6. Berenice
N o estaba segura si era real, tenía esa sensación de que mi mente estaba comenzando a crear cosas que no estaban allí.
Pero ¡carajo! Se veía tan real. Tenía esa forma de caminar que no se olvida, el gesto leve de alguien que ya no necesita mirar a los costados porque no tiene miedo de que la atropellen ni de que la sigan.
Caminaba como si no esperase nada del mundo, y al mismo tiempo, como alguien a quien el mundo ya le pertenece por completo.
Quizás me había ido al otro lado de la sanidad mental. Tal vez la obsesión me había pegado tan fuerte que había comenzado a generar materia. Capaz no solo pensaba en ella: la creaba, le daba un cuerpo material, un andar, un outfit .
Pero esa idea de ficción cuántica, que en otro momento me hubiera asustado, no me provocó nada.
Ni un sacudón, ni una lágrima. Estaba demasiado cansada para preocuparme por mi cordura.
Lo único que quería era una respuesta, aunque fuera una respuesta estúpida.
Aunque fuera errada. Aunque me llevara a otro lugar que no sirviera para nada.
Mi móvil vibró sobre la mesa del comedor, me había llegado un correo. Sonreí al recordar la frase absurda que usé como asunto: una cosa rara. Una decisión peculiar, dado que lo que me estaba pasando no era una excentricidad simpática, sino el derrumbe lento de mi percepción.
Para: [email protected]
Asunto: Re: una cosa rara
Berenice,
No sé qué me da más gracia: si tu teoría policial sobre mis habilidades de fotógrafo clandestino o el hecho de que sigas escribiéndome en falso italiano como si yo no hablase seis idiomas mejor que tú. Me das ternura, casi.
Pero no, amore, no fui yo. Nunca toqué tus cámaras. No dejo que me toquen a mí, menos voy a tocar un objeto que otro usó, sudó y respiró. Lo sabes. Siempre te reíste de lo mismo. Así que si estás buscando un culpable, busca en otro lado.
Ahora me dejaste con curiosidad. Mandame una de las fotos, por favor. Quizás reconozco algo, una cara o alguna ubicación.
Te abrazo fuerte,
Gio
Me quedé leyendo el correo con una mezcla incómoda de agradecimiento y fastidio.
Tenía razón: era ridículo pensar que él, que se lavaba las manos hasta pelarse la piel si usaba transporte público, iba a tocar mis cámaras, pero el problema no era si lo había hecho o no, el problema era que no tenía otra hipótesis.
No había otro nombre. Ni otra casa donde la cámara hubiera dormido, ni otro fotógrafo cercano que pudiera haber tenido acceso a mi cámara.
Y, sin embargo, aunque su negativa no me ayudó en nada, el tono me ablandó. Sus palabras fueron un bálsamo cálido. Esa manera de hablarme, como si fuéramos dos viejos que compartieron un pasado sucio, pero noble. Quizás en algún momento había estado enamorada de él, aunque ya no lo recuerdo.
Y entonces, sin pensarlo más, abrí la carpeta de las fotos, seleccioné una para enviarle, la más ambigua, la menos íntima, pero igual de bella. Una en la que la mujer está con el rostro apoyado sobre el codo, usándolo como almohada en el borde la bañera.
No escribí nada. No pregunté nada. No quise condicionar la respuesta con ninguna palabra.
Adjuntar. Enviar. Esperar.
Para: [email protected]
Asunto: una cosa rara
Bere,
Esa mujer se llama Clara. Estoy seguro. Es una modelo argentina o uruguaya, eso no lo recuerdo, pero sí fue musa de varios. Vivía en Berlín en la misma época que nosotros. La época del vino caliente en vasos descartables.
No la conocí bien, pero sí la vi varias veces. En eventos, presentaciones, fiestas de artistas aspirantes. Era bastante callada, tímida, siempre ausente. No era especialmente bella, pero tenía algo. Podía pasar desapercibida, entiendo que no la recuerdes.
No tengo idea de dónde es ese lugar, parece un hotel. Pero la cara, sí. Esa es Clara.
Cuéntame todo, esta historia me tiene emocionado.
Gio
El nombre no me trajo alivio sino una especie de electricidad amarga. Una sacudida inútil en el estómago, miedo a abrir una puerta que no lleva a ningún lado.
Clara.
Giorgio lo escribió con una naturalidad espantosa, con la liviandad de quien dice que mañana va a llover o que se acabó el café.
Clara. Así, a secas. Clara. Una mujer con nombre.
Una aparición con archivo. Una figura fantasmagórica que, de pronto, tenía un registro civil, una nacionalidad, un pasado posible, pero lo peor era que yo seguía sin saber quién era, que por más que rebuscara entre los años, en los bares oscuros de Berlín, en las noches de galería con vino barato, en las camas donde dormí mal acompañada y los almuerzos donde fingí hablar alemán, no la encontré. No estaba.
Y, sin embargo, Giorgio dijo que sí, sabía lo suficiente de ella por lo que indicaba en su correo, quizás no tan personal, pero tenía detalles, muchos más de los que yo podía saber solo por observar la foto.
Su correo me hizo pensar que Clara era una criatura de otro mundo o quizás así la imaginaba yo.
«¿Tan invisible puede ser una persona para que solo la recordemos por ser silenciosa y ausente?».
Ahora tenía un nombre y, con el nombre, un nuevo infierno. Porque sí, existía, y había que encontrarla.
Y si no se dejaba encontrar, entonces había que decidir si insistía hasta enfermarme o si dejaba todo ahí, en esa foto perfecta, aceptando que no iba a tener final.
Pero yo nunca fui buena para aceptar, no sabía cuándo parar, tenía esa obsesión podrida que me hacía seguir una idea aunque me matara.
Aunque se me pudriera en las manos. Aunque terminara diciéndome cosas que no quería saber.
«Clara. Clara. Clara. Clara. Clara. Clara. Clara. Clara. Clara. Clara».
Podía buscarla en redes. Podría buscar en Google su nombre con filtros: «Clara + Berlín + modelo». Podía revisar mis fotos viejas, hacer zoom en los márgenes, buscarla entre los desenfoques, en las esquinas, en los rostros que alguna vez pasé por alto.
Podía preguntar, quizás armar una mentira, inventar un casting , publicarlo, ver si aparecía.
Podía imaginarla en cada cuerpo parecido que se cruzara por mi vista, pero nada de eso me garantizaba que fuera a encontrarla.
Y aun así, sabía que lo iba a hacer igual porque ahora tenía un nombre, y cuando algo tiene nombre, ya no se puede soltar.
Lo dije en voz alta. Clara. Y todo empezó a tener sentido. Esa tarde usé la computadora como si fuera una ouija.
La pantalla blanca era más brillante que mis intenciones, pero no importaba.
Me serví un whisky , encendí un cigarro, abrí una planilla de contactos vieja, una de esas que armaba con datos que no volvería a necesitar.
Berlín, 2020, 2021. Varios años, varias vidas.
Nombres que no recordaba hasta leerlos. Apodos de borrachos, combinaciones de idiomas, claves de puertas. Empecé a escribir.
No sabía cómo preguntar. No podía mandar un mail diciendo: «Hola, ¿conoces a una mujer que parece un espectro hermoso con olor a humedad?
Se llama Clara, yo no la conozco, pero encontré sus fotos perdidas.
Necesito encontrarla. Quiero saber dónde está.
Quiero saber si me deja poner su cuerpo en una galería».
No podía decir eso, así que mi mensaje salía disfrazado.
Escondido entre excusas de reencuentros, de búsquedas artísticas, de ganas de saber en qué andaba la gente. Todo mentira.
Las respuestas no llegaban. Y yo seguía escribiendo.
Busqué en Facebook, en grupos muertos, en comentarios viejos de eventos que ya no existían.
Me metí en hilos que hablaban de colectivos de arte que habían durado dos semanas.
Gente que alguna vez me invitó a tocar un sintetizador en un sótano.
Mandé correos electrónicos en inglés, alemán y español.
Algunos rebotaban. Otros no tenían respuesta.
A algunos les inventé excusas. Dije que estaba haciendo una recapitulación de mi trabajo, que necesitaba reconstruir una época, que Clara había sido parte de un proyecto de esos años.
Lo que fuera con tal de que alguien dijera: «Sí, me suena», pero nada.
Clara no aparecía. No tenía rastro digital.
Era como si el mundo hubiera decidido no documentarla.
O como si alguien la hubiera borrado a propósito, y eso era aún más raro.
Estaba temblando al compás del cigarro que me fumaba.
Entremedio me mordía el labio mientras miraba fijamente la bandeja de entrada, esperaba que mágicamente fuera a cambiar algo.
No sabía si quería encontrarla para pedirle permiso, para pedirle perdón, o para obligarla a recordar algo que quizás no quería recordar, pero sabía que, si la encontraba, podía pasar algo.
Que tal vez ella podía decirme quién había tomado las fotos.
Que quizás me diera su consentimiento. Que, después de todo, esa imagen quizás sí iba a poder colgarse en la galería.
Que «El cuerpo quieto» iba a tener el cierre perfecto.
Las respuestas empezaron a llegar como llegan las malas noticias: a deshoras, sin firma y con el tono impersonal de quien no quiere involucrarse.
Muchos ni se molestaron en fingir interés.
«No me suena», «No recuerdo a nadie así», «Yo en esas fiestas ya estaba medio borracho siempre, perdón».
Un par de veces me preguntaron si era para una película, si necesitaba actriz.
Una incluso me ofreció a su prima, que hacía pole dance y había hecho de extra en una serie alemana sobre sirenas. Le agradecí. No supe si llorar o reír.
Después de ella, apareció Begoña.
Vi su nombre en la bandeja de entrada y me ardió la cara. Después de tanto drama, había elegido sepultar nuestra historia y nunca volver a mencionarla, pero esconder el pasado entre escombros no siempre me daba resultado.
Begoña Muñoz.
Había que decir su nombre como se dice un conjuro. Como si al nombrarla pudieras convocar un terremoto elegante.