2. Berenice
N o lo pensé tanto. Abrí X y lo publiqué.
Berenice Lasala - @berelasala Busco mujeres para una serie de retratos analógicos sobre cuerpo, dolor y supervivencia.
No se necesita experiencia. Solo ganas de mostrar algo que no se dice con palabras.
Sesiones privadas. Confidencial, íntimo, remunerado.
Escríbeme si sientes que esto resuena contigo.
Lo leí una vez y por primera vez no lo corregí, tampoco lo eliminé ni lo reescribí, lo cual, viniendo de mí, constituye un acto de osadía o de derrota. No estoy segura de cuál.
Tengo una presencia considerable en redes sociales, aunque no por mérito propio. Mi nombre «mi cara, quizás» circula en ciertos escenarios del mundillo pretencioso de la moda en la Ciudad de Buenos Aires. Mi usuario tiene un valor que yo misma nunca supe capitalizar.
Publican mis fotos, me etiquetan en cosas que no recuerdo haber hecho, me invitan a eventos que evito con la torpeza de quien intuye que su ausencia será notada. Realmente prefiero no estar.
A veces me dicen que tengo un aura misteriosa, cool . Palabras huecas que la gente dice cuando no sabe si admirarte, ignorarte o tildarte de esnob. Yo no tengo aura. Tengo silencio, hastío y una forma de estar presente que es más bien una manera elegante de no estar del todo.
Las redes sociales me devuelven una imagen que no me pertenece. Soy alguien que no existe, exhibida por una maquinaria que yo misma alimenté. Porque claro que me he beneficiado de esa imagen. «Porque sí, soy una hipócrita».
Detesto el ambiente de la moda, pero le debo los pocos aplausos que alguna vez me tocaron. Construí una identidad en base a una dinámica que detesto. Soy quizás una de las fotógrafas más caras de la ciudad.
Me muevo bien, soy buena fingiendo. Tengo frases preparadas que uso para todo:
«Eso me toca en varios aspectos del pensamiento», «Es un cruce interesante entre visión y experiencia», «No sé si es cómodo, pero es honesto». Siempre funcionan. Las lanzo como si fueran semillas y me retiro antes de que florezcan.
La verdad es que no tengo mucho que decir, y cuando lo tengo, no encuentro cómo.
Por eso recurro a este tipo de cosas. Un anuncio o un llamado al azar porque ya no sé buscar.
Y porque en Buenos Aires, lo admito, me siento un poco fóbica.
Nadie es profeta en su tierra, claro, pero hay algo más: afuera, yo era «la porteña que fotografía mujeres rotas».
Acá, soy Berenice. La Bere. La vecina. La que se fue y volvió sin gloria.
La que no saluda. La que siempre está sola.
La que compra mandarinas y las deja pudrirse en la frutera.
En Praga, en Berlín, en Marsella, me bastaba con mirar a una mujer en un café para saber si quería retratarla. Y si me atrevía, hablábamos. Y si hablábamos, casi siempre aceptaban. Era otra. O era la misma, pero con permiso para jugar a ser valiente.
Aquí no. Aquí voy a los lugares correctos, con la gente adecuada, pero no digo nada. Pido un café que no disfruto. Me fumo dos cigarrillos mientras lo espero y vuelvo a casa con una sensación vaga de haber participado en algo que no ocurrió. «Y un kilo de mandarinas».
Las cosas que me hacen bien me aburren. A las que me hacen mal, les tengo cierto cariño. El cigarrillo, el café, la bebida, las miradas largas de gente que nunca va a escribirme, la idea de que alguna mujer, en algún rincón de esta ciudad inmensa y cansada, lea ese anuncio y sienta algo.
Los primeros mensajes llegaron a los diez minutos y todos eran iguales: livianos, frágiles, vacíos.
Una chica con una selfie en bikini como foto de perfil me puso: «¡Hola! Me interesa el proyecto, ¿te paso mis medidas?».
Un tipo, « ni siquiera una mujer », escribió: «Yo tengo una amiga que es muy linda y sufrió mucho alguna vez, ¿te paso su celu?».
Alguien me mandó su carta astral. No hay remedio. Leí todo y como era de esperarse no respondí nada. Soy una esnob desagradecida. Con la mandíbula tensa y el cursor titilando en el mensaje abierto como si esperara una sentencia.
Intenté con otro mensaje. Me arrepentí de inmediato de abrirlo: «Nunca me pasó nada grave, pero quiero sacarme las ganas de hacer algo artístico».
Otra: «¿Hay que estar desnuda? Porque tengo estrías».
Y otra más: «Yo siempre quise hacer algo con mi cuerpo, pero desde el amor».
Suspiré. Apagué el cigarrillo contra el platito con restos de tostadas de la mañana.
Miré el techo como si ahí pudiera proyectarse otra realidad, una donde alguien, «una sola mujer», entendiera de qué iba todo esto sin tener que explicárselo.
La obra no era sobre hacer algo artístico con el cuerpo. Era sobre hacer algo después de haber perdido todo lo artístico. Después del pudor, del deseo. Después de la forma.
Estuve a punto de cerrar mi cuenta, de borrarlo todo, de pensar que, como siempre, el problema era mío: pedir demasiado, esperar algo imposible, creer que una imagen podía capturar algo que ni siquiera tenía nombre.
Entonces vi uno. Una respuesta distinta, no era linda o fea, tampoco intensa ni casual. No era la típica respuesta a la que estaba acostumbrada. Esta parecía sentida, real.
Una mujer sin foto de perfil, con un nombre de usuario raro.
@caballodespuma
No sé si esto es para mí. Pero cuando leí «ganas de mostrar algo que no se dice con palabras», me dieron ganas de llorar. No sé por qué.
La leí dos veces. Después una tercera. Y ahí, en ese mensaje de cuatro líneas, algo me dolió un poco. Como una astilla que no se ve, pero jode al tacto. No le respondí enseguida. Me quedé quieta, con el celular en la mano, escuchando cómo el piso del pasillo crujía sin que nadie lo pisara.
Durante dos días «sin responder» leí esas cuatro líneas tantas veces que el sentido empezó a resbalar. Primero me generaron un leve estremecimiento, como si algo hubiera hecho contacto. Después, la vergüenza de esperar una respuesta. Después, una irritación absurda.
Pasé ese tiempo como paso casi todo: fumando demasiado. Escribiéndome a mí misma correos que nunca leo. Releyendo mensajes viejos como si fueran cartas de un tiempo donde yo todavía me creía capaz de hacer algo importante. Y ahí fue que apareció el gato.
Una noche, mientras editaba una serie de fotos y pensaba en cómo eliminar todo sin sentir que estaba rindiéndome, escuché un sonido en el patio, era un maullido áspero, nada tierno, claramente no era una cría. El maullido era de un gato adulto.
Me asomé y lo vi. Negro, flaco, con una oreja rasgada y la mirada torcida. Me miró fijo, sin miedo, como si ya me conociera, como si supiera que yo también me había colado en una casa donde nadie me esperaba.
Entró sin invitación y se quedó en el sillón. Desde ese momento tengo un gato que se llama Bukowski. Si no le gusta su nombre, o el olor a cigarrillo, que se vaya.
Durante ese tiempo, Bukowski dormía, y yo actualizaba X. Entraba a su perfil cada tanto, como una idiota. Leía de nuevo su mensaje, intentaba descifrarlo. No sabía si era cierto, si había algo detrás. Un doble fondo. Una grieta. Hasta que el tercer día, finalmente, escribió:
«¿Todavía estás buscando mujeres?».
Le respondí a los pocos minutos, como si no hubiera estado obsesionada.
«Sí. ¿Te gustaría que hablemos?»
La conversación fue bastante breve, me daba esta sensación de que parecía querer decir algo, pero no podía. Claramente yo no ayudaba. No sabía si tenía ganas de que funcionara o de espantarla.
Después de algunas frases innecesarias, me mandó una selfie . «Igual de innecesaria» . No era una foto sexy. Era una foto de «aquí estoy». Con la cara lavada, una camiseta de los Pixies, y el pelo húmedo. Estaba acostada de medio lado y con los ojos abiertos, como si no hubiera dormido bien.
Yo no respondí nada. Ella me escribió al rato:
«Me da cosa. No sé si estoy lista. Pero me gustaría. Me gusta tu arte. No sé por qué te digo eso».
La frase me dio una ternura espesa. No de la que acaricia, de la que pesa en el pecho.
Le contesté:
«Tranquila. No hace falta estar lista. Solo que te animes».
La conversación siguió con ella exponiendo sus miedos, especialmente aquel de no ser suficiente. Pensé en algún punto en decirle que no hacía falta serlo, pero no quise mentirle. Sabía que no iba a servir. Pero igual, la cité.
Porque algo había que hacer. Y también porque, aunque me costaba admitirlo, me gustaba ver fallar lo que parecía que podría funcionar.
@caballodespuma nunca dijo su nombre. Ni cuando llegó, ni cuando se desnudó frente a mí.
Se movía como si ocultar datos la hiciera más interesante. Pretendía que lo enigmático compensara lo que no tenía. Esa tarde entendí que no contar la historia también podía ser una pose, y que hay cuerpos que se ofrecen no para ser vistos, sino para ser aprobados.
Era la más joven que había retratado para esta serie. Se le notaba en la piel, en la forma de moverse, en la ansiedad apenas disimulada con la que recorría la casa con la mirada.
Era bajita, con un cuerpo lejos del canon habitual. Compacta, de piernas gruesas y caderas marcadas. Tenía el pelo oscuro, cortado en ese wolf cut que llenaba los reels y las ventanas de peluquerías modernas. Lo detestaba, ese corte tenía algo de declaración sin contenido.
El estudio estaba al inicio de la casa. Tenía el piso de madera flotante, techos altos, una ventana que daba al frente con un marco de madera que se hinchaba en los días húmedos y una pared donde colgué la tela de lino que se usa como fondo neutro.
La luz entraba desde la calle con una violencia que a veces amaba y a veces me arruinaba una tarde entera, pero no me importaba.