1. Berenice
L e dije a Pedro, mi representante, que la serie no estaba completa y que no podía exponerla así. Se lo repetí tres veces, con distintos tonos. Primero firme, conciliadora, después ya casi en modo disculpas
Como cosa rara, no sirvió de nada, pues ya él había hablado con la prensa, con patrocinadores, con gente que viste de negro y toma espumante a las tres de la tarde.
Todo estaba cerrado y yo sin poder replicar.
La muestra sería la primera semana de junio en su galería nueva: «The Ornamenta», se llamaba.
Estaba en un ex galpón de estilo industrial en Palermo, con paredes de cemento crudo y plantas colgantes que alguien riega por encargo. Todo olía a lavanda y ambición.
La beca fue lo que disparó todo. Un premio inesperado para exponer mi obra en una ciudad que nunca había imaginado como destino real, Milán.
La carta de aceptación llegó en febrero, firmada por la directora de Scuola Novecento di Milano en Italia, una escuela de fotografía con nombre de película antigua y programas de formación que sonaban como menús de degustación: «Narrativas de la imagen», «Estética de lo íntimo», «Luz, cuerpo, frontera».
El premio incluía una residencia de seis meses y la posibilidad de presentar la serie completa en ese dichoso lugar.
Tenía un año para prepararme, por lo que me pareció una buena idea hacer una presentación previa en Buenos Aires.
Una especie de ensayo general, ver qué pasaba.
Pero Pedro estaba avanzando muy rápido, la obra no estaba lista todavía.
Había diez fotos reveladas, pero solo nueve que realmente funcionaban.
«Nueve no es un buen número para exponer ».
Sencillamente no me gustaba. Tenían que ser diez, doce, o en su defecto, ocho. Nunca nueve. Quizás mi mayor pecado siempre ha sido la soberbia que acompaña al perfeccionismo.
Después de casi diez años dando vueltas por el mundo, finalmente aterricé en Buenos Aires el pasado septiembre, hace siete meses. Me mudé en ese momento, cuando la primavera ya estaba amagando.
Me había olvidado cómo era el frío en esta ciudad, me refiero al frío de verdad, ese que se cuela en los huesos húmedos, en los pisos helados, en los techos que no retienen nada. Tenía miedo del invierno que se acercaba.
Creía que la casa no lo iba a aguantar y no era que estuviese en mal estado, para nada.
Era una casa sólida, ya no las hacen así.
Una vivienda demasiado antigua, en Almagro.
De esas largas y angostas que parecen un pasillo sin fin.
Un tren de habitaciones con techos altos, puertas dobles de madera maciza y molduras en los marcos que parecían talladas a mano.
Era enorme, quizás demasiado para una sola persona.
El pasillo largo que conectaba todos los ambientes tenía el piso de madera original, y a veces, en la noche, crujía con una fuerza absurda como si la casa intentara hablar.
«O molestarme» . O quizás solo trataba de recordarme que estaba viva y que yo no merecía ser su dueña.
Tenía tres dormitorios y usaba cada uno para algo distinto: uno para dormir, otro como estudio y el tercero como laboratorio de revelado de fotos.
No lo niego, me costó habitarla; después de todo, era casi lo único que me quedaba de mi padre.
Casi no lo conocía, y a la casa, definitivamente tampoco.
Llené de plantas el patio, aunque significaba un esfuerzo extra tener que llevarlas al interior cada vez que llovía.
Había helechos que se multiplican solos en las grietas de las macetas, una sansevieria obstinada y decidida en crecer hacia abajo y un limonero miniatura que no daba frutos, pero sí una flor blanca que aparecía cada tanto y me recordaba que algo podía florecer, incluso en un patio de cemento.
En una esquina, como una presencia silenciosa, yacía el cadáver de una bicicleta que nunca supe usar y que me costaba admitir públicamente más de lo que debería. Tal vez porque era una de esas cosas que la gente supone que cualquiera sabe hacer sin mucho entrenamiento.
Aunque la casa estaba bastante bien, en el encierro del hogar, mi mente se desviaba una y otra vez al mismo problema: mi serie, la obra. Mi gran obra no estaba completa. Cada día estaba más lejos de estarlo.
Pedro me había dicho que tenía que dejarla respirar.
Que la estaba mirando demasiado de cerca.
Que en cuanto viera las impresiones colgadas, con la galería en silencio y la luz correcta, el círculo se iba a cerrar y todo iba a tomar forma y sentido.
«Una de las cosas más absurdas que escuché en mi vida».
No solo me faltaba una pieza. Me faltaba la pieza principal. No entiendo cómo pude ganar un premio con eso.
«O sí lo entendía y eso me preocupaba más».
Gané porque es un proyecto que suena bien.
Porque tiene palabras como «género», «cuerpo», «intimidad», «dolor» y «memoria» puestas en lugares donde otros pueden tocarlas sin quemarse.
Pero la serie no estaba hecha para eso, no fue pensada como tesis ni como bandera.
Es una cosa frágil y bruta. Un conjunto de cuerpos que se dejaron ver en el momento exacto en que se estaban por apagar del todo.
No había maquillaje, no había guion, no había luz de montaje.
Es algo mucho más crudo. Las mujeres que retraté me abrieron la puerta de sus casas y me dejaron entrar con la cámara en la mano. Ninguna me pidió verse linda, ninguna me preguntó cómo iba a salir. Posaron como muertas o como si hubieran estado a punto de estarlo.
Algunas eligieron acostarse en el suelo. Otras se sentaron con la espalda encorvada, como si no pudieran sostenerse más. Una me pidió que la fotografiara dentro del closet. Otra en la tierra con la ropa desgarrada, los ojos cerrados y el cuerpo torcido.
No había escena, lo que había eran cicatrices.
La llamé «El cuerpo quieto» porque no encontré otra forma de decir eso: que hay un momento en que el cuerpo deja de pelear, y no me refiero a la muerte, sino a esa otra cosa, ese momento, esa pausa entre el miedo y el después.
Esa interpretación silenciosa, como cuando apagas la luz, pero no puedes dormir.
No sabía cómo seguir. Las fotos que tenía estaban bien, sí.
Algunas incluso eran buenas, pero me faltaba algo.
Había una ausencia, una falta de peso, como si el centro de la serie todavía no hubiera aparecido.
Y de alguna forma me odié por pensar eso, por mirar esas imágenes y sentir que no alcanzaba.
Me di cuenta de lo horrible que sonaba, pero no lo dije en voz alta. ¿Cómo podría siquiera pensar en pedirles más? Me dieron demasiado, era suficiente con dejarme entrar en sus casas. Me contaron secretos que ni sus amigas sabían.
Se desnudaron. «Literal y figuradamente».
Algunas lloraron, otras se quedaron en silencio horas antes de decir la primera palabra.
Cada una tenía una forma peculiar de reaccionar.
Hubo una que vomitó después de la sesión, otra me pidió que no le mandara nunca las fotos, que no quería verlas, solo necesitaba hacerlas.
No cuestioné su petición, solo la cumplí.
Y, aun así, me encontré deseando que hubieran ido un poco más lejos. Que hubieran sostenido un segundo más la mirada, o que se hubieran dejado caer del todo. Que hubieran representado mejor eso que yo no sé cómo nombrar, pero sé que existe.
Soy una porquería, lo sé. No soy mejor que nadie. Solo estoy detrás de una cámara tratando de atrapar algo que no se deja y eso me frustraba, me enojaba.
Estaba agotada.
Antes de regresar a Buenos Aires hice una sesión con una mujer trans que había conocido en Mérida, México. Era de un pueblo llamado «Mama», perdido entre las rutas de tierra y las palmas que parecen crecer desde la piedra. Su historia fue brutal, de esas que se escriben una sola vez.
Se llamaba Nayeli, o así se hacía llamar.
No sé si era su nombre real o uno que se inventó para salvarse.
Supongo que daba lo mismo. Tenía la belleza más rara que había visto en mi vida.
Belleza maya, de las que no piden permiso, llena de ritmos ancestrales, pómulos altos, piel de barro seco, ojos que te atravesaban.
Su voz era grave, lenta. Decía las cosas como si no tuviera apuro en llegar a ninguna parte.
Nos encontramos dos veces antes de fotografiarla.
La primera fue en un mercado, entre los puestos de frutas y las camisetas del Venados FC. Me habló como si ya me conociera.
La segunda fue en su casa, una construcción baja, de rejas oxidadas, con una hamaca en el patio y un altar con una virgen que tenía pestañas postizas y las uñas pintadas. Me mostró dónde dormía, dónde comía, dónde se escondía cuando era niña. Después me dijo que sí, que quería las fotos.
Recuerdo que ese día el cielo estaba blanco, como si alguien lo hubiera cubierto con una sábana mojada. Mientras tomábamos unas cervezas Tecate en la vereda, me dijo sin mirarme:
— Me cayeron a patadas, güera. Cinco gringos borrachos en El Cuyo. Se reían mientras lo hacían.
Después se quedó en silencio y yo también.
No quise preguntar cómo terminó, pero tenía la sensación de que no era la primera vez que le ocurría algo así y tampoco sería la última.
Y sentía, que si me dejaba fotografiarla, no era para contar su historia, era para dejarla ir.
En cierta forma nos estábamos haciendo un favor, yo le daría un cierre y ella me daría la foto final que necesitaba.
La sesión fue al día siguiente en su casa. Llevé mi cámara favorita: la Canon A-1 que tengo desde hace años, con un lente de 50mm que no me falla nunca.
Todo estaba perfecto, una hermosa luz natural, un rollo de Kodak Tri-X 400, que guardaba como si fuera un objeto sagrado.
Mientras preparábamos el set , tendió una sábana floreada en medio del patio desordenado, que pronto limpió lo suficiente para tener un mejor espacio. Luego, prendió un sahumerio de copal y se sentó en el suelo con las piernas estiradas y el torso desnudo.
Me dijo que quería que la retratara como la encontraron.
— Así como me dejaron tirada — dijo.
Se recostó boca arriba, con los brazos desparramados a los costados y la cabeza inclinada hacia la izquierda, emulando una total rendición.
La retraté como pidió, pero más limpia, más viva.
Los ojos entreabiertos, la boca apenas tensa.
El cuerpo entero estaba desprovisto de defensa y aquello no era actuación.
Era una reconstrucción ceremonial de lo que la rompió.
Vi las heridas ya cicatrizadas en la base del abdomen, en esa piel dura que contrastaba con su expresión tan dulce.
Pensé: «Esto es. Esta es la foto que cierra la serie» .
Y por eso, tal vez, nunca llegó.
Cuando revelé el rollo, una semana después, mi mente giró en espiral llena de incredulidad, porque no había nada, solo manchas, zonas borrosas, nada que tuviera sentido.
Solo un negativo arruinado. Traté de buscar una explicación, quizás fue el calor, la humedad, no sé…
Eso era lo malo de trabajar en analógico.
Aunque tenía esta otra sensación rondándome la cabeza. Quizás Nayeli «su historia, su cuerpo, su voz» no estaban listos para salir a la luz. Quizás el rollo se perdió porque no tenía que mostrarse.
Y le di vueltas, lo pensé demasiadas veces, quizás podía repetirlo, volver a Yucatán, pedirle otra vez que posara.
Pero el pasaje ya estaba comprado y había algo en mí que entendía que esa sesión había sido única. No porque fuera irrepetible sino porque ya no iba a ser igual, aquel momento había dejado una marca en mí, y repetirlo, no tendría el mismo efecto.
Así que volví con la cámara vacía, con una serie incompleta. Desde entonces, todo me parece poco. Todo me parece falso.
Y desde entonces… ninguna mujer me dice que sí.