El cuerpo quieto 5. Berenice
17%

5. Berenice

D esperté con gusto a tabaco y whisky viejo pegado al paladar. No sabía si eran las ocho o las once, si había soñado con algo importante o solo con la cara borrosa de mi padre diciéndome cosas que nunca iba a terminar de entender.

Me quedé acostada un rato, con los ojos entreabiertos. Cargaba en los párpados la pereza alimentada por el miedo. Sabía que si me levantaba, iba a mirar las fotos otra vez, y si las miraba otra vez, me iba a tentar. Porque eran perfectas, dolorosamente perfectas.

La foto de la bañera: ella en posición fetal, la piel mojada, la espalda delineada como si la hubiera tallado alguien que me conoce. Tenía una composición que yo no lograba ni cuando lo intentaba con furia. Y esa era la peor parte: yo no la había hecho.

Pero también era lo mejor, porque completaba la serie sin más esfuerzo, sin más búsqueda. Era la pieza que faltaba, la que no podía inventar. La que no lograba crear.

¿Y si la incluía en la muestra? El pensamiento me llegó como un soplo caliente al cuello.

Fui al comedor. Las miré otra vez una por una. Las toqué con la yema del dedo, como si fuera piel.

Durante toda la mañana me persiguió la misma idea, redonda, insistente, absurda en su lógica y perfecta en su perversión: si encontraba al verdadero autor de esas fotos, si llegaba a él, «o ella, o lo que fuera», y lograba convencerlo de venderme su trabajo, de firmar una cesión, un contrato, un pacto, entonces podría hacerlas pasar por mías.

No para siempre claro está, pero sí para esta muestra, para este momento.

Para el cierre de «El cuerpo quieto». Soñaba con colocarla en ese marco blanco, esa última pared, ese golpe final de silencio.

No tenía que ser eterno, solo necesitaba que funcionara una vez y que le diera cierre a todo, que dejara al público sin palabras, y quizás a mí también, con algo que doliera por su belleza.

Algo de lo que pudiera huir después. Como lo hago con todo.

La idea me golpeaba mientras desayunaba con el estómago cerrado. Mientras trataba de concentrarme en la textura del pan tostado y no en los huesos mojados de la mujer de la bañera. Bukowski me miraba desde la mesa, evidentemente él también tenía una opinión sobre el asunto, pero distinta a la mía.

El plan era simple en su estructura, pero imposible en la práctica: encontrar al autor, pagarle, apropiarme y olvidarme.

Sabía que estaba mal, pero ¿qué era estar mal en este contexto?

Yo no había robado las fotos. Habían aparecido en mi rollo.

Eran, en un sentido técnico, parte de mi obra.

Estaban mezcladas con mis imágenes, con mis errores, con mis intentos.

Las había revelado yo, las había sostenido yo con las manos mojadas.

Las había sentido crujir contra mi pecho.

Al fin y al cabo, había sido como parirlas. « ¿No basta con eso?». No, no bastaba porque había otra presencia, un ojo que no era el mío. Una mirada que no podía adjudicarme.

Y estaba la mujer. La columna vertebral dibujada con la luz exacta, la piel que parecía más tela que carne, los lunares en el brazo izquierdo, los dedos arqueados como ramas en invierno.

Ese gesto entre el abandono y la espera. Esa manera de mirar hacia algo que yo no podía ver. Algo que estaba fuera del cuadro, pero dentro de su cabeza y se fundía en su mirada.

Ella no me había elegido, no me había dicho que sí, no había firmado nada, no había posado para mí, y sin embargo, todo en esa imagen me pertenecía. Me hablaba como solo me han hablado las fotos que saqué en mis momentos más lúcidos, más obsesivos, más rotos.

La controversia era doble y cruel.

Por un lado, el autor: ¿quién había hecho estas imágenes? ¿Dónde estaba? ¿Era alguien que yo conocía, que me conocía, que había usado mi cámara con una especie de reverencia silenciosa o con una brutalidad invasiva? ¿Me las había regalado o me las había colado como un castigo?

Y por el otro, la mujer. La modelo, la presencia, la víctima. ¿Quién era ella? ¿Dónde estaba ahora? ¿Recordaba ese día? ¿Recordaba al fotógrafo misterioso? ¿Sabía que alguien la había mirado así y que ahora otra persona, « yo », la miraba del mismo modo, con la misma violencia y el mismo deseo?

Y si la encontraba, si lograba dar con su nombre ¿qué le diría? «Hola, apareciste en un rollo mío, pero yo no te fotografié. Me enamoré de la imagen. Necesito mostrarla».

Quería convencerme de que era posible. Que una de esas dos personas podía aparecer.

Pero la verdad era que no tenía ni una sola pista y mi profesión no era la de un detective precisamente.

Mi mente se perdía fantaseando con la escena de ese momento: yo encontrando al fotógrafo, mis pensamientos lo pintaban como un hombre delgado, calvo, con olor a químico y una tristeza larga como pasillo de hospital.

Vívidamente le ofrecía plata. Monto exacto, sin regateo.

Le hablaba como una artista a otro, con respeto, y con la desesperación elegante de quien ha visto algo que no puede producir por sí misma.

Le decía que esas fotos no podían quedar guardadas, que eran demasiado importantes.

Mi muestra las necesitaba, el mundo las necesitaba.

Y él asentía, como los personajes buenos en las películas malas, firmaba el papel, me daba su bendición, me daba su obra, me daba la posibilidad de mentir.

En otras versiones del mismo delirio, el fotógrafo no era un hombre triste y dócil, sino una mujer sueca, flaca y hostil, con un peinado prolijo y una mirada de burócrata escandinava.

Se negaba a darme el derecho de uso de las fotos con una frialdad olímpica, y yo, « en mi imaginación demente », la amenazaba con denunciarla por haberme robado la cámara.

En esa misma fantasía ella tenía problemas con migraciones, papeles vencidos o un pasado dudoso, y terminaba cediendo, firmando el permiso con desgano, sin siquiera pedirme un centavo. Me decía algo como:

— ¡Haz lo que tengas que hacer, maldita! —En sueco, claro, y se iba. Yo ganaba. Mi imaginación a veces no tenía límites, vergüenza tampoco.

Después imaginaba que la encontraba a ella, a la mujer fotografiada, le contaba todo, llorábamos juntas en un café, como si nos conociéramos desde siempre. Ella me decía que sí, me tomaba la mano y entendía. También quería que su dolor valiera algo.

Eran fantasías de borracha, lo sabía, pero no podía evitarlo. La muestra se acercaba, y cada día que pasaba, esa serie incompleta se parecía más a una traición. Y yo no sabía si estaba traicionando a la obra, a las mujeres que habían confiado en mí, o a mí misma. Quizás a todos.

Durante dos días enteros me dediqué a buscar pistas con una devoción que rozaba el delirio.

Solo me asomé a la calle para entrar los pedidos del supermercado.

Siendo una persona por demás analógica, lo peor de todo resultó ser que la única herramienta que tenía era mi computadora.

Ese ataúd brillante que siempre prometía respuestas y que ahora solo me devolvía vacío.

Le tomé una foto a la imagen impresa con mi celular y la subí a los motores de búsqueda.

No pasó nada. Google me escupió una lista de imágenes que no tenían nada que ver: una actriz rumana que hacía telenovelas en los noventa, una instalación artística japonesa con muñecas rotas, una publicidad vieja de agua mineral.

Ni rastro del cuerpo, ni rastro de esa piel mojada, ni del azulejo rajado del fondo, ni del grifo dorado cubierto de óxido. Las máquinas no la conocían.

El algoritmo, ese dios sin alma al que le damos todo, no la reconocía. «¿Cómo mierda es posible?». Esa mujer y ese lugar eran espectros que sólo existían en mi rollo, en mi casa, en mi cabeza.

Intenté otra estrategia: empecé a rastrear hoteles abandonados en Suiza, cerca de donde me había hospedado durante esas vacaciones que ahora parecían inventadas.

Revisé blogs de turismo decadente, cuentas de Instagram de exploradores urbanos, hasta llegué a un foro checo donde unos tipos intercambiaban ubicaciones de edificios caídos en desgracia.

Después vinieron los foros de fotógrafos. Me hice perfiles falsos, pedí acceso a grupos cerrados donde se compartían ubicaciones secretas, estudios con bañeras antiguas, sets con luz natural y paredes descascaradas como si eso fuera sinónimo de autenticidad.

Envié mensajes. Publiqué capturas recortadas de las fotos sin mostrar a la mujer, preguntando por «la ubicación».

Me contestaron un par de veces: «Parece el Hotel Lutetia antes de la reforma», pero la reforma había sido en 2016.

«En Praga hay un set parecido», aunque parecido es un concepto sumamente relativo.

Todos los comentarios eran vagos, imprecisos, gente hablando por hablar.

Nadie reconocía nada. Nadie decía: «yo estuve ahí».

Nadie decía: «esa es mi foto». Y cada vez que no encontraba nada, me decía a mí misma que estaba más cerca, como si la frustración también fuera una parte de este mapa.

Busqué en Nápoles, claro, donde había vivido. Quizás la respuesta pudiera estar justo donde dormí tantas noches sin saber lo que tenía guardado en una caja.

Busqué en Marsella también, por las dudas, aunque sabía que era improbable. Usé términos absurdos: «bañera ovalada con moldura», «baño art decó destruido», «ventana circular con marco de mármol». Me volví ridícula, y cada resultado que no coincidía, me crispaba más.

Después busqué fotógrafos, alguno con una visión parecida a la mía.

Todos los fotógrafos del mundo, al parecer.

Puse en el buscador: «boudoir analógico Europa», «fotografía fragilidad femenina», «mujeres mojadas blanco y negro», «violencia de género fotografía contemporánea», «artistas emergentes cámara 35mm».