El cuerpo quieto 10. Berenice #2
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10. Berenice #2

Aldana parecía una versión frígida de Clara.

Un poco más fea y menos interesante. Tenía la voz frágil incluso antes de abrir la boca, lo supe apenas levantó la vista del frasco de galletas que estaba acomodando y me miró.

Tenía ese tipo de rostro que parece recién llorado, aunque no lo esté, como si la tristeza le hubiera dejado marcas estructurales.

Al verla de frente me percaté que no era tan parecida a Clara como había imaginado.

Tenía el mismo cabello rubio casi blanco y los ojos entre grises y muertos, pero tenía la nariz más ancha, los pómulos más bajos; una belleza rústica, de persona que se ha acostumbrado a existir en lugares pequeños.

Su espalda y sus brazos eran gruesos, pero la ausencia de curvas era bastante notoria.

Aldana era una mujer que no inspiraba nada.

Me preguntó si quería algo, le dije que no, que solo necesitaba hablar con ella. Su expresión cambió al instante. Se le endurecieron los labios.

—¿Te mandan por la habilitación municipal? —preguntó.

Negué con la cabeza. Le dije que no iba a robarle mucho tiempo, que venía desde Buenos Aires, que necesitaba hablarle de Clara.

—¿Clara? —repitió, y ahí se rompió todo.

Fue como si le hubieran soltado una cuerda interna y el cuerpo se le deshilachara.

El frasco que sostenía quedó a punto de caerse.

Se sentó en una banqueta baja detrás del mostrador y apoyó las manos sobre las rodillas.

Me miró largo. No entendía, no sabía quién era yo, ni por qué hablaba de Clara como si fuera una presencia tangible y no un duelo.

Le expliqué todo. Bueno… Le mentí, al principio.

Le dije que había conocido a Clara en Berlín, que nos habíamos cruzado un par de veces, que me había impactado su forma de hacer arte, que la recordé por una foto que apareció entre mis negativos.

No quería decirle desde el principio que pensaba que su hermana estaba viva.

Sonaba mal. No sólo incorrecto, sino cruel, pero ella se adelantó.

—Clara está muerta —dijo.

Y ahí lloró con una dignidad que dolía más que cualquier llanto desarmado. Le temblaba la garganta, pero se mantuvo erguida. No dije nada, solo esperé que se calmara un poco.

—¿Estás segura? —Lo dije casi sin pensar, grosera. «Normal».

—¿Que si estoy segura? ¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Yo la vi! —agregó—. Yo estuve ahí. Reconocí el cuerpo. Vi su cara. Todavía tenía las marcas en los brazos y en el cuello. Estaba fría. Fría… No comprendo tu pregunta.

Asentí. Sí, entendía, y al mismo tiempo, no entendía nada.

Le conté todo. Todo lo que había pasado en las últimas semanas.

—Mira, no quiero faltarte el respeto ni jugar con tu dolor —indiqué—. Vine hasta aquí porque tengo pruebas de que tu hermana podría estar viva —dije con el tono más serio que pude.

—Es ridículo. Retírate de mi tienda, por favor.

—Hace algunos días la vi caminando en Palermo —insistí—, ella estaba… bien. —Dudé.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te dijo? —bufó, aunque en sus ojos había odio.

—Nada, yo no pude alcanzarla y luego la perdí, pero estoy segura de que era ella. Mira. —Le tendí el sobre con la foto de Clara en The Ornamenta—. Esta imagen se tomó en un evento pocos días antes. ¿Reconoces a tu hermana aquí?

—¿Esto es una broma? ¿Qué demonios te pasa? —empezó a decir. Me devolvió la foto como si le quemara—. ¿Alguien te mandó a molestarme? Es eso, ¿no? ¿Un chiste de mal gusto? —Apretó los puños—. No me causa nada de gracia.

—No, claro que no es gracioso, pero es real. Recibí este sobre junto con un mensaje que me pedía que dejara de buscar. —Mi voz tenía menos fuerza—. Sé que es confuso, pero creí que podrías ayudarme a resolverlo.

—¿Resolver qué? No hay nada que resolver.

—Que quizás Clara…

—¡Clara está muerta! —afirmó—. Yo estuve en el crematorio. Vi cómo entraba el ataúd. Estaba cerrado, pero yo lo vi antes. Vi su cuerpo. No puedo explicarte lo que fue eso. No podrías entenderlo.

Tenía razón, yo no sabía.

—Pero… —Me interrumpió en seco.

—Mira, tuvimos que viajar a Berlín, toda la familia, mis padres.

.. verla ahí. Fría, sola, en ese país que tanto amó y que al final la tragó entera.

Nos dijeron que la cremación debía ser allá.

Que todo estaba listo. Nos quedamos una semana.

Nunca volvimos a verla —suspiró—. ¿Por qué estás haciendo esto?

—preguntó—. ¿Por qué venir hasta acá a mostrarme esta porquería? ¿Qué estás buscando?

Quise decirle la verdad: que no lo sabía con certeza, que había empezado por curiosidad, pero que ahora no podía dejarlo ir, que algo en mí se había desarmado en el proceso y no sabía cómo volver a armarme…

Que necesitaba una explicación. Un punto final.

O un nuevo comienzo. Lo que fuera, pero no dije nada de eso.

—No lo sé… Es que no puedo dejarlo pasar. Algo no me cuadra —intenté explicar—. Me pareció que podrías ayudarme.

—¿Y el mensaje decía que dejaras de buscar? —Fue una pregunta disfrazada de afirmación.

—Sí —le dije—. Primero pensé que podría ser Clara, pidiéndome que no investigara porque está escondida en alguna parte. —Hice una pausa para decir lo siguiente—. Pero luego se me ocurrió que alguien más podría estar interesado en que la historia no salga a la luz.

Aldana respiró hondo, se levantó, caminó hasta una pequeña mesita redonda frente a la ventana y se sentó ahí. Me hizo una seña para que me acercara.

—Te voy a contar lo que sé, pero después quiero que te vayas.

Me senté enfrente. El sol entraba sesgado y le dibujaba una línea de luz en el pelo. Se veía cansada, pero también decidida.

—Clara se fue a Berlín cuando cumplió dieciocho.

Al principio todo era hermoso. Me escribía seguido.

Me mandaba fotos de sus esculturas, de sus clases.

Era feliz, pero después empezó a desaparecer.

Un día no respondió, es decir, tardó una semana en siquiera decir un «hola».

Luego un mes…. y cuando contestaba, era escueta.

Decía que estaba bien, pero lo decía raro ¿sabes?

Uno entiende esas cosas ¡Carajo soy… era su hermana!

Y luego, una vez, me dijo que había conocido a alguien.

Ahí bajó la voz, como si tuviera miedo de que el pasado pudiera oírla.

—¿Quién? —cuestioné.

—Nunca supe quién era, no me dijo el nombre —respondió—.

Clari no era tonta, sabía que había algo mal.

No me mandó fotos. Solo sé que era mayor que ella, que sabía mucho de arte, que tenía recursos y contactos y que la había ayudado a exponer, pero también me dijo que era alguien que la celaba y, por ende, la controlaba bastante.

No la dejaba salir mucho. Incluso que en algún punto le revisó los emails, el chat.

El hijo de puta tenía un apodo. Clara se lo puso: Cuchi.

Apreté los dientes.

—Una vez me llamó llorando —dijo llevándose las manos a los ojos.

Claramente, intentar contarme esto le traía demasiados malos recuerdos—.

Me dijo que se quería ir y que no sabía cómo, que su relación había terminado, pero tenía miedo de estar sola.

Intenté conseguirle un pasaje, pero a la semana dejó de contestarme.

Meses después, me llamaron para decirme que la habían encontrado en la bañera…

Con pastillas y un vinilo de mierda puesto.

Una música espantosa que a ella ni le gustaba.

Nunca me creí que eligiera escuchar eso para morir. Parecía armado.

Édith Piaf. Pensé eso. No dije nada.

—¿Quién la encontró? —pregunté.

—Nunca me dijeron eso. Solo que estaba sola. Que dejó una nota, pero la nota nunca me la mostraron. Dicen que no existió, que fue un malentendido. Yo no entiendo nada… Todavía no entiendo nada.

—¿Y crees que esta persona, Cuchi, tiene que ver con su muerte? —pregunté casi susurrando.

—¡Por supuesto! Clara era una persona alegre, viva, llena de proyectos. Un día aparece con un supuesto novio que se niega a presentar y, meses después, deja de existir. ¿Qué conclusión sacarías tú?

—La misma, supongo. —Ya no podía mirarla a la cara, mis ojos estaban fijos en la ventana—. ¿Y esta persona será la misma que me envía mensajes?

—No puedo saberlo. El malnacido no dejó ningún rastro que pudiera identificarlo. Como fue un suicidio, la policía no investigó su círculo cercano.

—¿Ninguno de los amigos de Clara intentó contactarte? ¿Darte alguna pista?

—Nadie. O le tenían miedo a esa persona, o la estaban protegiendo, o…

—O a nadie le importó lo suficiente. —Terminé la frase por ella, para ahorrarle el dolor.

Nos quedamos en silencio. Afuera pasaba un auto. Dentro, solo la respiración dispareja de Aldana.

Aldana se había quebrado, sí. Había llorado, temblado, dicho cosas horribles con un temblor que parecía real, pero había algo que no me cerraba.

No era lo que dijo, sino cómo lo dijo. Esa rigidez en la espalda, ese modo automático de relatar lo que se supone que ya debería estar asumido, como si me estuviera repitiendo un texto aprendido, una coreografía ensayada mil veces frente al espejo del baño.

La forma en que evitaba mirarme demasiado tiempo, el modo en que devolvía las fotos con las yemas apenas apoyadas, como si tocarlas fuera traicionar algo.

La notaba a la defensiva, atrincherada. Como si yo además de una extraña que vino a abrirle una herida, fuera una amenaza directa a algo que juró no exponer jamás.

Pensé, «y eso fue lo más repulsivo en mi mente», que quizá estaba mintiendo para encubrirla.

Para mantener a Clara a salvo, como se mantiene oculta una joya robada: sabiendo que el solo acto de admitir su existencia equivale a perderla.

Pensé que me veía como un peligro. Que mi insistencia, mi búsqueda, mi torpeza emocional, todo eso era una especie de amenaza para ese plan cuidadosamente sellado.

Y pensé: si Clara estaba viva, Aldana lo sabía. Y no me lo iba a decir.

Nunca.

—Y ahora esto —dijo al fin—. Hiciste este viaje para decirme que la viste. Que está viva. Que la fotografiaron. No sé qué pensar, me hace mierda. No puedo más.

Me sentí culpable, horriblemente culpable.

—No sé qué decir —repliqué. Me había quedado sin palabras por un momento.

—Clara está muerta. Bien muerta, te lo aseguro. Quizás alguien está tratando de volverte loca —agregó—. Capaz es eso. Una persona que te odia, un colega envidioso. ¿Algún enemigo?

—Yo… —susurré intentando hurgar en cada pensamiento de algún posible enemigo.

En ese momento todo era posible. Todo se había vuelto poroso. Quizás alguien quería que yo me bajara de la beca, que dejara de exponer, que me quebrara… O quizás Clara estaba viva y todo esto era parte de una huida maestra que solo unas pocas personas conocían.

Aldana me miró a los ojos.

—Yo la vi muerta, Berenice. La vi. Con mis ojos. No voy a mostrarte los documentos que lo prueban, no te conozco, pero si realmente te interesa encontrar el origen de esas fotos, deberías buscar por otro lado. No vas a obtener nada de una mujer muerta.

Pensé, por primera vez, que tal vez el centro de todo esto no era Clara, sino yo.

Que alguien, por algún motivo, había decidido hacerme desaparecer de la escena sin ensuciarse las manos.

Una desaparición pulcra, silenciosa. Sin sangre, pero con escándalo.

Solo hacía falta aprovechar lo que ya sabían de mí: que dormía poco, que tomaba mucho, que me obsesionaba con ideas absurdas hasta volverlas religión.

Mi fragilidad no era ningún secreto. En ciertos círculos era parte del chisme.

«A veces parte del encanto, a veces de la burla».

Y bastaba solo un empujón, una jugada maestra. Dejarme un rollo en el lugar correcto. Una cara que se pareciera a la de una muerta. Un sobre con un mensaje preciso, elegante, casi literario. Una mujer caminando por Palermo. Una galería. Una sombra. Tres silencios bien ubicados.

Era todo lo que necesitaban para que yo misma me hiciera a un lado, para que me corriera del mapa por voluntad propia. Quizás solo querían quebrarme o volverme loca. Capaz solo querían sacarme del juego, dejarles el espacio libre.

«¿Alguien me odiaba tanto? ¿Y por qué? ¿Y desde cuándo?».

—Ahora necesito que te vayas —dijo Aldana, y lo dijo en un tono neutro, no había odio ni lástima, solo esa sensación de flotar sin sentido en el mundo. Como se dicen las cosas cuando ya no queda nada más que decir. Asentí con la cabeza y no supe si me dolía o si, en el fondo, sentía alivio.

Antes de irme, le compré una caja de galletas, quizás por la culpa o algún deseo infantil que me hizo pensar que pagarle por algo dulce podía, aunque fuera por segundos, endulzarle también el día.

No se inmutó. Las metió en una caja con su sticker rosado que decía «hecho con amor» y me cobró exacto, sin mirarme a los ojos.

Salí con las galletas en la mano como si cargara un ataúd en miniatura.

Caminé por calles que olían a madera y pino viejo, me senté en un banco de un parque cualquiera, uno con respaldo de hierro forjado y astillas en los bordes, esos que parecen diseñados para incomodar a la gente lo justo para que no se queden dormidos ahí.

Me crucé de brazos, miré el pasto y pensé en esa fiesta ridícula que hacen todos los años ahí mismo.

El Oktoberfest. Miles de idiotas vestidos de los alemanes que nunca fueron, agitando chopps de cerveza y bailando al ritmo de música tirolesa como si eso los conectara con algo más profundo que el vacío de sus propias existencias.

Panzas llenas, medias largas, gorritos con pluma.

Autoparodia nacional, una tradición inventada para emborracharse sin culpa.

Y me imaginé a Aldana, año tras año, viendo ese desfile de imbéciles celebrando una cultura que no entienden, «de un pueblo donde su hermana se volvió cenizas».

Festejando al país en el que Clara dejó de existir.

Pensé en ella tratando de hornear galletas mientras en la plaza de enfrente un grupo de veinteañeros en bermudas y tiradores le gritaban: «Salud», o su equivalente en alemán.

« Ein prosit!». Pensé en su cara cuando me dijo que había visto el cuerpo en la camilla.

Que había visto a su hermana entrar al crematorio, en Berlín. Clara nunca había vuelto.

Y comencé a sentirme como una mierda por estar jugando a los detectives con la tragedia de otra gente, por meterme en un duelo que no me correspondía.

¿Tan mediocre era yo que tenía que apropiarme de las muertes ajenas para sentir que estaba viva? ¿Estaba tan pobre de tragedia que tenía que escarbar en la de otros, como un buitre emocional con cámara de fotos?

Me miré las manos… Tenía azúcar glas en los dedos sucios y me dieron ganas de lamerlos, solo para arruinar el momento un poco más.