El cuerpo quieto Prólogo
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El cuerpo quieto

El cuerpo quieto

Por Ash Moscoloni

© inepub.com

Prólogo

« E sta mujer me va a matar. Me está matando».

No es una expresión, no es un poema, tampoco es el delirio de alguien sensible ni mucho menos el capricho de una mujer frágil. Es un hecho, es una sensación interna, un pensamiento que me consume, me va apagando.

Me seca.

La sensación me destruye por dentro como un bicho al que se le van cayendo las patas una a una. Cada día desaparezco un poco más y ella sigue ahí, mirándome todo el tiempo.

En ocasiones me desarma, me deja a medias. Siento que cada día hay menos de mí, cada noche soy menos vida y un poco más de silencio.

El espejo me devuelve una imagen que no soy capaz de reconocer.

Las ojeras finalmente se apoderaron de mi mirada.

Me toco la cara y siento que, donde antes hubo carne y esperanza, ahora solo siento hueso.

Mis dientes se ven más grandes, mis labios están desapareciendo.

Ensayo una sonrisa sabiendo que no va a convencer a nadie. Ni a mí, ni a ella.

Está en todos lados y en ninguno. Lo sé, ¿suena extraño verdad?

Pero juro que puedo verla, a veces en el reflejo torcido de una ventana.

Otras veces en la forma en que se arruga el mantel cuando no hay nadie más en casa.

Mi mente la trae de vuelta sin pedir permiso y la proyecta, o quizás la superpone, en cada escenario posible.

«Estoy perdiendo la cabeza».

¿Lo peor? No parece haber salida. Hay momentos en los que juro que me acompaña a la cama. En otros, pienso que nunca existió, que quizás es producto de mi mismo deseo materializado en algo físico y profundo.

Mis sentimientos son cada vez más confusos, la odio tanto, que a veces no puedo respirar y otras veces me despierto deseando verla. Anhelando que esté ahí, al borde de mi cama, sin tocarme. Parece que solo intenta empujarme hacia algo que no sé qué es.

Se cuela en las fibras de mi ser. No puedo soltarla. No puedo hacer que se vaya y tampoco puedo seguir con su sombra pegada a la espalda.

Eran solo unas fotos. Algo de misterio, algo fresco, pero terminó sumergida en mi vida, multiplicándose como un virus cancerígeno, pero hermoso, casi haciendo metástasis. Apoderándose de todo lo que soy.

Ella moldea lo que digo, acomoda mis gestos y elige los lugares a los que voy, los horarios en los que tengo hambre, el tono con el que saludo. Habla a través de mi cuerpo, desde mis pulmones. Y, sin embargo, lo hace con tanta ternura, que no puedo, ni quiero, esconderme de su presencia.

«La necesito» .

La siento como una flor creciendo entre mis costillas. Como un arma envuelta en terciopelo.

Ya no sé si la que habla es ella o soy yo. Nos hemos mezclado tanto que no distingo su voz de la mía. Quizás hace tiempo que no soy una sola.

Por eso decidí irme, no es un acto de cobardía, es que el dolor va ganando la batalla. Porque me estoy apagando, y no sé cómo hacer para mantener la llama encendida sin prender todo en fuego.

La locura no es una línea lejana, está ahí al alcance de la mano, a un desliz, a un pequeño salto. Y la obsesión... es la forma más dolorosa de enloquecer. Una demencia dulce y lenta que se mete por las grietas.

Estoy en un lugar que apenas reconozco, una habitación donde todo lleva su nombre, incluso las cosas que no sé nombrar.

Solo espero que no se obsesione con mantenerme viva, con obligarme a seguir respirando por las dos, porque no puedo más.

«Déjame ir. Por favor, déjame ir».