El cuerpo quieto 6. Berenice #2
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6. Berenice #2

Era madrileña y cineasta, o al menos ella juraba serlo.

Aunque en realidad sólo había filmado un cortometraje con una actriz que estaba enamorada de ella y que se pasó todo el rodaje llorando detrás del vestuario.

A mí me encantaba. No su cine, ella. Esa forma que tenía de fumar con rabia, de hablar sin pausas, de inventarse enemigos cuando no pasaba nada.

Me gustaba como una enfermedad leve, para pasar un par de días en cama y olvidarse.

Nos habíamos cruzado muchas veces. Cafés que duraban horas y no terminaban nunca en orgasmo.

Nos conocimos en Berlín, en una charla sobre autorrepresentación y cuerpo femenino en la fotografía contemporánea.

La charla era una porquería, pero el vino era gratis y la gente parecía interesante.

Yo estaba recién llegada a la ciudad y Giorgio no siempre me acompañaba a eventos, por sus fobias.

Begoña llevaba una camiseta blanca con una frase en alemán que después supe que significaba «yo también me harté».

Me hablaba de su guion eterno, ese que estaba escribiendo desde hacía años y nunca terminaba, con una protagonista muda, una madre devota y un galgo albino que lloraba cuando sonaba Rachmaninoff.

Yo la escuchaba porque me gustaba mirarla hablar.

Era preciosa de una forma difícil. Demasiado morena para los estándares europeos, una auténtica mora contemporánea.

De tez oscura, labios carnosos siempre rojos y una media melena rizada imposible de controlar.

Sus ojos negros eran poco expresivos, pero lo compensaba con el ceño fruncido a todas horas.

Era grotesca para vestirse, le gustaban las pieles sintéticas, los colores estridentes y los cueros plásticos.

Todo en un envase pequeño que apenas superaba el metro con cincuenta de altura.

Solía parecer una niña disfrazada que no paraba de gritar y sacudir los brazos.

Era amiga de todo el mundo, pero al mismo tiempo no encajaba en ninguna parte, supongo que eso me atrajo de ella.

Nunca intimamos, aunque un poco sí, pero no.

Fue una de esas cosas que no se consuman, no faltaba deseo, pero se fue convirtiendo en otra cosa.

En el medio había cigarrillos, paseos por barrios periféricos, críticas feroces a las muestras de otros artistas, historias de sus exnovias.

Una vez me regaló un anillo de madera que le había hecho una escultora india y que me calzaba perfecto en el dedo índice.

«Para que señales todo lo que odias», me dijo y después me besó.

Fue en mi casa, con la cuarentena en pleno auge, no había muchos eventos a los cuáles ir, y yo me estaba aburriendo bastante. El beso llegó desubicado después de ver una película japonesa sobre una mujer que tragaba agujas. Tenía sabor a whisky barato y a desesperación contenida.

Pensé que al día siguiente me iba a escribir algo dulzón, alguna estupidez posmoderna, pero nada. Nos vimos iguales. Seguimos iguales. Todo igual. Pero ahora con ese silencio que hace ruido cuando te rozas.

A ella le molestaba todo de mí, principalmente el hecho de que yo no me consideraba una lesbiana persé, ponía cara de asco cada vez que le contaba que me gustaba un hombre.

Ella no quería estar con alguien que podía «comer de cualquier plato».

No me tomaba en serio. A veces yo hablaba y ella me decía que estaba diciendo frases robadas.

Que yo siempre hablaba con palabras vacías como si estuviera escribiendo y que se notaba que había perdido el interés.

Además, que si no pensaba entregarme, al menos que no le hiciera perder el tiempo.

Una tarde salimos a pasear en bicicleta, se ofendió y se fue a la mitad del recorrido.

No entendí porqué se enojó tanto, o sí, pero no le di importancia.

Después de eso me escribió un mensaje larguísimo diciéndome que yo era una piedra hermosa, que estaba hecha de mármol caliente y que ya estaba harta de besar esculturas, que una vez soñó que yo era un museo vacío, que no podía más con mi silencio. Le respondí: «ok» y la bloqueé.

Me olvidé de ella hasta que decidí preguntar en el foro de sus amigos, si por casualidad alguien conocía a Clara. Y sí, ella aparentemente la conocía.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Asunto: no sé qué esperas de esto.

Ándate a la mierda, Berenice.

(link)

Así. Sin coma, sin saludos, sin adornos. «Ándate a la mierda berenice». Todo junto, como un golpe, pero con un link .

Supuse que saber de mí, después de haberla descartado de mi vida, no le hizo ninguna gracia.

Estaría quizás sintiendo celos de esta mujer y montando un drama, ese era su sello característico, el sello Begoña.

Ahora vendrían seguidillas de correos en los que pasaría de la melancolía al odio, me pediría volver a vincularnos, y yo hasta podría haberle dicho que sí, pero tenía trabajo que hacer, una serie de fotos que concluir, una muestra que montar y también tenía que encontrar a Clara imperiosamente.

Pedirle ayuda para contactar al fotógrafo fantasma que usó mi cámara y apropiarme de su obra.

«No había tiempo para romances, ni para Begoñas».

Decidí no demorarme más en mis micronarrativas mentales y abrir ese link .