El cuerpo quieto 4. Berenice
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4. Berenice

T enía la mente despejada y eso era extraño. No estaba cansada, tampoco tenía resaca. En mi caso, estar lúcida nunca había sido una buena noticia.

Me senté frente a las fotos con un café frío y el cuerpo firme. La manta de alpaca seguía doblada en la silla del comedor. Bukowski dormía dentro de una bolsa de papel con el logo de una librería que no recordaba haber visitado.

La casa estaba en silencio. Y yo, despierta del todo.

No había forma de que esas fotos las hubiera hecho yo.

No solo no las recordaba: estaba segura de no haber estado nunca en ese lugar.

Y, sin embargo, cada plano, cada cuadro, cada sombra…

eran míos. Eran exactamente como las haría yo. Era imposible.

Las volví a mirar, forzando mi mente a analizar cada posible sospecha, espacio, lugar, pero no importaba cuantas veces lo hiciera: no era posible que yo las hubiera tomado. No podría haberlas olvidado. Una foto así no se olvida. La perfección no se olvida.

Una imagen así no se pierde en la memoria como si nada.

Pero tampoco tenía sentido pensar que alguien más había tomado mi cámara, había hecho esas fotos y después la había devuelto intacta sin dejar rastro.

La única posibilidad real, la única que no sonaba a ficción o enfermedad mental, era esta: que alguien hubiera usado mi cámara, quizás por error, durante esas semanas en las que no la tuve conmigo. Y para eso tenía que volver a Suiza. O antes.

Era 2019 y yo vivía en Italia todavía. Me había ido a Nápoles porque estaba agotada de Edimburgo, un poco por el invierno interminable y la humedad en las paredes, pero lo que más me agotaba era el ritmo frenético que habían tomado ciertos asuntos que preferí no seguir alimentando.

Creí que en Italia iba a encontrar un respiro, un lugar donde todo se moviera más lento, donde nadie me conociera lo suficiente como para hacerme preguntas.

Nunca pensé que duraría menos de tres meses.

Quartieri Spagnoli, con sus ventanas sudando pasta y humedad, con los santos colgados de los balcones y la ropa tendida cruzando las calles como banderines. Parecía la escenografía de una ópera popular.

Estaba harta del olor a fritura, del calor pegajoso y de la épica maradoniana que parecía perseguirme en cada esquina. «Hay lugares donde es preferible no ser argentina»

Me iba a mudar a Francia, al barrio Le Panier, en Marsella, con la idea de instalarme un tiempo, montar un laboratorio, profundizar en técnicas analógicas que me interesaban y desconocía, pero antes de eso, iba a tomarme unas semanas de vacaciones improvisadas.

De Nápoles me fui a Suiza. Tren nocturno con transbordo en Milán. Me acuerdo de Appenzell, de Zurich, de una cabaña con ventanas y café fuerte en la mañana. De allí salieron las primeras fotos del rollo misterioso. Nada memorable había pasado en esas vacaciones.

Al regresar contacté a Giorgio. Lo había conocido años antes en un bar en Londres, una noche de galería y vino caliente. Nos cruzamos varias veces desde entonces y ahora se estaba quedando en Marsella.

Giorgio era un italiano bastante apetecible, de esos que parecen salidos de una película que alguien con gusto discutible clasificaría como «una joyita del cine europeo contemporáneo».

Cabello oscuro y desprolijo con intención, barba delineada, mirada de tipo que lee a Barthes, pero ve Gran Hermano en silencio.

Vestía bien, siempre. Aunque no hacía ningún esfuerzo aparente. Tenía algo magnético y frío. No le gustaba que lo tocaran. Limpiaba cada vaso antes de usarlo, incluso si sabía que estaba limpio.

Tenía una obsesión patológica con no tocar los picaportes: los empujaba con el brazo o esperaba que alguien más abriera la puerta. Una vez lo vi usar una pinza para agarrar el pomo de una canilla. Y no estaba actuando.

Me caía bien porque yo tampoco era del tipo de persona que tocara demasiadas cosas.

Y eso, entre personas funcionalmente solitarias, genera cierto acuerdo tácito.

Era sensible, pero no como la gente que se desarma con una canción.

Giorgio era sensible al polvo, a las palabras mal usadas, a los silencios mal puestos.

Podría quedarse mirando un punto fijo durante media hora sin parpadear.

Y si le preguntabas qué miraba, te respondía que estaba esperando que algo pase.

Fotografiaba edificios. Solo eso. Fachadas, sombras, estructuras simétricas. Decía que no confiaba en los ojos humanos que habitan las fotos, porque eran miradas robadas de personas ausentes. Tenía cierta lógica.

Era encantador, pero de una forma que no invitaba a algo más, por eso nunca quise acostarme con él, aunque me gustaba tenerlo cerca. Me hacía sentir parte de una rareza compartida.

Le pedí que me dejara guardar en su casa algunas cajas con mis cosas durante unas semanas. El tiempo que me tomara conseguir un departamento en Le Panier. Él aceptó. Podría haberle pedido hospedaje también, pero hubiese sido un abuso pedirle que me compartiera sus vasos, sus sábanas y su baño.

Durante las primeras semanas en Marsella dormí en un hostal. Una cama y una mesa compartida. Nada más.

La ciudad me parecía desierta de sentido.

Los muros eran hermosos. Las caras, iguales.

Encontré un departamento pequeño después de un mes y volví a buscar mis cajas a la casa de Giorgio.

Me acuerdo que faltaban algunas cosas: un libro, un filtro, un rollo quizás, pero nada como para hacer un drama.

Como dato curioso, luego de seis meses en los que no logré hacer ni un centavo, decidí moverme a Berlín y llevarme a Giorgio conmigo.

Allí el COVID-19 nos retuvo más tiempo del que teníamos previsto, compartimos departamento unas semanas, pero pronto dejamos de soportarnos y, por el bien de nuestra amistad, tomamos rumbos diferentes.

Volviendo de aquel recuerdo del sinfín de mudanzas, pensé en esa cámara. La que había llevado a Suiza, la que había quedado arrumbada en el piso de Gio. Quizás no había vuelto a mis manos directamente, quizás fue a parar a esa caja y alguien la había usado.

Tal vez Giorgio era el autor misterioso de las fotos que encontré, aunque no me cerraba. Giorgio solo fotografiaba edificios.

Nunca le interesó el cuerpo humano. Mucho menos una mujer desnuda. Giorgio no sabría qué hacer con una mujer húmeda en una bañera.

Y, sin embargo, la cámara pudo haber estado en su casa.

Esa posibilidad me raspaba por dentro. Por la idea de que alguien, en mi ausencia, podía haber hecho algo mejor que yo con mis propias herramientas.

O peor: que alguien, por error o por destino, me había regalado una obra maestra y no había querido decirme nada.

Abrí el correo y decidí escribirle, quizás era la mejor forma de salir de dudas y evitar que los pensamientos siguieran revoloteando.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Asunto: una cosa rara

Ciao Giorgio,

Scusami el mensaje tan desubicado. No sé si este sigue siendo tu email, ma igual me animo a escribirte.

Voy al punto. Encontré un rollo viejo. Uno que estaba en una delle mie cámaras analógicas: una Canon, la de correa de cuero marrone, y que creo que quedó en tu casa cuando mi sono trasferito nel 2019.

¿Ricordi que había dejado alcune scatole en tu casa hasta que conseguí appartamento? Bueno, esa cámara estaba ahí. O al menos credo di si.

Il fatto è questo… revelé ese rollo y hay unas fotos que no hice yo, non sono mías.

No las ricordo, non riconosco el lugar, non riconosco la mujer. Pero son buenas.

Sono una cosa magnifica.

Y eso me está haciendo merda la cabeza. Mi sta facendo impazzire, Giorgio.

Por eso te scrivo.

¿Usaste la mia cámara alguna vez? ¿O alguien más la pudo haber agarrado mientras estuvo en a casa tua?

No te preocupes, no estoy acusando ni sostenendo nada. Solo necesito entender cómo llegaron esas fotos ahí, una risposta.

Son retratos. Una donna desnuda, en una bañera. Blanco y negro. Molto intimo, molto potente.

Scusami si suena paranoico todo esto. Prometo que non sono completamente loca.

Un abbraccio sin tocarte,

Bere.

El correo iba en italiano, pero era muy yo, muy argentino: el tono era eufórico, lleno de giros innecesarios, creyendo que soy italiana solo porque viví en Nápoles y sé decir «perdón» en cuatro formas distintas.

Me pasé el día refrescando el correo a ver si quizás llegaba su respuesta. Necesitaba la información, de lo que él podía saber. Lo que tal vez había visto, o hecho, o dejado pasar sin darse cuenta.

Porque esas fotos me estaban devorando, no había forma de seguir adelante con nada sin entenderlas. No podía pensar en la muestra, ni en el trabajo, ni en Pedro ni en las modelos ni en el gato.

Solo podía pensar en ella, la mujer de la bañera. Su cuerpo mojado, torcido con delicadeza.

Era insoportable y, a la vez, sublime. Las fotos me extasiaban tanto como me atormentaban.

Había algo en esa serie: en esa secuencia íntima, desordenada, brutalmente estética, que me hacía sentir que alguien había completado mi trabajo por mí.

Que alguien había visto mi cabeza desde adentro y me había hecho el favor de hacerlo mejor. Y eso era insoportable.

Me decía a mí misma que necesitaba saber si Giorgio tenía algo que ver. Pero lo que necesitaba en realidad era una coartada. Una prueba externa de que yo no estaba tan rota como empezaba a parecerme. Si no contestaba, iba a empezar a inventar respuestas sola. Y no quería llegar a eso, no todavía.

Me dije que podía dejarlo ir, que solo eran fotos. Un cuerpo más. Un gesto bien capturado. Intenté lo que siempre intento cuando algo me obsesiona: mirar hacia otro lado.

Funcionaba con otras cosas. Con mensajes no respondidos. Con amantes que no querían quedarse a dormir. Con comidas frías, con ruidos de la casa. A veces, incluso con la muerte, pero no con esto.

Esto estaba metido en el centro exacto de mi cabeza, como una astilla de vidrio detrás de los ojos. Y cada vez que parpadeaba, me la volvía a clavar.