3. Berenice
N o tenía que hacerlo. Podría haberme sacado los zapatos, tirado en el sillón, dejarme dormir con olor a galería cara, con el gusto a whisky y a saliva ajena pegado en las encías.
Pero no, me vi a mí misma como una idiota aplicada, arrastrando el cuerpo al pequeño cuarto que usaba como laboratorio como si mi cuerpo todavía valiera, como si estuviera en condiciones de hacer algo bien.
Me temblaban las manos, pero ese temblor no era nuevo, lo conocía.
Era el mismo de siempre, el que me visitaba después de una noche en la que había hablado de más, sonreído un poco y dejado que alguien me tocase la espalda sin sentir nada.
La resaca antes de la resaca, la que todavía tiene puesta la ropa y ya se arrepiente.
Encendí la luz roja. Esa luz imbécil que a veces me calmaba y otras veces me daba ganas de vomitar.
El cuarto estaba tibio, húmedo. O era yo.
El sudor entre los pechos diminutos, el pelo apelmazado, la mirada un poco torcida.
Y, sin embargo, empecé. Agarré el rollo de @caballodespuma.
Lo revelé sin pensar, con las manos que ya conocen los pasos, aunque el resto del cuerpo no sepa ni cómo se llama.
Abrir.
Verter.
Agitar.
Esperar.
Agitar otra vez.
Contar mentalmente los segundos mientras una parte de mí lloraba sin lágrimas, una escena sobreactuada que nadie pidió. Cuando colgué las fotos, ya estaba harta.
La imagen de esa chica con su «corte de moda, su carita vacía, su cuerpito listo para gustar» colgando frente a mí, multiplicada en exposiciones casi idénticas, me provocó náuseas.
Un reflujo sutil desde el pecho hasta la garganta.
Todo era un chiste mal contado que ya había repasado demasiadas veces y, sin embargo, me quedé mirando.
Una foto, quizás dos, tenían algo. No sabría decir qué.
Pero no era suficiente, nunca era suficiente.
Entonces agarré el segundo rollo. El viejo. Un blanco y negro olvidado, de esos que se quedan durmiendo durante meses, como una cucaracha escondida en un cajón, quizás viva. La cucaracha de Schrödinger.
Lo miré con asco, con ternura y luego con resignación.
Lo revelé sin expectativas. Con el cuerpo ya flojo, las mejillas calientes y las manos lentas.
Mientras enjuagaba las tiras y las colgaba, noté el contraste inmediato.
Los tonos. La densidad. Ese blanco y negro suave, aterciopelado, como si el grano se hubiera disuelto en el agua.
Me acerqué con la pinza en la mano. Y allí estaban…
Las primeras fotos eran mías, sí. Vacaciones.
Zurich, Appenzell, un hotel con sábanas de lino y olor a eucalipto.
Un mercado cubierto donde compré cerezas carísimas, una ventana con marco de hierro que fotografiaba como si me estuviera despidiendo de mí misma.
Eran buenas fotos. Vacías, pero bueno, eran recuerdos.
Después, de pronto, algo se desordenaba.
Había una secuencia que no reconocía. Dieciséis fotos.
Todas en el mismo lugar: un baño, al parecer abandonado, con azulejos sucios y una luz que no sé de dónde salía.
Ni natural, ni artificial. Era esa luz rara que a veces entra en los lugares que nadie visita, como si el tiempo mismo tuviera ventanas.
La mujer estaba recostada. Primero de lado, después boca arriba, luego en posición fetal.
Tenía el cabello mojado y la piel tan clara que parecía hecha de mármol frío.
Estaba desnuda, aunque en algunas fotos tenía ropa interior del color de su cuerpo, casi invisible.
Lo más inquietante no era su desnudez. Era su expresión.
Esa media sonrisa entre sueño e ironía. Casi un tic.
Una burla, un secreto, quizás una invitación.
Yo no la conocía. Nunca la había visto, y sin embargo, cada una de esas imágenes llevaba mi trazo. Cada cuadro era mío, no había dudas.
Era mi distancia, mi tono, mi forma de mirar. Yo no recordaba haber estado ahí, pero esa era mi mirada. Ese era mi ojo. Esa era mi cámara.
Al final del rollo, otra vez @caballodespuma. No era un accidente, ese era mi rollo. Me quedé ahí parada con la boca seca y los pies fríos.
Finalmente salí del laboratorio, aunque las imágenes se quedaron grabadas en mi mente. Había bebido, estaba borracha o quizás alucinando, así que me fui a dormir tratando de olvidar y recordar a la vez, pero solo me quedó el cuerpo húmedo y frío de esa mujer pegado en los párpados.
Me desperté con sabor a hierro en la boca y una línea de baba seca en la comisura. Tenía ese tipo de resaca que no solo te perfora el cráneo, sino que además te saca la fe.
No sabía si había soñado algo, pero tenía esa sensación de haber dormido dentro de un tacho. Un zumbido sordo en la cabeza, un ardor detrás de los ojos. El techo me pareció más bajo que de costumbre. Sentí que la casa estaba encogiéndose para apretarme.
Estaba ahí, inmóvil, mirando el techo, esperando que algo se desmoronara desde arriba.
Algo que confirmara que no había sido un sueño.
Las imágenes de la noche anterior eran fragmentos.
No tenían orden. Tenía una sensación, eso sí.
Escalofríos me recorrían la piel, los poros se contraían sin piedad, todo era frío, quizás demasiado para mi tolerancia.
El recuerdo de que me habían susurrado algo al oído y después se habían ido corriendo.
No me acordaba con detalle qué había visto, pero sabía que no quería entrar al laboratorio.
Que no quería ver si la mujer seguía ahí, colgada, goteando en silencio desde el negativo.
Desayuné con asco, abrí el refrigerador y solo había tomate y pan duro.
Bueno, eso con un café demasiado negro tendría que ser suficiente.
Comí un pedazo, tomé dos sorbos y sentí que la bilis me rozaba el estómago como una advertencia.
A Bukowski no le importó. Me miró desde el marco de la ventana con su cara de nada. Le serví comida sin saludarlo ni acariciarlo. Ese día tenía sesión para una marca que se llamaba ARENGA, muy palermitana, muy «nos vestimos con basura que cuesta como Margiela».
La ropa te la mandaban en bandejas plásticas de comida, envueltas prolijamente en film transparente, como si fuera sushi de aeropuerto.
El maridaje de plásticos me daba risa: bandeja de polipropileno, film de polietileno y prendas de poliéster con olor a químico.
Todo por un precio absurdo. Una ironía involuntaria que alguien en su equipo seguro habría considerado «parte del concepto». Pagaban bien, eso alcanzaba.
Me arrastré al baño y me miré en el espejo.
Tenía el moño cargado y torcido, como si lo hubiera hecho dormida.
El pelo castaño claro, con esos reflejos dorados que el sol vuelve rojizos, estaba reseco en las puntas y pegado en la nuca, con un olor leve a humo frío.
La piel tirante. Las ojeras subrayando mi mirada.
Los labios secos, con una grieta que dejaba ver una línea oscura de sangre vieja.
El café todavía me daba vueltas en la lengua.
Elegí una camisa de lino color hueso que compré en una feria de Perú y un pantalón de gabardina que me queda demasiado grande, pero me hacía sentir segura. Todo sin ruido.
Cuando me vestía así, sentía que desaparecía justo lo necesario. Que era una sombra elegante. Un ojo. No una mujer con miedo de ver una imagen que no recuerda haber tomado.
Me corregí el pelo en un moño firme y alto que me tiraba un poco la cara y me hacía sentir contenida, lo mejor cuando me tocaba trabajar.
Me puse un poco de corrector debajo de los ojos, más por costumbre que por vanidad. La cara no cambiaba, mi aspecto no había mejorado ni un poco.
Había algo en mí que no estaba bien, pero lo escondí, como siempre, debajo de la tela cruda, del café cargado y del moño tenso pues tenía una sesión que hacer, « y una mujer colgada en mi estudio », pero no era el momento de pensar en eso, era momento de trabajar.
Volví a casa antes de que la noche se hiciera totalmente negra. Abril en Buenos Aires tiene esa forma medio cobarde de anochecer: un gris moroso que no se decide y de golpe te sorprende con frío en los huesos, frío de otoño recién estrenado.
Me puse las botas Ugg que estaban manchadas con aceite y me envolví en esa manta de alpaca que traje de Cusco. Todavía olía a polvo seco y a humo especiado de cocina, como si nunca hubiera cruzado la aduana.
Descorché un malbec del montón y fui al laboratorio a enfrentar lo que no quería.
La cuerda seguía ahí, y ella también. Las fotos colgaban como ropa limpia y ajena. Una por una, mojadas aún, brillaban bajo la luz tenue como si respiraran. Ella, la mujer. La desconocida. La secuencia onírica y sórdida en la que parecía estar sumergida en algo más espeso que el agua.
Me llevé las copias al comedor y las desparramé sobre la mesa. Las alineé con dedos torpes, con el vino en una mano y una especie de temblor en el pecho que no era miedo, era otra cosa: algo parecido al embelesamiento, a la nostalgia por algo que nunca fue tuyo.
Había una foto, una en particular, que me dejó clavada.
La miré largo rato, como si pudiera escucharla.
Ella estaba recostada en la bañera, apenas envuelta en ropa interior que se le pegaba al cuerpo como un velo inútil.
Mojada. Fría. La tela se transparentaba en los bordes, dibujando una silueta sin pudor, sin intención; su desnudez era al mismo tiempo, estado y acción.
Su cuerpo era tan delgado que casi se deshacía.
Tenía lunares dispersos en los brazos, una especie de constelación nerviosa.
Pelo mojado, claro, casi blanco. Poquísimo pelo, quebradizo.
La boca entreabierta, los ojos cerrados.
No estaba dormida ni muerta, simplemente era una forma de abandono. Un acto sin espectadores.
Los dedos de la mano derecha tocaban el borde de la bañera. El codo estaba en una posición incómoda, como si se hubiera rendido ahí mismo. Y, sin embargo, había belleza. Una belleza innegable, insultante.
¿Quién era? ¿Qué hacía ahí? ¿Cómo podía existir alguien que respondiera tan bien a todo lo que yo siempre había querido decir con una imagen?
Parecía sacada de mi propia cabeza. Nacida de una idea que olvidé que era mía. Me encantaría mirarla todo el día. Me dolía saber que esa foto compartía rollo con la torpeza de @caballodespuma. Me dolía haber revelado a esa mujer junto a la impostura. Juntas.
Me daba vergüenza. Como haber profanado un templo, como haberla arrastrado a mi propia miseria.
Las otras fotos también eran buenas. Más suaves.
En una estaba de pie, con la espalda arqueada y los hombros caídos.
En otra, de rodillas, con la cabeza agachada, casi rezando en silencio.
Todas en el mismo baño triste: grifería oxidada, molduras cubiertas de polvo, un espejo roto que no reflejaba nada.
Un hotel. Uno viejo. Uno de esos que fueron lujo en los años sesenta y después quedaron atrapados en su propio recuerdo. Quizás era Suiza como el resto de las fotos.
Me quedé mirando esa foto, mi preferida, la de la bañera, la media sonrisa, la nada perfecta, y sentí que el vino se me calentaba en la garganta. No era deseo, era devoción. Era haber encontrado algo sagrado en medio de mi basura.
No sabía su nombre. No sabía su historia. No sabía nada de ella. Y, sin embargo, me había dado la mejor imagen de mi vida. Sin pedirlo. Sin estar ahí.
Apoyé la cabeza sobre la mesa. No dormí, sólo la escuché.
No hablaba, pero decía todo. Esa noche soñé con ella.
No conmigo ni con las fotos, sólo con ella.
Estaba sentada en una cocina gris, vieja, con azulejos mal pegados y un ventilador de techo que giraba lento, con esfuerzo, asmático.
Había un paquete de yerba abierto sobre la mesada.
Una planta triste en una maceta de plástico.
La heladera vibraba, hacía ese ruido agudo de motor roto que se escucha más en sueños que en la vida.
Ella comía una medialuna con las dos manos.
El azúcar se le pegaba a las uñas. La masa se le deshacía en los labios.
Masticaba sin apuro, con hambre, pero sin ansiedad.
Vestía un buzo ancho, sin forma, de esos que se compran en los aeropuertos o se heredan de un exnovio tonto.
El pelo recogido sin gracia. Sin maquillaje. Sin intención de nada.
Hablaba, pero no conmigo, con alguien más. Alguien que no apareció en el cuadro.
Alguien que no importaba.
—Esto no es una medialuna —decía ella, y sonreía—. Es un croissant . Un cruasán.
Lo decía así. Cruasán. Con ese acento arrastrado, horrible, de alguien que aprendió francés por una serie mal doblada.
Su voz era horrible, corroída, fumadora. Una de esas voces con filo, con noche, con garganta rota. No era lo que esperaba. No era dulce, ni etérea, ni frágil. Era una voz fea, rota, usada.
Y era perfecta. Tenía cicatriz, tenía fondo. Era hermosa en su ruina. Como una guitarra desafinada que igual suena mejor que todo.
Se reía, apenas. Una risa nasal, seca. Se chupaba los dedos. Volvía a morder la medialuna.
—A mí me gustan más las de manteca —dijo sin que nadie respondiera—. Las de grasa son un asco.
Yo estaba ahí, pero no estaba. Miraba sin ser parte. No respiraba, no parpadeaba. Y no me importaba el contexto, no me importaba con quién hablaba, no me importaba si el sueño era mío o de otro.
Solo quería seguir escuchando esa voz que no encajaba con su cuerpo. Que no encajaba con nada.
Desperté con la boca seca, los ojos abiertos, el corazón en la garganta. No supe si me había dormido o si ella se me había metido en la cabeza.
Y me dolió no saber más, no poder preguntarle nada. Ni siquiera su nombre.
Solo me quedó el eco: Cruasán.