.

Todavía tenía en la lengua el sabor metálico del jugo, pegajoso y artificial hasta el alma.

Pensé que, si moría en ese bus, ni los forenses iban a poder clasificar lo que tenía en el estómago.

Me tiré en la cama con la ropa mugrienta puesta y la cabeza llena.

No podía sacar a Aldana de mi mente. Esa tristeza rancia que cargaba, ese enojo que no era solo por lo que le conté, sino por algo que venía de antes, pero lo que más me jodía era no saber si me mintió.

Si lloró desde la culpa o desde la impotencia.

Si me echó de su tienda para protegerme o para callarme.

No lo sabía, y no saber se había vuelto mi nuevo estado natural.

Siempre me había costado entender los lazos fraternales, «gajes del oficio de hija única» , pero asumo que ser testigo de la desaparición de tu hermana debe ser durísimo.

Tener que elegir entre recordarla sonriente en su fiesta de quince años o inerte en una camilla de la morgue.

Una tragedia que nunca me iba a tocar enfrentar debido a la escasa labor de reproducción que hicieron mis padres.

Aun así, debe ser devastador pasar el resto de tu vida pensando en cómo podrías haber evitado la desgracia.

Me imaginaba a Aldana recolectando datos del tal Cuchi, ese ente seguramente carismático, pero obsesivo del control que supo seducir a una chiquilla y la destrozó.

Pienso que debió ser un sujeto atractivo con don de proveedor y mecenas del arte, con capas de una personalidad magnética que albergaban en el fondo a un monstruo abusivo, igual que una cebolla podrida.

« ¿Quién llamaría Cuchi a un hombre tan ruin, tan perverso? ».

Clara había sido, como mínimo, una reina del sarcasmo.

De vuelta a la realidad, intenté sentirme a salvo.

Mi casa debía ser un refugio. Miré las paredes de la sala buscando consuelo.

Las plantas seguían vivas, milagrosamente.

La manta de alpaca seguía doblada en el respaldo del sillón.

Bukowski ya se había dormido encima de una pila de ropa sucia.

Nada parecía fuera de lugar, y sin embargo, sentía que todo había sido movido de sitio, imperceptiblemente, por una mano ajena.

Era innegable que alguien estaba jugando conmigo.

Me lo repetí en voz baja mientras me servía una copa de vino, del más barato, porque no tenía cabeza ni ganas de andar maridando mi crisis con etiquetas boutique.

Pensé en películas, en esos thrillers en los que la protagonista empieza a ver señales, a dudar de todo, hasta que descubre que nadie le creía porque todos estaban involucrados.

No recordaba el título de ninguna, pero sí el temblor que me daban esas historias.

Cuando todo se convierte en trampa, cuando el suelo tiembla y la realidad es un cuchillo filoso.

Eso sentía. Que alguien había entrado en mi vida para aflojarme los tornillos, uno por uno.

Porque no hacía falta tanto para desarmarme.

Solo un rollo olvidado, una cara hermosa, una muerte falsa.

Un par de pistas diseminadas con la precisión de un francotirador.

Un sobre bajo la puerta, una foto trucha impresa en láser.

No necesitaban dinamita para hacerme mierda, bastaban papeles, silencios y miradas fugitivas.

Bastaban mis propios demonios, bien empujados.

Pensé en si había alguien que me odiara lo suficiente. Alguien con tiempo libre y crueldad. Algún colega con ganas de verme caer. Hay gente que desea ver a otros fracasar más de lo que desea su propio éxito. Son envidiosos, siempre han querido un pedazo de lo que tenía. Así conocía a varios.

Gente que sonreía en las muestras, pero jamás perderían una oportunidad para opinar que no merezco lo que tengo, y yo tengo cosas que no me merezco.

La beca, por ejemplo. La atención de Pedro, la posibilidad de exponer en Europa, pero no creo ser digna del odio de nadie, ni exparejas con el ego herido, ni colegas artistas despechados, ni amigos que ya no están.

No lo sabía, pero si alguien había querido desestabilizarme, lo había logrado.

Me serví otra copa. Ya estaba en pijama, sin haberme bañado, oliendo al día entero.

La cocina tenía un olor agrio, mezcla de orégano viejo con vinagre, humedad y descuido.

El pasillo crujía con cada paso. La casa entera parecía susurrarme que no estaba sola, y yo ya no sabía si era la casa, o yo misma, o un resto de Clara flotando en alguna parte.

Porque todavía una parte de mí creía que estaba viva, no podía soltar esa certeza.

Me senté frente a la mesa donde había dejado las fotos, las copias, todo el archivo de Clara. No las toqué. Ya no sabía si eran pruebas a mi favor o pruebas en mi contra. Parte de un rompecabezas real o piezas puestas ahí solo para verme enloquecer.

Miré la foto del sobre, la de Clara en la muestra de la Polaca. Rodeada de gente que yo conocía. Y ella ahí, intacta, hermosa, inexistente.

Quería pegarle a algo o dormirme… O ambas cosas, pero no pude. Me quedé ahí, frente a la evidencia, con el gato enroscado en el sillón y la mente atrapada en un loop sin salida. Estaba de vuelta en casa, pero no me sentía en casa. Solo en el campo minado de mi cabeza.

Soñé que Clara me peinaba. Tenía una peineta de carey en la mano y me hacía una trenza tirante que me dolía en la nuca.

No hablaba. Yo estaba sentada en el piso, en ropa interior, con las piernas cruzadas como si tuviera cinco años.

La casa no era mi casa, pero adentro había cuadros míos colgados con chinches, como en una muestra escolar mal curada.

Clara me hablaba bajito al oído, decía palabras indescifrables, repetía sonidos. Susurraba sílabas sin sentido, como fórmulas químicas o nombres de medicamentos. El aire olía a cloro y algo más. Sentía la lengua pegada al paladar, como si hubiera estado comiendo rosas secas.

Se inclinaba cada vez más cerca. Su boca estaba a la altura de mi cuello y sentía el calor de su aliento.

Su mano bajó por mi espalda y pensé que iba a tocarme, pero en vez de eso me metió la peineta por dentro de la piel, como si buscara abrirme, como si dentro de mi espalda hubiera algo que ella necesitaba sacar. No dolía, pero sabía que iba a doler.

Me desperté por el olor a marihuana.

Abrí los ojos con un latido sordo en las sienes y la sensación de haber sido invadida.

El olor flotaba en el pasillo, entraba por la rendija de la puerta con la naturalidad de un crimen no confesado.

Era espeso, dulzón, con ese dejo húmedo y turbio que me resultaba repulsivo.

Yo no fumaba, no lo soportaba. Me hacía doler la cabeza, me pegaba en el estómago.

No soportaba a la gente que fumaba esa mierda.

Esa necesidad de anestesiarse en público, de que todos respiren su fuga, de imponerte su escape por la nariz.

Me senté en la cama. Tenía la trenza marcada en la nuca, aunque no tenía trenza. El olor seguía ahí, el sueño seguía ahí, y Clara también, aunque no la viera… siempre estaba ahí.

Abrí la puerta del dormitorio y la nariz se me llenó de golpe con ese tufo dulzón, agrio, tan particular que no admitía dudas. Alguien había fumado marihuana en mi casa. Y no fui yo.

Fui siguiendo el olor como se sigue una infección. Lo olfateé en los marcos de las puertas, en las cortinas, en los pasamanos de madera, incluso en mis dedos. Entré al comedor con el pecho apretado.

Y ahí estaba. El cenicero de piedra que uso para los fósforos, sobre la mesa, con cenizas todavía tibias, apenas apagadas las brasas. El humo era un hilito invisible que me golpeó en la cara con la violencia de una cachetada húmeda. Quise vomitar.

El olor a marihuana me ha dado náuseas desde que tengo memoria.

La primera vez que lo sentí fue a los trece, en la casa de una amiga del colegio, Anita.

Cuando mi madre murió, de un cáncer fulminante, yo apenas había tenido mi primera regla y me resguardaba en el vínculo que ella tenía con su mamá.

Lo había idealizado por completo y pasaba mucho tiempo en su casa observándolas y deseando que me adoptaran.

Su hermano mayor, un tipo patético de veintitantos que se creía artista como todo mantenido, vivía encerrado en su cuarto con pósters de Bob Marley y dibujos psicodélicos de tinta negra.

Fumaba todo el día. El olor se colaba por los rincones, impregnaba los sillones, se pegaba al pelo, a la lengua.

Una vez lo vi sacudiéndose el pene en el patio, al rayo del sol a plena hora de la siesta, me miraba y se reía.

Corrí como nunca antes y vomité en el baño.

Mi amiga me dio un caramelo de eucalipto y me dijo que me relajara.

No volví a su casa, pero tampoco se lo dije a nadie.