10. Berenice
N o dormí ni un minuto. Pasé lo que quedaba de la noche armando una valija como si fuera a cruzar una frontera cerrada con candado y perros.
Lo hice sin plan, sin lógica, como quien necesita hacer algo con las manos para que el cerebro no estalle.
Fui metiendo cosas sin mirar demasiado: dos pantalones, una camisa que me hacía sentir como alguien que aún tenía dirección en la vida, una cámara vieja que no sabía si funcionaba, una libreta donde alguna vez escribí ideas que me parecieron brillantes y que ahora me daban vergüenza, una bufanda peluda con olor a humedad.
Y el cargador del celular, porque el siglo XXI no perdona sin batería ni a la locura.
Aldana Bonelli, dueña de una tienda de galletas veganas en Villa General Belgrano, un pueblo de Córdoba, afortunadamente en Argentina.
Fotos prolijas de galletas decoradas con caritas felices, mensajes motivacionales en el glaseado, tazas de cerámica artesanal, frascos con cintas de colores.
Todo con una estética de paz y cuidado, una ternura que me irritó profundamente.
La tienda se llamaba «Dulce Aldana», un nombre que me generó una mezcla de risa cínica y náusea moral.
No sabía si quería abrazarla o patear el cartel.
Fue una decisión de lo más egoísta y arrogante, pero no pude hacer otra cosa. Necesitaba respuestas, iba a viajar a conocerla.
No le avisé por instagram de mi visita. Me parecía obsceno avisarle a alguien por las redes sociales que quería hablar de la supuesta muerte de su hermana y de una serie de fotos que alguien había metido sin mi permiso en mi historia.
Sentía que necesitaba mirarla a los ojos, analizar la posible verdad o mentira en sus gestos, algo.
Cualquier cosa menos este silencio cargado de teorías que me estaban reventando el cráneo.
Compré el pasaje a las 6:48 de la mañana.
Ida a Córdoba Capital, luego otro bus a Villa General Belgrano.
En total, unas doce horas de viaje, sin contar las demoras, los transbordos, las casualidades horribles que siempre se amontonan cuando una intenta huir o acercarse a algo que no se deja atrapar.
Solo después de haber pagado el pasaje me di cuenta de que hubiese sido más inteligente viajar en avión, pero después vamos a encargarnos de cuestionar mis decisiones.
El ómnibus salió a las 10:30. La terminal de buses de Retiro estaba tan desolada como siempre.
Gente que no quería estar ahí, mirando el suelo, masticando restos de empanadas baratas, cargando mochilas que parecían pesar más que sus ganas.
Subí al asiento 21, pasillo. Me habría gustado la ventanilla, pero ya no había.
Me apoltroné como pude, con el abrigo arrugado detrás de la nuca, el celular sin señal y un leve olor a cebolla-axila sudada que brotaba del tapizado del asiento como una advertencia de lo que iba a venir.
Las primeras tres horas fueron puro silencio.
El aire acondicionado escupía aire frío con una tozudez de tortura.
En algún punto de la provincia de Santa Fe, una azafata sin expresión empezó a repartir la comida: una bandeja de plástico con tres alfajores aplastados, un juguito en cajita y un envoltorio que alguna vez había contenido servilletas, pero ahora solo sostenía una sensación de derrota.
Mastiqué los alfajores por aburrimiento, por no seguir mirándome en el reflejo de la ventanilla.
El dulce de leche se me pegó en el paladar como una culpa vieja. El jugo era de manzana y estaba tibio.
Dormité entre espasmos. Soñé con Clara. En uno de esos sueños, me hablaba en francés, pero sin vocales.
En otro, le servía té a Aldana en la tienda de galletas y todas las cookies tenían su cara.
Me desperté sudada, con el cuello partido y con una convicción rabiosa: estaba haciendo lo correcto. Aunque no supiera bien qué era.
Llegué a Córdoba Capital pasadas las ocho.
La estación olía a comida recalentada, fritura de pollo y desinfectante con aroma a limón vencido.
No conocía la ciudad, pero tenía el mismo brillo deslucido de todas las capitales de provincia en Argentina.
Vi algunos edificios coloniales, plazas abarrotadas de gente y barcitos medio pelo adornados con guirnaldas de luces. Nada que mereciera ser fotografiado.
Pasé la noche en un hostel de mala muerte que preferiría borrar de mi memoria y antes de que saliera el sol, estaba en la terminal nuevamente, lista para encarar el segundo tramo de mi viaje de investigación.
Hacía un tiempo había visto una serie de espionaje, «Caballos lentos» , y ya creía poder llevar a cabo un interrogatorio digno.
Aunque confieso que solo la veía porque me gustaba el protagonista, un rubiecito con cara de primo bueno.
Esperé el colectivo a Villa General Belgrano en un banco de metal que me congeló primero el trasero y luego las costillas.
Me sentía mugrienta, invisible, irónica.
Como si el universo se burlara de mí con cada giro de esta historia sin sentido.
El bus llegó a las nueve y algo. Otra hora más.
Más pensamientos que se doblaban sobre sí mismos.
Cuando por fin bajé, el aire fresco me golpeó con fuerza, era más limpio que el de Buenos Aires.
Villa General Belgrano, me parecía irreal.
El pueblo fue originalmente una colonia de inmigrantes alemanes, suizos y austríacos que se asentaron en Argentina.
Todos los años se celebra un caótico Oktoberfest que recibe viajeros de todo Latinoamérica.
Mientras más lo observaba más sentía que era un lugar detenido en el tiempo, pero al mismo tiempo estrellado contra una pared de marketing barato.
Casas con tejados alpinos y carteles en alemán mal escrito.
Me crucé unos cuantos turistas en sus cincuenta años, en pantalones de yoga, tomando cerveza artesanal a las diez de la mañana.
Me dio vergüenza. De ellos. De mí. De todo.
La tienda que estaba buscando estaba en una callecita de tierra con macetas en los postes de luz. Una fachada de madera clara, cortinas blancas, un cartel tallado a mano que decía:
«DULCE ALDANA. Repostería vegana sin crueldad. Sonríe: es orgánico».
La burla fue automática. Estaba tan cansada que ya no podía distinguir la ternura del absurdo. Me reí sola, seca, sin dientes. El pizarrón de la entrada anunciaba:
«Galletitas tibias de banana y autoestima».
Me imaginé rompiendo el vidrio con el codo. Lejos de ser un acto de violencia, sentía la necesidad de que algo real hiciera ruido y me despertara.
No sabía qué iba a decirle, mucho menos qué cara poner.
No sabía si iba a llorar o a vomitar. No venía buscando consuelo, ni tampoco tenía pensado darlo.
Necesitaba confirmar aquello que yo ya sospechaba que era cierto: que Clara estaba viva.
Lo supe desde que vi su espalda caminando por Palermo, desde que la seguí sin aire por media ciudad, desde que encontré esa foto miserable en blanco y negro tirada por debajo de mi puerta.
Nadie puede estar muerta dos veces, y Clara había estado más viva en mi cabeza que cualquiera de las personas que saludé en los últimos diez años.
Para encarar a Aldana iba a necesitar algo que no tenía: tacto.
Tenía que saber exactamente qué decir para descubrir si estaba encubriendo la huida de su hermana, o si había comprado la historia de su muerte.
Una mentira que había asimilado porque era más fácil que pensar que su hermana había engañado a todos, incluidos los que la lloraron.
Yo quería arrastrarla a mi versión de las cosas, romperle la fe con una foto impresa en baja calidad.
Quería que me dijera que sí, que esa era Clara.
Yo ya no buscaba la verdad, buscaba un eco. Alguien que estuviera tan perdida como yo, y todavía pudiera decirme: no estás loca.
Además, pensaba que, si alguien podía saber si Clara era capaz de fingir su muerte, era su hermana.
No una amiga, no un colega, no una expareja que pudiera adornar la historia para justificarse.
Su hermana, la que probablemente había compartido cama, infancia, secretos, la que había limpiado vómitos de borracheras adolescentes o llorado con ella por padres ausentes o demasiado presentes, la que, con suerte, había sido testigo del deterioro real o de la construcción de la mentira.
Aldana, con sus galletas de avena y sus frases motivacionales de Pinterest, era también el último rastro físico que Clara había dejado atrás.
Si alguien podía ayudarme a desglosar esa historia tortuosa de la relación violenta que todos mencionaban, pero nadie detallaba, era ella.
Si alguien había escuchado gritos por teléfono, si alguien había notado que Clara se hacía cada vez más chiquita en sus fotos, que hablaba más lento, que sonreía sin dientes… era Aldana.
Y aunque todo esto fuera una locura, aunque Aldana me echara con una galleta en la frente y una denuncia por acoso, no podía no intentarlo. No después de haber sentido tan cerca la posibilidad de que Clara estuviera todavía ahí, detrás de algún vidrio empañado, esperando que alguien le creyera.