8. Berenice
L eí el artículo entero sin pestañear, con la mandíbula floja y la espalda tensa, como si alguien me apuntara con un arma invisible mientras lo hacía.
No sentí el whisky bajándome por la garganta, ni la quemadura leve del cigarro que se consumía entre mis dedos.
Leí cada palabra con la sensación exacta de estar entrando a una habitación cerrada desde hace años, esa donde una ya sabe que hay algo podrido, pero igual quiere abrir la puerta.
El nombre estaba ahí. Clara Bonelli: veintidós años. Cordobesa, escultora, modelo.
Muerta.
En su bañera. En Berlín, con un vinilo de Édith Piaf sonando de fondo.
Una escena tan precisa, tan deliberadamente perfecta, que me dio náuseas.
¿Quién muere así? ¿Quién se organiza para morirse con una banda sonora?
¿O era otra más de esas escenografías con las que los periodistas disfrazaron el espanto?
Cerré la laptop. No porque quisiera dejar de leer, sino porque necesitaba oscuridad.
El brillo me irritaba los ojos. La casa entera parecía haberse vuelto opaca.
El frío que venía del pasillo me partía en dos.
Era un frío húmedo, casi nervioso, como el de los camarines antes de una mala obra.
Me envolví en la manta de alpaca y no logré sentir ni un gramo de calor.
El cuerpo me temblaba, pero no de miedo, ni siquiera de tristeza.
Era otra cosa, una mezcla de bronca, de desorientación, de certeza podrida.
Sabía que estaba metida en algo y que no iba a poder salir.
Volví a abrir el artículo. Lo leí otra vez.
No encontré un error, una grieta, una incoherencia que me permitiera desmentirlo.
Era Clara. No había margen de duda. El mismo cuerpo.
El mismo rostro que había estado frente a mí en esas fotos que no tomé, o que quizás sí tomé, pero no recordaba.
La misma curva en los omóplatos, los lunares en los brazos, esa forma inexplicable de estar recostada en una bañera como si hubiera estado ensayando la muerte desde mucho antes de morir.
Me entró una idea asquerosa, difícil de sacarme de encima.
¿Y si era yo? ¿Y si la cámara la había sostenido yo?
¿Y si esas fotos las había hecho en uno de esos períodos confusos, de huecos mentales, de ciudades vivas sin anclaje?
¿Podría haber olvidado una sesión así? ¿Una mujer así?
Todo en mi cuerpo gritaba que no, pero algo en mi cabeza, en esa parte que todavía cree en lo que no debería, se sentía menos segura.
No habría sido la primera vez que me fallaba la memoria.
Ya me había pasado con nombres, con escenas, con cuerpos.
Había borrado historias enteras por puro agotamiento emocional. Era posible, aunque poco probable. Mi mente solo se deshace de lo feo, de lo inútil, y las fotos de Clara no entraban en esa categoría, eran belleza y tragedia.
Tenía que ser otra cosa, alguien más, un tercero.
Un fotógrafo que no conocía, una sombra entre mis ciudades.
Marsella, Nápoles, Berlín. Lugares que dejé rápido, en los que dormí mal, en los que confié en gente que no tenía nombre, en los que mis cámaras no siempre estuvieron conmigo.
Quizás esa foto la tomó alguien más y esa cámara volvió.
Por error o quizás por el destino. No sabía cómo, pero la foto había terminado en mi casa, en mi rollo, en mi serie.
Y ahora no sabía qué hacer con eso.
Porque esa imagen era perfecta. Era más que perfecta.
Era «El cuerpo quieto». Era lo que había estado buscando desde el principio sin saber cómo se veía.
Era el final exacto, el tono que faltaba, la palabra que no había podido pronunciar.
Era dolor puro, puesto en forma. Y sí, también era una mujer muerta.
Una mujer violentada. Una mujer que eligió tragarse las pastillas en vez de seguir sobreviviendo a eso que el artículo no decía con todas las letras, pero que yo sabía muy bien cómo se llamaba.
Entonces volví a preguntarme: ¿podía usarla? ¿Tenía el derecho? ¿Y si no era mía? ¿Y si lo era, pero no podía demostrarlo? ¿Y si nadie venía a reclamarla? ¿Y si la historia completa se borraba y solo quedaba esa imagen colgada, brillante, inmóvil, diciendo más que todo lo demás junto?
La cabeza me ardía, mi cuerpo estaba entumecido.
El piso de madera parecía más frío que nunca, no había un solo rincón de esta casa que no estuviera contaminado por esa duda.
El gato dormía en el laboratorio, encima de las hojas de contacto.
Quizás él ya lo sabía, quizás siempre lo supo. Yo todavía no.
Y, sin embargo, en el fondo, debajo de toda la culpa, de toda la confusión, de toda la ética improvisada con la que intentaba ordenarme, había una verdad que no podía dejar de sentir: esa foto necesitaba mostrarse y esto no tenía que ver conmigo o mi carrera, sino que aquella imagen era su última palabra.
La foto hablaba, y yo, aunque no lo quisiera admitir, la había escuchado y no iba a olvidarla.
Me acordé de aquella tarde en Palermo con una nitidez que me dolía.
El cuerpo me la devolvía cada vez que cerraba los ojos.
El calor leve que había en la vereda, la transpiración en la espalda de la camisa.
Y ella. Esa mujer. Clara… Caminando unos metros por delante, con un tapado claro «demasiado claro para este mes, para esta ciudad, para ese cuerpo», y un andar que no era de este mundo, fantasmal, divino, preciso, determinado, quizás hasta ensayado, pero lo que más me sorprendía era que no titubeaba, llevaba la mirada al frente, no giraba para ver vidrieras, ni se detenía a cruzar la calle como los demás.
Iba hacia algún lugar con la certeza de quien ya sabe lo que va a encontrar.
Todo ese tiempo que la había seguido sobrepensé cada escenario, pero llegamos al bar, entró, la perdí y nadie pudo decirme donde encontrarla. Era insólito. ¿Cómo nadie la había visto entrar? Si era una presencia hipnótica para cualquier ser humano.
Recuerdo que me quedé en la vereda un buen rato, esperando que saliera por alguna puerta lateral, por algún hueco que no hubiera visto, como si fuera un artista del escape y yo la espectadora estúpida que se había perdido el truco, pero no salió, jamás apareció.
No podía haber estado tan distraída como para no verla.
Tenía que haber estado ahí. Lo único que sabía ahora es que esa mujer era Clara, sin lugar a dudas.
Tenía la misma curva en la espalda. El mismo cuello largo y tenso.
El mismo pelo sin peso, casi blanco. No había forma de que mi memoria hubiera fabricado esa silueta.
La había visto, la había seguido, la había perdido, pero la había visto.
Y entonces leí el artículo, otra vez. Y ahí estaba la palabra de la que quería huir «MUERTA».
Muerta en Berlín. En una bañera. Con pastillas y vinilos.
Y aquello no me hizo sentido. No tenía que ver con que yo creyera en la muerte, porque lo que había visto no era un fantasma.
Era un cuerpo, era calor, era músculo, era ritmo, era vida.
Clara estaba viva. Y si estaba muerta, alguien había fabricado su muerte con una precisión repugnante.
Alguien había montado esa escena como una actuación y no lo soportaba, no podía aceptarlo.
Clara no era una historia triste, no era una víctima para ser narrada por periodistas gallegas feministas que no la conocieron.
Clara no era una ceramista mediocre con un final fotogénico.
Clara estaba ahí, en Palermo, respirando entre desconocidos y yo no iba a dejar que se escapara de nuevo.
Tenía que trabajar, «El cuerpo quieto» era lo más importante en mi vida, pero no lo único.
Todavía me quedaban entregas que hacer. Me faltaba retocar tres fotos del shooting de ARENGA y me había comprometido a enviarle a Pedro las fotos que tomé en la exposición de la Polaca, ya editadas, para colgarlas en las redes sociales de la galería.
Estas últimas eran horribles, el trabajo de Aurora era tan malo que hasta mis tomas de ese día estaban feas.
Pensé en imprimir algunas para recordarme a mí misma que, si no me esforzaba lo suficiente, podía terminar como ella.
No tenía hambre, pero sabía que el cuerpo empezaba a aflojarse, que la mandíbula me temblaba un poco cuando me inclinaba para buscar algo y que la visión se me enturbiaba de a ratos.
No era novedad, siempre me pasaba lo mismo cuando me obsesionaba con algo: dejaba de comer sin darme cuenta.
Sin motivo épico, sin decisión tomada, simplemente pasaba, pero ahora no podía darme el lujo de desmayarme.
No mientras yo tuviera esta carga laboral.
No mientras Clara flotara en el aire como una verdad a medio escribir.
Abrí la aplicación del delivery de comida sin ganas y pedí al lugar de siempre, comida peruana, un tiradito de algún pescado que se había vuelto común porque era lo primero que aparecía y tenía un nombre fresco.
Mientras confirmaba la orden, decidí que era momento de abrir el único vino blanco que me quedaba, una botella olvidada en la parte baja del mueble.
Un Sauvignon Blanc chileno, de una viña costera que había traído de mi último viaje y estaba guardando para una ocasión especial.
Últimamente no había tenido muchas ocasiones especiales por lo que decidí que le había llegado la hora.
Era herbal, ácido y delicado, justo lo que necesitaba.
Serví una copa hasta la mitad, y le di de comer a Bukowski.
Me miró sin afecto, solo con esa constancia brutal de los animales que saben que vamos a fallarles igual.
Puse Édith Piaf en la televisión, lo más trillado de su repertorio.
Quería invocar a Clara, a su espectro, a su miedo, a su rastro.
Si estaba muerta, que se manifestara. y si estaba viva, que me encontrara.
Subí el volumen y me dejé caer en la silla, sosteniendo la copa entre las piernas, sin beberla todavía.
Solo escuchaba a Piaf cantar por una patria que no era mía y un amor que no entendía.
El timbre sonó cuando la canción empezaba a volverse tolerable. Me levanté con lentitud, imaginando la bolsa de papel con manchas de grasa, la salsa derramada, el repartidor con prisa.
Abrí la puerta y sí, ahí estaba: la comida en su envase blanco, con el nombre mal escrito y una sonrisa dibujada con fibrón.
Le agradecí sin mirar y cerré, pero antes de llegar a la mesa, volvió a sonar el timbre.
Pensé que el repartidor se había confundido, que había traído dos pedidos, que quizás me quería avisar algo. Volví a abrir.
Nadie.
Lo vi recién cuando miré hacia abajo. Un sobre de papel kraft, rugoso, sin marca, sin remitente, pero eso no estaba antes, cuando abrí para recibir la comida. Era nuevo y lo habían empujado por debajo de la reja en esos pocos segundos.
Lo levanté sin pensar. No pesaba nada, y sin embargo, lo sentí denso. Como si algo en mí ya supiera lo que estaba a punto de encontrar.