2. Berenice #2
Arriba, encajado entre vigas, estaba el altillo.
Una estructura mínima, de esas que obligan a agacharse un poco.
Lo usaba como camarín para las que querían cambiarse sin testigos.
Había una alfombra rústica, un espejo, un perchero oxidado y una colchoneta que parecía más pensada para una siesta de castigo que para un descanso real.
Yo no lograba erguirme del todo ahí, y no soy especialmente alta; quizás, con el moño incluido, llegue al metro setenta y algo, pero la incomodidad también construye cierto clima.
Esa necesidad de encogerse. De entrar en algo. De desarmarse un poco.
Elegí ese cuarto como estudio apenas lo vi, ni siquiera lo dudé un poco.
Era práctico, necesitaba que el lugar donde trabajara fuera lo primero que alguien viera al entrar, que las personas que vinieran: modelos, clientes, colegas o alguna periodista despistada, no tuvieran que meterse hasta el fondo, ni pisotear mis alfombras ni cruzarse con la cocina sucia ni preguntarme por el baño.
El estudio era: frontera, filtro, lugar de tránsito. Lo demás, lo privado, quedaba más allá del pasillo, custodiado por los quejidos del piso de madera que no callaba nunca, ni siquiera cuando no había nadie.
La habitación era simple: Cuando @caballodespuma bajó, envuelta en una bata de seda blanca, con los labios pintados y el pelo húmedo, lo entendí todo.
En su mirada vi cálculo, deseo, pero no ese de mostrarse solamente, sino de agradar, todo iba incorporado en sus gestos como un pack que compras con todo incluido: el caminar lento, el modo en que levantaba la barbilla, la forma casi coreografiada en que se dejaba caer sobre el fondo. Estaba hecho para mí.
Usé la cámara Canon FTb Ql, una que no tocaba desde hace meses, quizás más. Estaba cargada con un rollo empezado. No recordaba qué había ahí. Disparé tres, cuatro, cinco veces, por costumbre más que por impulso, hasta que se terminó el rollo.
Después lo cambié por un Portra 400 nuevo, y seguí.
Ella intentaba cosas. Movimientos. Curvas.
Inflexiones de muñeca. Giraba el cuello como si intuyera desde qué ángulo se veía frágil, vulnerable, bella.
Había algo aprendido en su forma de entregarse que me molestaba de un modo que no sabía explicar: no era ira, no era fastidio; era una especie de excitación torcida, un nerviosismo perverso, como si estuviera presenciando un espectáculo montado especialmente para mí, pero con guion robado.
Quería contar algo que no tenía. Y eso me dio asco.
En un momento empezó a hablar, a preguntarme cosas, de mí, de mi trabajo. Comentó lo mucho que le gustaban mis colores y tonos, mi mirada… De lo que sintió cuando vio mis fotos.
Me preguntó si era difícil llegar a trabajar con revistas grandes. Si se podía aprender a posar para lograr algo así. Si tenía proyectos nuevos.
Fue en ese momento que supe que la sesión estaba terminada.
Porque algo se rompió dentro de mí. No me estaba mostrando su verdadero color, su cicatriz.
Ella montaba una historia, un cuento, donde no había suficiente conflicto o heridas, no había verdad en aquello.
Y si algo tenía claro es que, donde no hay verdad, no hay cuerpo quieto y eso no encajaba con mi obra.
Siguió intentándolo, parecía hacer caso omiso al cambio de sensaciones, tampoco es que se las hubiese revelado y así continuó; ocupando el espacio con su voz chiquita, sus poses aprendidas, su falsa gravedad.
Un rato después se despidió, pero no dijo nada memorable, me abrazó rápido, me agradeció y me pidió que le avise si usaba algo. Yo asentí. Y cerré la puerta con el mismo gesto con el que a veces cuelgo el teléfono después de una conversación que no quise tener.
Volví al estudio. Saqué el rollo de la cámara y lo dejé en la mesa, junto al rollo viejo que había usado al inicio. Me dejé caer en el piso apenas se fue, fue un gesto automático.
La espalda contra la pared del estudio, las piernas estiradas, los brazos flacos colgando sin tensión. Toda yo desparramada en ese lugar que había dejado de parecerme propio durante la última hora.
Me latía algo en la sien, no sabría decir qué. Un ritmo sordo que no era dolor, pero tampoco calma. Esa especie de taquicardia muda que aparece cuando no pasa nada grave, pero todo está mal.
Miré los rollos sobre la mesa. Ahí estaban: quietos, inofensivos, calientes. Y, sin embargo, tan comprometidos. La prueba física de que había perdido el día. De que me habían robado el tiempo.
Había algo en todo aquello, esa tarde, esa sesión sin conexión y un cuerpo perdido sin esencia que me resultaba profundamente obsceno. No por lo que se mostró, sino por lo que falló.
No podía usar esas fotos. Mostrarlas sería traicionar a las otras. A Nayeli, a Valeska, a Rosario, a Yryna. A La Negra, que vino un día de lluvia y me dijo «prefiero que me saques las fotos hoy, antes de que me convenzan de arrepentirme».
A todas las que habían expuesto una herida real.
Las que habían confiado en mi trabajo. Las que habían temblado.
@caballodespuma no tembló, solo posó. Como si pararse frente a una cámara, cubierta con una sábana, con los ojos bien abiertos, con el pelo húmedo cayendo como una lluvia inventada, pudiera hacerla parte de algo.
Ella no era historia, no tenía algo para contar, solo tenía hambre. Y no una de triunfar o de crecer, de las que arrastramos desde la infancia. Su hambre era más moderna, disimulada, lavada y planchada para ser vista. Solo quería ser escuchada sin decir nada y meterse en la foto porque sí.
Intenté buscarle una excusa. Una grieta, una posibilidad. Pensé: tal vez esta imagen puede servir como contraste, como punto de fuga. Como representación de lo que no es.
Pero todo aquello era una mentira que me contaba a mí misma, una simple excusa de artista frustrada que no quiere admitir que perdió tiempo.
No podía meter a esa chica en la serie sin ensuciar todo lo demás.
No era solo un problema de contenido, era una cuestión de respeto.
Las otras habían traído su historia como quien trae un animal herido en brazos.
Ella trajo un perfume caro, un discurso ensayado y un corte de pelo de moda.
No era su culpa, pero tampoco era mi problema.
El cuerpo quieto no era para cualquiera.
Lo definí como un terreno extraño donde lo bello y lo trágico se cruzaban sin permiso, donde cada mujer dejaba algo suyo para que otras lo miraran y dijeran: «eso, eso era lo que yo no sabía cómo decir».
Y ella no dejó ninguna marca que valiera la pena, solo un número de teléfono por si necesitaba otra sesión o compañía.
Visto desde otra perspectiva, no debería haberme enfocado tanto en el problema en ese momento. Pero yo no imaginaba que ese iba a ser mi último día disfrutando los beneficios de la cordura. Dejé morir el cigarrillo en mi mano, ignorando la forma en la que la panza me gruñía.
Pero aquello no era hambre, había pasado hace horas. Ahora lo que tenía era otra cosa, una especie de agujero. Una densidad rara, casi mineral, que me subía desde las tripas al pecho como una náusea sin objeto.
No comí, pero al gato sí le serví algo. Bukowski me siguió hasta la cocina con esa elegancia miserable que tienen los gatos rescatados: comen como si te hicieran un favor, y te miran como si nunca hubieran llorado. Abrí el paquete, le llené el plato. Ni me agradeció. «Gato de mierda».
El celular vibró por quinta vez. Era Pedro.
—¿Hola?
—¡Bere! ¿Dónde estás? Te estamos esperando en la galería.
—¿Por qué?
—Aurora. La muestra de Aurora. ¿No venías?
— Aurora, claro, obvio.
—¿Estás bien?
No hay respuesta.
—Bere...
—Estoy yendo —le digo, sin saber por qué.
Corté antes de que siguiera hablando.
Aurora, sí. La polaca. Que no era polaca y tampoco se llamaba Aurora. Creo que era Jorgelina o Guillermina. Uno de esos nombres largos que nadie quiere escuchar en voz alta.
Durante la época dorada de la performance, «esa ola que se agotó en lo que duran las modas intelectuales en redes», se hacía llamar Aurora Boreal.
La vi varias veces en São Paulo haciendo cosas intensas: lloraba en loop , se untaba el cuerpo con mermelada y corría entre las palomas, se metía en heladeras industriales.
Algunas veces le salía bien, había verdad, una cosa incómoda y viva que te hacía mirar.
Otras parecían una parodia de sí misma, como si hiciera arte para una cámara oculta de la tele.
Una vez la fotografié mientras se dejaba atar por una mujer vestida de pájaro, fue interesante, supongo.
Después todo se apagó, como se apagan los aplausos cuando el público se aburre. Y entonces mutó: dejó la actuación, se compró cámaras descartables y empezó a sacar fotos a todo. Una taza, una calle, una amiga dormida. Todo con el mismo aura de profundidad impostada.
Pedro, por supuesto, las expone en la galería.
Siempre. Supongo que le debe más de una paja.
A mí me cae más o menos bien. Es decir, no es que la odio, solo que su personaje me cansa.
Está todo tan armado, tan explicado, tan autoconsciente.
Es difícil creérsela cuando sabes que hace cinco años lloraba en pelotas dentro de una carpa inflable y ahora te dice que la fotografía analógica es su forma de resistir al vacío.
Dale, Aurora, por lo menos ponte un apellido.
La polaca Aurora es una «boluda» como diríamos en Argentina, algo como necio o estúpido, pero demasiado cool.
Como yo. No me podía perder su muestra. Por lo menos iba a haber un buen whisky .
Y podía decirle a Pedro en la cara que quería cancelar la muestra en Buenos Aires.
Que me estaba sacando del eje. Que me estaba sacando de mí.
En este punto solo me importaba Milán y quería hacerle saber que, si seguía estirando esta mentira, me iba a quedar con una obra floja en dos ciudades, en vez de una fuerte en una sola.
Pedro me iba a decir que no. Me iba a hablar de visibilidad, de posicionamiento, de cómo una muestra acá empuja a la otra allá. Me iba a nombrar gente. Gente que no conocía. Gente que no me importaba. Me iba a terminar mandando a la mierda.
La muestra se llamaba Agua Viva. Sí, así, con toda la pretensión y toda la ironía involuntaria.
Una serie de fotos robadas de gente orinando en espacios públicos.
No había personas en situación de calle, ni nada que pudiera entrar en la categoría de «realismo social».
No, era gente como tú o yo atrapada con el pantalón a medio bajar en algún rincón de un mundo distópico sin baños.
Oficinistas orinando detrás de autos. Adolescentes marcando territorio en los árboles.
Una mujer, de unos cincuenta años, con blazer y cartera cara, agachada en una zanja con una desesperación tan digna que parecía un gesto revolucionario.
La obra no era mala. Las fotos sí. Uff… Malísimas.
Movidas, mal expuestas, sin criterio de cuadro.
La típica cosa que en manos de alguien con ojo sería incómoda e impresionante, pero que, en manos de Aurora, alias La Polaca, era solo otra excusa para que Pedro la adorara públicamente y después se la cogiera en la oficina. «Normal» .
Había muchos sombreros. Gente joven vestida como vieja.
Gente vieja vestida como artista. Esos eventos donde se escucha más la voz de las zapatillas que de las personas.
Aurora estaba en el centro, rodeada por un círculo de siluetas que se asentían con la cabeza mientras hablaba.
Tenía un vestido negro con mangas translúcidas y el pelo cortísimo recogido con horquillas de metal oxidadas.
Estaba más flaca que la última vez que la vi, con los pómulos marcados y una energía que se confundía entre misticismo y nervios.
Yo llegué tarde, vestida de cualquier cosa.
Ni siquiera me acuerdo qué tenía puesto, pero seguro que era gris.
La música me pareció insoportable al principio, después se volvió parte del ruido general.
Aurora me abrazó como si hubiéramos sido amigas, como si hubiéramos compartido algún tipo de intimidad.
Me dijo algo sobre la orina como territorio poético.
Le dije que su trabajo me había dado muchas ganas de mear, que ya había ido tres veces al baño.
Ella sonrió como si le hubiera dicho algo brillante.
Me sirvió un whisky . Después otro. Saludé a gente que no recordaba y que fingía conocerme mejor de lo que me conocía.
Hasta que Pedro apareció detrás de un chico con riñonera cruzada y me agarró del brazo con su entusiasmo de siempre.
Ahí estaba con su porte, impecable, con los ojos marrones más expresivos que jamás vi y esa mandíbula cuadrada que parece portada de revista.
—¿Te gusta la muestra? —preguntó con ese tono de emoción que quise asfixiar en segundos—. ¿Viste la nota en The Creators? Ya estás confirmada Vamos a hacer algo fuerte, Bere. ¡Algo que haga ruido!
—Quiero cancelarla. —Ahí lo solté y la cara le mutó a algo que no pude descifrar—.
Si, lo que escuchas, quiero cancelarla. No puedo mostrarla así.
Tiene cero sentido exponerla ahora, en este estado.
—Él puso esa cara que pone cualquier persona cuando cree que estás teniendo un ataque de ego.
Como si el perfeccionismo fuera un capricho.
Como si los cuerpos que retraté fueran solo material, sin heridas, sin nombres, sin historias.
—Bere, es tarde para dar marcha atrás. La galería ha apostado por ti. Esto está diseñado para empujar lo de Milán. —Suspiró pasándose una mano por la cabeza, aquello era desesperación tratando de ser disimulada—. Tienes que confiar, el momento es ahora.
—Sí —se escapó de mis labios y no supe por qué. Estaba mareada, no borracha de tambalearme, pero con esa soltura que aparece cuando ya no te interesa ganar la discusión. Me serví otro whisky y sonreí un poco.
La primera desventaja de tener un representante español es que el acento me desarma. Todo lo que dice me hace sentir una chica Almodóvar, y a todo le digo que sí. La segunda desventaja es que pasamos tanto tiempo juntos que acabo hablando como él.
«Joder, tío». Pedro se ofreció a llevarme a casa. Acepté solo porque me pareció más fácil que caminar sola hasta casa o pagar el taxi.
Lo dejé hablar en el auto. Sobre mí, sobre lo que creía que era mi obra, sobre la inauguración, sobre los posibles textos de sala. No dije nada. No quería arruinarle el entusiasmo. Al llegar, me bajé sin besarle la mejilla. Le dije:
—Gracias. —Y cerré la puerta con cuidado.
Y me encontré de nuevo en la penumbra del estudio, con los rollos de fotografía sobre la mesa esperando para ser revelados.