El cuerpo quieto 5. Berenice #2
20%

5. Berenice #2

Empecé a reconocer nombres, estéticas, obras que había visto y olvidado, y también mucha basura.

Mucha. Reabrí perfiles de redes que no usaba desde hacía años, me metí en portafolios de colegas esperando encontrar una pista, pero nada vibraba en el mismo tono.

O eran demasiado explícitos, o demasiado tibios. Y yo buscaba eso que no tenía nombre.

Pero nada. La foto seguía ahí, callada. Mirándome. Diciendo: no me vas a encontrar así.

El tercer día decidí no trabajar en eso. Quería recomponer mi humanidad, aunque sea la parte más básica: bañarme, comer algo que no fuera pan seco con pasta de maní, lavarme el pelo, cambiar las sábanas que ya olían a pensamiento viejo y a gato, y si me quedaban fuerzas, salir.

Me puse un vestido negro de algodón grueso largo hasta los pies, que me hacía sentir menos espectro.

Lo acompañé con botas de montar y con una bufanda gris y gruesa, que robé sin culpa en una casa de huéspedes en Valparaíso.

Me dibujé los labios con Ruby woo, mi lápiz rojo favorito.

No me quedaba del todo bien, contrastaba drásticamente con mi piel pálida y resaltaba mis ojeras, pero me hacía sentir viva. Y salí, fui a The Ornamenta.

Pedro estaba ahí, arreglando unas luces cual técnico de teatro. Me vio entrar y abrió los brazos como si yo fuera un premio. Le dije que ya casi tenía la foto que faltaba. Él me abrazó sin tocarme demasiado, intuyendo que yo no estaba del todo tocable.

—¿La conseguiste? —preguntó.

—Todavía no —le dije—, pero estoy cerca.

No mentí, al menos no del todo. Sabía que no era mía, aunque estaba convencida de que la iba a conseguir. O de que la iba a replicar.

La mirada de Pedro me indicó que no se estaba creyendo ni una palabra, seguramente porque llevaba meses prometiendo lo mismo.

—Bere, falta poco para la muestra. Entiendo tu obsesión con los números pares, pero quizás tengas que dejar la serie como está. Es potente y a la crítica le va a encantar.

—Todavía le falta, no está lista. Yo no estoy lista —repliqué.

—Lo entiendo —suspiró, probablemente frustrado de lidiar con mis tonterías—, pero podrías presentar aquí en Buenos Aires la serie tal como está ahora. Y guardarte esa última foto para el estreno en Milán. Como un contenido extra, algo especial para la exhibición grande.

—Que me digas eso me deja muy en claro que no lo entiendes —afirmé—. Es demasiado importante que sea perfecta, aquí y en Milán.

—Ya es perfecta —aseguró—. Solo estoy tratando de cuidarte. De nada sirve que te obsesiones con esto hasta el punto de boicotear tu propio futuro. ¿Qué va a pasar si llega el día y no completaste la serie?

—Se cancela, Pedro, te lo dije desde el comienzo. Ya sabías que la obra estaba inconclusa cuando reservaste la fecha. Yo simplemente no puedo presentar algo así —dije a riesgo de perder a mi único amigo y a la única persona que velaba por mi carrera.

—Y yo simplemente no puedo dejar que no lo presentes —insistió—. Tienes nueve fotos maravillosas, emotivas Bere. El concepto es espectacular y la fecha está reservada, no podemos fallarle al dueño de la galería.

—Tú eres el dueño de la galería, gilipollas.

—Lo sé, ¿no es genial? —Sonrió y yo me derretí un poco. Supe entonces que no lo perdería—. Lo cierto es que, estimada señorita Lasala, no puede salirse de este contrato. Puse una cláusula en la que me promete su alma si cancela la exposición.

—¿Y para qué ibas a querer mi alma?

—Menos se le pregunta al diablo, Lasala —guiñó el ojo.

Pedro se movió hacia la cocina y desapareció unos minutos. Volvió con un café enorme para mí y con las expectativas repuestas.

—Me dices que estás cerca de conseguir la última foto. Cuéntame de eso. —De pronto estaba usando el tono psicólogo que tanto me fastidia.

—Pensé en una imagen diferente. Una mujer en una bañera, abrazando sus últimas esperanzas. Tiene que ser una bañera antigua y ella tiene que verse muy vulnerable.

—¿Pero ese cuento lo estás inventando tú o es la historia verídica de una mujer que entrevistaste?

—Lo inventé —dije y nunca me había sentido tan avergonzada.

—Espera, Berenice, «El cuerpo quieto» es una serie de fotografías en las que mujeres reales posan contando su historia.

—Bueno, en teoría… —Iba a explicar mi plan detalladamente, pero me interrumpió.

—Y ahora te vas a inventar una historia para recrearla con una modelo de un grupo de Facebook.

—Sé que es arriesgado y que si lo descubren podría perder credibilidad la obra completa, pero necesito esa imagen, más que cualquier otra cosa.

—Me encanta —indicó—. Es polémico y nos da el subidón de adrenalina que nos estaba faltando. Todo se estaba poniendo plano, eso no te representa.

De ninguna manera podía contarle a Pedro sobre las fotos misteriosas, se iba a obsesionar con usarlas y me daba mucho más miedo lo que podía pasar si aparecía el fotógrafo real.

Mi carrera podía recuperarse de haberle pagado a una actriz, pero no iba a recuperarse de haber robado las fotos a un colega.

Tenía esa idea en la cabeza desde hacía un rato: contratar una actriz, buscar una bañera parecida, recrear la escena.

No era lo ideal, sería un simulacro. Un cadáver conceptual refrito con algo de maquillaje, pero si no podía usar la foto original, si no daba con el autor, si el mundo se negaba a darme respuestas, entonces iba a fabricarlas.

Sería la última opción. «No me importa si tengo que ser la deshonesta del mundo artístico por un rato». Solo tenía que asegurarme que fuese legal . Todo lo demás, era robar.

—Confío en tí. Si tenemos que buscar la modelo e inventarnos la historia, es lo que vamos a hacer. Podemos pagar bien y hacer un contrato de confidencialidad para protegernos.

—¿No te decepciona que tenga que recurrir a una pantomima para poder completar la obra? —pregunté.

—Me llena de orgullo, Bere. Honestamente tenía mucho miedo de que todo el asunto de la foto final fuera una excusa para no presentar, pero esto me demuestra compromiso.

—Ojalá pudiera sentir lo mismo. Me repito una y otra vez que soy un fraude.

—Eso le pasa a los grandes. —Sonrió—. Si fueras un fraude, ni siquiera se te pasaría por la cabeza pensarlo.

—Si nos descubren y todo se va al carajo, pensé que podríamos decir que construí esa imagen buscando representarme a mí misma.

—Y así controlamos la narrativa —afirmó—. Eres jodidamente brillante. «El cuerpo quieto» va a ser una bomba.

—Y me puede explotar en la cara.

—¡No seas dramática! —Pedro reía y yo me creía cada una de sus palabras—. Dame tu voto de confianza, hazme caso. Van a pasar varios años y en los almuerzos de galeristas van a seguir invocando tu nombre.

—Voy a buscar, entonces, a la modelo perfecta.

—Después me envías las facturas de los gastos y asunto cerrado. ¡A por ello!

Es difícil explicar el efecto que Pedro producía en mí.

Era un hombre hermoso por dentro y por fuera.

Esa altura impecable, la mandíbula perfecta a juego con esos ojos marrones grandes que parecían contar verdades ocultas.

«Y es tan inteligente el desgraciado» . Siempre tenía las palabras justas para calmarme, me gustaba porque sonaba ensayado y auténtico al mismo tiempo.

Nos conocíamos hacía demasiado tiempo, de casualidad, en Barcelona donde él vivía, pero no era feliz.

Y yo no era feliz en ningún lado. Conectamos rápido porque yo me creía un poco española, supongo que eso es gracias a la ciudadanía que tramitó mi padre en pleno 2001, cuando la crisis económica estaba en su esplendor y había que tener vías de escape.

Mi acercamiento a Pedro crecía con cada mensaje, y aunque no era algo romántico, yo no podía dejar de pensar en él.

Al poco tiempo se mudó a Buenos Aires, y si bien yo seguía vagando por el mundo, accedí a que me representase.

No existe mejor manager que él, y como mi obra no se vende sola, nuestro contrato fue la mejor de mis opciones.

Lo adoraba, lo admiraba, lo imitaba cuando podía.

¡Ostias! Pedro podía convencerte de lo que sea.

Podría venderle un sombrero a una mujer sin cabeza, y yo sin duda querría fotografiar eso.

Mi regreso a Buenos Aires coincidió con su divorcio, el segundo. Siendo indiscreta, Pedro vive enamorado del amor, aunque nunca le funciona, y desde entonces hemos sido inseparables.

Charlamos un poco sobre mis expectativas con la inauguración de la muestra y no se sorprendió cuando descubrió que la única que tengo es sobrevivir al proceso. Cuando alguien no se sorprende con tus miserias, has encontrado tu hogar.

Después de eso, me fui, pero no quería volver a casa, la casa pesaba. Tenía ese olor agrio de los días cerrados, y esa foto que me miraba, aunque yo no a ella.

Compré un chai latte en un café con sillas de ratán que me daban ganas de prender fuego.

Algún día el gremio de cafeteros va a descubrir que son tan incómodas como feas y ese será un buen día para mí.

El chai era dulce, especiado, enorme. Me lo dieron en un vaso de cartón con una tapa de plástico blando que parecía morder el borde.

Me fui caminando hasta una plaza. Me senté en un banco de piedra y encendí un cigarrillo.

El primero del día o el cuarto. No llevaba la cuenta.

Miré gente. Eso. Mirar a la gente era mejor que mirar a la nada.

Una pareja se besaba como si recién se conocieran y ya supieran que no iban a durar.

Una mujer en jogging rosa hablaba sola por auriculares mientras arrastraba un caniche miniatura vestido con campera.

Un muchacho vendía sahumerios que parecían salchichas rodadas en barro.

Tres adolescentes escuchaban trap en un parlante con luces de colores.

Me imaginé a la Polaca esperando que alguno se ponga a mear.

Yo me concentraba en los rostros, en los ojos, en las espaldas.

Y entonces la vi. El suelo tembló un poco y se me agrió la boca. Era ella, la mujer de la bañera.

Fue un golpe sordo, como una alarma sin ruido.

La mujer cruzaba por la esquina, vestida con un tapado largo color beige, el cabello rubio, fino, recogido de forma apurada.

Una silueta conocida pero lejana, un recuerdo mal enfocado.

No vi su cara, aunque hubo algo en su forma de caminar dubitativa, en la forma en la que le caía el abrigo enorme sobre los hombros flacos que me pegó en el centro del pecho.

La mujer más insulsa e impactante que vi en mi vida.

Me paré, tiré el vaso a la mierda sin terminarlo, el cigarrillo quedó encendido en el suelo y la seguí.

Caminamos, «bueno ella caminó, yo la perseguí», durante cuarenta, casi cincuenta minutos.

Pasamos por las calles más tontas de Palermo, las tiendas de ropa de lujo de segunda mano y los antros holísticos no llamaban su atención.

Ella no miraba nada. Avanzaba. Y yo detrás. Como una ladrona o quizás una fanática.

«Si me apresuro, la alcanzo».

Esa certeza me subió a la garganta como un reflujo. La vi caminar delante de mí con ese ritmo parejo, sin apurarse, sin detenerse, como si no le pesara el cuerpo, como si no supiera que estaba siendo seguida o no le importara.

Podía correr y tocarle el hombro. Decirle algo, cualquier cosa, preguntarle si la conocía, o contarle que la vi en una foto que no sé de dónde salió, y que su aparición en ese rollo me había roto la cabeza y no podía dormir desde entonces.

Mentira. Sí podía dormir. Lo que no podía era despertarme sin pensar en ella.

Tenía todo un discurso armado, lo había ensayado mil veces en la ducha, en la cama, mientras le daba de comer al gato.

En mi cabeza, cuando la encontraba, la escena era perfecta.

Le hablaba con voz tranquila, con esa solemnidad suave que uno cree que es inteligencia.

Ella me escuchaba, me entendía, me preguntaba si quería un café y me daba su historia.

Pero ahora que la tenía a veinte metros, no me salía una sola palabra. Tenía la boca seca y las manos frías. El corazón golpeándome el esternón con la violencia de un amante abandonado.

La seguí por la calle Gurruchaga, después por El Salvador, después por un pasaje con árboles sin hojas y una casa vacía detrás de un portón de hierro.

El chai se me revolvía en la panza, la bufanda me apretaba la garganta y la luz de la tarde se había vuelto insoportable.

A veces la perdía entre la gente y creía que se había evaporado, pero volvía a verla. Ese cabello escaso, casi blanco, que brillaba como vidrio roto bajo el sol. Esa forma de pisar, silenciosa y precisa que no dejaba huellas.

La seguí como una sombra con hambre. Como una espía, como una ex obsesionada. No tenía ningún derecho a hacerlo, y eso me excitaba. Sentía como me volvía la vida en cada paso.

Fantaseé con rozarle el brazo, con preguntarle si alguna vez había estado en Suiza, con decirle que tenía una foto suya, que no era mía, pero que la había hecho mía. Pensé en mostrarle la impresión, sacarla de mi bolso, tenerla enrollada como una bandera secreta.

Pensé en su respuesta, si lloraría o se ofendería, quizás terminaría gritándome o riéndose en mi cara. Pensé en que dijera: «Yo no soy esa», y me dejara igual de vacía que antes.

Pensé en besarle la mano, en preguntarle el nombre y decirle el mío. En decirle: «Quiero poner tu foto en una galería. Necesito que el mundo vea lo que yo vi. Quiero que entiendan que hay belleza incluso en lo que duele».

Pensé tanto que me olvidé de caminar más rápido. Intenté recuperar la marcha, pero fue imposible, la estaba perdiendo.

Pude verla casi con claridad hasta que entró en un bar. Uno que reconocí, porque había hecho una sesión ahí en el verano. Una barra de azulejos verdes, con el mesón de mármol negro y luces de techo de cobre falso. Plantas, muchas plantas colgantes de poliéster.

Entré apenas se cerró la puerta detrás de ella, pero no estaba, no la vi. Busqué con los ojos cada mesa, cada rincón. Nada, nadie.

Fui hasta el baño y abrí con torpeza la puerta. Vacío.

Pensé que podía trabajar ahí, que quizás era una empleada y estaría en la cocina. Fui hasta la barra y le pregunté al barman si había visto a una mujer rubia, delgada, con un tapado beige largo, jeans y zapatillas negras. Me dijo que no, que acababan de abrir. Que yo era la primera en entrar.

Pedí un whisky que me sirvió en un vaso corto con un hielo triste. Me supo a cartón húmedo y a canela rancia. Una mezcla asquerosa con el chai que todavía me tapizaba la lengua.

La mujer tampoco estaba en mi vaso. Lo tomé igual, de un trago. Como se toma la derrota.