11. Clara
Dijo que fue sin querer, que se distrajo. Hoy iba a salir tan temprano, que se llevó las llaves sin pensar, pero yo escuché los pasos lentos del otro lado de la puerta, el giro firme de la llave, el ruido del cerrojo bajando con cuidado. Después, nada. Silencio.
Ayer fuimos a una proyección de cine clandestina en el sótano de la Galerie Weissraum, llegué tarde y sin mascarilla, sé que no le gustó porque me ignoró todo el tiempo.
Me sentía tan sola que no tuve otra opción que acercarme a Giorgio.
Fue solo eso, una charla mínima, ni siquiera íntima.
Me preguntó por el peso de una de mis esculturas, la de la figura partida, la que tiene las manos huecas, no supe cómo sabía de su existencia porque hace rato que había cerrado mis redes sociales, quizás alguien le mostró una foto.
Le dije que la hice con los restos de una mesa que me dejaron en la puerta de casa.
Giorgio me miró raro y se rio, dijo que todo lo que toco cambia de forma y me dio una palmada en el brazo cuando se estaba yendo.
Cuchi me miraba desde el fondo del salón.
Con la copa en la mano, el cubrebocas le ocultaba los labios, pero yo sabía que tenía la mandíbula apretada.
Tenía la espalda contra la pared como un perro listo para atacar.
Me distraje unos minutos pensando en cuánto se habría enojado por eso, y cuando volví a buscar entre la gente, Cuchi, ya no estaba.
Se había esfumado. Ni mensaje, ni llamada, ni explicación. Se había ido.
Después vino la puerta cerrada.
Cuchi es así. En público finge que no me conoce, se posiciona lejos, me mira de costado, hace chistes con otras personas y me ignora, ese juego me excita un poco.
Yo me emborracho, tengo prohibido decir que somos pareja, pero en privado es otra cosa.
En privado es todo: es un abrazo largo y húmedo, es la única voz que me dice que soy buena, que mi arte es real y hago cosas que valen la pena.
Dice que nadie me entendió antes, pero que eso va a cambiar, que mi nombre va a colgar en las paredes de todas las ciudades importantes.
Y yo le creo, le quiero creer.
El otro día fuimos a ver un altillo para instalar mi taller.
Un lugar horrible para cualquiera, pero perfecto para mí.
Está sobre un pequeño mercado por lo que no va a ser difícil ir hasta allí y burlar los controles sanitarios.
Si alguien pregunta, puedo decir que fui a comprar frutas.
Cuchi tenía todo pensado, me encantó apenas lo vi.
Paredes deshechas, olor a humedad, piso de cemento.
Me imaginé mis figuras de yeso sobre pedestales blancos, el cuerpo sin ojos en el centro, la boca tallada que grita sin sonido.
Cuchi me abrazó y dijo que ese iba a ser mi templo, que me lo iba a regalar.
La realidad es que yo no tenía nada. Era una persona sin dinero, apellido o conexiones de esas que te abren puertas. Apenas podía pagar el metro. Si no fuera por Cuchi, no habría esculturas, no habría muestras. Estaría en la cama, mirando el techo, haciéndome preguntas que nadie responde.
Cuchi me cuida, me salva, me apoya y me ama. Eso me repito… Pero también me deja sola. Y después me encierra.
Hoy, encerrada, me tocó trabajar igual. Arrastré el espejo del baño al pasillo y me senté en el suelo con un cuaderno en las piernas.
Dibujé cuerpos que se abren, torsos partidos, pies sin raíz.
Una figura con el pecho roto y dentro, una lengua gigante enroscada.
No sabía su significado, pero estaba en mí y tenía que ponerlo allá afuera.
Cuchi suele decir que mis manos saben lo que yo todavía no puedo decir, que soy la mejor artista de mi generación, pero también me falta seguridad, por eso me ayuda y me cuida tanto.
Pero hay días en los que ese cuidado me ahoga y me pone una soga en el cuello con perfume caro.
Estoy enamorada. Sí, pero también estoy asustada.
Porque a veces, cuando me acerco a alguien, Cuchi desaparece. Y cuando vuelvo sola, me espera con preguntas, con frases secas, con reproches disfrazados de preocupación.
«No me contestabas el celular. Te vi muy cerca de esa persona. No me gusta que te pongas ese vestido. Te dejaste tocar»
Todo eso con voz suave, con una mano en la rodilla, con promesas. Y yo… yo me desarmo.
Porque a veces creo que sin Cuchi no soy nadie. Y eso es tan triste que duele más que el encierro. A veces sueño con el subsuelo lleno de gente. Todos mirando mis piezas, todos leyendo mi nombre en la pared, todos aplaudiendo y Cuchi está allí, a mi lado, sonriendo.
Pero otras veces me imagino sola. Viviendo sin miedo, volviendo a casa sin miedo, trabajando sin tener que pedir permiso.
Hoy no sé qué quiero. Solo sé que estoy cansada, y que esta vez, cuando vuelva, no voy a preguntar por qué cerró la puerta.
No me va a responder, igual. Solo me va a abrazar. Y me va a decir que me ama. Que todo esto lo hace porque me ama.