9. Berenice
D ecidí comer antes de abrir el sobre. Quizás fue sabiduría, pero algo en mí «más visceral que racional».
Sabía que, si no lo hacía en ese momento, no lo haría en toda la noche.
Que ese sobre de papel, ese rectángulo que ahora reposaba sobre la mesa como una herida sin abrir, tenía el potencial de absorberlo todo: el hambre, el cansancio, la poca lucidez que me quedaba.
Me prohibí tocarlo hasta terminar de alimentarme, por respeto al cuerpo, «al mío» .
Que ya venía pidiendo auxilio con síntomas mudos: el temblor leve en los párpados, la lengua reseca, la cabeza demasiado liviana.
Lo ideal habría sido también hidratarme, dormir ocho horas, estirarme, bajar las revoluciones, pero eso ya era mucho pedir.
Abrí el envase con la mano tensa. El tiradito venía con exceso de salsa, el pescado medio desarmado, y el ají estaba más salvaje de lo habitual.
Cada bocado me ardía, pero no paré. El picor era justo lo que necesitaba: una molestia concreta, localizada, real.
Algo que me recordara que el cuerpo todavía podía reaccionar.
Tomé un sorbo del vino blanco. Estaba más ácido de lo que recordaba, pero funcionaba.
Me gustaba su aspereza. No exigía un paladar entrenado, solo ganas de tomarlo.
Comí despacio, pero sin pausa. No logré saborear, no estaba disfrutando lo suficiente.
Era como llenar un tanque antes de emprender una expedición peligrosa.
Mientras tragaba el último trozo de pescado, picante hasta lo inmoral, me acordé de Perú.
Del verdadero. Del país. Había pensado en quedarme allí antes de viajar a México.
Me gustaba el ruido, el caos sin explicación, la comida brutal.
Había algo de frontera en Lima que me seducía.
Viví un mes en Barranco, en una pieza diminuta con baño compartido, y trabajaba sacando retratos para turistas con cámaras que no sabían usar.
Pensé en quedarme. En quedarme y no volver nunca.
Había algo en esa bruma gris que me tenía enamorada.
Pero terminé comprando el pasaje de regreso una tarde en que me senté a mirar el mar y no sentí nada.
Llevé el plato vacío a la cocina, dejé el vino en la mesa y volví al sobre.
No lo toqué de inmediato, lo miré como si esperara que hablara primero.
Tenía esa textura barata de papel comprado en librerías viejas.
No había remitente, no había dirección. Solo ese sobre, metido bajo mi puerta, sin que nadie lo viera, con ese toque modesto del timbre.
Lo abrí con cuidado, con las uñas. No quise usar tijeras.
Quería sentir el rasgado, sentir que lo abría yo, que no había nadie más en ese gesto.
Adentro había una sola hoja impresa en papel A4 de pésima calidad, pero la imagen era clara.
«Mierda… Clara. Era Clara».
Aunque no se le viera bien la cara, aunque los píxeles la deformaran en su contorno, era su cuerpo, su forma de estar de pie, su porte, su aura.
Estaba en una galería, apoyada contra una pared de fondo blanco con marcos colgados a distinta altura.
No hizo falta que leyera los cartelitos ni que reconociera las imágenes en exposición.
Era la muestra de la Polaca Aurora. La misma muestra a la que yo había ido hacía menos de una semana.
Clara había estado ahí, en ese lugar exacto.
Rodeada por las mismas fotos idiotas de gente meando en público.
Estaba de espaldas, pero ligeramente girada hacia la cámara, como si hubiera sabido que alguien iba a fotografiarla.
O peor: como si hubiera querido ser fotografiada, como si me estuviera dejando la pista.
Apoyé la hoja sobre la mesa y me serví otra copa.
Esta vez la tomé de un trago. Me ardió la garganta, pero no me importó.
Me quedé mirando esa impresión mugrosa como si con suficiente concentración pudiera obligarla a cobrar vida.
Quise ver la fecha en algún rincón, un detalle que me confirmara el día, el momento, el segundo exacto, pero no había nada.
Solo cuando la di vuelta vi que había algo más. Una frase escrita con tinta negra, letra inclinada e insegura. Una sola línea.
Por favor, no busques más.
Leí esa frase en voz baja, con un tono que no era mío.
Como si la repitiera para alguien más. Por favor no busques más.
¿Era una amenaza, una orden o un ruego? Me dolió más porque no venía del odio.
Se notaba que estaba cargado de miedo y quizás del agotamiento total de una persona que ya no podía seguir huyendo.
Pero ella no estaba muerta. Simplemente no podía estarlo. No con esa foto materializada entre mis manos. Había estado a dos metros de mí en The Ornamenta, respirando el mismo aire cargado de olor a vino barato y perfume empalagoso de galería.
Pensé en esa noche, en la música horrenda que sonaba de fondo, en la polaca Aurora repitiendo anécdotas inventadas sobre su época de artista performática en Colombia.
En la fila absurda frente al único baño limpio.
¿Había estado Clara ahí, sonriéndome de refilón?
¿Había cruzado su mirada con la mía? ¿Nos habíamos rozado los abrigos al pasar, sin saberlo?
¿Habíamos hablado? No podía descartarlo.
Quizás intercambiamos alguna frase vacía sobre el arte, sobre las fotos grotescas, sobre el frío de abril que ya empezaba a endurecer las noches.
Rebusqué en mi mente todo lo que había ocurrido ese día.
Yo había ido a la muestra de la polaca después de la sesión fallida con @caballodespuma, esa sesión inútil, tibia, donde disparé las últimas fotos de un rollo viejo sin darle mayor importancia.
Esa noche, la noche de The Ornamenta, aún no había revelado nada.
No sabía que en esos negativos medio podridos iba a encontrar a Clara.
No conocía su rostro, no tenía en la mente esa espalda huesuda, ese cabello débil, esos ojos perdidos.
Fui a la galería con la cabeza cargada de frustración y el estómago vacío de expectativas.
No buscaba nada. Estaba anestesiada, flotando en mi propio fastidio.
Así que, cuando ahora pensaba en esa noche, cuando reconstruía mentalmente el mapa de la sala, los rostros, las voces, los roces, sabía que había visto a Clara, que probablemente la tuve cerca, que quizás hasta hablé con ella, pero que no la reconocí porque no podía hacerlo.
No porque fuera estúpida o ciega. Porque no sabía qué buscar y todo hizo clic.
No sabía que ella existía en ese momento.
Y me pregunté, con una amargura que me oxidó los dientes, qué habría pasado si hubiera revelado el rollo un día antes.
Solo un puto día antes. Habría tenido su cara grabada en la mente, habría reconocido su perfil entre el humo de los cigarrillos y las copas levantadas, habría visto la herida viva antes de que se escondiera de nuevo bajo tierra.
¿Y entonces? ¿Se habría terminado todo esto?
¿La habría confrontado? ¿La habría seguido?
¿O simplemente la habría dejado pasar, como dejé pasar tantas cosas?
No se podía estar vivo y muerto al mismo tiempo, por lo menos no en este mundo.
No con esta gravedad que arrastra los cuerpos hacia lo inevitable.
La había visto en la calle, bajo esa luz impiadosa de Palermo, con el mismo caminar sigiloso que ahora veía capturado en esa impresión miserable.
La había perseguido como una sombra rota durante una hora entera, cruzando veredas, atajos, bares, y ahora tenía la prueba.
No era locura, no era sugestión, no era un invento tejido por mi necesidad de sentido. Era vida… Clara estaba viva y cerca.
Insoportablemente cerca.
Y ahora tenía una sola misión: encontrarla.
Pensé en el artículo que había mandado Begoña.
En esa versión impecablemente feminista de los hechos, donde Clara era una mártir de la violencia, una voz acallada por el peso brutal de una relación enferma que la había llevado al suicidio.
Pensé en las palabras cuidadosamente escogidas, en el dolor empaquetado como un obituario de revista de moda, y entonces me pregunté: ¿qué pasaba si todo eso era una mentira?
¿Qué pasaba si la muerte de Clara era sólo otro truco para escapar?
¿Qué si el verdugo que la había tenido atrapada en Berlín había sido tan real como lo pintaban, y ella no había encontrado otra salida más que borrarse?
¿Inventar una muerte? ¿Abandonar su identidad y empezar de nuevo en otra tierra?
Pude ver la imagen en mi mente, era casi cinematográfica.
Clara cerrando la puerta de su loft por última vez, dejando atrás los discos de Piaf, las esculturas incompletas, los fragmentos de una vida que se pudría al mismo ritmo que las paredes que la contenían.
Clara comprando un pasaje anónimo. Cambiando de ciudad, de nombre, de idioma.
Aterrizando en Buenos Aires como quien se deja caer en el único lugar donde ya nadie la buscaría o, mejor dicho, donde nadie sabría que la estaban buscando.
Pensarlo me envenenaba de una mezcla rara de admiración y rabia.
Admiración por la osadía de reinventarse desde la nada.
Rabia por la cobardía de dejar cadáveres simbólicos en el camino para poder vivir tranquila.
Rabia, sobre todo, porque yo era una de esas que la buscaban.
Y ella no quería ser encontrada. No ahora, no por mí.
Todo empezaba a tener un sentido extraño.
Torcido. Como una llave que encaja a la fuerza, a punto de romperse.
La muerte de Clara, la escena en la bañera, el vinilo girando, las pastillas esparcidas, todo eso que había leído en el artículo de Begoña empezaba a parecerme menos una tragedia real que una reconstrucción intencionada.
Una réplica, un eco de algo que había existido antes, en otro lenguaje, en otra dimensión más íntima.
Las fotos. Las fotos del rollo maldito. La bañera vacía.
El cuerpo encogido. La espalda huesuda expuesta como un secreto sin pudor.
Esa entrega absoluta al agua estancada, al abandono.
En su momento me había preguntado por qué.
¿Por qué alguien elegiría posar así y luego morir de la misma forma?
Saliendo de su rol de víctima, ensayando su desaparición.
Una heroína que diseña su propia despedida, que la encarna, la adora, la abraza.
Ahora lo veía más claro… Clara no había improvisado su muerte, la había planeado, la había ensayado en esas fotos que alguien, « ¿yo?
¿otro? », había capturado. Se había dejado ir antes de irse.
Había fabricado su salida como se fabrica una obra: a conciencia, en fragmentos, con devoción enfermiza.
La locación no era la misma, claro. No era el baño destartalado de un hotel desconocido, era su propio departamento en Berlín, pero el concepto era idéntico.
La puesta en escena, la narración muda del abandono, el dejarse caer sin resistir, el arte de no pelear más.
Y empecé a pensar que no había estado sola, que alguien la había ayudado a tramar toda aquella idea magnífica y morbosa, que alguna mano amiga, quizás una de esas periodistas que lloraban su muerte en artículos dulzones y forzadamente políticos, había armado con ella el cuadro perfecto.
Las pastillas, el agua tibia, el vinilo de Piaf, la puerta cerrada, el cuerpo entregado como una carta escrita en un idioma que su captor no supiera leer.
Todo se veía demasiado poético y preparado para ser verdad.
Era tanto locura como estrategia. Era la única forma que había encontrado de huir. Morirse simbólicamente para poder seguir viva. Y yo, ahora, era la única que parecía haberse dado cuenta.
Me convencí de que no había tomado esas fotos.
De que no había conocido a Clara en otro tiempo ni en otro lugar.
Tengo que insistir en esto, recordaría semejante puesta en escena, pero esa teoría está por demás descartada, porque si hubiera sido así, si hubiese sido yo la autora de esas imágenes, Clara me habría reconocido en la muestra de la polaca. No habría pasado de largo.
«No estás loca Bere, solo estás uniendo las piezas».
Estaba totalmente segura de que Clara me habría mirado, me habría hablado, me habría pedido algo brutal y desgarrador.
Quizás me hubiera convencido de que me acoplara a su mentira, que formara parte del simulacro de su muerte.
Habría intentado convencerme de que sostuviera su ausencia con el silencio, que no dijera nada, que no preguntara, que la dejara ir.
O quizás hubiera hecho lo contrario. Habría huido al verme, o sentido el terror de ser descubierta, de que alguien pudiera arruinar la fábula que le había costado tanto construir.
¿Habría corrido? ¿Se habría escondido entre los cuerpos desconocidos de la galería?
No lo sabía. No podía adivinarlo. No conocer a Clara me impedía imaginar sus reacciones, sus miedos, sus estrategias.
Lo único que sabía era esto: si Clara me hubiera conocido, si yo la hubiera fotografiado, algo, un gesto mínimo, un sobresalto, un roce, habría ocurrido esa noche. Y no ocurrió, no hubo nada.
Había estado a su lado. Y ella se mantuvo en silencio. Igual que yo, exactamente como lo que éramos… somos, dos desconocidas.
Pero había otra cosa que me horadaba la cabeza como un clavo oxidado.
El sobre. La foto. La frase escrita con bolígrafo al reverso.
Todo eso era una evidencia, sí, pero no una certeza.
«Por favor, no busques más», decía y yo había asumido, con esa arrogancia estúpida de los que quieren creer, que era Clara quien me lo pedía.
Que era su ruego, su necesidad. Se me ocurrió que quizás esa nota no venía de ella, de la mujer que intentaba escapar, sino de la bestia que la había hecho huir.
Pensé en el captor que se nombraba en los susurros de aquel artículo, en esa figura opaca que nunca se describía, pero que todos daban por sentada.
¿Y si él, « o quien fuera que había mantenido a Clara atrapada », sabía que yo estaba buscándola?
¿Y si estaba intentando frenar mi búsqueda antes de que la encontrara, antes de que la rescatara, antes de que hiciera visible un fantasma que convenía mantener enterrado?
No sería difícil hacer desaparecer a alguien que ya estaba muerto en los papeles.
Solo hacía falta empujar un poco. Un accidente, una caída, una mujer solitaria en Buenos Aires que dejó de contestar los correos.
No sería tan difícil, claro que no. Estaba a riesgo de morir dos veces a causa del mismo monstruo.