El cuerpo quieto 4. Berenice #2
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4. Berenice #2

Me obligué a salir. El cuerpo me lo pidió de una forma desesperada, pero muda, necesitaba caminar para sobrevivir al incendio que me estaba consumiendo por dentro.

Me puse el abrigo largo, el negro, ese que compré en un mercado de pulgas en Lisboa y que parecía diseñado para disimular lo que uno no quiere contar. Me cubrí hasta el cuello. Cerré la puerta. Me olvidé de mirar si había dejado el gas abierto. «Mierda» , pero ya no me iba a devolver.

Caminé sin rumbo fijo un largo rato y terminé en el barrio de San Telmo.

No por decisión estética ni por romanticismo urbano, podríamos decir que el viento me llevó.

Llegué ahí porque era un lugar que conocía lo suficiente como para que no me sorprendiera, pero lo bastante ajeno como para dejarme estar sin pedirme explicaciones.

Había olor a mercado, a asado viejo, a cuero, a perfume barato y a madera húmeda.

Las veredas estaban pintadas de hojas que no sabían si seguir colgadas o dejarse pisar.

San Telmo era ese tipo de belleza que huele a encierro y a naftalina.

De los cien barrios porteños siempre fue mi favorito.

Me recuerdo de pequeña, una Bere pecosa e insolente, recorriendo la feria de antigüedades con mi madre, siempre comprando baratijas que guardaba como tesoros en una caja de madera.

Allí compré mi primera cámara, mis primeros rollos y mis primeros libros de Pizarnik.

Entré a una librería sin mirar el cartel.

No tenía nombre a la vista. Era uno de esos locales angostos, largos, con más polvo que sistema, con libros apoyados en el piso, en los estantes, en mesas improvisadas hechas con sillas.

Una librería que parecía a punto de caer, pero que todavía resistía, como si los libros la sostuvieran desde adentro.

Estaba bastante descuidada para ser honesta, aunque yo no estaba mucho mejor.

La que atendía era una mujer morena de unos veinticinco años, delgadísima, con un rostro lleno de ángulos suaves dibujados con una mano insegura y gafas enormes con marco de carey que escondían unos preciosos ojos almendrados.

Llevaba un suéter de lana muy grueso que le hacía parecer más frágil todavía.

Era linda de una forma bastante indie y rebuscada.

Hermosa, débil, me la hubiera llevado a casa sin pensarlo dos veces.

Tenía auriculares puestos y estaba sentada en el suelo, leyendo una novela subrayada con resaltador amarillo fluorescente. Cuando me vio entrar se sacó un auricular y me miró como si yo fuera una presencia espectral, algo que no sabía si debía saludar o ignorar. Debía verme bastante mal.

—Si necesitas algo en especial, avísame —me dijo sin levantarse, dejando el dedo metido entre las páginas.

Asentí con un poco de vergüenza por las guarradas que estaba pensando.

Me metí entre los pasillos apretados. Toqué libros como quien toca cosas ajenas.

Tomé un ensayo de Susan Sontag sin pensar y después un fotolibro de Moriyama, que estaba tan mal impreso que parecía hecho con una fotocopiadora de oficina.

Me gustó, me hizo pensar en mí, en mis fotos, en lo mal que salía todo cuando estaba bien.

No sabía qué carajo estaba buscando. Tal vez una idea, tal vez una coartada para no volver a casa todavía.

Llevé esos y algunas novelas de las que no leí ni la sinopsis, pero las portadas iban a quedar bien en mi biblioteca.

Una con un gran ojo celeste dentro de una boca y otra con un lápiz enorme sobre un fondo blanco.

Pensé que estaría bien que alguien entrara a casa y creyera que las leí.

La chica me pasó la máquina de pago, sus dedos estaban helados, como si hubiera estado sosteniendo hielo y no un libro. Yo seguía pensando asquerosidades con esos deditos como protagonistas.

—Qué frío está haciendo ya, ¿no? —preguntó intentando hacer conversación, suponía.

Yo le sonreí falsamente. Ese tipo de sonrisa que uno ensaya frente al espejo para parecer humano.

— Sí, parece que este año se adelantó el invierno —respondí.

Volví caminando. Había gente en la calle, gente que no tenía idea de lo que me pasaba, lo cual era un alivio.

Vi a una mujer sentada en una silla de camping al lado de un puesto de diarios, fumando un cigarro mentolado con la desesperación de quien sabe que no puede comprarse otro.

Su pelo estaba teñido de rojo, pero mal, a manchones, y sin embargo, su cara tenía una paz animal que me descolocó.

Un niño cruzó corriendo con un globo atado a la muñeca.

Su padre, « supuse que lo era », lo miraba desde la otra vereda con una mezcla de orgullo y resignación.

Un taxista dormía con el motor del coche encendido.

Una pareja se besaba como si fuera a morir mañana, o como si no tuvieran otra cosa mejor que hacer.

Todo era hermoso. Todo era grotesco. Todo era Buenos Aires, materia prima para una foto que no iba a tomar. A veces no entiendo porqué hizo falta que muriese mi padre para hacerme volver.

De vuelta, la casa tenía ese olor tibio de lo que estuvo quieto todo el día: café viejo, madera cansada, lana húmeda, mi ropa.

El gato apareció enseguida, como festejando que había llegado algo.

No era la comida que quizás esperaba, sino una nueva versión mía, más cansada, derrotada y borracha de pensamientos, más que de alcohol.

Para compensar ese desequilibrio saqué el whisky del mueblecito de los vasos buenos. Serví uno y me lo tomé sin hielo.

Raspaba. Me ardió en el pecho y me gustó, sabía que iba a tomar otro. Sabía que después de ese iba a entrar en ese umbral en el que todo me parecía más claro y más inútil al mismo tiempo y me serví el segundo, más por costumbre que por deseo, sabiendo que me iba a costar parar.

Me senté en la punta del sillón con las piernas cruzadas, mirando el suelo como si allí pudiera encontrar un resto de mí que se me hubiera caído. Una pista, un recuerdo.

Bukowski me miraba desde la mesa, acostado como un pedazo de escultura rota sobre las fotos. No lo corrí. Era un guardián mejor calificado que yo.

Pensé que si seguía así, mi trabajo se iba a volver cada vez más borroso, los días más iguales, las caras más difíciles de distinguir, las ideas más huecas.

Mis recuerdos ya venían derrapando desde hace años. Saltaban fechas, se confundían nombres, se me mezclaban amantes con clientes, lugares con sueños. Cumplir treinta había sido un golpe para mi memoria, «y para mis rodillas» . Y de eso ya pasó un tiempo también.

Me acordé de mi padre, mi viejo. El reconocido e ilustre doctor Ernesto Lasala.

De él heredé el cabello rojizo y el perfeccionismo absoluto.

De mi madre había heredado el carácter errante, los ojos amarillentos y la voluntad de dormir todo el día.

No lo extrañaba demasiado, para sorpresa de nadie.

Me acordé de su sentencia preferida, la que me tiraba como un escupitajo cuando lo contradecía.

—Te vas a morir sola, Berenice, como sigas así. — Lo soltaba como si leyera un diagnóstico a alguno de sus pacientes.

Levanté el vaso, como si brindara con las paredes.

—No me voy a morir sola, papá —le dije a la casa—. Tengo un gato.

El gato en cuestión me ignoraba bastante. Movió la cola con desdén. Se acomodó mejor sobre el cuerpo húmedo de la mujer en la bañera. Por eso me caía bien ese animal. Nunca hacía nada. Solo ocupaba espacio, como yo.

Terminé el segundo vaso y no me serví un tercero.

«Vamos a considerar esto un gran avance en mis hábitos» .

Luego me fui a acostar con esa sensación de estar perdiéndome algo importante.

Ese pánico de estar perdiendo la conciencia, tal vez.

O las piezas de un rompecabezas que no sabía si me pertenecía.

Ni Bukowski ni las fotos se movieron. Yo, en cambio, me disolví.